Desde Chulilla

Carta abierta a la la reina de las fiestas de Chulilla 2017

Querida Patricia:

Ante todo mis felicitaciones por ser coronada reina de las fiestas patronales de Santa Bárbara de la Baronía de Chulilla, felicitación extensiva a las cuatro damas de honor que te acompañarán en todos los actos festivos y litúrgicos que no son pocos.

No voy a entrar en valorar tradiciones religiosas tan incomprensibles para mí como la adoración de santas y vírgenes ni tampoco quiero entrar en el debate de si deben existir los concursos de belleza femeninos tengan la raigambre que tengan. Pero, querida Patricia, lo que es seguro es que la elección de la reina y damas de honor de las fiestas de Santa Bárbara es un concurso de belleza que has ganado tú.

Patricia, niña ¿No te das cuenta de que eres, con perdón, de las últimas de las chicas del pueblo que merecería ganar un concurso de belleza? No me malinterpretes, no te estoy llamando fea ni mucho menos, pero para ganar un concurso de belleza hace falta algo más que ser “mona”.

No voy a dudar del buen criterio del jurado que te eligió y menos acusar de nada al Excelentísimo Ayuntamiento de Chulilla, pero ¿No crees que resulta más que probable que alguien lo haga? Digo todo esto sin temor a ofenderte porque me cuesta pensar que de verdad crees que eres la más adecuada para ostentar la corona de las fiestas del pueblo.

  • ¿No te parece extraño que hayas vencido con tu sobrepeso a tus esculturales damas? A una de ellas la vi el otro día en la piscina, cuando llevé a mi sobrino, y en bikini parecía la Venus de Milo con brazos.
  • ¿No te hace dudar que te hayan elegido con tus ¿1,60? con tacones cuando las otras finalistas sobrepasan sobradamente el metro setenta descalzas?
  • ¿No notas como se les ajusta suavemente a sus cuerpos el traje ceremonial a tus compañeras, mientras que las costuras del tuyo parece que vayan a rasgarse en cualquier momento ante el envite de tus michelines?
  • ¿No te preocupa la gruesa capa de maquillaje que te has puesto en la foto oficial en comparación con el ligero colorete de tus rivales?
  • ¿Y no te preocupa de verdad, lo que deben pensar los demás? Puede que te dé igual lo que piensen otros, pero ya te digo yo que nadie en el pueblo (y menos tus bellísimas contrincantes) ha pensado: ¡Pero qué guapa y salerosa es nuestra reina del 2017! “Visca la dona valenciana!”

Patricia, eres una chica agraciada y si perdieras algo de peso incluso guapa, no lo voy a negar. Tienes un magnífico futuro como doctora en medicina, peluquera o presidenta de la Generalitat Valenciana, pero no en concursos de belleza y eso deberías saberlo.

No todos podemos ser lo que queremos. Cada uno tenemos nuestras habilidades y talentos que debemos conocer y potenciar. Pero pretender ser lo que no se es, resulta ridículo para uno mismo e injusto para los que sí tienen posibilidades, como ha pasado contigo y con cualquiera de tus 4 damas de honor, más merecedoras de tu corona y que, quién sabe por qué, se han quedado sin ella.

Pero bueno, esto es España, el país de las oportunidades y si Belén Esteban llegó a vender más libros que Ruiz Zafón, una niña bajita y rechoncha puede ser coronada reina por su belleza.

Para acabar, sólo decir que si la reina de las fiestas patronales de la Baronía de Chulilla en honor a Santa Bárbara, no se elige por su belleza sino por su devoción, conocimientos de la tradición o por cualquier otro motivo ajeno a ser la más guapa, me retractaré de inmediato y te pediré públicas disculpas.

Disfruta de tu gran momento.

David.

En Chulilla a 7 de agosto de 2017.

P.D.

Los concursos de belleza están pensados para la gente guapa, alta y delgada. Así que los que piensen que todos tenemos derecho o que la belleza está en el interior que regresen al planeta tierra.

