Cuestión de prioridades.

No entiendo por qué mi teléfono no se ha actualizado todavía a Android Marhsmallow. ¿Cómo es posible que ya anuncien la versión N y todavía no se ha actualizado el mío que sigue en la versión 5.1.1 “Lollipop”

Está en esta lista de modelos a actualizar. ¡Aquí lo pone! Galaxy Note 4. No sé por qué tarda tanto en llegar la actualización. Recuerdo que mis otros dispositivos se actualizaron enseguida.

La verdad, el telefono funciona de rechupete, y no me quitan el sueño las actualizaciones pero ya que he pagado por uno los mejores teléfonos, creo que tengo derecho a disfrutar de todas las ventajas ¡o no!

  • Perdona amigo.

Un africano interrumpe mis pensamientos sobre sistemas operativos móviles. Es un hombre robusto, algo más alto que yo. Viste una gorra cuyo color no distingo y una especie de anorac rojo. No puedo fijarme más en otros detalles. Su mirada atrae a la mía. Sus ojos oscuros son grandes, saltones y no sé, inspiran confianza, sí, confianza esa es la palabra pues yo que soy reacio a atender a gente por la calle, en este caso me siento dispuesto a escuchar lo que tenga que decir que será pedirme dinero.

  • ¿Puedes ayudarme para que pueda comer algo?

¡Lo sabía me pide dinero! Pero no sé, hay algo en el tono de su voz, en la limpieza de su mirada en el gesto de hambre al frotarse la barriga mientras habla, que evita que lo mande a paseo como hago siempre con los pedigüeños. No, no es uno de eso jetas que te piden 50 céntimos para esto o lo otro, parece un buen tipo y un buen tipo que tiene hambre.

Rebusco en mis muchos bolsillo y al final encuentro algo más de un euro, tal vez uno con diez o con veinte. Coloco las monedas sobre su mano extendida, una mano pétrea, curtida, trabajada. El hombre me mira con cierto alivio y una sonrisa.

  • Gracias, amigo, gracias.

El africano sigue su camino y yo me quedo entre la satisfacción de llevar una cantidad de dinero con la que al menos puede compra algo de comer en una panadería y la inquietud por no saber si le devolví la sonrisa.

¡Vaya! aquí hay otra lista donde pone que mi teléfono está entre los que recibirán la actualización a Android Marhsmallow durante el primer semestre de 2016 ¡Pues si que van lentos esta vez con las actualizaciones!

 

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Naturaleza humana.

La camiseta es purpura o violeta o morada, bueno no sé, para mí todo es lila además lo destacable es que el tipo que la viste no tiene brazos. Es un hombre pequeño, flaco y la expresión de su cara es algo cómica. Va muy sucio. Imagino que la miseria y el no tener manos dificulta una adecuada higiene personal. Es la segunda vez que lo veo pedir en el metro intentando llamar la atención de los viajeros dando golpes en las barras de apoyo con sus muñones que apenas sobresalen unos diez centímetros de sus hombros. No parecen muñones de malformación congénita, parecen muñones de brazos perdidos aunque, vaya usted a saber.

El cachorrito es una monada. Debe de ser de alguna raza asiática pues el acompañante de la dueña lleva de la correa a dos shar pei y parece que les va ese rollo. ¡Qué lindo el perrito! Su pelaje es gris casi plateado con manchas blancas tornasoladas, tiene el hocico chato  y una mirada tan, tan humana. Lo miramos embobados porque además el pobre está malito. Ha hecho caquita líquida en la canceladora y ahora parece aturdido y mareado. A pesar de su poca edad, es bastante grandecito y pesa demasiado para su dueña, una chica menuda que no puede contar con su acompañante ya que este bastante tiene con gobernar los dos shar pei tan bonitos y marroncitos como traviesos y juguetones.

El hombre sin brazos camina lentamente. Es difícil mantener el equilibrio en esos horribles trenes articulados de la línea 1 del metro de Barcelona. Esos donde los asientos te hacen creer que son de cuatro plazas pero en realidad son sólo de tres, esos que tienen esa incompresible pendiente en los extremos de los vagones donde cualquier sacudida hace que te tambalees y tengas que agarrarte a lo primero que encuentres. El hombre sin brazos también sufre ese nefasto diseño pero el no puede agarrarse a nada así que tiene que ir con mucho cuidado.

El cachorrito enfermito está complicando también el equilibrio de su dueña. Se ha arrodillado para intentar sostener al perrito pues este parece no querer sostenerse sobre sus patitas. Miramos la escena y nos compadecemos del can. Es que es tan mono y con esos ojitos tan expresivos que dicen: no me siento bien. Una señora le cede el asiento a la chica que jadeante alza al perro y lo acomoda en su regazo. La mujer generosa se permite acariciar al chachorro y pasa su mano ensortijada por el pelo plateado del animalito.

La primera vez que vi al hombre sin brazos algunas personas compasivas le dimos algunas monedas aunque resultaba embarazoso pues ¿cómo le das una limosna a un hombre sin manos? Nos quedábamos paralizados con la moneda entre los dedos y el hombre sin brazos nos indicaba con una sonrisa que la introdujéramos en el bolsillo de su pantalón.

Hoy estábamos embelesados con el perrito exótico de pelaje plateado y tornasolado que está enfermito. Todos nos interesábamos por cada mueca, cada gemidito, cada bostezo del cachorrito. Cuando he apartado la vista para ver por cual parada iba, he visto pasar al hombre sin brazos, con su camiseta lila, sus andares pausados, su …

¡Pobre perrito! Está malito. Es tan bonito y tiene una mirada tan, tan humana.

No me vendas azúcar a mis años

 …. de piña para las niñas y limón para las viejas.

Caramelos, caramelos, caramelos, llevo caramelos.

