Mendicidad S.L.

“Yo creo que la vida está dividida en lo horrible y lo miserable. (…) lo horrible son los enfermos incurables, los ciegos, los lisiados… No se como pueden soportar la vida, (…). Y los miserables somos todos los demás. Así que al pasar por la vida deberíamos dar gracias (…) por tener la suerte de ser miserables”.
Woody Allen. “Annie Hall “

Barcelona está llena de hombres que duermen en las calles. Creo que hay muchos más que antes. Tal vez el intenso calor de este verano los ha expulsado de sus refugios habituales, donde yo no los veía. ¿Quién puede aguantar dentro de un cajero con estas crueles temperaturas, salvo el musulmán que cada día ora hacia la Meca y lee su Corán en mi oficina bancaria de la calle Olesa?

Soy pobre, siempre lo he sido, pero no un miserable y tengo que dar las gracias por ello. Cuando estuve en el paro, modifiqué mis hábitos de consumo: no más caprichos, no más gastos superfluos. No desperdiciar mi valioso bono de transporte de 10 viajes, y no usar mi mejor ropa, todo ello por si salía una entrevista de trabajo. Además recuerdo que reduje mi tarifa telefónica a la más barata, sin megas y esas cosas, sólo lo necesario para recibir llamadas en respuesta a mis ofertas de empleo.

Pero el subsahariano que pide limosna en el vestíbulo del Mercadona y que tanta compasión despierta, habla durante horas con su celular, con toda desfachatez. ¿Cómo puede un mendigo que implora que le den para comer, tener teléfono móvil?

Tal vez recibe instrucciones de los mafiosos que lo han puesto ahí, aunque es mucho hablar. No creo que ni los astronautas de la ISS, reciban instrucciones durante tanto rato. Para decirle que acabe su jornada a las dos y que deje su sitio a la anciana que pide que te bendiga la Virgen si le das unas monedas, bastan unos minutos.

Ahora que tengo trabajo, puedo ir a comer al KFC que no dista mucho de ese Mercadona. Al llegar siempre recibo el simpático saludo del, no sé como llamarlo, “antisistema” que con su sombrerito de copa, sus tatuajes y sus Dr. Martens, me pide que le invite a pollo frito.

Me gustaría decirle que me motiva el levantarme cada día a las 5:00 de la mañana, soportar el mal tiempo, los agobios del transporte público y las presiones de mi trabajo, para que él pueda llevar un estilo de vida alternativo, con barra libre de pollo crujiente. Pero me contengo cuando veo a los dos enormes y bien alimentados perros que dormitan junto él.

Los viernes, que no trabajo por la tarde, son los días en los que me gusta ir al KFC a almorzar. Me ilusiono pensando en el gran vaso de refresco sin azúcar que mitigará algo el calor que estoy pasando, mientras oigo el traqueteo del tren de cercanías que me lleva a casa.

De repente el traqueteo es enmascarado por los gritos quejumbrosos, de un joven, encorvado y que camina con dificultad, que aparece gritando en un peculiar acento, que le ayudemos con algunas monedas, pues es un refugiado de la guerra.

Tengo la maldición de poseer una inteligencia media y esta hace que encuentre extraño lo que dice. ¿De qué guerra estará hablando?

Pienso en conflictos actuales pero pienso poco. El joven despeja todas mis dudas exclamando en un tono aún más lastimero. “Soy de Bosnia, de Sarajevo” frase que repite en bucle. A ver, este tipo es muy joven, pongamos que tiene 25 años. Descarto la primera guerra mundial, obviamente, así que me queda la guerra de Bosnia que sucedió entre 1992 y 1995. Caigo en ello porque Ismael Serrano cantaba por entonces lo de: “Ahora mueren en Bosnia, los que morían en Vietnam“. ¿Es refugiado de una guerra que acabó hace 22 años?

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El tipo sigue gritando y lloriqueando que le ayudemos pues es “Bosnio, de Sarajevo”, algo tan ridículo como ir gritando: “soy un refugiado de la guerra, soy vasco, de Guernika”. No obstante, siento algo de vergüenza, quién soy yo para juzgar a la gente sin recursos. ¿No me inventaría yo cualquier patraña para conseguir alguna ayuda? Abrumado por la culpabilidad desciendo del tren y me encamino hacia el metro

Junto a  la entrada del suburbano, en los bancos pétreos de la Plaza D’Orfila, veo al joven bosnio, Ya no está encorvado, exhibe con normalidad sus 180 centímetros, y mueve sus piernas con soltura. Intercambia cosas con una muchacha, de apariencia normal que le comenta algo que hace que el estridente refugiado, extraiga su móvil y empiece a hablar con alguien. Avergonzado de estar avergonzado, tomo el tren hacia mi cita con el pollo frito de Kentucky.

Acabar en la mendicidad ha sido siempre de mis peores pesadillas, pero me tranquilizo. Ser mendigo en Barcelona es un trabajo más, incluso con móvil de empresa, algo que jamás tuve. Quizás me acepten, aunque lo veo difícil, el proceso de selección debe ser duro y si no que se lo cuenten a las docenas de hombres que duermen en cajas de cartón en la acera los días de mucho calor y al morito, que de cara a la Meca, reza mientras extraigo dinero del cajero.

 

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