Consecuencias de la muerte de Carrie Fisher.

Carrie Fisher ha muerto. No puedo sentir cierta desazón a pesar de lo poco que suelen preocuparme los fallecimientos de famosos y este año llevamos unos cuantos finados de relumbrón. Pero Carrie Fisher es la Princesa Leia y fue y será un icono para mí.

No un icono sexual pues yo tenía 9 añitos cuando La Guerra de las Galaxias, que así se llamaba en 1977 “Star Wars The new Hope” se estrenó, sino un icono cinematográfico pues todavía siento el impacto que causó en mi tierno cerebrito la escena inicial de la película, con la gloriosa aparición del destructor imperial, la arrogante bravata de la princesa ante Vader y el mensaje holográfico que aparece cuando Luke está limpiando a “Arturito”. Cosas que dejarían indiferentes a lo jóvenes de hoy pero que supuso una autentica conmoción para un niño de los setenta del siglo pasado.

La muerte de Fisher me ha hecho pensar en las consecuencias que puede tener en las próximas películas que están previstas para continuar la saga. La primera y más evidente es que Disney, dueña actual de esta franquicia, deberá invocar a toda la corte celestial para que no les les muera Mark Hamill, que el hombre ya está algo mayor y bastante fondón como pudimos ver Kingsman. Servicio secreto (2014), pues de morirse, podrán hacerse grandes películas sin ninguno de los gemelos Skywalker, qué duda cabe, pero el nexo de unión con las historias precedentes será sin duda complicadísimo, pues veamos:

  • Anakin Skywalker alias Darth Vader, muere en el episodio 6.
  • El emperador Palpatine se muere en el episodio 6, su desaprovechado discípulo Darth Maul en el episodio 1 .
  • Obi Wan Kenoby muere en el episodio 4.
  • Qui-Gon Jinn maestro de Obi Wan muere en el epísodio 1 y el resto de jedis en el episódio 3.
  • El maestro Yoda que lo hace en el episodio 5.
  • Han Solo en el episodio 7 (o eso parece).
  • Padme Amidala madre de Leia y Luke muere en el episodio 3 (tampoco era un personaje que diera mucho juego más allá de ir vestida mitad de Geisha mitad de fallera sin inmutarse).

Hay personajes que no mueren pero no creo que pueda establecerse una relación argumental convincente entre Rey o Kilo Ren con Lando Calrissian o los ewoks.

Sólo nos queda vincular al pasado las nuevas historias a través de Chewbacca pero su particular manera de expresarse no lo colocan como protagonista de guiones muy elaborados, salvo que La Fuerza actué como logopeda. Nos quedan pues R2-D2 y C3-PO pero estos ya salen en todas las películas y sin duda ya tienen asignados papeles fundamentales en las próximas entregas que serán difíciles de reescribir.

La única posibilidad que nos queda es Jar Jar Binks. Este llega a ser nada menos que senador y además hay quien dice que todos los hechos acaecidos en los tres primeros episódios se deben a su intervención ya que Jar Jar es en realidad un Lord Sith (esta teoría es sorprendentemente verificable, compruébenlo, compruébenlo).

No niego que Jark Jark es mi debilidad, debo ser uno de los pocos aficionados al cine que considera que es un personaje legendario del séptimo arte a la altura de Hannibal Lecter, James Bond o Amelie. Pero conociendo la también legendaria codicia de Disney no creo que optaran por este recurso a sabiendas de lo impopular que mi querido Gungan es en general.

Por eso y por esa misma codicia pienso que optarían por algo más atractivo para el gran público pero de ética dudosa como resucitar a Leia mediante CGI tal como han hecho con el gran Peter Cushing en Rogue One o ya puestos embalsamarla y usar su cuerpo inerte a modo de títere, ahora que todavía queda algo por embalsamar.

En fin, descansa en paz Carrie, contigo pierdo un trocito de mi infancia como los que perdí con Luis Aguilé, los Payasos de la Tele y Torrebruno. Ya sólo falta que se muera Rafaella Carrá y mi niñez se habrá ido al garete.

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Gin Tonic

Agosto de 2016. Local de copas en la gran Vía de Madrid. Interior Noche.

Una camarera con amplia sonrisa y melena corta me atiende al poco de sentarme en una mesa rodeada por un cómodo sofá de polipiel.

Camarera risueña.- Buenas noches caballero. ¿Qué desea tomar? ¿Lo sabe ya?

Yo mismo.- Un Gin Tonic. Contesto relamiéndome, me encanta el gin tonic.

La camarera deja de sonreír y sus finos labios caen como un telón sobre sus innumerables dientes. El fruncir de su ceño y cierta tensión en el ambiente me hace sospechar que algo no anda bien. Pasamos unos segundos en silencio que se me antojan como siglos. Finalmente la camarera haciendo un gesto de resignación comenta:

Tal vez el señor quiera consultar nuestra carta donde podrá escoger entre nuestra amplia variedad de gin tonics.

Me doy cuenta de que he quedado como un cateto. La ultima vez que pedí un gin tonic en un bar de copas fue en 1998 y la actual moda de los gin tonics de diseño me ha pillado a contrapié.

No sin cierta sensación de bochorno por mi falta de mundología, escudriño la sección de “gins” de la carta amarillenta con grandes letras negras y pictogramas de copas, cocteleras y burbujas de color carmesí.

Yo.- Mmm ¿Qué es un Red Neck gin?

Camarera estupefacta.- 3/4 partes de gin de castaña, 1/4 parte de tónica, hielo, garbanzos y una viruta de piel de boniato.

Yo. ¿Y un Stalingrad gin?

Camarera estupefacta.- 3/4 partes de gin de enebro, 1/2 partes de vodka 1/2 de tónica, algunos una viruta de piel de patata y mucho hielo.

Yo.- ¿Y el Valencia gin? No me lo diga lleva zumo de naranja.

Camarera estupefacta.- No, garrofons. Además de 3/4 partes de gin de arroz, 1/4 parte tónica.  Me corrige mirándome con cierto pitorreo.

