Una partida decisiva.

1979.

La vida del niño de los setenta empezaba a complicarse principalmente porque estaba dejando de ser un niño.

Su salud era mala, como siempre, y empezaba a sospechar que eso no sería suficiente para ganarse el cielo, tal como le prometían a modo de ánimo cuando el asma lo asfixiaba.

De alguna manera se daba cuenta que algo falso había en sus buenas notas y en el aprecio de sus profesores, presagio de su rotundo fracaso en estudios superiores y que puso en su sitio una sobrevalorada inteligencia.

Las niñas de ayer que le incluían en sus juegos de cocinitas, se habían convertido en las mujercitas del hoy para las que, el niño de los setenta, ni existía.

Por todo ello, el niño de los setenta pensó que estaba jugando la partida de ajedrez decisiva, la que le proporcionaría el momento más alejado de la mediocridad, en el que estaría en toda su existencia.

Su rival, un compañero de clase, era todo lo contrario que el niño de los setenta. Sano, brillante, ingenioso, inteligente y perfectamente visible por las mujercitas de hoy, incluso llegaría a ser un reconocido profesional de los medios de comunicación. Nada en el estaba sobrevalorado, salvo su talento para el ajedrez. Pues partiendo como favorito, fue vencido por el niño de los setenta.

El niño de los setenta no recuerda si jugaba con blancas o negras, sólo recuerda que la partida duró poco, que era la final del torneo escolar y que no hubo celebración, ni fanfarria ni gloria. Un “has ganado” y ya puedes irte para casa. El trofeo se lo dieron en la fiesta de final de curso. Hoy comparte polvo en un mueble de su casa, con la orla de la carrera de ingeniero que no acabó y su diploma que acredita que completó con éxito el curso de aprender a montar en bicicleta para mayores de 30 años.

2017.

El hombre que fue el niño de los 70 tiene una vida normal, como la de cualquiera. Su salud no es tan mala, incluso a veces parece que es buena. Su inteligencia está bien acotada y se dedica a lo que sabe hacer y  las niñas de ayer son las mujeres de hoy que, para el hombre que fue el niño de los setenta, ni existen.

Sí, su vida estaba un poco estancada, él se veía a menudo como un viejo velero varado. Pero la Tramontana, comenzó a soplar con fuerza y las velas de sus viejos mástiles se desplegaron y aunque cada madero de su casco cruje y algunos cabos se rompen, navega sin miedo y con ilusión por saber que hay tras el horizonte.

Por todo ello, hoy perderá feliz, la partida de ajedrez que lo enfrenta con su sobrino de seis años, al que acaba de enseñar a jugar. Piensa que dejarse ganar puede que ayude a su pequeño oponente, a comprender mejor en que consiste el jaque mate, ahora que ya sabe colocar las piezas en su sitio y como se mueve cada una de ellas.

El niño de 1979 ha enseñado a jugar al ajedrez a un niño del 2017 y va a perder, con celebración, fanfarria y gloria, la que es, ahora sí, la partida decisiva de su vida.

 

 

 

 

Mamá.

Las dos palabras que más me llenan de regocijo es cuando dice mi hijo, es cuando digo mamá. 

“Amor Verdadero”. Canción.

Algo que sucedió ayer con mi madre me ha hecho recordar una de las pocas anécdotas agradables que viví en Italia o mejor dicho que viví entre los italianos. Estos que tan agradables y simpáticos son cuando te los encuentras lejos de su tierra parecen transmutar cuando regresan a ella. Porque lejos de la formal simpatía de los ingleses o de la condescendiente amabilidad de los franceses, los italianos cuando están enclaustrados entre el Tirreno y el Adriático no resultan ni tan simpáticos ni tan amables o al menos eso me pareció.

Puede ser que estando al sur de los Alpes los italianos tomen conciencia de que son los máximos artífices de las artes, de la ciencia y del progreso humano en general y ello les convierte sin querer en en arrogantes mequetrefes. No fueron pocas las malas caras y la desidia que encontré en todas y cada una de las ciudades que visité. Desde una anciana que me retuvo para entregarme a la policia porque me metí sin querer en el lavabo de señoras, hasta un conductor de autobús que se reía en mi cara pues al parecer era el único pringado del pasaje con intención de pagar el viaje.

Dado que no soy persona que se relacione con desconocidos fácilmente no tardé en concentrarme en mi cometido que era ver Italia y entre el Panteón de Agripa, la Galleria Vittorio Emanuele II, la Piazza de San Marco y un mural cercano al Coliseo, creo recordar, donde se mostraba que tuvo que ser un Cesar Sevillano, el que llevara el imperio a su máximo esplendor, me fui olvidando de aquellos engominados botarates… bueno eso pensaba de los italianos entonces.