Hace mucho que tomo cierta medicina. Es un buen remedio para la enfermedad que padezco pero el tratamiento es largo, no se puede dejar de inmediato y además tiene desagradables efectos secundarios, todos los cuales he sufrido salvo las variaciones del flujo menstrual (o eso creo).

Hoy he ido a comprarla a mi farmacia de toda la vida. Una de las chicas que atienden se ha interesado por como iba mi tratamiento y como me sentía. Es la segunda vez que se interesa por mi salud lo cual me hizo sospechar dado que es una empleada nueva y apenas me conoce por lo que he decidido satisfacer su curiosidad. Le he explicado que estoy fenomenal y que el médico está considerando seriamente reducir la dosis.

Sabedora como farmacéutica que dicho medicamento tiene como efectos secundarios el atontamiento y la flojera, se ha permitido recomendarme un complemento para evitar dichos efectos y hacerme sentir más enérgico. De uno de los anaqueles ha tomado una caja y la ha plantado sobre el mostrador al tiempo que empezaba a glosar las bondades del producto, pero la he interrumpido señalando con el dedo una palabra escrita en el envase: BOIRON.

  • Verás.- Le he comentado con mi más tierna voz. – Esto es homeopatía y no lo compraría.
  • ¿No te gusta? – Ha preguntado algo sorprendida.
  • No, no es eso. Verás, estudié química en mi juventud y sé que eso que me vendes es agua con azúcar.- He replicado dulce pero contundentemente.
  • Bueno, pues nada, sólo era un consejo. – Me ha contestado casi en un susurro visiblemente ruborizada.

Y no es para menos, esa chica tiene un título en farmacia, quizás incluso de medicina, sabe mucha más química que yo, que ya no recuerdo nada (no sabría distinguir un mol de un si bemol) y aun así pretendía venderme agua azucarada.

He salido de la farmacia con mis medicinas y una sensación de satisfacción, no por dejar en evidencia a la pobre chica que al fin y al cabo hace su trabajo sino porque he atajado sin titubeos una oferta que no me interesaba y eso no es normal en mí.

Suelo ser demasiado paciente y amable con aquellos que me aburren, posiblemente porque yo he sido (y sigo siendo para que nos vamos a engañar) un aburridor contumaz y no quiero tratar a los demás como no quiero que me traten a mí y al igual que yo recibo muchos cortes en seco de mi plúmbea verborrea ha llegado la hora de que yo también cercene la verborrea ajena y veo que puedo hacerlo sin complejos ni remordimientos. Debe de ser que estoy madurando.

¡Es estupendo hacerse mayor!

 

 

Mi viaje de Gulliver.

Si todo va bien el viernes día 15 de enero de 2016 volveré a Londres. Estuve por primera vez en el sangriento verano de 2005 por un azar del destino del que no hablaré y fue una semana antes de las vacaciones que había programado en Egipto. ¡Qué tiempos! Yo me sentía todavía joven y las cosas no me iban del todo mal. Tenía ánimos para emprender dos viajes en un verano, acababa de salir de una gran bache en mi vida y me sentía renacido.

Todo mi presupuesto estaba destinado a comprar todas las emociones posibles que pudiera en Egipto. Es cierto que tuve suerte y encontré una oferta de última hora lo cual abarato considerablemente el precio, pero contraté un viaje a todo lujo incluyendo crucero por el Nilo con las mismas 5 estrellas que el hotel Marriott de El Cairo, ubicado en el que fue el palacio que le construyeron a Eugenia de Montijo cuando se fue con su Marido Napoleón III a inaugurar el canal de Suez.

En Londres pues, tenía poco dinero para gastar y además la libra esterlina estaba a dos euros. Pero no me importaba, allí estaba yo solo, en la tierra de mi bisabuelo, durmiendo en un hotel barato donde la recepcionista ponía cara de desesperación cuando le hablaba en inglés y donde no me cobraron el desayuno seguramente porque les resultaba menos oneroso que intentar entenderme.

Frío día de julio frente al Tower Bridge verano de 2005
Yo en Londres con el Tower Bridge al fondo verano de 2005.

Tuve que caminar mucho pues los recientes atentados en el metro habían provocado el cierre de la mayoría de líneas del suburbano así que algunas cosas me las perdí por puro agotamiento físico y otras por no poderlas pagar como los 10€ al cambio que costaba entrar en la abadía de Westminster para poder ver la tumba de Isaac Newton.

Pasé aquellos días absteniéndome de todo lo que no fuera absolutamente necesario, comiendo en McDonald’s o en la calle, bocadillos de pepino con mantequilla  comprados en Marks & Spencer Food. Además hizo algo de fresco y llovió. No fue un viaje cómodo pero lo pasé muy bien viendo todos los tópicos turísticos  desde el ineludible Big Beng, hasta la Piedra de Rosetta, el único icono egipcio que no podría ver en su país.

Luego me fui para Egipto, la cosa no salió como esperaba.

Para empezar era mi primera vez en un país africano y en un país árabe. No estaba preparado para asumir todo lo que vi allí y que nada tenía que ver con la épica de monumentos milenarios y faraones sino con el terrible paisaje humano que me encontré.

Yo en Abu Simbel verano de 2005
Yo en Abu Simbel.

Durante todo el crucero por el Nilo y en mi estancia en El Cairo la miseria y la injusticia social me impidió disfrutar del viaje. No porque no conociera la pobreza con la que me codeé en mi infancia en mis largas tardes de domingo en el barrio de La Mina y que tan sólo el esfuerzo sobrehumano de mis padres y mis abuelos maternos impidieron que traspasase la frontera entre la clase obrera y ella, sino que era la primera vez que la observaba desde la cúspide del lujo y la riqueza, pues para la mayoría de paisanos egipcios yo era rico y muy rico.

