Gin Tonic

Agosto de 2016. Local de copas en la gran Vía de Madrid. Interior Noche.

Una camarera con amplia sonrisa y melena corta me atiende al poco de sentarme en una mesa rodeada por un cómodo sofá de polipiel.

Camarera risueña.- Buenas noches caballero. ¿Qué desea tomar? ¿Lo sabe ya?

Yo mismo.- Un Gin Tonic. Contesto relamiéndome, me encanta el gin tonic.

La camarera deja de sonreír y sus finos labios caen como un telón sobre sus innumerables dientes. El fruncir de su ceño y cierta tensión en el ambiente me hace sospechar que algo no anda bien. Pasamos unos segundos en silencio que se me antojan como siglos. Finalmente la camarera haciendo un gesto de resignación comenta:

Tal vez el señor quiera consultar nuestra carta donde podrá escoger entre nuestra amplia variedad de gin tonics.

Me doy cuenta de que he quedado como un cateto. La ultima vez que pedí un gin tonic en un bar de copas fue en 1998 y la actual moda de los gin tonics de diseño me ha pillado a contrapié.

No sin cierta sensación de bochorno por mi falta de mundología, escudriño la sección de “gins” de la carta amarillenta con grandes letras negras y pictogramas de copas, cocteleras y burbujas de color carmesí.

Yo.- Mmm ¿Qué es un Red Neck gin?

Camarera estupefacta.- 3/4 partes de gin de castaña, 1/4 parte de tónica, hielo, garbanzos y una viruta de piel de boniato.

Yo. ¿Y un Stalingrad gin?

Camarera estupefacta.- 3/4 partes de gin de enebro, 1/2 partes de vodka 1/2 de tónica, algunos una viruta de piel de patata y mucho hielo.

Yo.- ¿Y el Valencia gin? No me lo diga lleva zumo de naranja.

Camarera estupefacta.- No, garrofons. Además de 3/4 partes de gin de arroz, 1/4 parte tónica.  Me corrige mirándome con cierto pitorreo.

Yo.- ¿Kosher gin?

Camarera estupefacta.- 1/4 partes de gin , 3/4 de tónica, hielo y escamas de pescado.

Yo.- ¡Rajoy gin!

Camarera estupefacta.- 2/4 partes de gin de grelos, 2/4 de tónica, mucho hielo y muy hielo.

Yo.- ¿Ho…Homeophatic gin?

Camarera estupefacta.- 1 gota de gin disuelta en un barril de tónica  durante 2 años. Lleva algo de azúcar.

Yo.- No es que me ilusione pero ya por curiosidad. ¿Gazpacho gin?:

Camarera estupefacta.- 3/4 partes de ginebra de pepino, 1/4 parte de tónica, un aro de cebolla y un par de tomates cherry.

Yo.- Pues no sé, la verdad. ¿No puede recomendarme alguno?

Camarera estupefacta.- Le recomiendo el IKEA gin, le servimos ginebra Odin, tónica Nordic Mist y diversos condimentos además de hielo. Y usted mismo se lo prepara.

Yo.- Bueno, pues póngame uno.

La camarera me arrebata la carta suavemente pero con mueca de hastío. Regresa  con una copa llena hielo con un trozo de limón, una lata de tónica, un botellín de gin y unos pequeños cuencos llenos de toda suerte de especias y condimentos.

Espero que la camarera no mire y con cierto temor a que me pille, vierto la tónica y la ginebra sobre el hielo que crepita deliciosamente. Me lo bebo antes de que la camarera se dé cuenta de que no he utilizado los petalos de petunia, las bayas tibetanas, las virutas de estaño, las semillas de ruibarbo ni las astillas de wengué. Todo lo meto en el bolsillo salvo un puñadito que coloco en la comisura de mis labios junto a un par de lentejuelas que no había visto.

Camarera hastiada.- ¿Qué le ha gustado? Me pregunta mientras saco una de las lentejuelas que se ha metido en la boca.

Yo.- Mmmm sí, exquisito. Le contesto mientras intento que se fije en un pétalo de petunia que cuelga de mi labio inferior.