Anuncios

El castillo de Chulilla y yo.

Advertencia:
Quiero aclarar a los posibles lectores de esta entrada y de otras del mismo estilo tan personales y de poco interés general, que mis conversaciones con monumentos históricos son meras licencias literarias y no síntomas de enfermedad mental alguna. No acostumbro a mantener conversaciones con objetos inanimados… bueno a veces me acuerdo de la madre de mi ordenador cuando se cuelga pero nada más.Acceso-Castillo_Chulilla.jpg

Debo de ser la persona que más veces ha visitado el castillo de Chulilla. Sin duda. Cada verano que paso en el pueblo subo casi cada día. Hay paisanos octogenarios que me han contado que la última vez que subieron eran adolescentes incluso críos. Pocos monumentos españoles deben de tener un visitante tan asiduo y fiel como lo soy yo del castillo montano de la Baronía de Chulilla.

Mi amor por estas milenarias ruinas está más que justificado. Acceder hasta ellas es difícil. Hay que subir hasta lo alto de la montaña por empinadas cuestas, toda una hazaña para un asmático crónico como yo. Estar frente a su puerta de acceso ha sido siempre una victoria personal contra mi enfermedad y ahora, además lo es contra el sobrepeso y los años. Es poca cosa lo sé, pero allí está él dispuesto a acogerme extenuado y jadeante, como acogió a los barones y arzobispos que en el pasado lo frecuentaban. Pocas veces hay gente paseando entre sus dependencias cuando subo. La mayoría del tiempo estoy solo entre sus murallas. El castillo y yo nos entendemos, a distinta escala estamos algo solos, algo abandonados y algo viejos. Hemos tenido momentos mejores, pero aguantamos en pie que en estos tiempos no está nada mal.

Hace ya tantos años que visito el castillo que he visto dos obras de mantenimiento. En la primera pavimentaron el pretil y substituyeron la antigua puerta de hierro forjado por una de aluminio y acero inoxidable de un cromado cegador. En aquella ocasión sentí como el castillo me preguntaba incómodo que ¿qué demonios habían hecho con su entrada y su pretil pedregoso por donde subieron los soldados de Wellington que defendieron a España de Napoleón?  Porque, ¿puede haber algo menos histórico que el aluminio y el asfalto? ¿Algo menos medieval? Sí, medieval, ya que el castillo está catalogado así por quienes entienden de estas cosas. Yo no supe que decirle, salvo que tal vez facilitando el acceso a los turistas con chanclas recibiría más visitas pero no sé yo si eso ha sido así.

Hace dos años también me encontré al castillo confuso. Me preguntó que qué eran esas plaquitas rojas con un recuadro ajedrezado que le habían clavado en sus milenarias piedras. Le contesté que eran códigos QR, algo tan moderno que no creo que entendiera para qué sirven pero sé que notó por mi tono de voz, que considero que no son más que un banal e inútil acto de profanación, ordenado quizá, por algún bienintencionado pero patoso funcionario municipal.

De todas maneras ninguna novedad tecnológica ni ninguna aberración metalizada le resta ni un ápice de su gloria. El castillo de Chulilla, mi castillo, estaba hace siglos, imponente sobre su montaña, antes de que yo naciera y seguirá allí cuando yo muera, puede que entonces, llegue frente a su puerta de acceso sin jadeos, sin sudores y el castillo con sus almenas intactas y sus pendones al viento, reciba mi espíritu de vez en cuando, por toda la eternidad.

Chulilla – Nueva York.

Pues eso, que hice algunas fotos.

Chulilla vista general
Vista general de Chulilla.

 

Manhattan (65)
Vista general de Manhattan.

 

El castillo de Chulilla. Símbolo del pueblo.
El castillo de Chulilla. Símbolo del pueblo.

 

Manhattan (69)
La Estatua de la Libertad. Símbolo de la ciudad.

 

Chulilla desde el camino al Frailecico
Vista de Chulilla desde el camino al Frailecico.