Los guías Moises y Kaled y yo verano de 2005
Los guías Moises y Kaled y yo en el Nilo.

Todos los monumentos, los templos, la maravillosa ribera del Nilo adornada de hermosos minaretes se me eclipsaron por la horda de niños pedigüeños, niños enfermos, algunos deformes o mutilados, rodeándote para obtener calderilla o boligrafos. Niños  que eran capaces de pedirte en catalán que les comprases unos abalorios cuando se enteraban de que venías de Barcelona.

Mendigos por todas partes, alzando sus manos, metiéndolas entre el enrejado de las estructuras metálicas dispuestas para separar a los turistas de la muchedumbre misérrima y que pudiéramos ver la esfinge, por ejemplo, sin ser molestados.

Lejos me quedaba la mística de Abul Simbel, Karnak, Luxor o Guiza frente a las polvorientas fachadas de los suburbios de El Cairo que no se reparan porque el desierto las golpea sin piedad, dando a aquellos edificios un aspecto mortecino y desolado, a pesar de la mucha gente que allí malvive.

Yo con las pirámides al fondo verano de 2005.
Yo con las pirámides al fondo.

Es cierto que pasé buenos momentos y vi muchas cosas que ansiaba ver desde niño pero la arrogancia de los visitantes Saudies tratando a sus criados como ganado, mujeres condenadas al Nicab, gente viviendo en tumbas de familiares exhibidos como atracción turística, ancianos trabajando al carecer el país de un sistema de seguridad social, el caos en los servicios públicos, la corrupción policial que viví en primera persona y la mirada picara de niños sin más futuro que la mendicidad, hicieron que dejase Egipto con una sensación de tristeza y porque no decirlo, de cierta culpabilidad por haber participado en un viaje de lujo a un país tan pobre. Me prometí a mí mismo que si algún día volvía al tercer mundo como turista será en condiciones más modestas y decentes.

Y así fue como tuve mi particular viaje cual Gulliver. Era pobre en la capital del imperio británico,  era el enano entre los gigantes de Brobdingnag pero fueron días maravillosos. En cambio en el Egipto de los Faraones del que sólo queda expolio y arena fui el turista rico, el gigante entre enanos de Lilliput y me sentí infeliz. Una lección que me dio la vida y de la que he tomado nota.

Cuento de navidad

Hipercor de Meridiana, interior tarde.

En la frías vísperas de nochebuena, el viejo David curioseaba entre los anaqueles de la sección de juguetes. Caminaba despacio parándose de vez en cuando para pulsar los botones de prueba de los que hacían ruido.

De repente se le acercó un tipo. No era muy alto, con barba de tres días. Su ropa era vieja y sus zapatos desgastados. Se dirigió a él interrumpiéndolo mientras oprimía las teclas de un móvil que imitaba los ruidos de animales de granja.