Camarera hastiada.- ¿Le sirvo otro?

Yo.- No, sírvame un cuba libre, tráigame la carta. (Esta vez voy a quedar como un tipo cosmopolita)

Camarera hastiada.- Sólo tenemos ron Barcardí ¿le sirve?

Yo.- Bueno… vale. Le contesto mientras se aleja moviendo la cabeza de un lado a otro con ademán de lamento.  ¡Y pensar que detesto el ron!

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Vía muerta.

Hola indeseable desconocido:

Volviendo de Madrid a Barcelona en el AVE me he encontrado con esto:

Aseo_Renfe

Me dirijo a ti en masculino porque las posibilidades de que seas una mujer son reducidas, aunque en estos tiempos quién sabe. Tampoco creo que seas un niño y si lo eres lo que diré a continuación aplícaselo a tus padres que han abandonado tan pronto tu educación. Y por supuesto, no creo que seas un McGyver improvisado, que ha evitado una inundación de líquido azul mediante un dique de aluminio cervecero, pues hubieses informado a la tripulación rápidamente, como hice yo en cuanto vi tu gracia.

¿Qué te ha hecho la vida para que acumules tanta rabia? La pobreza, la incomprensión, la marginación social… no creo, pues viajar en uno de estos trenes no es barato. No hay pedigüeños ni acordeonistas mendigando en los AVE.

Puede que se deba a que sabes que la vida ha sido tacaña con tus facultades mentales. Tienes una mente simple, rudimentaria, incapaz de retener cualquier conocimiento que le dé naturaleza humana. Estás en el limbo entre el simio y el hombre pues no me imagino a un mono embozando el retrete de un tren por diversión.

Debe ser duro ser tú. Levantarte cada día viendo la cara de un mequetrefe en el espejo y tener que afrontar una jornada, en la que, tu escasez de recursos cognitivos, convertirá en humillantes fracasos las más simples tareas que acometas. Si yo fuera un imbécil irredento también sentiría ira y rencor contra cualquiera que pueda definirse como persona, cualidad que no posees ni poseerás por mucho que lo intentes. Aunque yo creo que abandonaste hace mucho ese propósito y ahora te conformas con molestar a los demás para que sientan un poco de la frustración que tu idiotez y cretinismo han convertido en una prisión de la que no puedes escapar.

Puede que alguien piense que escribir sobre un botarate que tapona un retrete, con los problemas que hay en el mundo, es la queja pueril de un despreocupado viajero sin problemas graves, pero no me importa pues sobre lo que escribo no es la molestia de tener que atravesar un coche más para ir a otro aseo, sino sobre que anormales, carentes de alma y educación elemental como tú, votan, ocupan puestos de trabajo y complican la vida ya bastante dura de por sí.

Bueno, la vida es dura para la mayoría de la gente, pero no para ti. Tu vida de contaminador y gamberro es fácil, una lata y un plástico en un retrete y ¡hala! te sientes realizado. No necesitas avanzar más porque además no puedes, estás en vía muerta.

¡Fin de trayecto!

Mamá.

Las dos palabras que más me llenan de regocijo es cuando dice mi hijo, es cuando digo mamá. 

“Amor Verdadero”. Canción.

Algo que sucedió ayer con mi madre me ha hecho recordar una de las pocas anécdotas agradables que viví en Italia o mejor dicho que viví entre los italianos. Estos que tan agradables y simpáticos son cuando te los encuentras lejos de su tierra parecen transmutar cuando regresan a ella. Porque lejos de la formal simpatía de los ingleses o de la condescendiente amabilidad de los franceses, los italianos cuando están enclaustrados entre el Tirreno y el Adriático no resultan ni tan simpáticos ni tan amables o al menos eso me pareció.

Puede ser que estando al sur de los Alpes los italianos tomen conciencia de que son los máximos artífices de las artes, de la ciencia y del progreso humano en general y ello les convierte sin querer en en arrogantes mequetrefes. No fueron pocas las malas caras y la desidia que encontré en todas y cada una de las ciudades que visité. Desde una anciana que me retuvo para entregarme a la policia porque me metí sin querer en el lavabo de señoras, hasta un conductor de autobús que se reía en mi cara pues al parecer era el único pringado del pasaje con intención de pagar el viaje.