Yo.- ¿Kosher gin?

Camarera estupefacta.- 1/4 partes de gin , 3/4 de tónica, hielo y escamas de pescado.

Yo.- ¡Rajoy gin!

Camarera estupefacta.- 2/4 partes de gin de grelos, 2/4 de tónica, mucho hielo y muy hielo.

Yo.- ¿Ho…Homeophatic gin?

Camarera estupefacta.- 1 gota de gin disuelta en un barril de tónica  durante 2 años. Lleva algo de azúcar.

Yo.- No es que me ilusione pero ya por curiosidad. ¿Gazpacho gin?:

Camarera estupefacta.- 3/4 partes de ginebra de pepino, 1/4 parte de tónica, un aro de cebolla y un par de tomates cherry.

Yo.- Pues no sé, la verdad. ¿No puede recomendarme alguno?

Camarera estupefacta.- Le recomiendo el IKEA gin, le servimos ginebra Odin, tónica Nordic Mist y diversos condimentos además de hielo. Y usted mismo se lo prepara.

Yo.- Bueno, pues póngame uno.

La camarera me arrebata la carta suavemente pero con mueca de hastío. Regresa  con una copa llena hielo con un trozo de limón, una lata de tónica, un botellín de gin y unos pequeños cuencos llenos de toda suerte de especias y condimentos.

Espero que la camarera no mire y con cierto temor a que me pille, vierto la tónica y la ginebra sobre el hielo que crepita deliciosamente. Me lo bebo antes de que la camarera se dé cuenta de que no he utilizado los petalos de petunia, las bayas tibetanas, las virutas de estaño, las semillas de ruibarbo ni las astillas de wengué. Todo lo meto en el bolsillo salvo un puñadito que coloco en la comisura de mis labios junto a un par de lentejuelas que no había visto.

Camarera hastiada.- ¿Qué le ha gustado? Me pregunta mientras saco una de las lentejuelas que se ha metido en la boca.

Yo.- Mmmm sí, exquisito. Le contesto mientras intento que se fije en un pétalo de petunia que cuelga de mi labio inferior.

Camarera hastiada.- ¿Le sirvo otro?

Yo.- No, sírvame un cuba libre, tráigame la carta. (Esta vez voy a quedar como un tipo cosmopolita)

Camarera hastiada.- Sólo tenemos ron Barcardí ¿le sirve?

Yo.- Bueno… vale. Le contesto mientras se aleja moviendo la cabeza de un lado a otro con ademán de lamento.  ¡Y pensar que detesto el ron!

Vía muerta.

Hola indeseable desconocido:

Volviendo de Madrid a Barcelona en el AVE me he encontrado con esto:

Aseo_Renfe

Me dirijo a ti en masculino porque las posibilidades de que seas una mujer son reducidas, aunque en estos tiempos quién sabe. Tampoco creo que seas un niño y si lo eres lo que diré a continuación aplícaselo a tus padres que han abandonado tan pronto tu educación. Y por supuesto, no creo que seas un McGyver improvisado, que ha evitado una inundación de líquido azul mediante un dique de aluminio cervecero, pues hubieses informado a la tripulación rápidamente, como hice yo en cuanto vi tu gracia.

¿Qué te ha hecho la vida para que acumules tanta rabia? La pobreza, la incomprensión, la marginación social… no creo, pues viajar en uno de estos trenes no es barato. No hay pedigüeños ni acordeonistas mendigando en los AVE.

Puede que se deba a que sabes que la vida ha sido tacaña con tus facultades mentales. Tienes una mente simple, rudimentaria, incapaz de retener cualquier conocimiento que le dé naturaleza humana. Estás en el limbo entre el simio y el hombre pues no me imagino a un mono embozando el retrete de un tren por diversión.

Debe ser duro ser tú. Levantarte cada día viendo la cara de un mequetrefe en el espejo y tener que afrontar una jornada, en la que, tu escasez de recursos cognitivos, convertirá en humillantes fracasos las más simples tareas que acometas. Si yo fuera un imbécil irredento también sentiría ira y rencor contra cualquiera que pueda definirse como persona, cualidad que no posees ni poseerás por mucho que lo intentes. Aunque yo creo que abandonaste hace mucho ese propósito y ahora te conformas con molestar a los demás para que sientan un poco de la frustración que tu idiotez y cretinismo han convertido en una prisión de la que no puedes escapar.

Puede que alguien piense que escribir sobre un botarate que tapona un retrete, con los problemas que hay en el mundo, es la queja pueril de un despreocupado viajero sin problemas graves, pero no me importa pues sobre lo que escribo no es la molestia de tener que atravesar un coche más para ir a otro aseo, sino sobre que anormales, carentes de alma y educación elemental como tú, votan, ocupan puestos de trabajo y complican la vida ya bastante dura de por sí.

Bueno, la vida es dura para la mayoría de la gente, pero no para ti. Tu vida de contaminador y gamberro es fácil, una lata y un plástico en un retrete y ¡hala! te sientes realizado. No necesitas avanzar más porque además no puedes, estás en vía muerta.

¡Fin de trayecto!

Mi lucha.

Considero una predestinación feliz haber nacido en el pequeño pueblo de Sant Andreu y haberme criado junto a la Avenida de la Meridiana, situada entre esos dos barrios barceloneses, cuya fusión se nos presenta como un cometido vital que bien merece realizarse a todo trance.

Pero mientras tanto me enfrento nuevamente a una de las peores pesadillas de mi vida: mantener las camisas dentro del pantalón. Por motivos de representación, me veo en la obligación de volver a la lucha para que las camisas no abandonen el territorio delimitado por la frontera del cinturón y no es una lucha fácil.

No recuerdo ni una sola etapa de mi vida en la que las camisas no se empeñen en dejarme en evidencia desabrochándose al entablar singular combate con las hebillas en el fragor del cual, siempre queda expuesta la piel extremadamente blanquecina de mi sempiterno prominente abdomen. Por que mi barriga siempre ha sido sobresaliente incluso en aquellas épocas de mi vida donde la báscula se mostraba amable con guarismos en sintonia con mi índice de masa corporal.

