Las insignificantes tumbas de los hermanos Kennedy

En septiembre de 2013, durante mi visita a Washington estuve el cementerio de Arlington. Este cementerio tiene la particularidad de que sólo pueden ser enterrados bajo él, aquellas personas que hicieron algo en defensa de la nación. Por eso allí yacen miles de soldados de todo rango o civiles como los pasajeros del vuelo 93 de United Airlines que evitaron que el avión colisionara contra su objetivo en el 11 de septiembre de 2001.

Nos es obligatorio ser enterrado allí si has sido un héroe o una heroína, primero se consulta con la familia y si esta accede, entonces se entierra al difunto allí.

Pero sin duda los personajes más famosos allí enterrados son los hermanos Kennedy. Tuve ocasión de ver sus tumbas. La del presidente asesinado es un pequeño mausoleo consistente en una lápida bajo la cual yacen sus restos mortales, los de Jackie Kennedy y los de uno de sus hijos, no recuerdo cual. También hay un pebetero donde una llama eterna flamea y un modesto monumento de mármol y granito donde hay esculpidas frases y discursos del infortunado presidente. La familia Kennedy no quería que se le dedicara ningún monumento ni siquiera uno tan sobrio, pero las leyes americanas prohíben que un presidente fallecido no tenga una tumba digna de su categoría.

Por cierto, Jackie está enterrada allí  aun siendo viuda de Aristóteles Onassis, pues la tradición estadounidense reconoce sólo la viudedad del primer esposo, en caso de que una mujer haya enviudado en más de una ocasión. Sí Onassis estuviera vivo o se hubiese divorciado de Jackie, esta no tendría derecho a estar enterrada en Arlington.

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Tumba del Presidente Kennedy

Flanqueando la tumba del matrimonio Kennedy están las tumbas de los otros hermanos. Los senadores Robert y Edward y el primogénito, Joseph, que murió en una misión durante la segunda guerra mundial a la que se presentó voluntario.

Las tres tumbas son apenas unas diminutas lápidas blancas coronadas por tres cruces también blancas. Son tan sencillas y tan austeras que nadie diría que allí están enterrados tres de los personajes históricos más queridos e idolatrados por los norteamericanos.

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Tumba de Robert Kennedy
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Tumba de Ted Kennedy (en primer plano)

Mirando las tumbas de Robert ,Ted y el mausoleo de JFK me dio por pensar en lo distinto que somos en España. Aquí, un dictador genocida y ladrón y su compinche golpista, El General Franco y José Antonio Primo de Rivera, están enterrados en algo llamado el Valle de Los Caídos: una montaña excavada y recubierta de mármol, por miles de presos políticos esclavizados. Un templo coronado por la cruz cristiana más alta del mundo. No puedo resistirme a contarle esta anécdota al guía que nos está explicando las cosas. El hombre me mira con asombro:

– ¿Eso es verdad? Me pregunta incrédulo.

– Sí, es verdad.- Corrobora una chica argentina que ha escuchado lo que yo decía.

– Sí.- insisto yo.- Una tumba gigante para un dictador enano de un pueblo más enano todavía.

El guía sopla con asombro y parece mirar con orgullo la tumba de JFK pero luego parece entristecer y sin mirarme comenta:

– A este lo mató la ultraderecha.

El guía, la chica argentina y yo ya no nos separamos el resto de la visita. Durante un tramo en silencio, la chica argentina pregunta:

– ¿Cuantos presidentes ha habido? Pregunta de ascensor, pero algo hay que decir.

– 45, dice el guía.

– No, son 44. Groover Cleveland tuvo dos mandatos  no consecutivos y por tradición se le cuenta como dos presidentes.- Comento indiferente.

– ¡No me acordaba de eso! – exclama el guía.-  ¿Cómo lo sabes tú?

– Es por una cualidad muy europea que tengo. Se llama cultura.- Pienso para mis adentros.

Entradas relacionadas:

– La película Zapruder.

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Diario de viaje. Últimos días.

Puente Queensboro

Domingo.

Ya he visto todo lo que quería ver. Todos mis objetivos turísticos están cumplidos.  Dediqué el domingo a  preparar el agotador viaje del lunes y a descansar. Mientras cambiaba con desgana los canales de televisión, doy con el único que emite en español que se sintoniza en el hotel. Dan un anuncio del nuevo disco del tal Alejandro Fernández en el cual se incluye la canción “hoy tengo ganas de ti”. Me siento feliz por identificar quien la canta y que además lo hace a dúo con Christina Aguilera. Resulta que al volver de Washington, el Sr. Rodríguez subió el volumen de la radio cuando esta canción empezó a sonar. No quiero parecer cursi pero atravesar el Queensboro con esta música será algo difícil de olvidar. Cuando la canción terminó comenté:

  • ¡Qué magnífica versión de esta canción! Es la más famosa de Miguel Gallardo, un autor español que murió relativamente joven.