  • Hola David. ¿Cómo estás?
  • Bieeen. – Contestó David al principio con cautela pensando que era un pedigüeño y después con incomodidad por haberle llamado por su nombre.- ¿Cómo sabe como me llamo?
  • Lo sé todo sobre ti. Soy el espíritu de las navidades pasadas.
  • Encantado de conocerle.- Contesto alarmado.- Pero ya me iba se me va a pasar la hora en el parquin y no quiero volver a pagar, ya sabe.
  • No tan rápido, tengo un mensaje que darte. Además sé que no tienes coche.
  • Ya verá pero tengo prisa. – Dijo David haciendo aspavientos para que un segurata barrigón que se encontraba a escasos metros le viera. Pero este no reaccionó.
  • No pueden vernos, David. Estás en mi dimensión espiritual ¡Uuuhhh! Y no te dejaré ir hasta que me escuches.
  • Oiga esta es una historia muy manida. ¿No me diga que tendré que aguantar también al los espíritus idiotas de las navidades presentes y futuras?
  • No David.- Contestó condescendiente el fantasma.- Tú sólo tienes un espíritu que soy yo. ¡Uuuhhhh! Lo de los tres espíritus es para empresarios despiadados.
  • Vale y ¿qué quiere? No recuerdo haberle hecho nada malo a nadie en nochebuena.
  • No es eso. Lo que pasa es que no te dejas llevar por el espíritu navideño. No dejas que la felicidad de estos días inunde tu corazón.
  • ¡Eso no es cierto! Ya me he comido unos cuantos polvorones y algunas figuritas de mazapán ¿Y qué hay más navideño que el mazapán?
  • No me refiero a eso.- Comentó el fantasma haciendo gesto de desesperación.- No estás comprando. No estás gastando suficiente. Piensa en la gente que no tiene dinero. Cómo les gustaría estar en tu pellejo. Recuerda como estabas el año pasado: en el paro, con los bolsillos vacíos. ¡Mírame! Soy el reflejo de lo que eras hace un tan sólo un año.
  • Pero si estoy comprando ¿Por qué iba a estar en el Hipercor sí no? Lo que pasa es que estoy comparando precios.
  • ¡Y una porra! Sólo pulsas teclas de juguetes para probarlos. Te he visto pulsar el capó de esa ambulancia para que suene la sirena y antes aprestaste la barriga de aquel minion para que riera.
  • Estoy buscando juguetes para mi sobrino… ¡eso!
  • No me engañas. A tu sobrino ya le has comprado un Buzz Lightyear barato y se lo darás el día de reyes. Estás aquí porque en el fondo te mueres por comprar. ¡Quieres gastar sólo porque es navidad! Pero tu maldito ego te lo impide.
  • Yo no necesito una fecha especial para comprar. – Comentó David con gesto despectivo. – Estás son unas fiestas consumistas sin ningún  valor moral.
  • “… sin ningún valor moral”. Bla, bla, bla. – contestó burlón el fantasma.- Vas de intelectual y ni siquiera acabaste la carrera.
  • Yo por lo menos estoy vivo.
  • ¡Qué gracioso! – dijo el fantasma algo dolido. – Lo que pasa es que no tienes dinero suficiente para comprar lo que quieras. Si te hubiera tocado la lotería ya veríamos donde iba tu intelectualidad.
  • ¡Exacto no tengo dinero! Por eso no compro ¿está contento? ¡eah! Ya puede irse. Me siento una persona mejor. ¡Misión cumplida!
  • Me temo que no es suficiente. Ya sé que no tienes mucho dinero pero te recuerdo que tienes una tarjeta de crédito y también la del Corte Inglés.- Indicó el espíritu frotándose las manos.
  • No las llevo encima. – Contestó David mirando hacia un niño que lloraba porque su mamá no le compraba no se sabe qué.
  • ¡Falso! Desde principio de diciembre las llevas contigo.
  • Es por si tengo una emergencia ahora en vacaciones me muevo mucho y…
  • Las llevas porque quieres comprar pero te falta un empujón.- interrumpió el fantasma.- Pero no temas para eso estoy yo aquí.
  • Gracias pero, de verdad, no necesito nada.
  • No es cuestión de necesidad es cuestión de comprar cosas que molan.
  • ¡Qué no! pesado.
  • ¡Va hombre! Tu hermano ha estrenado un iPhone 6 plus, te mueres por tener uno igual.
  • Yo ya tengo un Galaxy Note 4 que es mucho mejor.
  • ¡Qué más quisieras! Eso es un móvil de perdedor. ¡Un iPhone es un IPhone y te lo podrías comprar. ¿Qué me dices?
  • ¡Qué no!
  • Tu tablet está vieja. ¡Cómprate una nueva!
  • ¡No! Todavía sirve, además sólo la uso ver porn… digo el You Tube.
  • ¿Un nuevo teclado para tu ordenador de esos que se iluminan?
  • ¡No!
  • ¿Una suscripción a Netflix?
  • ¡No!
  • ¡Un palo de “selfies”!
  • Grrr. ¡Qué ordinariez!
  • ¡Pues una catana!
  • ¡Déjame en paz!
  • Unos auriculares con manos libres para tu fantástico Note 4.- Dijo el fantasma con tono de burla!. -Los tuyos se han roto.
  • Mmm. ¡Es verdad!
  • ¡Lo ves! comprarlos es una necesidad, no un capricho infantil.
  • ¡Vale! pero sólo porque los necesito.
  • ¡Que sean de esos con volumen! Debes proteger tus oídos.
  • Mmm. ¡Es cierto! Pero serán más caros.
  • ¿Tus oídos no merecen el gasto extra?
  • Mmmm.
  • ¡Uy! Esos están muy bien y tienen cable antienredos.
  • ¡Tu sí que me está enredando!… Aunque, deben de ser muy prácticos.
  • Comprarlos azules o rojos. Todo el mundo lleva auriculares blancos.
  • Esos negros satinados son bonitos y tienen volumen y cable antienredos… ¡30€! ¡Qué barbaridad.
  • ¡Venga que es navidad!
  • De acuerdo sí prometes que te me dejarás en paz.
  • ¡Prometido!

Y así fue como el viejo David, imbuido por el espíritu navideño y con la ayuda del fantasma de las navidades pasadas comenzó poco a poco a llenar su corazón de esperanza y un carrito de supermercado de cosas necesarias: Una agenda de Star Wars, un termo en forma de lata de cerveza, una recortadora de barba con aspirador, una flor de pascua, un mapa de La Tierra Media  y por supuesto, los auriculares con cable antienredos.

Niños que juegan.

Diciembre de 1973.

David tan sólo tiene 5 años. Es un crío. Quiere saltar, subirse a sitios, jugar a la pelota y sobre todo quiere correr, correr como los demás niños pero no puede, el invierno se  lo impide.

Jugar al balón es un tormento. Alcanzar en una carrera a sus compañeros de juegos una quimera. Un poco de esfuerzo y su pecho se vuelve lija y su aliento fuego. Y por si fuera poco, los sibilantes. Esos silbidos que salen de su garganta, el aullido cruel de las flemas que inundan sus bronquios. Cantos de sirenas que conducen su infancia hacia los escollos del asma siempre que intenta navegar como un niño. 

Diciembre de 2015.

Kirill tan sólo tiene 5 años. Es un crío. Salta, se sube a sitios, juega a la pelota y sobre todo corre. Corre como los demás niños. Nada le detiene, ni el invierno.

Jugar al balón es divertido y alcanzar a sus compañeros de juegos en una carrera, fácil. Un poco de esfuerzo y su pecho se hincha de aire y de su garganta salen gritos de alegría y de vez en cuando llamadas a David para que vea como mete gol, alcanza la canasta con su pequeña pelota o se tira por la tirolina. Y David celebra sus chiquilladas y le anima a superarse. ¡Otro gol! ¡Otra canasta! ¡Muy bien, así se hace Kirill!

Y Kirill juega feliz porque es niño, está sano y su tío David le vigila,  le protege y de pasada el niño asmático que fue salta, se sube a sitios, juega a la pelota y sobre todo corre feliz pues, 42 años después, tiene una segunda oportunidad en la respiración sana y la felicidad segura de su sobrino.

¡Otro gol! ¡Otra canasta! ¡Muy bien, así se hace Kirill! ¡Así se hace David!

 

¡Vamos mujer! Si necesitas reggaetón.

“Para el que ha tenido una buena madre, las mujeres son sagradas.”

Proverbio.