 

New York desde el camino a Staten Island
Vista de Nueva York desde el camino a Staten Island.

 

Plaza de la Baronía
Plaza de la Baronía.

 

Times-Square
Times Square.

 

Charco Azul
El Charco Azul.

 

Central Park
Central Park.

 

Tomando-Algo
Tomando algo en Chulilla.

 

Chicas-de-Manhattan
Tomando algo en Manhattan.

 

Calle del Maestro Amblar
Calle del Maestro Amblar.

 

Calle 42
Calle 42

.

La Rinconá
Puente de la Rinconá

 

Puente de Blooklyn
Puente de Brooklyn

 

Fiestas de Santa Barbara
Fiestas de Santa Bárbara en la Ermita.

 

Fiestas-de-San-Genaro
Fiestas de “San Gennaro” en “Little Italy”.

 

Diario de viaje. Día 1.

Hotel Pan American en Queens

Escribo esta primera página de mi aventura americana desde el McAuto que hay en frente de mi hotel. La alegría que me ha dado el encontrarlo después  de vagar perdido, de noche, sin teléfono ni guía, me ha motivado a celebrarlo con un opiparo Big Mac que me sabe a gloria.

Menudo día. Me registran en Barajas desvaratando mi equipaje y resbuscando hasta en mis caries. Luego en el JFK  me retienen en inmigración porque dicen que hay un problema con mi nombre ¡Claro Torres López es de lo más común entre yihadistas!  Y entre ello un viaje eterno con un frío que me moría. Menos mal que al menos me entretuve viendo “The  big bang theory”  y dí buena cuenta de la merienda pantagruélica que nos sirvieron.

Pero ha merecido  la pena. Nueva York al fin. Tras instalarme en mi hotel donde todo el mundo habla español, recorro Queens bulevar hasta encontrar  una parada de metro.  Tengo una humillante experiencia con la máquina  que vende la Metrocard pero acabo comprándola. Pillo  el primer tren que llega. Compruebo  con alegría que me lleva hasta Time Square.

Mi parada de metro.

Allí me apeo. No acabó de  identificarla con ninguna de las imágenes que tenía de ella. Además  está  en obras. Empiezo a ponerme nervioso cuando de repente aparece  ante mí el edificio Crysler. Creo que se me corta la respiración, no es la tétrica mole de las películas, más bien parece una brillante espada que corta el cielo de Manhattan.

El edificio Crysler.

Me dirijo hacia él  como hipnotizado, cuando por el rabillo  de mis prótesis  oculares lo veo. El Empire  State. El edificio Crysler es más bonito, pero lo primero es lo primero, y mi hipnotización me conduce hasta el mito. Yo he venido a verlo a él y todo lo demás  es propina. Parece que está  aquí al lado pero tengo que caminar tanto que empiezo a flaquear, no obstante, me quedan fuerzas para dar vueltas por Midtown con la boca abierta por la impresión que me causa todo cuanto veo. Me imagino a mi mismo como un Paco Martínez Soria embobado al que sólo le falta la cesta con gallinas.

El Empire State desde el Puente de Brooklyn

Lo demás  es historia, tomó el metro hacia el hotel, me equivoco y  ¡hala! a vagar a ciegas y exhausto por Queens. Pero me da igual, pese a todo, hoy es uno de los días  más bien felices de mi vida.

Próxima estación: Barcelona.

New-York

De vuelta en Barcelona. Tengo una semana para acabar de preparar el viaje a Nueva York. He llegado a las dos de Valencia y ahora estoy en el KFC de la Meridiana acabando de almorzar. Por primera vez me he dejado cautivar por la publicidad y he pedido un el bocadillo llamado “The Boss”. Está rico, seguro que es por las semillas de amapolas que dicen los anuncios que lleva, no obstante no tienen buen aspecto.

