Cara de panoli

9 de febrero.

Estoy frente a la estación de Girona. Son las nueve y media pasadas de la noche. Tengo frio y ganas de orinar. No puedo ir al servicio pues sostengo una barra de pan de la que comerá alguien más.

Tengo frio y cara de panoli pues entre todos los que esperan soy el elegido por un pedigüeño para que le dé unos céntimos. Automáticamente le digo que no.

Tengo frio y remordimientos. Busco unas monedas para dárselas al pobre hombre que debe tener frio también. Un euro le ayudará y calmará mi conciencia.

Tengo frio y estupor. Antes de alcanzar al mendigo, éste saca su celular y se pone a hablar tranquilamente mientras rebusca sin afán en una papelera . No tiene para comer pero sí para pagar una línea telefónica. No lo entiendo.

Tengo frio porque hace frio y tengo cara de panoli porque la merezco.

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Te echo de menos Clipo

Te echo de menos Clipo. Sé que la mayoría de la gente te detestaba pero a mí me gustabas. En aquellos años el trabajo era duro, yo era joven y algunas tareas se me hacían cuesta arriba debido a la falta de experiencia y aplomo.

Pero allí estabas tú para dar un toque entrañable, inocente, a aquellas largas horas extras no pagadas. Reconozco que a veces te fui infiel con el perrito e incluso con el Einstein pero carecían de tu carisma y siempre volvía a ti. Sí, ya sé que pocas veces te usé, que yo era más partidario de presionar “F1”, pero me bastaba tu compañía.

Ahora Office es tan sobrio tan aséptico y yo soy ya tan mayor. Ahora el trabajo me resulta más fácil y está mejor pagado, pero mis vertebras y tendones se encargan de endurecerlo.

Me gustaría tanto tenerte de nuevo y poder echarte un vistazo entre punzada y calambre. Con el ibuprofeno y tus llamadas de atención, seguro que todo sería más llevadero.

Yo he madurado, Excel ha madurado y ya no hay sitio para asistentes de dibujos animados, bueno no hay sitio para ti ni en Office ni en este mundo infantil. Quién sabe si ofenderías a alguien por tener los ojos saltones, por ser delgado o ir sin ropa. Tal vez alguien se traumatizaría con los golpecitos sobre la pantalla que dabas sin avisar y pusiera alguna denuncia a tus desarrolladores.

En fin, te echo de menos y quiero que lo sepas desde el soporte magnético u óptico en el que estés archivado, quien sabe, si esperando tiempos mejores para volver a las oficinas del mundo.

Conflictos internos.

1 de febrero de 2018

7:25.

Llego a la cafetería donde desayuno cada día en el carrer Major de Montmeló. Me atiende un chaval muy simpático que lleva haciendo prácticas desde principios de semana.

Pido lo de siempre. El muchacho, casi un adolescente, me cobra 5 céntimos de menos. Habitualmente me gusta hacer gala de mi honestidad pero hoy me asalta una duda:

  • ¿Debo decirle que me ha cobrado de menos y quedar como un campeón, pero dejarlo en evidencia delante de su jefe, que ha empezado a husmear?
  • ¿O no decírselo, quedar como un rata por cinco céntimos pero evitar poner en dificultades a un chico que está en periodo de prueba?

Los conflictos internos me ponen nervioso, los nervios me hacen sudar y el sudor me hace poner cara de incomodidad.

El conflicto no dura mucho. El jefe del muchacho se ha dado cuenta de que el cambio está mal. Me dirijo hacia la caja rápidamente blandiendo cinco céntimos y se los doy al jefe que reprende de manera afectuosa al chaval. Luego me comenta:

-. He visto que ponías caras raras. Y me he dado cuenta que te habían dado el cambio equivocado

No sé si al final he quedado bien o mal pero me alegro de no haber dejado en evidencia al pobre muchacho pues como leí en cierta ocasión: “Cuando tengas que tomar una decisión que afecte a otros, la que menos te beneficie es la opción correcta”.

13:35.

Un compañero de trabajo ha tenido un accidente. Se ha cortado con una chapa a pesar de todas la medidas de protección y de las normas estrictas de seguridad. Nos dicen que el corte es en la mejilla, ancho, profundo y que sangra abundantemente.

Todo el mundo se alarma, es normal, somos pocos en la empresa y quieras o no cualquier cosa nos afecta y más algo así. Guardo todo lo que estoy haciendo en mi ordenador y bajo al taller para interesarme y ver cómo está. No hay que ser médico para darse cuenta que un centímetro más abajo y no lo cuenta.

La ambulancia tarda en llegar, me quedo unos minutos para hacerle compañía junto a uno de los jefes. Parte de los compañeros no pueden para la producción y otros no han soportado la visión de la carne desgarrada y de la sangre. Hay personas que se marean ante una hemorragia o con el olor del yodo. He conocido a varios a lo largo de mi vida, pero como yo prácticamente me he criado en clínicas y hospitales, soporto bastante bien la visión de heridas y mutilaciones.

Por cierto, este compañero tiene la costumbre de llamarme gordo a las primeras de cambio. No es que el sea Michael Fassbender precisamente, pero siempre se está metiendo conmigo incluso ahora que se está desangrando me pide que le acompañe en la ambulancia pues estando tan gordo habrá sangre de sobre para una transfusión.

¡Joder! ha tenido un accidente laboral por su culpa, tiene media cara arrancada, ninguno de los otros compañeros le hace ni puñetero caso y no puede dejar de meterse conmigo. Le contesto, con sonrisa forzada, que desconozco mi grupo sanguíneo y que debido a las altas concentraciones de valproato sódico en mi sangre una transfusión desde mis venas no sería factible.

Luego me quedo callado pensando en que demonios estoy haciendo allí. Por suerte otro compañero ha podido acercarse para verlo y yo hago mutis mientras comienzan a charlar. Sí ya sé es un hombre herido gravemente que se desangra pero yo me he ofendido y he perdido las ganas de solidarizarme. Empiezo ha sudar. ¡Mecachis otro conflicto interno y van dos en un mismo día!

18:56.

Llego a la parada de Fabra i puig del metro. Antes de salir por la fila de canceladoras se me acerca una mujer de aspecto desagradable que me habla. Su voz es cazallera, hombruna y su vocalización inexistente. A pesar de ello logro comprender que tiene que ir a Tarragona y no tiene dinero pues se ha dejado el billetero en casa.

No sé si se refiere a Tarragona ciudad, a la calle Tarragona o a la parada de metro de Tarragona en cualquier caso todo está lo suficientemente lejos como para que merezca la pena volver a por el billetero olvidado. Eso es lo que he hecho yo siempre que me ha pasado, hace dos semanas sin ir más lejos.

Ya he dejado bien claro en este blog cuanto me afecta la mendicidad y como la profesionalización de la misma está dejando a los más pobres sin ni siquiera este recurso. Es por eso que siento asco por los pedigüeños caraduras y entre estos a los que más detesto son los que piden dinero con el pretexto de ir a alguna parte en metro o bus.

Dedico una mueca de desprecio a la horrible mujer y sigo mi camino. No va conmigo el desaire y la altanería pero noto que no sudo. No hay conflicto interno.