NO EMPEZAMOS BIEN EL AÑO.

Iba camino de la estación de Montmeló. A lo lejos veia la figura de un hombre parado mirando a la calzada. A medida que me acercaba me iba dando cuenta de que se trataba de un anciano.

Llevaba una chaqueta gruesa muy gastada de un color gris o tal vez un azul pálido con mugre, pantalones de pana marrón, boina de visera a cuadros y gafas oscuras. Al ver que me aproximaba se colocó correctamente una mascarilla extrañamente estampada en la que no había reparado. 

-. ¿Qué ya de vuelta? – Me interpeló al llegar a su lado. Debía confundirme con alguien.

-. Sí, ya de vuelta. – Contesté haciendo gala de mi buena educación pues no lo conocía de nada.

El anciano titubeó. Parece que se dio cuenta de que quizás no soy quien pensaba que era, por lo que preguntó:

-. ¿Tu trabajas allí donde los disminuidos físicos, no?

Cabe aclarar que al lado de mi oficina hay una empresa que da trabajo a personas con discapacidad psíquica, no física. Conozco de vista a varias de esas personas, los veo entrar puntualmente a su fábrica y me han dicho que son buenos trabajadores y salvo una o dos excepciones, es difícil apreciar que son discapacitados.

Vale, yo soy asmático crónico y no se puede decir que sea un Tarzán precisamente, pero de ahí a que me confundan por mi aspecto con un “disminuido físico” va un rato largo. Mi respuesta fue tajante aunque intenté ser todo lo amable posible:

.- ¡Pues claro que no! ¿Tengo pinta de disminuido físico?

El anciano enmudeció, parecía confuso lo que aproveché para escapar velozmente. Hay decenas de empresas en el polígono donde trabaja gente sin defectos físicos ni psíquicos, ¿Por qué me ha relacionado con la única que da trabajo a gente con deficiencias? ¿Por qué me confunde con personas discapacitadas que no parecen que lo son? ¿Me ajusto yo más a su idea de “disminuido físico”, de andares descompasados y babeante? ¡Vaya un viejo prejuicioso!

Cualquier otro hubiese pensado que un anciano andrajoso y cegato debería meterse sus suposiciones por donde le quepan y lo hubiese mandado a la porra, pero yo continué mi camino pesando que tal vez el confinamiento me había pasado factura y realmente parezco un “disminuido físico” que ha contestado de forma inadecuada a un abuelo perspicaz y que se enfada porque lo confunden con gente con problemas pero encantadora.

¡Doy un asco!

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