Dado que no soy persona que se relacione con desconocidos fácilmente no tardé en concentrarme en mi cometido que era ver Italia y entre el Panteón de Agripa, la Galleria Vittorio Emanuele II, la Piazza de San Marco y un mural cercano al Coliseo, creo recordar, donde se mostraba que tuvo que ser un Cesar Sevillano, el que llevara el imperio a su máximo esplendor, me fui olvidando de aquellos engominados botarates… bueno eso pensaba de los italianos entonces.

Italianos

Ocurrió que de regreso al hostal de peregrinos infestado de cucarachas donde me alojaba desde la Basilica de San Pedro, me senté enfrente de una señora cincuentona, entrada en carnes que era un tópico Felliniano viviente. Decidí hacer una llamada y naturalmente comencé a hablar en castellano. No sé cual fue la causa pero aquella mujer frunció el ceño y me dedicó su peor mueca de asco mientras fijaba una furiosa mirada en mis ojos. No sé si era por hablar muy alto, que no creo, o porque era un extranjero más perturbando la “pax” en las calles de la ciudad eterna o simplemente la señora detestaba a los españoles pero el desagrado de aquella “donna” era patente.

Aunque pensé que se trataba de una muestra más de cortesía transalpina sin consecuencias, empecé a ponerme nervioso y concluí mi llamada no sólo por el desconcierto ante la actitud de la “signora” sino porque la conversación me estaba distrayendo del trayecto y temía saltarme mi parada situada en un descampado colindante con la Vía Aurelia Antica. Así que corté la comunicación con un: “Hasta luego Mamá” pues era con mi madre con quien hablaba y algo sucedió: la enojada señora puso cara de sorpresa justo en el momento en que pronuncié la palabra Mamá. Su asco y desprecio empezaron a difuminarse y sus labios apretados esbozaron una curva que acabó en una de las más sinceras y amables sonrisas que me haya dedicado persona alguna. Su rostro se iluminó y sus ojos amenazadores empezaron a brillar y tras una mueca de complicidad dejó de mirarme y fijó sus ojos en el paisaje urbano. El extranjero incomodo que perturbaba su viaje con su cháchara ininteligible estaba hablando con su madre y eso la conmovió, quién sabe por qué.

Una vez me apeé del autobús esa anécdota me ayudó a superar el cansancio por estar todo el día recorriendo Roma y los insultos que me prodigaban los conductores por empeñarme en llegar al hostal caminando por el lado correcto de la Vía Aurelia Antica. 

 

Cuestión de prioridades.

No entiendo por qué mi teléfono no se ha actualizado todavía a Android Marhsmallow. ¿Cómo es posible que ya anuncien la versión N y todavía no se ha actualizado el mío que sigue en la versión 5.1.1 “Lollipop”

Está en esta lista de modelos a actualizar. ¡Aquí lo pone! Galaxy Note 4. No sé por qué tarda tanto en llegar la actualización. Recuerdo que mis otros dispositivos se actualizaron enseguida.

La verdad, el telefono funciona de rechupete, y no me quitan el sueño las actualizaciones pero ya que he pagado por uno los mejores teléfonos, creo que tengo derecho a disfrutar de todas las ventajas ¡o no!

  • Perdona amigo.

Un africano interrumpe mis pensamientos sobre sistemas operativos móviles. Es un hombre robusto, algo más alto que yo. Viste una gorra cuyo color no distingo y una especie de anorac rojo. No puedo fijarme más en otros detalles. Su mirada atrae a la mía. Sus ojos oscuros son grandes, saltones y no sé, inspiran confianza, sí, confianza esa es la palabra pues yo que soy reacio a atender a gente por la calle, en este caso me siento dispuesto a escuchar lo que tenga que decir que será pedirme dinero.

  • ¿Puedes ayudarme para que pueda comer algo?

¡Lo sabía me pide dinero! Pero no sé, hay algo en el tono de su voz, en la limpieza de su mirada en el gesto de hambre al frotarse la barriga mientras habla, que evita que lo mande a paseo como hago siempre con los pedigüeños. No, no es uno de eso jetas que te piden 50 céntimos para esto o lo otro, parece un buen tipo y un buen tipo que tiene hambre.