No empezó bien el día. El autobús de la prestigiosa compañía Hispano Chelvana llegó con media hora de retraso. Tras despedirme de mis padres ocupé mi asiento poniendo la cara de perro que uso para que ningún pelmazo que se siente a mi lado me dé conversación. Aunque llevaba mis auriculares  puestos a un volumen razonablemente alto, no puedo dejar de oír el repiqueteo de las chanclas de la gente. No sé  como se puede ir a ninguna parte en chanclas. Viajar es estar sujeto a cualquier contingencia y no sé como se puede afrontar ninguna en chanclas. Y por si fuera poco, tengo el incomodo defecto de que ver según que pies, me da repelús. Soy consciente de que la gente tiene derecho a ir fresquita pero también  debería ser consciente de cuando sus pies son humanos y cuando son apéndices deformes. Yo hago lo posible por no mirar al suelo, pero la gente se obstina en cruzar las piernas o poner los pies sobre los asientos y claro no es fácil la vida para quien como yo, sólo encuentra estéticas las chanclas cuando las lleva Uma Thurman.

Al llegar a Villar una mujer ocupa el asiento a mi lado. Mi cara de perro funciona pues su intento de iniciar una charla fracasa de inmediato . De todas maneras mi satisfacción  se difumina cuando compruebo  que la mujer, pertenece a esa subcultura que creen que sudor y colonia S3 de Legrain combinan. Para el olor a sudor existe algo llamado desodorante, la colonia es para… bueno no lo sé , pero usarla para una higiene rápida es una guarrada. Hay cosas que no casan ni casarán: Los zapatos negros y los calcetines blancos, el chocolate y la Coca Cola y el sudor y la colonia.¿Por qué? Algún día se sabrá.

Llego a Valencia aturdido por el hedor rancio de la mujer que se sentaba a mi lado y un taxi me lleva a la estación de Joaquín Sorolla. La nueva estación para los AVE de Valencia es muy bonita pero alejada del esplendor de la antigua estación del Norte. Me encantan las infraestructuras ferroviarias. Ir en tren siempre formaba parte de mis vacaciones, cuando las tenía claro. Yo no iba en tren a mi destino de vacaciones sino que ir en tren era la primera diversión de ellas.

Voy a los servicios. En la estación de Joaquín Sorolla están limpios y no hay tipos de esos que intentan ver el pene de los que orinan a su lado, y que tan habituales son en otras estaciones o por lo menos yo no los he visto. Siempre he sentido pena por estos tipos que ocupan sin duda el peldaño más bajo de la escala sexual masculina. No por quererle ver el pito a otros, que ya les vale, sino por tener que permanecer tanto tiempo en un sitio tan hediondo y deprimente como eran los servicios de la estación del Norte de Valencia tal como yo los conocí, sólo por la fugaz satisfacción de verle la pilila a un señor.

Tomo café en un bonito local caracterizado por su complicado acceso. Le pregunto a una camarera como he de proceder para pedir un café y ella me indica que debo pasar por una puerta de cristal a la que señala. La cosa no tendría más secreto sino fuera porque dicha puerta exhibe un cartel que dice: “Prohibido el paso” y está custodiada por un  policía con cara de pocos amigos. Permanezco estático a la espera de indicaciones más precisas cuando la camarera me dice que puedo pedir en la terraza si lo prefiero, a lo que contesto con un relajado sí. Me quedo tan tranquilo por no tener que entendérmelas con la interdicción de la puerta y el poli, que además de un café pido un “Croissant”. La chica toma nota en su libretita cantando el pedido:

– Un café solo y “curasan”. Vale.

Mientras me tomo mi frugal pero caro desayuno (2,70 por un café y un “curasan”) observo a la gente. Algunas personas miran fijamente el panel de llegadas y salidas esperando saber la vía a la que han de dirigirse como si esperaran el resultado de una rifa. Otras pregunta a cualquiera que esté parado si esta es la cola de Cuenca o la de Puerta de Atocha. Yo nunca permanezco parado en las estaciones y mucho menos sentado, pues como ya he explicado en más de una ocasión en este blog, soy un imán para los pelmazos y la gente rara.