Reconozco que no me gustan las actuales campañas contra la violencia de género. Las apoyo, pero las encuentro paternalistas, sobreprotectoras y a veces estigmatizadoras para los hombres. Por cierto, yo creía que el género era cosa de pronombres y artículos y que las personas teníamos sexo. Debería decirse violencia de sexo o sexista. Pero qué se yo, soy de ciencias.

Pese a todo me avergüenzo como hombre de lo que las mujeres tienen que aguantar. No sé cómo pueden hacerlo. Deberíamos haber avanzado mucho en cuestión de igualdad y respeto pero me parece que estamos en franca regresión. Como ejemplo de esto quiero comentar y comparar dos canciones. Las dos son latinomericanas y las dos tratan de hombres que le ofrecen “consuelo” a una mujer. Al igual que hice en una entrada anterior preguntando como habíamos pasado de Janis Joplin a Miley Cyrus, quiero preguntarme de nuevo como hemos pasado de una canción a otra.

La cantata de Santa María de Iquique. (1969)

La cantata de Santa María de Iquique fue compuesta por el músico chileno Luis Advis en 1969 e interpretada principalmente por el grupo Quilapayún. Narra la matanza perpetrada por el ejercito chileno el 21 de diciembre de 1907 en la ciudad de Iquique, donde murieron entre 2.000 y 3.000 trabajadores del salitre que se encontraban, acuartelados en la Escuela Santa María de dicha ciudad, durante una huelga general que el gobierno mandó reprimir.

Toda ella es una obra musical sublime pero para mí hay una parte que destaca sobre las demás: la llamada “vamos mujer”. Dice así:

“Vamos mujer, partamos a la ciudad. Todo será distinto, no hay que dudar confía, ya vas a ver, porque en Iquique todos van a entender. Toma mujer mi manta, te abrigará. Ponte al niñito en brazos.  No llorará, confía va a sonreír. Le cantarás un canto, se va a dormir. ¿Qué es lo que pasa?, dime, no calles más.”

El hombre intenta animar a su mujer y contagiarle su optimismo ante la marcha hacia Iquique. Le dice  que haga lo que él cree son cosas de mujeres con tranquilidad. Que cuide del niño y no que se preocupe pues cuenta con su protección simbolizada en la manta. No obstante la mujer está preocupada y eso desconcierta al curtido obrero del salitre.

“Largo camino tienes que recorrer atravesando cerros, vamos mujer. 

El marido parece advertir a su mujer que su actitud no es la mejor para enfrentarse al duro viaje que les espera.

“Vamos mujer, confía que hay que llegar, en la ciudad podremos ver todo el mar. Dicen que Iquique es grande como un salar, que hay muchas casas lindas. Te gustarán. Confía, como que hay Dios, allá en el puerto todo va a ser mejor. ¿Qué es lo que pasa? Dime, no calles más.”

Otra vez el hombre intenta animar a su esposa explicándole cosas que él cree son del agrado de las mujeres. El mar, casas bonitas… Pero la mujer no traga. El obrero es valiente y está motivado por eso no entiende la actitud de su mujer.

“Vamos mujer, partamos a la ciudad. Todo será distinto, no hay que dudar. No hay que dudar, confía, ya vas a ver, porque en Iquique todos van a entender.”

El obrero endurecido del salar  no entiende que su mujer intuye que la cosa acabará muy mal, como así fue. Esta parte de la cantata enfrenta el comportamiento valeroso pero a veces infantil de los hombres contra la intuición y la sensibilidad femenina. Frente a la ingenuidad del hombre que cree que las cosas van a cambiar está la sensatez y la mejor comprensión de la realidad de la mujer.

 Esto es lo que nos venía de Latinoamerica en los 70.

Veamos lo que nos viene en la actualidad.

Ginza (2015)

Canción interpretada por un tal J. Balvin ha sido número uno de la radio en Estados Unidos, México y España entre otros países de Latinoamérica. Dice así:

“Si necesita reggaetón dale. Sigue bailando mami no pare. Acércate a mi pantalón dale. Vamos a pegarnos como animales.”

Las mujeres al parecer necesitan reggaetón y para satisfacerlas el hombre se ofrece a practicar el conocido paso de baile conocido como “perreo”. Esta modalidad coreográfica se practica del siguiente modo: Una mujer debe desproveerse de toda dignidad, por ejemplo mediante el abuso del alcohol. Luego tiene que refregar su culo en la entrepierna de un anormal acomplejado. No es como bailar un minueto pero no es fácil coordinar los movimientos cuando los bailarines están colocados y carecen de educación primaria.

“Muévete a mi ritmo. Siente el magnetismo. Tu cadera con la mia (boom). Hacen un sismo.”

La onomatopeya de “sismo”, Boom, es de lo más curiosa. ¿Qué ruido harán las bombas? ¿Trrrrgrrrrrbrrrr?

“Ahora da lo mismo. El amor ahora es turismo. Diciéndole que no al que viene con romanticismo.”

En esto hay que darle la razón al tipo. Una discoteca repleta de tipos con la visera de las gorras hacia atrás sobrexcitados no es el ambiente propicio para acercamientos amorosos, sino más bien de tiroteos entre bandas de narcos.

“Si te dan ganas de bailar pues dale. En esta disco todos somos iguales.”

Nuevamente el tipo da en el clavo, en esta disco todos son igual de penosos.

“Te ves bonita con tu “swing” salvaje. Sigue bailando que pa eso te traje.”

Claro, no la vas a llevar a una disco para presentar la declaración de la renta. ¡Qué tío!

“Sexy baila y me deja con las ganas. Y yo hoy estoy aquí imaginándolo. Sexy baila y me deja con las ganas.”

¿No habíamos quedado que la habías traído para bailar? ¿De qué diablos hablas? Mejor vas al aseo y te refrescas la cara con agua fría.