Italianos

Ocurrió que de regreso al hostal de peregrinos infestado de cucarachas donde me alojaba desde la Basilica de San Pedro, me senté enfrente de una señora cincuentona, entrada en carnes que era un tópico Felliniano viviente. Decidí hacer una llamada y naturalmente comencé a hablar en castellano. No sé cual fue la causa pero aquella mujer frunció el ceño y me dedicó su peor mueca de asco mientras fijaba una furiosa mirada en mis ojos. No sé si era por hablar muy alto, que no creo, o porque era un extranjero más perturbando la “pax” en las calles de la ciudad eterna o simplemente la señora detestaba a los españoles pero el desagrado de aquella “donna” era patente.

Aunque pensé que se trataba de una muestra más de cortesía transalpina sin consecuencias, empecé a ponerme nervioso y concluí mi llamada no sólo por el desconcierto ante la actitud de la “signora” sino porque la conversación me estaba distrayendo del trayecto y temía saltarme mi parada situada en un descampado colindante con la Vía Aurelia Antica. Así que corté la comunicación con un: “Hasta luego Mamá” pues era con mi madre con quien hablaba y algo sucedió: la enojada señora puso cara de sorpresa justo en el momento en que pronuncié la palabra Mamá. Su asco y desprecio empezaron a difuminarse y sus labios apretados esbozaron una curva que acabó en una de las más sinceras y amables sonrisas que me haya dedicado persona alguna. Su rostro se iluminó y sus ojos amenazadores empezaron a brillar y tras una mueca de complicidad dejó de mirarme y fijó sus ojos en el paisaje urbano. El extranjero incomodo que perturbaba su viaje con su cháchara ininteligible estaba hablando con su madre y eso la conmovió, quién sabe por qué.

Una vez me apeé del autobús esa anécdota me ayudó a superar el cansancio por estar todo el día recorriendo Roma y los insultos que me prodigaban los conductores por empeñarme en llegar al hostal caminando por el lado correcto de la Vía Aurelia Antica. 

 

Cuestión de prioridades.

No entiendo por qué mi teléfono no se ha actualizado todavía a Android Marhsmallow. ¿Cómo es posible que ya anuncien la versión N y todavía no se ha actualizado el mío que sigue en la versión 5.1.1 “Lollipop”

Está en esta lista de modelos a actualizar. ¡Aquí lo pone! Galaxy Note 4. No sé por qué tarda tanto en llegar la actualización. Recuerdo que mis otros dispositivos se actualizaron enseguida.

La verdad, el telefono funciona de rechupete, y no me quitan el sueño las actualizaciones pero ya que he pagado por uno los mejores teléfonos, creo que tengo derecho a disfrutar de todas las ventajas ¡o no!

  • Perdona amigo.

Un africano interrumpe mis pensamientos sobre sistemas operativos móviles. Es un hombre robusto, algo más alto que yo. Viste una gorra cuyo color no distingo y una especie de anorac rojo. No puedo fijarme más en otros detalles. Su mirada atrae a la mía. Sus ojos oscuros son grandes, saltones y no sé, inspiran confianza, sí, confianza esa es la palabra pues yo que soy reacio a atender a gente por la calle, en este caso me siento dispuesto a escuchar lo que tenga que decir que será pedirme dinero.

  • ¿Puedes ayudarme para que pueda comer algo?

¡Lo sabía me pide dinero! Pero no sé, hay algo en el tono de su voz, en la limpieza de su mirada en el gesto de hambre al frotarse la barriga mientras habla, que evita que lo mande a paseo como hago siempre con los pedigüeños. No, no es uno de eso jetas que te piden 50 céntimos para esto o lo otro, parece un buen tipo y un buen tipo que tiene hambre.

Rebusco en mis muchos bolsillo y al final encuentro algo más de un euro, tal vez uno con diez o con veinte. Coloco las monedas sobre su mano extendida, una mano pétrea, curtida, trabajada. El hombre me mira con cierto alivio y una sonrisa.

  • Gracias, amigo, gracias.

El africano sigue su camino y yo me quedo entre la satisfacción de llevar una cantidad de dinero con la que al menos puede compra algo de comer en una panadería y la inquietud por no saber si le devolví la sonrisa.

¡Vaya! aquí hay otra lista donde pone que mi teléfono está entre los que recibirán la actualización a Android Marhsmallow durante el primer semestre de 2016 ¡Pues si que van lentos esta vez con las actualizaciones!