Mientras observo a una señora con pantalón rojo dar instrucciones de como debe desenvolverse en la estación, a grito pelado a su anciana tía, pasa delante de mí una muchacha de no más de metro sesenta con un chaleco fosforescente que reza: “Seguridad”. Antes se exigía una estatura mínima a los guardias jurados. Debe ser que sólo se le exige a los hombres, pues echo un vistazo alrededor y localizo a otras dos seguratas con evidente canijicie. ¿Quién creen que puede alterar el orden o poner en peligro a los viajeros? ¿Los sección pigmea de Al Qaeda o los pitufos maquineros?

Por fin en el tren. En ningún sitio como en un tren como para comprobar que los extranjeros no son mucho más espabilado que los españoles: Se confunden de coche, interrumpen el paso con sus enormes maletas y fracasan en la localización de su asiento. Eso sí, todo lo hacen en voz baja, no como nosotros que berreamos como posesos para comunicar la cosa más nimia.

En esta ocasión comparto hilera de asientos con tres alemanes o austriacos o de donde sean, pero hablan alemán. Son dos mujeres y un hombre que momentos antes ponía en duda que yo estuviera en el asiento correcto. Cuando la marcha ya hacía tiempo que se había iniciado, la mujer que se sentó a mi lado se cambia a la fila de delante que está vacía. Sé que lo hace para disponer de acceso a la ventanilla, pero siempre que me pasa algo parecido, pienso que he hecho algo que debido a nuestras particulares idiosincrasias, le ha molestado. Me da igual, por mí todos estos se pueden volver al Reich ahora mismo.

En fin, no hay nada más que destacar. Confieso que estoy nervioso. La inminencia del viaje me atemoriza. Mí último viaje en solitario fue hace casi 10 años y no sólo era más joven sino que además tenía un empleo y las ganas de sentirme como un aventurero que no tenía miedo a nada. Ahora me veo como un cuarentón sin futuro, lleno de temores y que piensa más en lo que va hacer para vivir al regreso que cumplir su sueño de ver con sus propios ojos, los escenarios de las películas de Woody Allen.

Un día cualquiera.

Pensaba que todo un mes de agosto en Chulilla daría para muchas anécdotas y aventuras; pero no ha sido así. No he podido como pretendía hacer una serie de entradas que guardasen cierta coherencia. El intenso calor que está haciendo este verano, me ha mantenido más tiempo en casa de lo que habría deseado. Enfrento la última semana en el pueblo con la satisfacción de haber perdido algunos miligramos y haber adquirido algo de fondo para afrontar con seguridad mis soñadas caminatas por Manhattan.

Los días en Chulilla son más o menos como el de hoy. Duermo cual marmota hasta las 8:30 hora en la que el colchón de espuma de mi catre acaba por liquidar mi espalda haciendo que un dolor agudo me haga levantarme con gesto agónico. Desayuno frugalmente. Tostadas con aceite y café aguado. Decido emitiendo sonoros bostezos, sí me quedo viendo la tele o salgo a caminar. Elijo caminar pues está algo nublado y parece que las temperaturas no son tan altas.

Al salir de mi casa, el hijo pequeño del vecino me saluda y me dice que se llama “Pato Donald”. Yo le respondo que yo también me llamo “Pato Donald” creándole un gran desconcierto. Espero no haberlo traumatizado.

Encaro un camino que conduce al pueblo llamado “La Senda” porque se trata de una senda. La denominación de los lugares del pueblo destaca por su gran imaginación salvo en este caso. Recorrer La Senda es altamente satisfactorio por las impresionantes vistas que de los montes y los huertos hay. El problema es que debo de estar muy atento a no ser arrollado por los BMW que gastan los jóvenes de acelerador fácil, de por aquí, lo que hace que recrear mi vista sea harto complicado.