Y a pesar de que mi ombligo parece esculpido en mármol, la acentuada palidez de la piel, sin duda indeseable herencia de mis ancestros británicos, junto a la dispar disposición del vello ha hecho que siempre me atormente la idea de que ningún mortal vea tan humillante peculiaridad de mi anatomía. (Algo que pasó para mi desgracia durante el bautizo de mi sobrino).

Deduzco pues que si el tamaño de mi barriga no es el factor determinante en la imposibilidad de mantener las camisas en su sitio, debe ser un problema de estatura o tal vez una combinación de ambos, puede que si fuera más alto, no sé; por la calle veo hombres de de toda alzada con barrigas cetáceas cuyas camisas se ajustan como guantes a sus descomunales reservas de grasa. Tal vez una combinación feliz de altura y perímetro abdominal es la clave de una camisa fija con la línea de servicio perfectamente alineada.

Naturalmente he intentado todo tipo de técnicas como substituir los cinturones por tirantes, pero abandoné la idea porque mantenerlos en su lugar resultó más enojoso que el propio problema que trataba de solucionar con ellos. La única técnica que me ha dado algún resultado aunque más que de técnica debería hablar de truco, es el denominado “pantalón sobaquero” consistente en mantener el pantalón subido todo lo que dé de si mi entrepierna y que tanto usan nuestros entrañables mayores y algún que otro personaje político de infausto recuerdo.

Pero el pantalón sobaquero no está nada bien visto, conlleva la muerte social y es repudiado sin paliativos por las mujeres que deben sufrir algún tipo de trastorno neurológico pues, sea cual sea la relación que tengan contigo, se abalanzan sobre tu cintura para colocar el pantalón donde ellas consideran que le corresponde según las más elementales normas de la moda y el buen gusto.

Todo ello me llevó a desistir y hace unos cinco años dejé de meterme la camisa motivado por los consejos de la revista Men’s Health que lo consideraba acertado siempre que la prenda tuviera el corte adecuado lo cual siempre he intentado a la hora de comprar camisas pero creo que durante todo este tiempo, lo único que he conseguido es parecer un pandillero barrigón.

He notado que algunas camisas compradas para eventos especiales tales como bodas, de mejor factura y por tanto caras, son más indulgentes con mis intentos de, al menos no desentonar en los ambientes de etiqueta, por lo que deduzco que la solución definitiva sería hacerme las camisas a medida. Un buen sastre puede conseguirme camisas acordes a mi 43 de cuello y mi 41 de pecho y cuyos faldones dispongan de una longitud tal que no puedan sobresalir por mucho que la marea adiposa de mi cintura rompa contra el acantilado de algodón y poliéster. Pero es una solución cara y en estos tiempos de estabilidad laboral incierta no la contemplo.

Bueno, seguiré con mi lucha, otra vez sobrevenida, tal vez perdiendo peso, usando ligueros o grapando las camisas a los gallumbos, así estoy de desesperado. Bueno, ya veremos.

 

Cuento de navidad

Hipercor de Meridiana, interior tarde.

En la frías vísperas de nochebuena, el viejo David curioseaba entre los anaqueles de la sección de juguetes. Caminaba despacio parándose de vez en cuando para pulsar los botones de prueba de los que hacían ruido.

De repente se le acercó un tipo. No era muy alto, con barba de tres días. Su ropa era vieja y sus zapatos desgastados. Se dirigió a él interrumpiéndolo mientras oprimía las teclas de un móvil que imitaba los ruidos de animales de granja.