Rebusco en mis muchos bolsillo y al final encuentro algo más de un euro, tal vez uno con diez o con veinte. Coloco las monedas sobre su mano extendida, una mano pétrea, curtida, trabajada. El hombre me mira con cierto alivio y una sonrisa.

  • Gracias, amigo, gracias.

El africano sigue su camino y yo me quedo entre la satisfacción de llevar una cantidad de dinero con la que al menos puede compra algo de comer en una panadería y la inquietud por no saber si le devolví la sonrisa.

¡Vaya! aquí hay otra lista donde pone que mi teléfono está entre los que recibirán la actualización a Android Marhsmallow durante el primer semestre de 2016 ¡Pues si que van lentos esta vez con las actualizaciones!

 

Naturaleza humana.

La camiseta es purpura o violeta o morada, bueno no sé, para mí todo es lila además lo destacable es que el tipo que la viste no tiene brazos. Es un hombre pequeño, flaco y la expresión de su cara es algo cómica. Va muy sucio. Imagino que la miseria y el no tener manos dificulta una adecuada higiene personal. Es la segunda vez que lo veo pedir en el metro intentando llamar la atención de los viajeros dando golpes en las barras de apoyo con sus muñones que apenas sobresalen unos diez centímetros de sus hombros. No parecen muñones de malformación congénita, parecen muñones de brazos perdidos aunque, vaya usted a saber.

El cachorrito es una monada. Debe de ser de alguna raza asiática pues el acompañante de la dueña lleva de la correa a dos shar pei y parece que les va ese rollo. ¡Qué lindo el perrito! Su pelaje es gris casi plateado con manchas blancas tornasoladas, tiene el hocico chato  y una mirada tan, tan humana. Lo miramos embobados porque además el pobre está malito. Ha hecho caquita líquida en la canceladora y ahora parece aturdido y mareado. A pesar de su poca edad, es bastante grandecito y pesa demasiado para su dueña, una chica menuda que no puede contar con su acompañante ya que este bastante tiene con gobernar los dos shar pei tan bonitos y marroncitos como traviesos y juguetones.

El hombre sin brazos camina lentamente. Es difícil mantener el equilibrio en esos horribles trenes articulados de la línea 1 del metro de Barcelona. Esos donde los asientos te hacen creer que son de cuatro plazas pero en realidad son sólo de tres, esos que tienen esa incompresible pendiente en los extremos de los vagones donde cualquier sacudida hace que te tambalees y tengas que agarrarte a lo primero que encuentres. El hombre sin brazos también sufre ese nefasto diseño pero el no puede agarrarse a nada así que tiene que ir con mucho cuidado.

El cachorrito enfermito está complicando también el equilibrio de su dueña. Se ha arrodillado para intentar sostener al perrito pues este parece no querer sostenerse sobre sus patitas. Miramos la escena y nos compadecemos del can. Es que es tan mono y con esos ojitos tan expresivos que dicen: no me siento bien. Una señora le cede el asiento a la chica que jadeante alza al perro y lo acomoda en su regazo. La mujer generosa se permite acariciar al chachorro y pasa su mano ensortijada por el pelo plateado del animalito.

La primera vez que vi al hombre sin brazos algunas personas compasivas le dimos algunas monedas aunque resultaba embarazoso pues ¿cómo le das una limosna a un hombre sin manos? Nos quedábamos paralizados con la moneda entre los dedos y el hombre sin brazos nos indicaba con una sonrisa que la introdujéramos en el bolsillo de su pantalón.

Hoy estábamos embelesados con el perrito exótico de pelaje plateado y tornasolado que está enfermito. Todos nos interesábamos por cada mueca, cada gemidito, cada bostezo del cachorrito. Cuando he apartado la vista para ver por cual parada iba, he visto pasar al hombre sin brazos, con su camiseta lila, sus andares pausados, su …

¡Pobre perrito! Está malito. Es tan bonito y tiene una mirada tan, tan humana.