El Sr. Rodríguez esboza una sonrisa, la primera en todo el viaje. Celebra que me guste la canción y comenta:

  • Los grandes artistas siempre mueren jóvenes.

Fue la frase más larga que pronunció de manera espontanea y no estaba carente de lírica . ¡Bien por el Sr. Rodríguez!

Lunes.

El “shuttle bus” del hotel me ha dejado en el JFK siete horas antes de la partida de mi vuelo. Busco el mostrador de Iberia pero no lo encuentro.  Decido preguntar a una empleada con chaqueta roja y pinta de saber mucho.

  • “De aibirias chequin plis? (¿El mostrador de Iberia, por favor?)“. – Mi inglés de andar por casa parece funcionar, además aquí Iberia es “Aibiria”.
  • “Oh yes, wachiwachiwachi and wachiwa.”

Ella me ha entendido pero yo a ella no, pese a lo cual asiento con la cabeza y sonrío como si ya lo tuviera todo claro. Absolutamente perdido decido ir al lavabo. Pienso mejor con la vejiga vacía. Espero un rato antes de volver a preguntar. Esta vez pregunto a una empleada de British Airways.

  • “De aibirias chequin plis?”… “Is de seim campani… Je, je.”. (¿El mostrador de Iberia, por favor?… Es la misma compañía…Je, je.)

Le hago notar que si le pregunto a ella es porque Iberia y British Airways son la misma compañía no vaya a ser que se moleste. Esta vez consigo que me indique con el dedo donde debo esperar y a qué hora. Después de esperar las mencionadas siete horas, consigo por fin la tarjeta de embarque y pasar el control de seguridad. Dejo todo lo que llevo en la cinta transportadora incluyendo los zapatos pero me olvido del cinturón. Justo cuando me toca a mí introducirme en una cabina de rayos X o yo qué sé, me doy cuenta y me lo quito para ponerlo con las demás cosas. Debido a todo ello provoco un ligero murmullo de desaprobación por parte de los demás viajeros ya que estoy retrasando el acceso a los “duty free”. Avergonzado me olvido de recolocarme el pantalón tras sacarme el cinto y claro, para que no se me caigan tengo que colocarme en una postura cómica dentro de la cabina detectora, con los brazos en alto y las piernas arqueadas. ¡Mira qué bien! Ya he hecho el ridículo en tres continentes.

Sobre el vuelo nada destacable. El viaje duró casi dos horas menos por lo que tuve tiempo de ver los capítulos que me faltaban de “The Big Bang Theory” y la película “El último rey de Escocia” pero no pude saber el final de “El secreto de tus ojos”. ¡Ah! tuve que soportar a un orondo señor que no paraba de moverse y de restregar sus sobresalientes nalgas sobre mis empalidecidas mejillas. Al menos el desayuno fue tan pantagruélico como lo fue la merienda de la ida lo cual me obligó a aflojar el cinturón de seguridad. Siempre llevo en los aviones mis mejillas empalidecidas y mi cinturón abrochado porque me da miedo volar. Cuando puedo escojo un asiento lejos de las ventanillas pues no soporto la visión del vacío. Las alturas no son lo mío. Estar a más de metro y medio desde el pavimento, me provoca vértigo. Creo que esta ha sido realmente la causa por la cual he retrasado tanto este viaje que hoy concluye. Sin duda el poder ver Nueva York sin cataratas y poder encarar esas interminables avenidas y esos infernales trasbordos sin broncoespasmos, ha sido un regalo de la vida. (Y de mi hermano, claro.)

Ha sido el mejor viaje de mi vida. En el que me he sentido más motivado y más seguro, a pesar de estar al otro lado del mundo, del idioma y de la peculiar idiosincrasia de los americanos. En la lista que confeccioné de niño de las cosas que quería ver, ya sólo quedan los objetivos que marqué como “improbables de conseguir” y en mi lista de cuadros que deseaba contemplar en vivo ya están todos tachados. Espero que este sencillo triunfo vital, me ayude a recuperar el ánimo y a afrontar decidido el resto de mi vida, puede que solo e insignificante pero con valor y lleno de curiosidad, como he afrontado las calles de Nueva York.