  • Hola David. ¿Cómo estás?
  • Bieeen. – Contestó David al principio con cautela pensando que era un pedigüeño y después con incomodidad por haberle llamado por su nombre.- ¿Cómo sabe como me llamo?
  • Lo sé todo sobre ti. Soy el espíritu de las navidades pasadas.
  • Encantado de conocerle.- Contesto alarmado.- Pero ya me iba se me va a pasar la hora en el parquin y no quiero volver a pagar, ya sabe.
  • No tan rápido, tengo un mensaje que darte. Además sé que no tienes coche.
  • Ya verá pero tengo prisa. – Dijo David haciendo aspavientos para que un segurata barrigón que se encontraba a escasos metros le viera. Pero este no reaccionó.
  • No pueden vernos, David. Estás en mi dimensión espiritual ¡Uuuhhh! Y no te dejaré ir hasta que me escuches.
  • Oiga esta es una historia muy manida. ¿No me diga que tendré que aguantar también al los espíritus idiotas de las navidades presentes y futuras?
  • No David.- Contestó condescendiente el fantasma.- Tú sólo tienes un espíritu que soy yo. ¡Uuuhhhh! Lo de los tres espíritus es para empresarios despiadados.
  • Vale y ¿qué quiere? No recuerdo haberle hecho nada malo a nadie en nochebuena.
  • No es eso. Lo que pasa es que no te dejas llevar por el espíritu navideño. No dejas que la felicidad de estos días inunde tu corazón.
  • ¡Eso no es cierto! Ya me he comido unos cuantos polvorones y algunas figuritas de mazapán ¿Y qué hay más navideño que el mazapán?
  • No me refiero a eso.- Comentó el fantasma haciendo gesto de desesperación.- No estás comprando. No estás gastando suficiente. Piensa en la gente que no tiene dinero. Cómo les gustaría estar en tu pellejo. Recuerda como estabas el año pasado: en el paro, con los bolsillos vacíos. ¡Mírame! Soy el reflejo de lo que eras hace un tan sólo un año.
  • Pero si estoy comprando ¿Por qué iba a estar en el Hipercor sí no? Lo que pasa es que estoy comparando precios.
  • ¡Y una porra! Sólo pulsas teclas de juguetes para probarlos. Te he visto pulsar el capó de esa ambulancia para que suene la sirena y antes aprestaste la barriga de aquel minion para que riera.
  • Estoy buscando juguetes para mi sobrino… ¡eso!
  • No me engañas. A tu sobrino ya le has comprado un Buzz Lightyear barato y se lo darás el día de reyes. Estás aquí porque en el fondo te mueres por comprar. ¡Quieres gastar sólo porque es navidad! Pero tu maldito ego te lo impide.
  • Yo no necesito una fecha especial para comprar. – Comentó David con gesto despectivo. – Estás son unas fiestas consumistas sin ningún  valor moral.
  • “… sin ningún valor moral”. Bla, bla, bla. – contestó burlón el fantasma.- Vas de intelectual y ni siquiera acabaste la carrera.
  • Yo por lo menos estoy vivo.
  • ¡Qué gracioso! – dijo el fantasma algo dolido. – Lo que pasa es que no tienes dinero suficiente para comprar lo que quieras. Si te hubiera tocado la lotería ya veríamos donde iba tu intelectualidad.
  • ¡Exacto no tengo dinero! Por eso no compro ¿está contento? ¡eah! Ya puede irse. Me siento una persona mejor. ¡Misión cumplida!
  • Me temo que no es suficiente. Ya sé que no tienes mucho dinero pero te recuerdo que tienes una tarjeta de crédito y también la del Corte Inglés.- Indicó el espíritu frotándose las manos.
  • No las llevo encima. – Contestó David mirando hacia un niño que lloraba porque su mamá no le compraba no se sabe qué.
  • ¡Falso! Desde principio de diciembre las llevas contigo.
  • Es por si tengo una emergencia ahora en vacaciones me muevo mucho y…
  • Las llevas porque quieres comprar pero te falta un empujón.- interrumpió el fantasma.- Pero no temas para eso estoy yo aquí.
  • Gracias pero, de verdad, no necesito nada.
  • No es cuestión de necesidad es cuestión de comprar cosas que molan.
  • ¡Qué no! pesado.
  • ¡Va hombre! Tu hermano ha estrenado un iPhone 6 plus, te mueres por tener uno igual.
  • Yo ya tengo un Galaxy Note 4 que es mucho mejor.
  • ¡Qué más quisieras! Eso es un móvil de perdedor. ¡Un iPhone es un IPhone y te lo podrías comprar. ¿Qué me dices?
  • ¡Qué no!
  • Tu tablet está vieja. ¡Cómprate una nueva!
  • ¡No! Todavía sirve, además sólo la uso ver porn… digo el You Tube.
  • ¿Un nuevo teclado para tu ordenador de esos que se iluminan?
  • ¡No!
  • ¿Una suscripción a Netflix?
  • ¡No!
  • ¡Un palo de “selfies”!
  • Grrr. ¡Qué ordinariez!
  • ¡Pues una catana!
  • ¡Déjame en paz!
  • Unos auriculares con manos libres para tu fantástico Note 4.- Dijo el fantasma con tono de burla!. -Los tuyos se han roto.
  • Mmm. ¡Es verdad!
  • ¡Lo ves! comprarlos es una necesidad, no un capricho infantil.
  • ¡Vale! pero sólo porque los necesito.
  • ¡Que sean de esos con volumen! Debes proteger tus oídos.
  • Mmm. ¡Es cierto! Pero serán más caros.
  • ¿Tus oídos no merecen el gasto extra?
  • Mmmm.
  • ¡Uy! Esos están muy bien y tienen cable antienredos.
  • ¡Tu sí que me está enredando!… Aunque, deben de ser muy prácticos.
  • Comprarlos azules o rojos. Todo el mundo lleva auriculares blancos.
  • Esos negros satinados son bonitos y tienen volumen y cable antienredos… ¡30€! ¡Qué barbaridad.
  • ¡Venga que es navidad!
  • De acuerdo sí prometes que te me dejarás en paz.
  • ¡Prometido!

Y así fue como el viejo David, imbuido por el espíritu navideño y con la ayuda del fantasma de las navidades pasadas comenzó poco a poco a llenar su corazón de esperanza y un carrito de supermercado de cosas necesarias: Una agenda de Star Wars, un termo en forma de lata de cerveza, una recortadora de barba con aspirador, una flor de pascua, un mapa de La Tierra Media  y por supuesto, los auriculares con cable antienredos.

¡Vamos mujer! Si necesitas reggaetón.

“Para el que ha tenido una buena madre, las mujeres son sagradas.”

Proverbio.

Reconozco que no me gustan las actuales campañas contra la violencia de género. Las apoyo, pero las encuentro paternalistas, sobreprotectoras y a veces estigmatizadoras para los hombres. Por cierto, yo creía que el género era cosa de pronombres y artículos y que las personas teníamos sexo. Debería decirse violencia de sexo o sexista. Pero qué se yo, soy de ciencias.

Pese a todo me avergüenzo como hombre de lo que las mujeres tienen que aguantar. No sé cómo pueden hacerlo. Deberíamos haber avanzado mucho en cuestión de igualdad y respeto pero me parece que estamos en franca regresión. Como ejemplo de esto quiero comentar y comparar dos canciones. Las dos son latinomericanas y las dos tratan de hombres que le ofrecen “consuelo” a una mujer. Al igual que hice en una entrada anterior preguntando como habíamos pasado de Janis Joplin a Miley Cyrus, quiero preguntarme de nuevo como hemos pasado de una canción a otra.

La cantata de Santa María de Iquique. (1969)

La cantata de Santa María de Iquique fue compuesta por el músico chileno Luis Advis en 1969 e interpretada principalmente por el grupo Quilapayún. Narra la matanza perpetrada por el ejercito chileno el 21 de diciembre de 1907 en la ciudad de Iquique, donde murieron entre 2.000 y 3.000 trabajadores del salitre que se encontraban, acuartelados en la Escuela Santa María de dicha ciudad, durante una huelga general que el gobierno mandó reprimir.

Toda ella es una obra musical sublime pero para mí hay una parte que destaca sobre las demás: la llamada “vamos mujer”. Dice así:

“Vamos mujer, partamos a la ciudad. Todo será distinto, no hay que dudar confía, ya vas a ver, porque en Iquique todos van a entender. Toma mujer mi manta, te abrigará. Ponte al niñito en brazos.  No llorará, confía va a sonreír. Le cantarás un canto, se va a dormir. ¿Qué es lo que pasa?, dime, no calles más.”