 

Naturaleza humana.

La camiseta es purpura o violeta o morada, bueno no sé, para mí todo es lila además lo destacable es que el tipo que la viste no tiene brazos. Es un hombre pequeño, flaco y la expresión de su cara es algo cómica. Va muy sucio. Imagino que la miseria y el no tener manos dificulta una adecuada higiene personal. Es la segunda vez que lo veo pedir en el metro intentando llamar la atención de los viajeros dando golpes en las barras de apoyo con sus muñones que apenas sobresalen unos diez centímetros de sus hombros. No parecen muñones de malformación congénita, parecen muñones de brazos perdidos aunque, vaya usted a saber.

El cachorrito es una monada. Debe de ser de alguna raza asiática pues el acompañante de la dueña lleva de la correa a dos shar pei y parece que les va ese rollo. ¡Qué lindo el perrito! Su pelaje es gris casi plateado con manchas blancas tornasoladas, tiene el hocico chato  y una mirada tan, tan humana. Lo miramos embobados porque además el pobre está malito. Ha hecho caquita líquida en la canceladora y ahora parece aturdido y mareado. A pesar de su poca edad, es bastante grandecito y pesa demasiado para su dueña, una chica menuda que no puede contar con su acompañante ya que este bastante tiene con gobernar los dos shar pei tan bonitos y marroncitos como traviesos y juguetones.

El hombre sin brazos camina lentamente. Es difícil mantener el equilibrio en esos horribles trenes articulados de la línea 1 del metro de Barcelona. Esos donde los asientos te hacen creer que son de cuatro plazas pero en realidad son sólo de tres, esos que tienen esa incompresible pendiente en los extremos de los vagones donde cualquier sacudida hace que te tambalees y tengas que agarrarte a lo primero que encuentres. El hombre sin brazos también sufre ese nefasto diseño pero el no puede agarrarse a nada así que tiene que ir con mucho cuidado.

El cachorrito enfermito está complicando también el equilibrio de su dueña. Se ha arrodillado para intentar sostener al perrito pues este parece no querer sostenerse sobre sus patitas. Miramos la escena y nos compadecemos del can. Es que es tan mono y con esos ojitos tan expresivos que dicen: no me siento bien. Una señora le cede el asiento a la chica que jadeante alza al perro y lo acomoda en su regazo. La mujer generosa se permite acariciar al chachorro y pasa su mano ensortijada por el pelo plateado del animalito.

La primera vez que vi al hombre sin brazos algunas personas compasivas le dimos algunas monedas aunque resultaba embarazoso pues ¿cómo le das una limosna a un hombre sin manos? Nos quedábamos paralizados con la moneda entre los dedos y el hombre sin brazos nos indicaba con una sonrisa que la introdujéramos en el bolsillo de su pantalón.

Hoy estábamos embelesados con el perrito exótico de pelaje plateado y tornasolado que está enfermito. Todos nos interesábamos por cada mueca, cada gemidito, cada bostezo del cachorrito. Cuando he apartado la vista para ver por cual parada iba, he visto pasar al hombre sin brazos, con su camiseta lila, sus andares pausados, su …

¡Pobre perrito! Está malito. Es tan bonito y tiene una mirada tan, tan humana.

Mi viaje de Gulliver.

Si todo va bien el viernes día 15 de enero de 2016 volveré a Londres. Estuve por primera vez en el sangriento verano de 2005 por un azar del destino del que no hablaré y fue una semana antes de las vacaciones que había programado en Egipto. ¡Qué tiempos! Yo me sentía todavía joven y las cosas no me iban del todo mal. Tenía ánimos para emprender dos viajes en un verano, acababa de salir de una gran bache en mi vida y me sentía renacido.

Todo mi presupuesto estaba destinado a comprar todas las emociones posibles que pudiera en Egipto. Es cierto que tuve suerte y encontré una oferta de última hora lo cual abarato considerablemente el precio, pero contraté un viaje a todo lujo incluyendo crucero por el Nilo con las mismas 5 estrellas que el hotel Marriott de El Cairo, ubicado en el que fue el palacio que le construyeron a Eugenia de Montijo cuando se fue con su Marido Napoleón III a inaugurar el canal de Suez.

En Londres pues, tenía poco dinero para gastar y además la libra esterlina estaba a dos euros. Pero no me importaba, allí estaba yo solo, en la tierra de mi bisabuelo, durmiendo en un hotel barato donde la recepcionista ponía cara de desesperación cuando le hablaba en inglés y donde no me cobraron el desayuno seguramente porque les resultaba menos oneroso que intentar entenderme.