El tráfico me da un respiro y el paisaje me inspira pensamientos sobre mi vida y el futuro que me espera. Tengo tantos frentes abiertos y tan pocos recursos que mis reflexiones empiezan a deprimirme. Afortunadamente un paisano que conduce una “mula” me saluda y me aparta de mis agobios. Una mula es una especie de tractor en miniatura de dos ruedas, que se conduce como una carretilla. Conozco a un tipo que se atropelló a sí mismo con una de estas cosas.

Llego a la confluencia de La Senda con la carretera que da al pueblo. Numerosos niños vociferantes juegan por las diminutas aceras de la travesía. Uno de ellos se fija en la cámara fotográfica que he sacado de mi riñonera y me ofrece cambiármela por su moto. Yo rechazo la oferta porque mi cámara es estupenda y su moto no es más que un juguete a pedales.

He sacado la cámara para fotografiar un descapotable que parece un antiguo Alfa Romeo Spider, pero resulta ser un viejo SEAT 850 Sport y emocionado por el hallazgo lo acribillo a fotos. Un coche de hace más de 50 años, fabricado en Barcelona y que está impecable. La nostalgia ilumina mi alma pues cuando era niño, se podían ver algunos de estos por las carreteras.

SEAT 850 Sport

Paso por delante de la farmacia del pueblo donde a veces me peso. Me gusta esta farmacia pues tiene una de esas básculas que te dan además la estatura y que siempre me da un par centímetros más de lo que mido. Pero hoy no voy a pesarme, no estoy seguro de haber adelgazado suficiente y no quiero amargarme. El otro establecimiento importante que hay en la calle de Valencia, que es como se llama este trozo de travesía, es la droguería de Lolín, la cual ya no despacha en ella, creo, aunque su nombre sigue impreso en el sobrio rótulo que hay sobre la puerta.

Pocos metros después llego a la plaza de la Baronía donde decido tomarme un café en mi bar favorito. Nada más tomar asiento el dueño rápidamente me sirve una cerveza. Yo quería café, pero el camarero me ha servido tan diligentemente que no quiero desilusionarle y me bebo la cerveza sin rechistar.

La cerveza me ha entrado mejor de lo que esperaba y ligeramente achispado reinicio mi andadura. El alcohol me ha envalentonado y me siento tentado de ir al ayuntamiento y reclamar la documentación sobre el castillo que en octubre me prometió Paloma y que nunca llegó, pero el olor a pan recién hecho de la panadería me distrae y me hace desear comprar una bolsa de mantecados. Haciendo alarde de una voluntad de hierro, me abstengo de comer dulces pues más que nada deseo ir a Nueva York con unos niveles de papada y barriga aceptables, pues seguro que me haré numerosas auto fotos y quiero quedar todo lo bien que sea posible.

Satisfecho por mi heroica resistencia a la gula. Vuelvo a casa. Me cambio de ropa y miro los capítulos repetidos de “Empeños a lo bestia” y “La casa de empeños” que dan en el canal “Xplora” (tengo que escribir sobre este canal) a la espera de que mi madre me llame para comer. El menú de hoy consta de gazpacho y boquerones en vinagre, ágape muy andaluz para estar servido en Valencia, pero es que toda mi familia es de allí.

Con el estomago lleno ayudo a mi madre a recoger la mesa antes de iniciar una siesta que apenas dura, ya que mi cama sigue empeñada en reñir con mi espinazo. Así que decido caminar de nuevo esta vez hacia el Charco azul una de las maravillas del municipio y junto al castillo, su principal reclamo turístico. El Charco Azul se caracteriza por dos cosas:

  • No es un charco
  • No es azul.

En realidad, se trata de una antigua presa abandonada donde todavía queda embalsada una gran cantidad de agua impropia de un simple charco. Da la impresión más bien de ser un pequeño lago de aguas de un color verde ceniciento, rodeada de quebradas de distintas tonalidades de marrón y gris, por lo que el que hayan calificado de azul, esta joya paisajística es todo un misterio. Como misterioso es el ambiente del lugar ya que por la altura de las paredes de roca que lo delimitan, la luz llega muy atenuada y deja en una mística penumbra el lugar. Para llegar al Charco Azul, hay que recorrer casi dos kilómetros de valle repleto de huertos y plantaciones de naranjos por donde no logro dar diez pasos sin tropezar con algún guijarro o resbalar por algún fangal.