El hombre intenta animar a su mujer y contagiarle su optimismo ante la marcha hacia Iquique. Le dice  que haga lo que él cree son cosas de mujeres con tranquilidad. Que cuide del niño y no que se preocupe pues cuenta con su protección simbolizada en la manta. No obstante la mujer está preocupada y eso desconcierta al curtido obrero del salitre.

“Largo camino tienes que recorrer atravesando cerros, vamos mujer. 

El marido parece advertir a su mujer que su actitud no es la mejor para enfrentarse al duro viaje que les espera.

“Vamos mujer, confía que hay que llegar, en la ciudad podremos ver todo el mar. Dicen que Iquique es grande como un salar, que hay muchas casas lindas. Te gustarán. Confía, como que hay Dios, allá en el puerto todo va a ser mejor. ¿Qué es lo que pasa? Dime, no calles más.”

Otra vez el hombre intenta animar a su esposa explicándole cosas que él cree son del agrado de las mujeres. El mar, casas bonitas… Pero la mujer no traga. El obrero es valiente y está motivado por eso no entiende la actitud de su mujer.

“Vamos mujer, partamos a la ciudad. Todo será distinto, no hay que dudar. No hay que dudar, confía, ya vas a ver, porque en Iquique todos van a entender.”

El obrero endurecido del salar  no entiende que su mujer intuye que la cosa acabará muy mal, como así fue. Esta parte de la cantata enfrenta el comportamiento valeroso pero a veces infantil de los hombres contra la intuición y la sensibilidad femenina. Frente a la ingenuidad del hombre que cree que las cosas van a cambiar está la sensatez y la mejor comprensión de la realidad de la mujer.

 Esto es lo que nos venía de Latinoamerica en los 70.

Veamos lo que nos viene en la actualidad.

Ginza (2015)

Canción interpretada por un tal J. Balvin ha sido número uno de la radio en Estados Unidos, México y España entre otros países de Latinoamérica. Dice así:

“Si necesita reggaetón dale. Sigue bailando mami no pare. Acércate a mi pantalón dale. Vamos a pegarnos como animales.”

Las mujeres al parecer necesitan reggaetón y para satisfacerlas el hombre se ofrece a practicar el conocido paso de baile conocido como “perreo”. Esta modalidad coreográfica se practica del siguiente modo: Una mujer debe desproveerse de toda dignidad, por ejemplo mediante el abuso del alcohol. Luego tiene que refregar su culo en la entrepierna de un anormal acomplejado. No es como bailar un minueto pero no es fácil coordinar los movimientos cuando los bailarines están colocados y carecen de educación primaria.

“Muévete a mi ritmo. Siente el magnetismo. Tu cadera con la mia (boom). Hacen un sismo.”

La onomatopeya de “sismo”, Boom, es de lo más curiosa. ¿Qué ruido harán las bombas? ¿Trrrrgrrrrrbrrrr?

“Ahora da lo mismo. El amor ahora es turismo. Diciéndole que no al que viene con romanticismo.”

En esto hay que darle la razón al tipo. Una discoteca repleta de tipos con la visera de las gorras hacia atrás sobrexcitados no es el ambiente propicio para acercamientos amorosos, sino más bien de tiroteos entre bandas de narcos.

“Si te dan ganas de bailar pues dale. En esta disco todos somos iguales.”

Nuevamente el tipo da en el clavo, en esta disco todos son igual de penosos.

“Te ves bonita con tu “swing” salvaje. Sigue bailando que pa eso te traje.”

Claro, no la vas a llevar a una disco para presentar la declaración de la renta. ¡Qué tío!

“Sexy baila y me deja con las ganas. Y yo hoy estoy aquí imaginándolo. Sexy baila y me deja con las ganas.”

¿No habíamos quedado que la habías traído para bailar? ¿De qué diablos hablas? Mejor vas al aseo y te refrescas la cara con agua fría.

“Que bien te queda a ti esa faldita. Ella es señora, no es señorita.”

Después de una rima digna de Rubén Darío, se establece uno de los requisitos indispensables en el mundo reggeatonero: la mujer a conquistar es ineludiblemente la mujer casada con otro. Es un tema recurrente en este tipo de canciones (véase el clásico Dale Don dale). No eres un macho, macho hasta que no le quitas la mujer a alguien. Si le tienes que matar pues se le mata y luego te llevas a la chica como si le hubieses robado su canuto de plata para esnifar, que para eso las mujeres son posesiones.

“Sexy baila y me deja con las ganas. Como te luces cuando lo meneas. Cuanto quisiera hacerte el amor. Enséñame lo que sabes.

¿No habíamos quedado que aquí el amor era turismo. ¿No deberías decir algo así como: “¡Cuanto quisiera mojar el churro!”

El resto es repetición y no merece comentarse. Por cierto, si alguien me acusa de ¡Racista de la música! que le den.

En fin, pregunto de nuevo. ¿Cómo hemos pasado del “Vamos Mujer” al “Ginza”? ¿Qué es lo que ha ido tan mal?

Combatiendo el terrorismo como hablan los políticos.

-. ¡Al·lahu-àkbar! – Grita un muchacho de rasgos árabes que acaba de entrar en un restaurante de algún lugar de Europa, mientras dispara con el fusil de asalto que lleva. El muchacho es joven, parece recién reclutado por alguna organización yihadista. Está nervioso y falla el tiro que impacta sobre el acuario donde se exhiben los crustáceos que se han de comer la gente. El agua se desparrama por el suelo del restaurante y dos langostas y un bogavante caen al suelo junto a miles de pedacitos de vidrio. La confusión y el caos cunden entre los comensales. Gritos y aspavientos por doquier y entre ellos el vozarrón de un señor con gran barriga que viste un traje azul marino.

-. ¡Pero que hace! ¿Es qué pretende atentar contra nosotros? ¿No ve que somos demócratas? ¿No sabe que la democracia nunca puede ser vencida por la barbarie?