Frío día de julio frente al Tower Bridge verano de 2005
Yo en Londres con el Tower Bridge al fondo verano de 2005.

Tuve que caminar mucho pues los recientes atentados en el metro habían provocado el cierre de la mayoría de líneas del suburbano así que algunas cosas me las perdí por puro agotamiento físico y otras por no poderlas pagar como los 10€ al cambio que costaba entrar en la abadía de Westminster para poder ver la tumba de Isaac Newton.

Pasé aquellos días absteniéndome de todo lo que no fuera absolutamente necesario, comiendo en McDonald’s o en la calle, bocadillos de pepino con mantequilla  comprados en Marks & Spencer Food. Además hizo algo de fresco y llovió. No fue un viaje cómodo pero lo pasé muy bien viendo todos los tópicos turísticos  desde el ineludible Big Beng, hasta la Piedra de Rosetta, el único icono egipcio que no podría ver en su país.

Luego me fui para Egipto, la cosa no salió como esperaba.

Para empezar era mi primera vez en un país africano y en un país árabe. No estaba preparado para asumir todo lo que vi allí y que nada tenía que ver con la épica de monumentos milenarios y faraones sino con el terrible paisaje humano que me encontré.

Yo en Abu Simbel verano de 2005
Yo en Abu Simbel.

Durante todo el crucero por el Nilo y en mi estancia en El Cairo la miseria y la injusticia social me impidió disfrutar del viaje. No porque no conociera la pobreza con la que me codeé en mi infancia en mis largas tardes de domingo en el barrio de La Mina y que tan sólo el esfuerzo sobrehumano de mis padres y mis abuelos maternos impidieron que traspasase la frontera entre la clase obrera y ella, sino que era la primera vez que la observaba desde la cúspide del lujo y la riqueza, pues para la mayoría de paisanos egipcios yo era rico y muy rico.

Los guías Moises y Kaled y yo verano de 2005
Los guías Moises y Kaled y yo en el Nilo.

Todos los monumentos, los templos, la maravillosa ribera del Nilo adornada de hermosos minaretes se me eclipsaron por la horda de niños pedigüeños, niños enfermos, algunos deformes o mutilados, rodeándote para obtener calderilla o boligrafos. Niños  que eran capaces de pedirte en catalán que les comprases unos abalorios cuando se enteraban de que venías de Barcelona.

Mendigos por todas partes, alzando sus manos, metiéndolas entre el enrejado de las estructuras metálicas dispuestas para separar a los turistas de la muchedumbre misérrima y que pudiéramos ver la esfinge, por ejemplo, sin ser molestados.

Lejos me quedaba la mística de Abul Simbel, Karnak, Luxor o Guiza frente a las polvorientas fachadas de los suburbios de El Cairo que no se reparan porque el desierto las golpea sin piedad, dando a aquellos edificios un aspecto mortecino y desolado, a pesar de la mucha gente que allí malvive.

Yo con las pirámides al fondo verano de 2005.
Yo con las pirámides al fondo.

Es cierto que pasé buenos momentos y vi muchas cosas que ansiaba ver desde niño pero la arrogancia de los visitantes Saudies tratando a sus criados como ganado, mujeres condenadas al Nicab, gente viviendo en tumbas de familiares exhibidos como atracción turística, ancianos trabajando al carecer el país de un sistema de seguridad social, el caos en los servicios públicos, la corrupción policial que viví en primera persona y la mirada picara de niños sin más futuro que la mendicidad, hicieron que dejase Egipto con una sensación de tristeza y porque no decirlo, de cierta culpabilidad por haber participado en un viaje de lujo a un país tan pobre. Me prometí a mí mismo que si algún día volvía al tercer mundo como turista será en condiciones más modestas y decentes.

Y así fue como tuve mi particular viaje cual Gulliver. Era pobre en la capital del imperio británico,  era el enano entre los gigantes de Brobdingnag pero fueron días maravillosos. En cambio en el Egipto de los Faraones del que sólo queda expolio y arena fui el turista rico, el gigante entre enanos de Lilliput y me sentí infeliz. Una lección que me dio la vida y de la que he tomado nota.

Niños que juegan.

Diciembre de 1973.

David tan sólo tiene 5 años. Es un crío. Quiere saltar, subirse a sitios, jugar a la pelota y sobre todo quiere correr, correr como los demás niños pero no puede, el invierno se  lo impide.