“Que bien te queda a ti esa faldita. Ella es señora, no es señorita.”

Después de una rima digna de Rubén Darío, se establece uno de los requisitos indispensables en el mundo reggeatonero: la mujer a conquistar es ineludiblemente la mujer casada con otro. Es un tema recurrente en este tipo de canciones (véase el clásico Dale Don dale). No eres un macho, macho hasta que no le quitas la mujer a alguien. Si le tienes que matar pues se le mata y luego te llevas a la chica como si le hubieses robado su canuto de plata para esnifar, que para eso las mujeres son posesiones.

“Sexy baila y me deja con las ganas. Como te luces cuando lo meneas. Cuanto quisiera hacerte el amor. Enséñame lo que sabes.

¿No habíamos quedado que aquí el amor era turismo. ¿No deberías decir algo así como: “¡Cuanto quisiera mojar el churro!”

El resto es repetición y no merece comentarse. Por cierto, si alguien me acusa de ¡Racista de la música! que le den.

En fin, pregunto de nuevo. ¿Cómo hemos pasado del “Vamos Mujer” al “Ginza”? ¿Qué es lo que ha ido tan mal?

Combatiendo el terrorismo como hablan los políticos.

-. ¡Al·lahu-àkbar! – Grita un muchacho de rasgos árabes que acaba de entrar en un restaurante de algún lugar de Europa, mientras dispara con el fusil de asalto que lleva. El muchacho es joven, parece recién reclutado por alguna organización yihadista. Está nervioso y falla el tiro que impacta sobre el acuario donde se exhiben los crustáceos que se han de comer la gente. El agua se desparrama por el suelo del restaurante y dos langostas y un bogavante caen al suelo junto a miles de pedacitos de vidrio. La confusión y el caos cunden entre los comensales. Gritos y aspavientos por doquier y entre ellos el vozarrón de un señor con gran barriga que viste un traje azul marino.

-. ¡Pero que hace! ¿Es qué pretende atentar contra nosotros? ¿No ve que somos demócratas? ¿No sabe que la democracia nunca puede ser vencida por la barbarie?

-. No hable con él.- Comenta un anciano vestido todo de negro con una corbata pasada de moda.- ¡No ve que es un moro terrorista!

-. ¡Eh! – Exclama el tipo barrigón.- ¿Cómo se atreve a estereotipar a toda una raza por el comportamiento fanático de unos pocos? Esto no es una guerra de religiones ni de civilizaciones. Es la guerra entre nuestras libertades y la barbarie ¡Usted no es un demócrata es un viejo fascista!

-. ¡No se olvide del estado de derecho! – Grita desde el fondo un joven medio calvo con pinta de sabelotodo.

-. ¡Gracias! me olvidaba del estado de derecho.- Corrige el tipo barrigón.- Te juegas que te apliquemos el estado de derecho y eso no te va a gustar.

-. Dispárale al viejo facha y no a los demócratas.- Grita una jovencita obesa con voz de pito.

-. Y por qué no le dispara a tu padre.- Exclama alarmado el viejo de la corbata pasada moda.

-. ¡Al·lahu-àkbar! – Vuelve a gritar el terrorista mientras descerraja otro tiro. Esta vez le da a un cuadro abstracto que colgaba de la pared y que cae con gran estrépito.- La gente se asusta y agacha la cabeza, el tipo barrigón es el primero en recobrar la compostura.

-. A ver hijo, ¿qué parte de la “democracia nunca puede ser vencida por la barbarie” no has entendido?

-. ¿Cómo le va a entender, seguro que sólo habla árabe? – puntualiza un tipo alto y desgarbado con gafas redondas.

-. ¿Entiendes lo que te digo hijo? – Pregunta paternal el tipo barrigón.

-. Sí, nací aquí. Me he alistado para vengar a mis hermanos musulmanes que son oprimidos por el gran Satán americano y los sionistas.

-. ¡Vaya tontería! Musita una señora cincuentona con exceso de maquillaje que ha retomado su cena a pesar del tiroteo.

-. ¿Quién ha dicho eso? ¡Al·lahu-àkbar! – el joven yihadista enojado dispara nuevamente dándole a una lámpara.

Aprovechando el desconcierto un joven fornido, aparentemente un policía o un soldado de paisano se abalanza sobre el terrorista. Su intento queda abortado por dos hombres de aspecto intelectual.

-. ¿Qué va a hacer? – Comenta uno de los que han detenido al muchacho fornido.

-. Pues intentar neutralizarlo y desarmarlo.- Exclama jadeante el joven fornido mientras forcejea con sus dos oponentes.

-. ¿Está loco? Comenta el otro intelectual recolocándose unas grandes gafas de pasta que lleva.- ¿No sabe que la violencia sólo genera violencia? Hemos de establecer vínculos de solidaridad y entendimiento si queremos acabar con el terrorismo y sobre todo aplicar el estado de derecho.

-. ¡Pero está armado! ¡Nos puede matar a todos! – grita el joven fornido después de liberarse de los dos tipos.

-. Eso es una consecuencia de la política de agresión que hemos practicado sobre su pueblo.- Sentencia el primer intelectual sacudiendo su chaqueta con coderas.- Los intereses de los gobiernos y de las grandes corporaciones seguramente mantienen una guerra genocida en la que antes era una pacífica aldea de oriente medio donde vivía tranquilamente este joven.

-. ¡Oiga! Que le he dicho que soy de aquí, ¡qué aldea ni que ocho cuartos! – Protesta irritado el joven yihadista.

-. ¡Tranquilízate! Suplica el tipo barrigón al terrorista mientras mira con severidad a los dos intelectuales y al joven fornido.- Ya está el ambiente bastante cargado, hagan el favor de volver a sus mesas.

