La gente es idiota… y yo también.

La gente es idiota.

El otro día leí con incredulidad que se había puesto de moda entre los adolescentes del tipo “Cani” o “Reggeton” pasar el rato sentados frente a las Apple Stores aunque estén cerradas y aunque no tengan dispositivos de esa marca. Hoy he podido comprobar que es cierto. Me han comentado que es que en las tiendas de esta marca hay WI-FI libre siempre. Bueno no sé, el caso es que también hay WI-FI en toda la plaza de Cataluña con la que colinda la tienda que he visto y además esos angelitos no parecían estar haciendo nada que requiriese conexión a Internet. Simplemente están. He aquí las evidencias:

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Los barceloneses que, hipotéticamente, lean esta entrada sabrán que la fachada que se ve en las fotos pertenece a la “Apple Store” del Paseo de Gracia, los demás amables lectores tendrán que fiarse de mi palabra. Sé que las fotos no se ven muy bien pero es porque las he hecho muy deprisa. ¡Quién sabe como pueden reaccionar individuos de tan alto coeficiente intelectual si ven que les hacen fotos!

Yo también soy idiota.

El otro día sentí indignación por la actual campaña publicitaria de las tiendas Desigual. – Mira que maquillar a una modelo de manera que parece que tiene síntomas de vitiligo. – Pensé indignado para mis adentros. – ¡Qué publicistas tan torpes! ¡Menuda gracia les debe hacer a los que padecen esta enfermedad que despigmenta la piel!

Pero hoy mirando el anuncio atentamente y buscando el nombre de la modelo en Google resulta que padece de vitiligo de verdad. Se trata de Winnie Harlow o también conocida como Chantelle Winnie y es esta:

Chantelle

En fin, bien por ella y mal por mí. No debería ser tan prejuicioso me convierte en un idiota a la altura de los chavales antes citados. ¡Bueno! No tanto.

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Los confusos días de diciembre

He quedado con una persona en una céntrica plaza de Barcelona justo donde hace esquina con otra no menos céntrica calle. Era un sitio ideal como punto de reunión pues queda cerca de una parada de metro y de  numerosas paradas de bus pero desde que pusieron ese local ya no me gusta que me citen por aquí. Hoy no quedaba más remedio. La persona con la que he quedado tiene cosas que atender cerca y vendrá andando, así que resulta más práctico que yo la espere frente a ese establecimiento.

Ese  lugar está lleno de gente. Gente a los que la crisis no ha tratado como a los demás a pesar de que intentan disimularlo. Son gente que ya lleva tiempo sin una alegría sin una satisfacción, puede que incluso más de dos años.  Gente de clase media resignada que quisiera progresar pero lo único que les queda son estos lugares. No sé cuantos sitios hay en Barcelona que se dedican a esto. Pero los más importantes son el que tengo enfrente y otro que curiosamente está cerca de donde yo vivo.

Ambos son parecidos: limpios, silenciosos y bien organizados por voluntariosos adolescentes que distribuyen con una sonrisa a sus peculiares clientes. Estos muchachos uniformados saben que las personas que vienen a estos locales no están acostumbrados a sitios así, que en otro tiempo se pavoneaban en grandes superficies comerciales y en tiendas de relumbre buscando qué comprar por navidad y ahora, míralos, perdidos, confusos sin saber que hacer y sin saber qué pedir y cómo pedirlo.

La persona con la que he quedado tarda. Tengo frío y siento curiosidad. parece que dentro del local hace más calor. Decido entrar. En el interior hay más gente de la que parecía desde el exterior. Gente de todo tipo. Gente que antes vete a saber en qué se ocupaba un día como este de diciembre. Cuántos anhelos, cuántos deseos han quedado eclipsados para que tengas que verte dentro de este sitio. Algunos habrán tenido que renunciar a tantas cosas al entrar aquí: principios, opiniones puede que falsa dignidad, ¡qué sé yo!  Los tiempos cambian y hay que adaptarse, al fin y al cabo, saben que hay gente que está peor, que ni siquiera pueden recurrir a un lugar como este.

Recorro el local intentando no tropezar entre el gentío. me llama la atención la poca oferta de productos y lo poco adecuados que son algunos para los tiempos que vivimos, pero la gente está desesperada por hacerse con algo. Los muchachos que atienden intentan tranquilizarlos. – ¡Qué hay para todos!- les dicen, pero la gente no se fía. Temen quedarse sin nada. Será por eso que hay formada una gran cola desde la entrada hasta el punto de expedición de los productos. ¡Tener que hacer cola para esto! ¿Adónde hemos llegado?

Un muchacho uniformado se me acerca y me pregunta que si quiero algo.- No, sólo miraba- contesto confuso pues no sé si debía de haber entrado. Me preocupa que me llamen la atención, sobre todo en lugares como este, donde es fácil estorbar, con tanta gente y tanta ansiedad. Sonrío y me dispongo a ir hacia la salida pero el muchacho me interpela:

– Sí necesita ayuda no dude en pedirla y si no, ya sabe, póngase en la cola y le darán lo que necesite.

El muchacho habla sonriendo y con tono dulce, sabe que la gente que atiende cada día está perdida e incluso, por qué no decirlo, asustada; y debe de pensar que yo soy uno de ellos. Después Se despide de mí como diciendo:

– Pida lo que necesite, no hay de qué avergonzarse.

Salgo de allí haciendo ver que agradezco al chico sus palabras, intentando no tropezar con la gente ávida que abarrota el lugar. Al pisar la calle me encuentro de bruces con la persona con la que había quedado.

– Siento el retraso. Es que he ido a donar unos alimentos al comedor social que hay más arriba. ¿Qué hacías en la “Apple Store”? ¿Vas a comprarte un Iphone dorado? ¡je, je!

– No, sólo curioseaba. Me llamaba la atención que la gente haga cola en una tienda cuyo producto más barato vale 300€, en estos tiempos.

– Ya estás con tu tonta conciencia social, seguro que te gustaría tener un iPad.

– Ya tuve un iPod ¿Sabes? ¡Y de los caros! Pero se lo he regalado a mi hermano.

– ¿Ah, sí? Cuéntame….