Aunque hoy he decidido ir en chándal para que, como era habitual en veranos anteriores, la gente no me tomara por el guardabosque, no he conseguido zafarme de algunos turistas que me interpelan con preguntas como: “¿Vamos bien por aquí al Charco azul? ¿Queda mucho para llegar al Charco azul? ¿Se puede llegar en coche al Charco azul? Yo intento complacer a todo el mundo con precisas indicaciones, pero creo que a veces la gente pregunta por preguntar pues me ponen cara de no fiarse un pelo de mí. Antes me tomaban por un agente forestal por llevar ropa de campaña y ahora por llevar chándal me toman por un yonqui.

A medio camino entre Chulilla y el Charco, nos encontramos primero con el Remanso de Las mulas y la Peña Judía, que son dos recodos del serpenteante Turia donde el agua se acumula formando unas pintorescas lagunas. En ambos el paisaje, con cascadas y todo, resulta conmovedor y puede practicarse la natación. Siempre he odio historias de que la gente se baña desnuda en el remanso de las Mulas, pero yo nunca he pillado a nadie. Mucho me temo que es una leyenda rural para atraer el turismo.

Llego al Charco azul, atravesando la misteriosa roca en forma de arco, que por efecto de la luz y del color de la montaña, parece estar iluminada por tenebrosas llamas. La otra alternativa, más corta, es atravesar el rio a lo bestia, pero pocas cosas me disgustan más que caminar con los pies mojados. Sí, ya sé que podría ir saltando por las piedras que sobresalen, pero desafortunadamente no dispongo de un sentido del equilibrio demasiado eficiente. Así que prefiero el sendero tras la flamígera roca más largo pero que me permite llegar completamente seco.

Después de contemplar un rato la sin par belleza del lugar y de dos señoritas, que en biquini, conversan ajenas a mi presencia, decido regresar a Chulilla no sin antes lanzar de reojo una última mirada furtiva a la chica que tiene las tetas más grandes. Creo que se han dado cuenta por la cara de perro que ha puesto la otra. Indiferente a que me hayan tomado por un baboso, regreso al pueblo tropezando y resbalando con los mismos guijarros y fangales del camino de ida, con la ilusión puesta en una cerveza.

Cansado y magullado. Llego a la Plaza de La Baronía y en mi bar predilecto, pido la bebida y me propongo a mí mismo un juego. Sí me ofrecen una tapa de cacahuetes gratis pediré una segunda cerveza, en caso contrario me conformaré con una sola. No hubo tapa así que tras beber ávidamente y estar un rato mirando al paisanaje que deambula por allí, regreso a mi casa a esperar la cena.

La cena siempre se sirve tarde en mi casa de Chulilla así que tengo tiempo de ver alguna película de las muchas que tenemos y que venían de regalo con la compra de periódicos. Hoy he visto “Swimming Pool” protagonizada por una envejecida Charlotte Rampling. ¡Un peliculón! Debo de estar haciéndome viejo, cada vez me gustan más las películas europeas y menos las norteamericanas.

Tras la película y como todavía es pronto, salgo al portal de mi casa y acaricio a una de las gatas de la zona que se acerca con la expectativa de comida, pero que se conforma con que le rasque el lomo. El niño que por la mañana me dijo que se llamaba “Pato Donald” me vuelve a saludar al tiempo que apunta hacia mis ojos con una linterna LED. ¡Qué simpático el jodido!

Mis padres regresan sobre las 22:30 así que cenamos sobre las 23:00, tras lo cual y sin más que hacer me tomo la medicación y a dormir, bueno, si mi colchón y mis dorsales deciden llevarse bien.

Escándalo en Chulilla.