-. Sí, tranquilícense todos.- Grita el “maître” del restaurante mientras exhibe las dos langostas que ha recogido del suelo.- Miren que desastre, las langostas aún colean pero creo que el bogavante está muerto. ¿quién lo va a pagar? ¿eh?¿eh?

-. ¡Dios mío! El bogavante está muerto! – Exclama sollozando una mujer menuda con un moño.

-. Lo que yo les decía es un moro asesino ¡Qué culpa tenía el animalito! – Vuelve a intervenir el viejo de la corbata pasada de moda.

-. ¡Cállese viejo facha! ¡Dispárale de una vez! Insiste la joven obesa con voz de pito.

-. ¡Ya basta! – Grita con su voz atronadora el tipo barrigón. Vamos a calmarnos todos. Para ello propongo un minuto de silencio por el bogavante.

Todos los comensales murmuran, algunos no lo ven claro pero todos aceptan homenajear al crustáceo finado. Todos se ponen en pie y se mantienen callados aproximadamente un minuto.

-. ¿Pero qué hacen? – Pregunta confuso el yihadista.

-. Una demostración de duelo ante el dolor que nos has causado. Puedes hacernos daño pero si nos mantenemos unidos nunca podrás vencernos.- Sentencia el tipo barrigón.

-. Eso.- Exclama el tipo alto desgarbado.- Cojámonos de las manos y cantemos. Demostrémosle la fuerza de la unidad de los demócratas.

Todos los comensales se agolpan delante del yihadista y se toman de las manos. La mujer menuda del moño tararea los primeros compases de “Imagine”, el resto de comensales rompen a cantar.

-. “…Imagine all the people living life in peace…”

El yihadista aturdido por el espectáculo coral que está viendo decide huir y suelta el fusil. El tipo barrigón grita exultante.- ¡Lo ven se rinde! Nada puede con la unidad democrática ni el estado de derecho.

El yihadista retrocede hacia la salida pero es interceptado por el tipo barrigón.

-. ¿Lo ves hijo? Mediante la violencia y la barbarie no conseguirás nada sin embargo al recuperar el sentido común y tirar el arma te has ganado nuestros corazones. ¡A mis brazos!

El tipo barrigón abraza como un oso al terrorista el cual grita.- ¡No!

-. ¿Cómo qué no? El amor y la solidaridad deben de reinar entre las civilizaciones.- Pontifica orgulloso el tipo barrigón mientras le propina un tremendo achuchón al terrorista.

-. Me refiero a que está apretando con su panza el detonador de mi cinturón de explo…

Fin.

Embarazados

Hospital de Sant Pau 10:00.

Como siempre llego con demasiado adelanto a mi visita con el pneumólogo. Decido tomar un café.  La cola es larga pero tengo tiempo. Detrás de mi dos hombres hablan animadamente. Uno de ellos viste un traje y corbata grises con camisa negra, zapatos y cinturón a juego. El otro lleva unos pantalones “chinos” y un jerséi azul ribeteado en blanco. Es mucho más joven que el otro pero ya está muy calvo.El intenso ruido de fondo hace que tengan que alzar la voz lo que permite que oiga con claridad cuanto dicen.
Hombre de azul.- Me habían dicho que estos casos te obsesionabas con el peso y tenían razón.
Hombre de gris.- Ya te digo.

¡Vaya! Conversación de gimnasio.- pienso con desánimo ante la expectativa de tener que oír a voz en grito los logros deportivos de dos narcisistas hasta conseguir mi café.

Hombre de gris.- Ya te digo. Insiste el tipo trajeado. En mi primer embarazo subió 300 gramos.

No sé a que se refiere con lo de los gramos pero me llama la atención lo de su primer embarazo. Decido afinar el oído.

Hombre de azul.- La verdad es que para ser mi primer embarazo está yendo mejor de lo que me habían contado.

Hombre de gris.- El primero mío presentó todos problemas típicos pero el segundo fue muy bien. Incluso el parto no duró mucho.

Hombre de azul.- Ya me gustaría un parto sin problemas. – Musita el joven cabizbajo.

Hombre de gris. – Se pasa mal, lo sé, pero te aseguro que ver nacer a mi primer hijo lo compensó todo, el mejor momento de mi vida ¡y eso que fue por cesárea!

Hombre de azul. – Creía que no te dejaban estar si el parto era por cesárea.

Hombre de gris. – Mmmm.- El hombre del traje parece dudar.- Bueno fue hace catorce años… y mi ex era médico en el centro donde dió a luz.

Hombre de azul. – Entiendo.

Hombre de gris. – Verás como todo va bien, además piensa que las mujeres llevan pariendo durante milenios (sic) y con los avances médicos actuales no hay que temer.

Hombre de azul.- Eso espero.

Su conversación y mi escucha es interrumpida por la camarera que expende los cafés.

Conmovido por la implicación de los dos hombres personalizando en ellos mismos los embarazos de sus mujeres les comento que ha sido la conversación de cola de espera de las más interesantes que he escuchado jamás. Los dos hombres me dan las gracias no sin cierta estupefacción.

Con mi café y mi cambio me alejo raudo pues no quiero que piensen que soy un pelmazo ratito.

Luego mientras espero la primera de las pruebas respiratorias recuerdo la conversación con cierta tristeza. Me hubiese gustado tener hijos aunque no que heredasen mis genes defectuosos condenadolos de por vida al asma con su asfixia y sus extenuantes revisiones médicas como en la que estoy yo hoy.

Por fortuna la selección natural ha actuado con sabiduría.

¡Confesión!

Parroquia barcelonesa, interior tarde. Con un sobre en la mano y sin dinero suelto que he tenido que dar como voluntad para una gestión en la iglesia me dirijo al confesionario.