Diario de viaje. Día 5.

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Manhattan.  Donde los chinos son altos, los hispanos son pobres, los blancos son raros y los negros… los negros todo lo anterior.

Manhattan, donde he tenido mi primera depresión transoceánica.  Puede que sea el rebote del subidón de ayer, o lo desordenada que llevo la medicación pero no tengo ganas de nada. Ni siquiera he recordado el cumpleaños de mi hermano. Quizás veo cerca el final del sueño,  veo cerca volver a la nada, a ser nada. Aquí también soy nada, pero en Nueva York hasta la nada parece algo.

A duras penas decido ir a Chinatown. En mi guía dice que es visita obligada. Me apeo en Canal Street que huele a comida y donde no hay muchos más asiáticos que en Queens.  No me impresiona. Quizás tenía que haber ido al MOMA. He perdido la tarde.

Decepcionado camino por inercia y repente llego a la calle Mulberry donde hay cientos de personas,  alegría y griterío. Pregunto a un hispano: son las fiestas de San Gennaro en Little Italy.

Hay cientos de puestos de comida, principalmente italiana pero también china y caribeña;  incluso hay un puesto con banderas españolas y toros de Osborne que sirve frenéticamente paella con chorizo. Siento curiosidad pero no he venido a Manhattan a comer paella. En su lugar pido un bocadillo de salchicha italiana picante que además de delicioso hace las veces de Trankimazin.

Un talentoso imitador de Louis Armstrong acompañado por tipo con un acordeón rosa y una chica asiática que toca un tambor acaban por animarme y les echo mi ultimo dolar.

Mientras camino por la calle atestada, pongo la música que traje a propósito en mi reproductor. El Empire State resplandece en el horizonte, Don Fanucci tiene los minutos contados y yo, yo me siento feliz aun siendo nada en Manhattan.

Diario de viaje. Día 4.

Obelisco_Washintong

Todas las vivencias de este día son imposibles de redactar con mi celular así que las dejaré para la versión extendida.  Por el momento me limitaré a una pequeña enumeración.

5:30 El Sr. Rodríguez me recoge en la puerta del hotel.

Parada en Manhattan para recoger a Claudia Hurtado, a Julián y su esposa la Dra. Landeiro y a dos simpaticas Argentinas: Graciela y Nela.

Nos adentramos en la “high way” que atraviesa New Jersey, Delaware y Maryland. Paisajes de bosques y dos inmensos ríos. De los rótulos de la autopista deduzco que uno es el Delaware pero el otro no logro identificarlo pero puede que sea el Susquehanna. Aquí pasan desapercibidos, pero tienen un cauce 3 ó 4 veces mayor que el Ebro.

Parada para desayunar y hacer otras cosas menos literarias.

Más paisajes,  puentes colosales y grandes camiones a toda velocidad.  No es la ruta 66 pero estoy flipando.

Atravesamos Baltimore. Por suerte esta inmensa ciudad no tiene “rondas” o el Sr. Rodríguez no las conoce así que para mí cuenta como visitada.

Casi las once, Washington D.C. El Sr. Rodríguez se pierde en el marginal barrio de Anacostia. No hay blancos en una milla a la redonda. Nos paramos para que el Sr. Rodríguez recomponga su GPS. Mi nívea piel llama la atención de algunos paisanos intranquilizadores. El Sr. Rodríguez logra situarse antes de que tengamos un conflicto racial de imprevisibles consecuencias.

Llegamos al Capitolio. A mí que sufro de síndrome de Sthendal en Gran Vía 2, me deja boquiabierto.

Capitolio

Visitamos todos los museos Smithsonianos, incluido el museo aeroespacial donde me hago una foto junto al Viking justo bajo el Spirit of Sant Louis.

Spirit of Sant Louis

Comemos y partimos hacia la Casa Blanca donde se nos presenta a Conchita, la mujer que lleva 20 años protestando contra las armas atómicas si moverse de allí.

Luego llega el plato fuerte: el memorial a Lincoln. Mi síndrome de Sthendal roza la epilepsia.

Estatua de Linconl

Partimos hacia el cementerio de Arlington. Una terrible tormenta nos obliga a acurrucarnos en un recoveco del monumento al soldado desconocido. Amaina y podemos visitar las modestas tumbas de los hermanos Kennedy.

Tumba de John Kennedy

Imbuidos de épica y calados hasta los huesos,  regresamos a Nueva York.  He logrado vencer la apatía y la pereza y como recompensa: uno de los mejores viajes de mi vida.