No me vendas azúcar a mis años

 …. de piña para las niñas y limón para las viejas.

Caramelos, caramelos, caramelos, llevo caramelos.

Hace mucho que tomo cierta medicina. Es un buen remedio para la enfermedad que padezco pero el tratamiento es largo, no se puede dejar de inmediato y además tiene desagradables efectos secundarios, todos los cuales he sufrido salvo las variaciones del flujo menstrual (o eso creo).

Hoy he ido a comprarla a mi farmacia de toda la vida. Una de las chicas que atienden se ha interesado por como iba mi tratamiento y como me sentía. Es la segunda vez que se interesa por mi salud lo cual me hizo sospechar dado que es una empleada nueva y apenas me conoce por lo que he decidido satisfacer su curiosidad. Le he explicado que estoy fenomenal y que el médico está considerando seriamente reducir la dosis.

Sabedora como farmacéutica que dicho medicamento tiene como efectos secundarios el atontamiento y la flojera, se ha permitido recomendarme un complemento para evitar dichos efectos y hacerme sentir más enérgico. De uno de los anaqueles ha tomado una caja y la ha plantado sobre el mostrador al tiempo que empezaba a glosar las bondades del producto, pero la he interrumpido señalando con el dedo una palabra escrita en el envase: BOIRON.

  • Verás.- Le he comentado con mi más tierna voz. – Esto es homeopatía y no lo compraría.
  • ¿No te gusta? – Ha preguntado algo sorprendida.
  • No, no es eso. Verás, estudié química en mi juventud y sé que eso que me vendes es agua con azúcar.- He replicado dulce pero contundentemente.
  • Bueno, pues nada, sólo era un consejo. – Me ha contestado casi en un susurro visiblemente ruborizada.

Y no es para menos, esa chica tiene un título en farmacia, quizás incluso de medicina, sabe mucha más química que yo, que ya no recuerdo nada (no sabría distinguir un mol de un si bemol) y aun así pretendía venderme agua azucarada.

He salido de la farmacia con mis medicinas y una sensación de satisfacción, no por dejar en evidencia a la pobre chica que al fin y al cabo hace su trabajo sino porque he atajado sin titubeos una oferta que no me interesaba y eso no es normal en mí.

Suelo ser demasiado paciente y amable con aquellos que me aburren, posiblemente porque yo he sido (y sigo siendo para que nos vamos a engañar) un aburridor contumaz y no quiero tratar a los demás como no quiero que me traten a mí y al igual que yo recibo muchos cortes en seco de mi plúmbea verborrea ha llegado la hora de que yo también cercene la verborrea ajena y veo que puedo hacerlo sin complejos ni remordimientos. Debe de ser que estoy madurando.

¡Es estupendo hacerse mayor!

 

 

Mi viaje de Gulliver.

Si todo va bien el viernes día 15 de enero de 2016 volveré a Londres. Estuve por primera vez en el sangriento verano de 2005 por un azar del destino del que no hablaré y fue una semana antes de las vacaciones que había programado en Egipto. ¡Qué tiempos! Yo me sentía todavía joven y las cosas no me iban del todo mal. Tenía ánimos para emprender dos viajes en un verano, acababa de salir de una gran bache en mi vida y me sentía renacido.

Todo mi presupuesto estaba destinado a comprar todas las emociones posibles que pudiera en Egipto. Es cierto que tuve suerte y encontré una oferta de última hora lo cual abarato considerablemente el precio, pero contraté un viaje a todo lujo incluyendo crucero por el Nilo con las mismas 5 estrellas que el hotel Marriott de El Cairo, ubicado en el que fue el palacio que le construyeron a Eugenia de Montijo cuando se fue con su Marido Napoleón III a inaugurar el canal de Suez.

En Londres pues, tenía poco dinero para gastar y además la libra esterlina estaba a dos euros. Pero no me importaba, allí estaba yo solo, en la tierra de mi bisabuelo, durmiendo en un hotel barato donde la recepcionista ponía cara de desesperación cuando le hablaba en inglés y donde no me cobraron el desayuno seguramente porque les resultaba menos oneroso que intentar entenderme.