Yo.- Ave María purísima.- Susurro al cura visiblemente nervioso.

Cura párroco.- El Señor esté en tu corazón para que te arrepientas y confieses humildemente tus pecados.- Responde el párroco con rutinaria indiferencia.

Yo.- Padre confiéseme porque he pecado.

Cura párroco.- Te veo muy azorado hijo debes de tener una culpa muy grande. ¿Qué te aflige?

Yo.- Tengo una culpa de las gordas padre. He venido al despacho parroquial por una partida de bautismo y he visto que estaba usted confesando y no me he podido resistir. ¡Confesión! – Exclamo alzando la voz. Empiezo a sudar.

Cura párroco.- Tranquilo hijo mío. Dime ¿cuándo te confesaste por última vez?

Yo.- Esto.., hace unos meses.- Miento de forma cobarde.

Cura párroco.- Ya ¿Y dime hijo que te atormenta tanto?

Yo.- Es que no sé cómo explicarlo. pero estoy desesperado. ¡Confesión!

Cura párroco.- Sí, ya. Veamos, ¿es un pecado de gula tal vez? – Me pregunta el cura con tono paternal.

Yo.- Bueno a veces cuando estoy solo me meto entre pecho y espalda una lata de Pringles onion sur cream  o una bolsa de tortillas de maíz mojadas en guacamole… y siempre con cerveza. Pero no es eso lo que me angustia.

Cura párroco.-  ¡Moderación hijo mío! ¿Tal vez un pecado de lujuria?

Yo.- mmm.

Cura párroco.- Vamos hijo ¿Adulterio? ¿Sodomía?

Yo.- ¡No padre! – Exclamo escandalizado. Una señora que reza en un banco próximo me mira molesta por mi tono de voz.- A veces, ya sabe…

Cura párroco.- No hijo no sé.

Yo.- A veces, ya sabe… me toco y eso. Poco la verdad. Comparado con mi juventud cuando parecía un mono. Pero eso no es lo que me angustia.- La vergüenza supera al nerviosismo en este momento y la sudoración a ambos.

Cura párroco.- ¿Has cometido algún crimen’ ¡No será eso!- Pregunta algo alarmado el cura.

Yo.- No padre. verá lo mío es un caso de soberbia.- más bien.- Le digo al cura con expresión tranquilizadora.

Cura párroco.- ¿Soberbia?

Yo.- Tal vez no sea esa la palabra. Verá yo tengo un teléfono celular muy bonito. Un Samsung Galaxy Note 4, con su pantalla de 5,7 pulgadas, su estructura metálica, su detector de huellas dactilares y su “s-pen“. Es de un hipnótico color negro. El orgullo de mi vida. Lo uso mucho en mi trabajo y en mi tiempo libre. Es tan grande que puedo leer con comodidad durante los largos trayectos en tren diarios y su cámara fotográfica, qué cámara tiene ¡16 megapíxeles!. Libre cuesta unos 600 euros. Pero a mí me lo dieron con una renovación de la tarifa telefónica algo más cara.

Cura párroco.- Hijo no entiendo.- Exclama el cura confuso pero intrigado.

Yo.- … Siempre lo he cuidado con esmero. Le compré la funda oficial y todo. Pero el otro día vi una grieta en su divina carátula, un trocito de plástico del borde se desprendió y quedó a la vista una cosita blanca. ¡snif!

Cura párroco.- Sigo sin entender…

Yo.- Lo que pasa es que a pesar de que funcionaba bien ¡lo he llevado a arreglar! No he soportado que mi precioso teléfono tuviera una cosita blanca.

Cura párroco.- ¿Estaba en garantía?

Yo.- Sí,

Cura párroco.- Sigo sin ver el problema.

Yo.- Padre, lo que sucede es que voy por la vida de persona sensible y solidario con los problemas de la gente. Escribo un blog ¿sabe? y no en pocas ocasiones he escrito sobre temas políticos y sociales según mi experiencia personal o de terceros. Hablo de mendigos, músicos callejeros y políticos corrompidos. Hablo y oso dar consejos sobre enfermedades que he padecido como las cataratas y la depresión. Juzgo con dureza la hipocresía de la publicidad o de las cosas que hace la gente y resulta que yo mismo soy el epítome de la hipocresía desesperándome porque a mi celular le ha salido una cosita blanca… ¡buahh!

Cura párroco.- No sé que decir. Ciertamente podríamos clasificar tu caso como soberbia.- Comenta condescendiente el párroco.

Yo.- Soberbio y estúpido… Pobreza, paro, guerra, refugiados y yo preocupado por una cosita blanca en mi móvil,  pero es que ¡no quiero cositas blancas… buahhh!

Cura párroco.- Bueno hijo, no es para tanto. Además estar pagando un teléfono tan caro y que le salgan cositas blancas, pues no es de recibo.

Yo.- Jesús, Hijo de Dios, apiádate de mí, que soy un pecador. ¡Un mierda… buaah!

Cura párroco.- Hijo ¡ese lenguaje! En fin. Dios, padre misericordioso, que reconcilió al mundo por la muerte y la resurrección de su Hijo y derramó el Espíritu Santo para el perdón de los pecados, te conceda, por el ministerio de la Iglesia, el perdón y la paz.

Yo.- ¿No hay penitencia padre?

Cura párroco.- No hijo. Tu pecado lleva la penitencia implícita . Además Dios ama a los tontos, hace muchos. Bueno, yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Yo.- Amén.- Creo que el cura me ha llamado tonto, pero me lo merezco. Salgo de la iglesia algo más tranquilo. Así podré aguantar mejor los 15 días que el servicio técnico oficial de Samsung me ha dicho que tardan en eliminar cositas blancas en sus terminales telefónicos.