-. No hable con él.- Comenta un anciano vestido todo de negro con una corbata pasada de moda.- ¡No ve que es un moro terrorista!

-. ¡Eh! – Exclama el tipo barrigón.- ¿Cómo se atreve a estereotipar a toda una raza por el comportamiento fanático de unos pocos? Esto no es una guerra de religiones ni de civilizaciones. Es la guerra entre nuestras libertades y la barbarie ¡Usted no es un demócrata es un viejo fascista!

-. ¡No se olvide del estado de derecho! – Grita desde el fondo un joven medio calvo con pinta de sabelotodo.

-. ¡Gracias! me olvidaba del estado de derecho.- Corrige el tipo barrigón.- Te juegas que te apliquemos el estado de derecho y eso no te va a gustar.

-. Dispárale al viejo facha y no a los demócratas.- Grita una jovencita obesa con voz de pito.

-. Y por qué no le dispara a tu padre.- Exclama alarmado el viejo de la corbata pasada moda.

-. ¡Al·lahu-àkbar! – Vuelve a gritar el terrorista mientras descerraja otro tiro. Esta vez le da a un cuadro abstracto que colgaba de la pared y que cae con gran estrépito.- La gente se asusta y agacha la cabeza, el tipo barrigón es el primero en recobrar la compostura.

-. A ver hijo, ¿qué parte de la “democracia nunca puede ser vencida por la barbarie” no has entendido?

-. ¿Cómo le va a entender, seguro que sólo habla árabe? – puntualiza un tipo alto y desgarbado con gafas redondas.

-. ¿Entiendes lo que te digo hijo? – Pregunta paternal el tipo barrigón.

-. Sí, nací aquí. Me he alistado para vengar a mis hermanos musulmanes que son oprimidos por el gran Satán americano y los sionistas.

-. ¡Vaya tontería! Musita una señora cincuentona con exceso de maquillaje que ha retomado su cena a pesar del tiroteo.

-. ¿Quién ha dicho eso? ¡Al·lahu-àkbar! – el joven yihadista enojado dispara nuevamente dándole a una lámpara.

Aprovechando el desconcierto un joven fornido, aparentemente un policía o un soldado de paisano se abalanza sobre el terrorista. Su intento queda abortado por dos hombres de aspecto intelectual.

-. ¿Qué va a hacer? – Comenta uno de los que han detenido al muchacho fornido.

-. Pues intentar neutralizarlo y desarmarlo.- Exclama jadeante el joven fornido mientras forcejea con sus dos oponentes.

-. ¿Está loco? Comenta el otro intelectual recolocándose unas grandes gafas de pasta que lleva.- ¿No sabe que la violencia sólo genera violencia? Hemos de establecer vínculos de solidaridad y entendimiento si queremos acabar con el terrorismo y sobre todo aplicar el estado de derecho.

-. ¡Pero está armado! ¡Nos puede matar a todos! – grita el joven fornido después de liberarse de los dos tipos.

-. Eso es una consecuencia de la política de agresión que hemos practicado sobre su pueblo.- Sentencia el primer intelectual sacudiendo su chaqueta con coderas.- Los intereses de los gobiernos y de las grandes corporaciones seguramente mantienen una guerra genocida en la que antes era una pacífica aldea de oriente medio donde vivía tranquilamente este joven.

-. ¡Oiga! Que le he dicho que soy de aquí, ¡qué aldea ni que ocho cuartos! – Protesta irritado el joven yihadista.

-. ¡Tranquilízate! Suplica el tipo barrigón al terrorista mientras mira con severidad a los dos intelectuales y al joven fornido.- Ya está el ambiente bastante cargado, hagan el favor de volver a sus mesas.

-. Sí, tranquilícense todos.- Grita el “maître” del restaurante mientras exhibe las dos langostas que ha recogido del suelo.- Miren que desastre, las langostas aún colean pero creo que el bogavante está muerto. ¿quién lo va a pagar? ¿eh?¿eh?

-. ¡Dios mío! El bogavante está muerto! – Exclama sollozando una mujer menuda con un moño.

-. Lo que yo les decía es un moro asesino ¡Qué culpa tenía el animalito! – Vuelve a intervenir el viejo de la corbata pasada de moda.

-. ¡Cállese viejo facha! ¡Dispárale de una vez! Insiste la joven obesa con voz de pito.

-. ¡Ya basta! – Grita con su voz atronadora el tipo barrigón. Vamos a calmarnos todos. Para ello propongo un minuto de silencio por el bogavante.

Todos los comensales murmuran, algunos no lo ven claro pero todos aceptan homenajear al crustáceo finado. Todos se ponen en pie y se mantienen callados aproximadamente un minuto.

-. ¿Pero qué hacen? – Pregunta confuso el yihadista.

-. Una demostración de duelo ante el dolor que nos has causado. Puedes hacernos daño pero si nos mantenemos unidos nunca podrás vencernos.- Sentencia el tipo barrigón.

-. Eso.- Exclama el tipo alto desgarbado.- Cojámonos de las manos y cantemos. Demostrémosle la fuerza de la unidad de los demócratas.

Todos los comensales se agolpan delante del yihadista y se toman de las manos. La mujer menuda del moño tararea los primeros compases de “Imagine”, el resto de comensales rompen a cantar.

-. “…Imagine all the people living life in peace…”

El yihadista aturdido por el espectáculo coral que está viendo decide huir y suelta el fusil. El tipo barrigón grita exultante.- ¡Lo ven se rinde! Nada puede con la unidad democrática ni el estado de derecho.

El yihadista retrocede hacia la salida pero es interceptado por el tipo barrigón.

-. ¿Lo ves hijo? Mediante la violencia y la barbarie no conseguirás nada sin embargo al recuperar el sentido común y tirar el arma te has ganado nuestros corazones. ¡A mis brazos!

El tipo barrigón abraza como un oso al terrorista el cual grita.- ¡No!

-. ¿Cómo qué no? El amor y la solidaridad deben de reinar entre las civilizaciones.- Pontifica orgulloso el tipo barrigón mientras le propina un tremendo achuchón al terrorista.

