¡Confesión!

Parroquia barcelonesa, interior tarde. Con un sobre en la mano y sin dinero suelto que he tenido que dar como voluntad para una gestión en la iglesia me dirijo al confesionario.

Yo.- Ave María purísima.- Susurro al cura visiblemente nervioso.

Cura párroco.- El Señor esté en tu corazón para que te arrepientas y confieses humildemente tus pecados.- Responde el párroco con rutinaria indiferencia.

Yo.- Padre confiéseme porque he pecado.

Cura párroco.- Te veo muy azorado hijo debes de tener una culpa muy grande. ¿Qué te aflige?

Yo.- Tengo una culpa de las gordas padre. He venido al despacho parroquial por una partida de bautismo y he visto que estaba usted confesando y no me he podido resistir. ¡Confesión! – Exclamo alzando la voz. Empiezo a sudar.

Cura párroco.- Tranquilo hijo mío. Dime ¿cuándo te confesaste por última vez?

Yo.- Esto.., hace unos meses.- Miento de forma cobarde.

Cura párroco.- Ya ¿Y dime hijo que te atormenta tanto?

Yo.- Es que no sé cómo explicarlo. pero estoy desesperado. ¡Confesión!

Cura párroco.- Sí, ya. Veamos, ¿es un pecado de gula tal vez? – Me pregunta el cura con tono paternal.

Yo.- Bueno a veces cuando estoy solo me meto entre pecho y espalda una lata de Pringles onion sur cream  o una bolsa de tortillas de maíz mojadas en guacamole… y siempre con cerveza. Pero no es eso lo que me angustia.

Cura párroco.-  ¡Moderación hijo mío! ¿Tal vez un pecado de lujuria?

Yo.- mmm.

Cura párroco.- Vamos hijo ¿Adulterio? ¿Sodomía?

Yo.- ¡No padre! – Exclamo escandalizado. Una señora que reza en un banco próximo me mira molesta por mi tono de voz.- A veces, ya sabe…

Cura párroco.- No hijo no sé.

Yo.- A veces, ya sabe… me toco y eso. Poco la verdad. Comparado con mi juventud cuando parecía un mono. Pero eso no es lo que me angustia.- La vergüenza supera al nerviosismo en este momento y la sudoración a ambos.

Cura párroco.- ¿Has cometido algún crimen’ ¡No será eso!- Pregunta algo alarmado el cura.

Yo.- No padre. verá lo mío es un caso de soberbia.- más bien.- Le digo al cura con expresión tranquilizadora.

Cura párroco.- ¿Soberbia?

Yo.- Tal vez no sea esa la palabra. Verá yo tengo un teléfono celular muy bonito. Un Samsung Galaxy Note 4, con su pantalla de 5,7 pulgadas, su estructura metálica, su detector de huellas dactilares y su “s-pen“. Es de un hipnótico color negro. El orgullo de mi vida. Lo uso mucho en mi trabajo y en mi tiempo libre. Es tan grande que puedo leer con comodidad durante los largos trayectos en tren diarios y su cámara fotográfica, qué cámara tiene ¡16 megapíxeles!. Libre cuesta unos 600 euros. Pero a mí me lo dieron con una renovación de la tarifa telefónica algo más cara.

Cura párroco.- Hijo no entiendo.- Exclama el cura confuso pero intrigado.

Yo.- … Siempre lo he cuidado con esmero. Le compré la funda oficial y todo. Pero el otro día vi una grieta en su divina carátula, un trocito de plástico del borde se desprendió y quedó a la vista una cosita blanca. ¡snif!

Cura párroco.- Sigo sin entender…

Yo.- Lo que pasa es que a pesar de que funcionaba bien ¡lo he llevado a arreglar! No he soportado que mi precioso teléfono tuviera una cosita blanca.

Cura párroco.- ¿Estaba en garantía?

Yo.- Sí,

Cura párroco.- Sigo sin ver el problema.

Yo.- Padre, lo que sucede es que voy por la vida de persona sensible y solidario con los problemas de la gente. Escribo un blog ¿sabe? y no en pocas ocasiones he escrito sobre temas políticos y sociales según mi experiencia personal o de terceros. Hablo de mendigos, músicos callejeros y políticos corrompidos. Hablo y oso dar consejos sobre enfermedades que he padecido como las cataratas y la depresión. Juzgo con dureza la hipocresía de la publicidad o de las cosas que hace la gente y resulta que yo mismo soy el epítome de la hipocresía desesperándome porque a mi celular le ha salido una cosita blanca… ¡buahh!