Para saber más sobre Washington:

Guía turística de Washington D.C. de Daniel Prado Rodríguez

Diario de viaje. Día 3.

Once se septiembre.  La televisión emite homenajes a las victimas de los atentados del World Trade Center, noticias sobre Siria y sobre las primarias de no se qué, que no interesan a nadie, pero sobre la “vía catalana” ni palabra. ¡Qué raro!

Como estoy harto de llegar deshidratado a todas partes, me he estudiado el plano del metro para poder llegar en condiciones al Metropolitan Museum.  He podido ver los Velázquez que me faltaban y el patio del castillo de Vélez Blanco del que tanto me habló mi admirado jefe Juan Martinez.

Tras recorrer el museo entero vuelvo a estar exhausto. Estoy en baja forma. No sé si voy a tener ganas de pasear por Central Park que está aquí mismo. Decido comer en el propio museo. No es la opción más económica pero así podré descansar y refrescarme para ir al parque.

No me ha servido de nada lo anterior.  El calor intenso, las dimensiones colosales de Central Park y la comida del museo están a punto de acabar conmigo. Si no encuentro pronto un aseo voy a dejar una huella desagradable de mi paso por Nueva York, aunque creo que voy a morir antes y eso me tranquiliza pues no me gusta llamar la atención.

¡Salvado! He encontrado un precioso lugar donde acudir a la llamada de la naturaleza y tomar un agua con gas que me devuelve la vida. Me la tomo en la terraza amenizado por una pareja de músicos, chico y chica, que canta una versión de Imagine que hace que suelte unas lágrimas de emoción y un dolar en un cubito anaranjado que usan para los óbolos.

La linea de metro que me ha llevado al Metropolitan también lleva al puente de Brooklyn. Con el alma sosegada y los intestinos estabilizados parto hacia allí.

En que hora se me ocurrió.  Naturalmente me pierdo y cuando logro saber dónde estoy resulta que el acceso peatonal del puente está kilómetros de donde me encuentro. Llego por fin y encaro la rampa que conduce al puente esquivando a los ciclistas que van a una velocidad que no es normal ¡Pero qué animales! Estoy exhausto, tengo los ojos encharcados y apenas me tengo en pie. Subo la rampa jadeando e intentando que no me atropellen.  Por segunda vez hoy estoy a las puertas de la muerte pero no me rendirê ¡Ya queda menos!

Por fin consigo llegar al centro del puente y todo el sufrimiento ha merecido la pena. Fotos, magníficas vistas y otro sueño cumplido: caminar por el puente de Brooklyn.

Regreso al hotel. Es pronto pero estoy reventado. Prefiero descansar pues mañana puede ser un día grande si todo va bien. Nada más en este once de septiembre en el ombligo del mundo, lejos de donde se creen que son, el ombligo del mundo.

Diario de viaje. Día 2.

Nevada dinner

Día gris en Nueva York.  Desayuno en “The Fabulous Nevada dinner”. Parece caro, casi nueve dolares, pero el bocadillo que me sirven tiene el tamaño de la cabeza de un recién nacido y hay barra libre de café ¡hasta me invitan a agua fría! Dios bendiga a América.  Sólo una pega. Ya es humillante que los amabilísimos sudamericanos que me sirven no entienda mi inglés,  pero que tampoco me entiendan en español me hace sentir un poco tonto. ¡Cómo he descuidado los idiomas! No me entero de nada, pues ahora resulta que el desayuno sólo me cuesta seis dólares. ¡Yupi!

Un interminable viaje en la línea R me lleva hasta la estación del ferry de Staten Island, unos barcos gigantescos que  trasladan de manera frenética miles de personas por hora ¡y son gratis! Desde alli veo por primera vez la estua de la libertad y de lejos el puente de Brooklyn.  Tomo uno de los ferris y puedo ver la impresionante  vista del skyline de Manhattan flanqueado por la estatua de la libertad.  Todos los objetivos turísticos cumplidos. Si tuviera que volver por emergencia a Barcelona ahora, daria por bueno el igualmente el viaje.

Ferry a Staten Island

Un descanso para tomar café y orientarme.  Decido subir por Broadway hasta Wall Street donde casi me rompo la crisma al tropezar en las escaleras del monumento a George Washington.  No ha pasado nada. Fotos de rigor de la Bolsa y regreso al hotel.

Monumento a  Washington

He comido un “Hot dog” de los que venden en la calle tan típicos. Con un botellin de agua 2 $. Aquí todo el mundo come en la calle. En Wall street me encuentro con una fila de ejecutivos esperando su turno en los puestos de perritos calientes.

