La juventud viene fuerte

Hoy alguien que conozco me ha mostrado una foto de su hijo en la fiesta de graduación de la guardería. ¡Qué guapo estaba el pequeñín con su birrete y su diploma! Ya está capacitado oficialmente para recoger sus juguetes y a no llorar cuando mamá lo deja solo con la “seño” por la mañana.

La juventud está cada vez más preparada. Yo tardé veinte años en obtener mi primer diploma y este nene lo ha conseguido con apenas tres. ¡Cómo mejora la raza!

¡Y cómo no va a mejorar! En mis tiempos las guarderías escaseaban y los niños íbamos al correccional del parvulario tras el cual ingresábamos en el colegio, donde, los profesores no solo se obstinaban en enseñarte cosas complicadas sino que incluso… ¡tenían la potestad de castigarte si te portabas mal! Es normal que nuestra generación esté tan traumatizada.

¡¿Saben que un niño podía repetir curso si suspendía más de tres asignaturas?! Pues sí, esa es la clase de infancia salvaje que los niños de los setenta tuvimos que soportar. Y si no fuera poca la barbarie, el diploma te los daban al final del ciclo formativo, es decir, en mi caso ocho eternos años de E.G.B. para recibir un inútil graduado escolar ¡Una vergüenza!

Pero todo ha cambiado por fortuna, y ahora los infantes pueden ver lo fácil y sencilla que es la vida y no el mundo cruel que nos quieren pintar algunos políticos.

Así están las cosas. Acabaremos dando diplomas por decir la primera palabra, por dar los primeros pasos o por que el óvulo se estableció con éxito en la trompa de Falopio.

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