-. Me refiero a que está apretando con su panza el detonador de mi cinturón de explo…

Fin.

¡Confesión!

Parroquia barcelonesa, interior tarde. Con un sobre en la mano y sin dinero suelto que he tenido que dar como voluntad para una gestión en la iglesia me dirijo al confesionario.

Yo.- Ave María purísima.- Susurro al cura visiblemente nervioso.

Cura párroco.- El Señor esté en tu corazón para que te arrepientas y confieses humildemente tus pecados.- Responde el párroco con rutinaria indiferencia.

Yo.- Padre confiéseme porque he pecado.

Cura párroco.- Te veo muy azorado hijo debes de tener una culpa muy grande. ¿Qué te aflige?

Yo.- Tengo una culpa de las gordas padre. He venido al despacho parroquial por una partida de bautismo y he visto que estaba usted confesando y no me he podido resistir. ¡Confesión! – Exclamo alzando la voz. Empiezo a sudar.

Cura párroco.- Tranquilo hijo mío. Dime ¿cuándo te confesaste por última vez?

Yo.- Esto.., hace unos meses.- Miento de forma cobarde.

Cura párroco.- Ya ¿Y dime hijo que te atormenta tanto?

Yo.- Es que no sé cómo explicarlo. pero estoy desesperado. ¡Confesión!

Cura párroco.- Sí, ya. Veamos, ¿es un pecado de gula tal vez? – Me pregunta el cura con tono paternal.

Yo.- Bueno a veces cuando estoy solo me meto entre pecho y espalda una lata de Pringles onion sur cream  o una bolsa de tortillas de maíz mojadas en guacamole… y siempre con cerveza. Pero no es eso lo que me angustia.

Cura párroco.-  ¡Moderación hijo mío! ¿Tal vez un pecado de lujuria?

Yo.- mmm.

Cura párroco.- Vamos hijo ¿Adulterio? ¿Sodomía?

Yo.- ¡No padre! – Exclamo escandalizado. Una señora que reza en un banco próximo me mira molesta por mi tono de voz.- A veces, ya sabe…

Cura párroco.- No hijo no sé.

Yo.- A veces, ya sabe… me toco y eso. Poco la verdad. Comparado con mi juventud cuando parecía un mono. Pero eso no es lo que me angustia.- La vergüenza supera al nerviosismo en este momento y la sudoración a ambos.

Cura párroco.- ¿Has cometido algún crimen’ ¡No será eso!- Pregunta algo alarmado el cura.

Yo.- No padre. verá lo mío es un caso de soberbia.- más bien.- Le digo al cura con expresión tranquilizadora.

Cura párroco.- ¿Soberbia?

Yo.- Tal vez no sea esa la palabra. Verá yo tengo un teléfono celular muy bonito. Un Samsung Galaxy Note 4, con su pantalla de 5,7 pulgadas, su estructura metálica, su detector de huellas dactilares y su “s-pen“. Es de un hipnótico color negro. El orgullo de mi vida. Lo uso mucho en mi trabajo y en mi tiempo libre. Es tan grande que puedo leer con comodidad durante los largos trayectos en tren diarios y su cámara fotográfica, qué cámara tiene ¡16 megapíxeles!. Libre cuesta unos 600 euros. Pero a mí me lo dieron con una renovación de la tarifa telefónica algo más cara.

Cura párroco.- Hijo no entiendo.- Exclama el cura confuso pero intrigado.

Yo.- … Siempre lo he cuidado con esmero. Le compré la funda oficial y todo. Pero el otro día vi una grieta en su divina carátula, un trocito de plástico del borde se desprendió y quedó a la vista una cosita blanca. ¡snif!

Cura párroco.- Sigo sin entender…

Yo.- Lo que pasa es que a pesar de que funcionaba bien ¡lo he llevado a arreglar! No he soportado que mi precioso teléfono tuviera una cosita blanca.

Cura párroco.- ¿Estaba en garantía?

Yo.- Sí,

Cura párroco.- Sigo sin ver el problema.

Yo.- Padre, lo que sucede es que voy por la vida de persona sensible y solidario con los problemas de la gente. Escribo un blog ¿sabe? y no en pocas ocasiones he escrito sobre temas políticos y sociales según mi experiencia personal o de terceros. Hablo de mendigos, músicos callejeros y políticos corrompidos. Hablo y oso dar consejos sobre enfermedades que he padecido como las cataratas y la depresión. Juzgo con dureza la hipocresía de la publicidad o de las cosas que hace la gente y resulta que yo mismo soy el epítome de la hipocresía desesperándome porque a mi celular le ha salido una cosita blanca… ¡buahh!

Cura párroco.- No sé que decir. Ciertamente podríamos clasificar tu caso como soberbia.- Comenta condescendiente el párroco.

Yo.- Soberbio y estúpido… Pobreza, paro, guerra, refugiados y yo preocupado por una cosita blanca en mi móvil,  pero es que ¡no quiero cositas blancas… buahhh!

Cura párroco.- Bueno hijo, no es para tanto. Además estar pagando un teléfono tan caro y que le salgan cositas blancas, pues no es de recibo.

Yo.- Jesús, Hijo de Dios, apiádate de mí, que soy un pecador. ¡Un mierda… buaah!

Cura párroco.- Hijo ¡ese lenguaje! En fin. Dios, padre misericordioso, que reconcilió al mundo por la muerte y la resurrección de su Hijo y derramó el Espíritu Santo para el perdón de los pecados, te conceda, por el ministerio de la Iglesia, el perdón y la paz.

Yo.- ¿No hay penitencia padre?

Cura párroco.- No hijo. Tu pecado lleva la penitencia implícita . Además Dios ama a los tontos, hace muchos. Bueno, yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Yo.- Amén.- Creo que el cura me ha llamado tonto, pero me lo merezco. Salgo de la iglesia algo más tranquilo. Así podré aguantar mejor los 15 días que el servicio técnico oficial de Samsung me ha dicho que tardan en eliminar cositas blancas en sus terminales telefónicos.