Jugar al balón es un tormento. Alcanzar en una carrera a sus compañeros de juegos una quimera. Un poco de esfuerzo y su pecho se vuelve lija y su aliento fuego. Y por si fuera poco, los sibilantes. Esos silbidos que salen de su garganta, el aullido cruel de las flemas que inundan sus bronquios. Cantos de sirenas que conducen su infancia hacia los escollos del asma siempre que intenta navegar como un niño. 

Diciembre de 2015.

Kirill tan sólo tiene 5 años. Es un crío. Salta, se sube a sitios, juega a la pelota y sobre todo corre. Corre como los demás niños. Nada le detiene, ni el invierno.

Jugar al balón es divertido y alcanzar a sus compañeros de juegos en una carrera, fácil. Un poco de esfuerzo y su pecho se hincha de aire y de su garganta salen gritos de alegría y de vez en cuando llamadas a David para que vea como mete gol, alcanza la canasta con su pequeña pelota o se tira por la tirolina. Y David celebra sus chiquilladas y le anima a superarse. ¡Otro gol! ¡Otra canasta! ¡Muy bien, así se hace Kirill!

Y Kirill juega feliz porque es niño, está sano y su tío David le vigila,  le protege y de pasada el niño asmático que fue salta, se sube a sitios, juega a la pelota y sobre todo corre feliz pues, 42 años después, tiene una segunda oportunidad en la respiración sana y la felicidad segura de su sobrino.

¡Otro gol! ¡Otra canasta! ¡Muy bien, así se hace Kirill! ¡Así se hace David!

 

Embarazados

Hospital de Sant Pau 10:00.

Como siempre llego con demasiado adelanto a mi visita con el pneumólogo. Decido tomar un café.  La cola es larga pero tengo tiempo. Detrás de mi dos hombres hablan animadamente. Uno de ellos viste un traje y corbata grises con camisa negra, zapatos y cinturón a juego. El otro lleva unos pantalones “chinos” y un jerséi azul ribeteado en blanco. Es mucho más joven que el otro pero ya está muy calvo.El intenso ruido de fondo hace que tengan que alzar la voz lo que permite que oiga con claridad cuanto dicen.
Hombre de azul.- Me habían dicho que estos casos te obsesionabas con el peso y tenían razón.
Hombre de gris.- Ya te digo.

¡Vaya! Conversación de gimnasio.- pienso con desánimo ante la expectativa de tener que oír a voz en grito los logros deportivos de dos narcisistas hasta conseguir mi café.

Hombre de gris.- Ya te digo. Insiste el tipo trajeado. En mi primer embarazo subió 300 gramos.

No sé a que se refiere con lo de los gramos pero me llama la atención lo de su primer embarazo. Decido afinar el oído.

Hombre de azul.- La verdad es que para ser mi primer embarazo está yendo mejor de lo que me habían contado.

Hombre de gris.- El primero mío presentó todos problemas típicos pero el segundo fue muy bien. Incluso el parto no duró mucho.

Hombre de azul.- Ya me gustaría un parto sin problemas. – Musita el joven cabizbajo.

Hombre de gris. – Se pasa mal, lo sé, pero te aseguro que ver nacer a mi primer hijo lo compensó todo, el mejor momento de mi vida ¡y eso que fue por cesárea!

Hombre de azul. – Creía que no te dejaban estar si el parto era por cesárea.

Hombre de gris. – Mmmm.- El hombre del traje parece dudar.- Bueno fue hace catorce años… y mi ex era médico en el centro donde dió a luz.

Hombre de azul. – Entiendo.

Hombre de gris. – Verás como todo va bien, además piensa que las mujeres llevan pariendo durante milenios (sic) y con los avances médicos actuales no hay que temer.

Hombre de azul.- Eso espero.

Su conversación y mi escucha es interrumpida por la camarera que expende los cafés.

Conmovido por la implicación de los dos hombres personalizando en ellos mismos los embarazos de sus mujeres les comento que ha sido la conversación de cola de espera de las más interesantes que he escuchado jamás. Los dos hombres me dan las gracias no sin cierta estupefacción.

Con mi café y mi cambio me alejo raudo pues no quiero que piensen que soy un pelmazo ratito.

Luego mientras espero la primera de las pruebas respiratorias recuerdo la conversación con cierta tristeza. Me hubiese gustado tener hijos aunque no que heredasen mis genes defectuosos condenadolos de por vida al asma con su asfixia y sus extenuantes revisiones médicas como en la que estoy yo hoy.

Por fortuna la selección natural ha actuado con sabiduría.