DIARIO DE CHULILLA


jueves 15 de agosto

SUSPENDIDA LA OBRA DE TEATRO EN LAS FIESTAS DE SANTA BÁRBARA.

El alcalde de Chulilla tuvo que suspender hoy a las 00:30 horas la representación de la obra de teatro que con motivo de la celebración de la fiesta de nuestra patrona se representaba en la Plaza de la Baronía, ante las protestas airadas del público asistente por el lenguaje soez y por el argumento calificado de “pornográfico” por parte de algunos espectadores.

La obra de teatro titulada: “Guarrerías a porrillo” fue representada en sustitución de la obra “No te vistas para cenar” que no pudo representarse por motivos técnicos. “Guarrerías a porrillo”, estuvo a punto de no representarse en un principio, cuando las autoridades supieron poco antes de comenzar el espectáculo, que la actriz principal salía unos minutos completamente desnuda. Tras la promesa por parte de la dirección de la compañía teatral de que dicho desnudo no se produciría, se consintió que se iniciara la función pero transcurrido el primer acto, el alcalde optó por suspender la obra.

La razón argumentada para impedir la representación de “Guarrerías a porrillo” era que hería la sensibilidad del público y no era apta para los numerosos niños que asistían a la función. Las autoridades optaron por suspender la obra a pesar de que la mayor parte del respetable había abandonado sus localidades antes de terminar el primer acto. La compañía teatral ha reconocido, que tal vez, la obra no era adecuada para unas fiestas patronales de profunda raigambre religiosa, pero que esta obra ya había sido representada con gran aceptación en otros pueblos durante sus fiestas mayores, por lo que no pensaron que en Chulilla iba a causar tal controversia.

Algunos de los espectadores que se quedaron sin conocer el desenlace de la obra, se preguntan cómo el Excelentísimo Ayuntamiento de Chulilla desconocía el caracter erótico de una obra que podía substituir a la inicialmenete programada, como así sucedió, permitiendo en consecuencia que numerosos niños asistieran a un espectáculo de explicito contenido sexual. Las protestas de algunos sectores de la población por lo inapropiado de la obra representada contrastan con las de otros sectores que tachan al Alcalde de mogigato y a la de algunos jubilados que se quejan de que se prohibiera el desnudo integral de la actriz principal que según ellos, “estaba bien buena (sic)”.

Por su parte se rumorea que el ayuntamiento cambiará el criterio para la selección de espectáculos para las fiestas patronales volviendo al estilo familiar que en otros años obtuvo gran éxito de público y crítica como fue el caso del concierto de Karina.

GRAN ASISTENCIA AL ESPECTÁCULO INFANTIL.

Numeroso público ha aplaudido el simpático espectáculo titulado “En busca del payaso interior” donde los dos protagonistas el payaso “Chinrrín” y la payasa “Lucecita” han divertido a todos los niños grandes y pequeños, con sus canciones, bromas y birlibirloques. Los más pequeños han disfrutado en todo momento de los chistes y chascarrillos que la joven y entusiasta pareja de payasos ofrecían sin parar, además de interactuar con los actores contando sus propios chistes, recitando poesías y poniendo caras raras. En definitiva una hora de diversión, música y bailes para todos los públicos.

Fuentes a las que ha tenido acceso El Diario de Chulilla, afirman que “Chirrín” y “Lucecita” eran los mismos actores que representaban la obra de teatro “Guarrerías a porrillo” que el alcalde suspendió de madrugada. Dichas fuentes ven en este detalle una muestra de la falta de coherencia y rigor del ayuntamiento a la hora de contratar espectáculos, pues si la compañía resultaba soez y pornográfica a las 00:00 cómo es posible que se corriera el riesgo de que la misma compañía ofreciera un espectáculo infantil inapropiado a las 18:00. Las mismas fuentes dicen que se sospecha de un claro trato de favor a la compañía teatral y que “Chirrín” y “Lucecita” puede que sean familiares o protegidos del concejo por lo que estaríamos ante un grave caso de nepotismo.