Frío día de julio frente al Tower Bridge verano de 2005

Yo en Londres con el Tower Bridge al fondo verano de 2005.

Tuve que caminar mucho pues los recientes atentados en el metro habían provocado el cierre de la mayoría de líneas del suburbano así que algunas cosas me las perdí por puro agotamiento físico y otras por no poderlas pagar como los 10€ al cambio que costaba entrar en la abadía de Westminster para poder ver la tumba de Isaac Newton.

Pasé aquellos días absteniéndome de todo lo que no fuera absolutamente necesario, comiendo en McDonald’s o en la calle, bocadillos de pepino con mantequilla  comprados en Marks & Spencer Food. Además hizo algo de fresco y llovió. No fue un viaje cómodo pero lo pasé muy bien viendo todos los tópicos turísticos  desde el ineludible Big Beng, hasta la Piedra de Rosetta, el único icono egipcio que no podría ver en su país.

Luego me fui para Egipto, la cosa no salió como esperaba.

Para empezar era mi primera vez en un país africano y en un país árabe. No estaba preparado para asumir todo lo que vi allí y que nada tenía que ver con la épica de monumentos milenarios y faraones sino con el terrible paisaje humano que me encontré.

Yo en Abu Simbel verano de 2005

Yo en Abu Simbel.

Durante todo el crucero por el Nilo y en mi estancia en El Cairo la miseria y la injusticia social me impidió disfrutar del viaje. No porque no conociera la pobreza con la que me codeé en mi infancia en mis largas tardes de domingo en el barrio de La Mina y que tan sólo el esfuerzo sobrehumano de mis padres y mis abuelos maternos impidieron que traspasase la frontera entre la clase obrera y ella, sino que era la primera vez que la observaba desde la cúspide del lujo y la riqueza, pues para la mayoría de paisanos egipcios yo era rico y muy rico.

Los guías Moises y Kaled y yo verano de 2005

Los guías Moises y Kaled y yo en el Nilo.

Todos los monumentos, los templos, la maravillosa ribera del Nilo adornada de hermosos minaretes se me eclipsaron por la horda de niños pedigüeños, niños enfermos, algunos deformes o mutilados, rodeándote para obtener calderilla o boligrafos. Niños  que eran capaces de pedirte en catalán que les comprases unos abalorios cuando se enteraban de que venías de Barcelona.

Mendigos por todas partes, alzando sus manos, metiéndolas entre el enrejado de las estructuras metálicas dispuestas para separar a los turistas de la muchedumbre misérrima y que pudiéramos ver la esfinge, por ejemplo, sin ser molestados.

Lejos me quedaba la mística de Abul Simbel, Karnak, Luxor o Guiza frente a las polvorientas fachadas de los suburbios de El Cairo que no se reparan porque el desierto las golpea sin piedad, dando a aquellos edificios un aspecto mortecino y desolado, a pesar de la mucha gente que allí malvive.

Yo con las pirámides al fondo verano de 2005.

Yo con las pirámides al fondo.

Es cierto que pasé buenos momentos y vi muchas cosas que ansiaba ver desde niño pero la arrogancia de los visitantes Saudies tratando a sus criados como ganado, mujeres condenadas al Nicab, gente viviendo en tumbas de familiares exhibidos como atracción turística, ancianos trabajando al carecer el país de un sistema de seguridad social, el caos en los servicios públicos, la corrupción policial que viví en primera persona y la mirada picara de niños sin más futuro que la mendicidad, hicieron que dejase Egipto con una sensación de tristeza y porque no decirlo, de cierta culpabilidad por haber participado en un viaje de lujo a un país tan pobre. Me prometí a mí mismo que si algún día volvía al tercer mundo como turista será en condiciones más modestas y decentes.

Y así fue como tuve mi particular viaje cual Gulliver. Era pobre en la capital del imperio británico,  era el enano entre los gigantes de Brobdingnag pero fueron días maravillosos. En cambio en el Egipto de los Faraones del que sólo queda expolio y arena fui el turista rico, el gigante entre enanos de Lilliput y me sentí infeliz. Una lección que me dio la vida y de la que he tomado nota.