Oda al río Besós.

¡Oh! río Besós.

¡Qué mal me caes! Reguero enano de fétidas aguas. ¿Qué te he hecho yo para que me atormentes cada mañana? Martirizas mi madura osamenta con la humedad que exudas como un enfermo febril y me haces vagar a ciegas por la neblina que emana del líquido innombrable que vomitas en el Mediterráneo.

¡Oh río Besós!

¡Qué birria eres y que ufano te sientes por tener una ciudad a tu nombre! Sí, ya sé que no hay un Washington del Potomac ni un Londres del Támesis, pero esos ríos no necesitan apellidos, les basta con sus inmensos cauces y sus rugientes caudales para ser admirados. Y además, ¿tú que tienes? ¿Un Sant Adrià? Un pueblo grande, famoso por sus colosales chimeneas y por contener el barrio de La Mina, en cuyas polvorientas calles pasé tantas horas de mi niñez. La verdad no es para tanto, te lo digo yo.

¡Oh río Besós!

Por si las molestias físicas no fueran poco, me produces también castigo psicológico. Desde que soy asalariado de Vulcano, tengo que recorrer tu vereda, y claro, llegan a mi memoria los recuerdos de cuando años atrás navegaba por la ribera del Nilo, simpar eden de fértiles tierras adornadas con hermosos minaretes. Y ahora sufro por contemplar a diario el informe lodazal de malas hierbas que atraviesas, ornamentado por plúmbeas farolas y donde la única vida posible es la de los gatos que intentan en vano alimentarse de lo que tu corriente ponzoñosa no da.

¡Oh río Besós!

Espero que cuando el invierno acabe y las tinieblas se disipen, pueda verte mejor con la luz de la primavera. Quizás entonces descubra en ti algún adorno, alguna virtud que mejore la pésima imagen que tengo de ti. Pero mientras tanto ¡Oh río Besós! me mantendré lo más alejado de tu lóbrega orilla y seguiré caminando pegado a los muros de la exangües industrias de mi tierra. Me inspiran más simpatía.

Okupas, perroflautas o antisistema.

Desde que soy siderometalúrgico tengo la necesidad de usar el eficiente servicio de cercanías de RENFE del que disponemos en Barcelona. He tenido suerte. La línea R2 que conecta Castelldefels con Granollers  y que me permite llegar hasta Montmeló, parece el Orient Express si la comparo con la impuntual y masificada línea R4 con la que a veces me desplazaba a la plantación de algodón de Sant Joan Despí.

Todas las mañanas tomo el tren en la estación del Clot-Aragó poco frecuentada, silenciosa, amigable. Cuando llega el tren, siempre encuentro asientos libres y de momento no he sufrido retrasos de consideración.

Pero no todo son parabienes. El otro día, sin ir más lejos, subió al tren una tropa de esos jóvenes que deambulan por la vida acompañados de perros, con ropa pseudomilitar, “piercings” mugrientos y ese engendro de la ornamentación corporal llamado “rastas”.

Nunca he estado en Jamaica (ni pienso estar) y tal vez allí estas extensiones capilares sean complementos agradables e higiénicos, pero las que se usan por aquí me recuerdan al pelo de aspecto mortecino de los roedores disecados que tenía el director de mi colegio en su despacho y que tanta congoja me producía mirarlos ocultos en la penumbra de sus anaqueles, las escasas veces que estuve en dicho despacho.

Me quedé observando a aquellos jóvenes intentando clasificarlos y comprender su filosofía de vida:

Perroflautas no eran pues tenían perros pero no flautas. Antisistema, bueno, si eres antisistema ¿Por qué tomas un tren de cercanías? ¿Hay algo más inherente al sistema que la red ferroviaria de cercanías? Trenes conducidos por aburridos funcionarios, megafonía impersonal y estaciones llenas de currantes adormecidos  vigiladas por “seguratas” barrigudos.

Pero no reflexioné mucho tiempo. Mis pensamientos fueron abortados de repente por el intenso y repugnante hedor que desprendían aquellos chicos y chicas. Doscientos metros de tren, cincuenta plazas por coche y estos angelitos tienen que sentarse a mi vera.

Mis elucubraciones fueron substituidas por nauseas y otros desordenes fisiológicos. ¡Qué peste! Aproveché la braga que uso para  los días de frío intenso  que lucia en mi cuello para cubrir mi nariz, pero fue en vano. Aquel pestilente olor era tan cáustico que la hubiese traspasado aunque hubiese estado confeccionada en Kevlar.

Podía haberme levantado e irme pero tenía miedo que creyesen que yo era un fascista que no toleraba su presencia por causas ideológicas y no sanitarias, Ademas todos hablaban en inglés por lo que mi actitud podía interpretarse también como xenófoba y no tengo yo el cuerpo a las siete de la mañana para enfrentarme a nadie por motivos sociopolíticos.

Mi salvación llegó cuando escuché por los altavoces del tren que llegábamos a Montcada i Reixac . Fingí que me apeaba y me dirigí al lugar del tren más alejado posible de aquel tufo, intentando que no se notara que mi equilibrio se había visto afectado por el mareo.

Cuando mi estómago y otras vísceras ocuparon de nuevo el lugar que les corresponden según mis parámetros antropomórficos, pude regresar a mis pensamientos y concluir que aquellos jóvenes eran en realidad “Okupas” pues habían ocupado mis fosas nasales y posiblemente las de los otros viajeros de una manera que no puede ser legal.

Su rebeldía, si es que realmente se rebelan contra algo, no es contra el sistema sino contra la higiene corporal. Son una especie de veganos ultraortodoxos que entienden que las bacterias también tienen derecho a la vida y que no pueden ser aniquiladas por burgueses jabones y geles de baño.

Me gusta que la juventud tenga principios y se rebele contra lo que considera injusto, ¡ojalá! hubiese sido yo menos sumiso en mi juventud, por lo que también, a esta clase de activistas, les declaro mi admiración, pero desde cincuenta o sesenta metros como mínimo de distancia.