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Regreso al hotel. No consigo abrir la puerta con mi tarjeta magnética.  A ver la que puedo liar con mi inglés para explicar todo el mogollón, pues el recepcionista de hoy no habla español.  Expongo mi problema hablando tranquilamente. El recepcionista parece comprender y me da una tarjeta nueva. ¡Gran éxito! Esto de la “inmersió llingüistica” funciona.

Por fin decido ir al centro y pasear un rato por allí. En Manhattan la gente es más que en otros sitios que yo haya visto. Los pobres son muy pobres, los pijos son muy pijos y los raros son rarísimos. Hay gente disfrazada de Hello Kity que se pasea sin hacer nada aparentemente, no como el tío que va de Ironman y pega unos sustos morrocutudos a los viandantes desprevenidos. Hay predicadores variados, hombres anuncio que están plantados en las esquinas para indicar donde está el establecimiento que anuncian. Una chica, bastante mona por cierto, está quieta en medio de la acera de la calle 42 haciendo un gesto como si un gran estruendo estuviera dañando sus oídos. En frente suyo un tipo disfrazado de zombie se mete con dos mujeres.

Zombie se mete con dos mujeres

Todo va muy bien hasta que decido ir a ver la catedral católica de San Patricio, que se supone, es la mayor de Norte América y una de las mas grandes del mundo. Palizón de andar para nada. La catedral está en en obras y en la entrada hay tío que es de seguridad o pide dinero. Me da igual, no me quedo a saberlo pues me mira mal.

Agotado regreso a la estación de metro. Por el camino me encuentro con el Rockefeller Center, la biblioteca pública y los impresionantes rascacielos de la avenida de las Américas. De repente me encuentro mal, temo que me está dando un ataque de asma. Me detengo y trato de recuperar el resuello. No, no es asma, sino la variante aguda del síndrome de Sthendall que yo llamo: “síndrome de de Martínez Soria”. Logro recuperarme y regreso al hotel. Por hoy ya está bien.

Rockefeller-Center

Diario de viaje. Día 1.

Hotel Pan American en Queens

Escribo esta primera página de mi aventura americana desde el McAuto que hay en frente de mi hotel. La alegría que me ha dado el encontrarlo después  de vagar perdido, de noche, sin teléfono ni guía, me ha motivado a celebrarlo con un opiparo Big Mac que me sabe a gloria.

Menudo día. Me registran en Barajas desvaratando mi equipaje y resbuscando hasta en mis caries. Luego en el JFK  me retienen en inmigración porque dicen que hay un problema con mi nombre ¡Claro Torres López es de lo más común entre yihadistas!  Y entre ello un viaje eterno con un frío que me moría. Menos mal que al menos me entretuve viendo “The  big bang theory”  y dí buena cuenta de la merienda pantagruélica que nos sirvieron.

Pero ha merecido  la pena. Nueva York al fin. Tras instalarme en mi hotel donde todo el mundo habla español, recorro Queens bulevar hasta encontrar  una parada de metro.  Tengo una humillante experiencia con la máquina  que vende la Metrocard pero acabo comprándola. Pillo  el primer tren que llega. Compruebo  con alegría que me lleva hasta Time Square.

Mi parada de metro.

Allí me apeo. No acabó de  identificarla con ninguna de las imágenes que tenía de ella. Además  está  en obras. Empiezo a ponerme nervioso cuando de repente aparece  ante mí el edificio Crysler. Creo que se me corta la respiración, no es la tétrica mole de las películas, más bien parece una brillante espada que corta el cielo de Manhattan.

El edificio Crysler.

Me dirijo hacia él  como hipnotizado, cuando por el rabillo  de mis prótesis  oculares lo veo. El Empire  State. El edificio Crysler es más bonito, pero lo primero es lo primero, y mi hipnotización me conduce hasta el mito. Yo he venido a verlo a él y todo lo demás  es propina. Parece que está  aquí al lado pero tengo que caminar tanto que empiezo a flaquear, no obstante, me quedan fuerzas para dar vueltas por Midtown con la boca abierta por la impresión que me causa todo cuanto veo. Me imagino a mi mismo como un Paco Martínez Soria embobado al que sólo le falta la cesta con gallinas.

El Empire State desde el Puente de Brooklyn

Lo demás  es historia, tomó el metro hacia el hotel, me equivoco y  ¡hala! a vagar a ciegas y exhausto por Queens. Pero me da igual, pese a todo, hoy es uno de los días  más bien felices de mi vida.