CONFINAMIENTO. DÍA 22.

Ayer nuestro presidente de gobierno anunció otros quince día más de confinamiento. Al menos, cuando pase la Semana Santa, los trabajadores no esenciales podremos volver a teletrabajar.

También quieren que llevemos todos mascarillas, barbijos los llaman en Argentina y Bolivia y tapabocas en México y Cuba. (Algo que me llena de orgullo es que entre los lectores de mi blog los hay de toda América hispanohablante, incluidos los Estados Unidos)

No sé, como no los pintemos ya me dirán de donde las sacamos. Mi padre tiene algunas de las que usa cuando hace cosas de carpintería, para evitar respirar polvo y virutas, pero creo que esas no sirven, como mucho para evitar salivajos y esputos traicioneros de la gente por la calle. El gobierno ha dicho que habrá para todos y a precios contenidos. Ya veremos, el gobierno dice muchas cosas.

Estoy desayunando pan con aceite de oliva y sal, mi desayuno favorito. Me aficioné a él cuando siendo un niño de 12 años, acompañé todo un verano a mi abuela Rosario en Málaga. Parte del tiempo lo pasamos en la Caleta de Vélez y el resto en Cómpeta, donde mi vivía mi tío abuelo Gabriel, que era panadero y tenía la tahona en la planta baja de la casa donde viví. ¡Claro, teniendo pan recién hecho cada día no me iba a poner a desayunar cruasanes!

Lo típico allí, era verter el aceite sobre un plato, echarle sal e ir mojando el pan. ¡Qué bueno estaba el pan recién hecho por mi tío abuelo, empapado en aceite de oliva andaluz, de aceituneros altivos de Jaén y de Miguel Hernández.

Pero yo soy catalán y llevo demasiado anclado en mi cultura el “pa amb tomàquet“, pan con tomate. Recuerdo la primera vez que me hice un bocadillo con aceite de oliva y tomate en la Caleta de Vélez. Cuando acabé me encontré de bruces con los ojos fuera de las órbitas de mi primito Sebastián, que por aquel entonces no contaba con más de seis años, que me preguntó atónito:

-. “¡¿Qué has hecho tito?!”

Me lo preguntó con el asombro de haberme visto poner lejía y no tomate al pan. Le tuve que explicar que en Cataluña solíamos untar tomate en casi cualquier bocadillo. Por supuesto se lo di a probar y le gustó mucho. Desde entonces para merendar muy a menudo pedía a mi abuela que le hiciera “Un bocadillo catalán”. Era muy gracioso mi primo Sebastián ¿Qué habrá sido de él?

El maravilloso olor del pan recién hecho con ingredientes y horno tradicional

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