Cura párroco.- No sé que decir. Ciertamente podríamos clasificar tu caso como soberbia.- Comenta condescendiente el párroco.

Yo.- Soberbio y estúpido… Pobreza, paro, guerra, refugiados y yo preocupado por una cosita blanca en mi móvil,  pero es que ¡no quiero cositas blancas… buahhh!

Cura párroco.- Bueno hijo, no es para tanto. Además estar pagando un teléfono tan caro y que le salgan cositas blancas, pues no es de recibo.

Yo.- Jesús, Hijo de Dios, apiádate de mí, que soy un pecador. ¡Un mierda… buaah!

Cura párroco.- Hijo ¡ese lenguaje! En fin. Dios, padre misericordioso, que reconcilió al mundo por la muerte y la resurrección de su Hijo y derramó el Espíritu Santo para el perdón de los pecados, te conceda, por el ministerio de la Iglesia, el perdón y la paz.

Yo.- ¿No hay penitencia padre?

Cura párroco.- No hijo. Tu pecado lleva la penitencia implícita . Además Dios ama a los tontos, hace muchos. Bueno, yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Yo.- Amén.- Creo que el cura me ha llamado tonto, pero me lo merezco. Salgo de la iglesia algo más tranquilo. Así podré aguantar mejor los 15 días que el servicio técnico oficial de Samsung me ha dicho que tardan en eliminar cositas blancas en sus terminales telefónicos.

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Carta a Dios.

“Y cuando ores, no seas como los hipócritas,

porque a ellos les gusta orar de pie en las sinagogas

y en las esquinas de las calles para ser vistos por los hombres;

de cierto os digo que ya tienen su recompensa”

Mateo 6:5

Apreciado Dios de Abraham:

¿Se acuerda de mí? Soy David de Barcelona, el del barrio del Congrés. El asmático guapetón para más señas.

¿Qué tal está? Yo bien, bueno usted ya lo sabe por su omnisciencia y eso. Supongo que también está bien. Debe de estar muy liado, pues no se le ve mucho por aquí, claro que si tiene que ocuparse de la Tierra y de todos esos exoplanetas con posibilidades de albergar vida que se van descubriendo debe ser un no parar. Sus días deben resultarle eternos. Eternos, ¡je! ¿Lo pilla?

Voy al grano. El motivo de que le escriba después de tantos años sin contacto es que quiero suspender de manera momentánea el acuerdo que suscribimos allá por mi adolescencia por el cual yo seguía creyendo en usted y portándome más o menos como a usted le gusta si me libraba de adscribirme ningún tipo de religión o culto. Se lo digo porque usted que todo lo ve, seguramente ha observado que mi asistencia a templos y despachos parroquiales ha aumentado estos días.

No, no estoy volviendo al seno de la Iglesia católica del que escapé hace mucho, como un John von Neumann cualquiera, lo que pasa es que mi familia quiere bautizar a mi sobrino y he sido elegido como padrino, lo cual me honra todo sea dicho.

Sé que usted ya sabe todo esto pero como he indicado antes, lo veo muy distante con nosotros últimamente, me refiero a la humanidad, y es por eso que tal vez atender mis quebraderos de cabeza sobre acuerdos que, en recogida oración, subscribí hace tantos años, no esté en su lista de tareas pendientes urgentes para cuando decida volver a prestarnos atención. Además yo prefiero que se ocupe primero de solucionar tanta miseria, violencia e injusticia que hay en el mundo y que esta carta se la lea en un rato que tenga más adelante, no hay prisa.

Para mí es muy importante que no piense que soy un hipócrita que acude a la iglesia porque me estoy haciendo mayor o porque quiero pedirle cosas. Ya sabe que no soy de esos. Siempre he pensado y sigo pensando que las iglesias son negocios detestables que se aprovecha de los temores y la ignorancia humana para obtener increíbles beneficios económicos. Y me refiero a todas las iglesias y a todos sus pastores. Desde el más ensortijado cardenal de Roma hasta el más andrajoso monje jainista, pasando por cualquier imán, rabino o lama.

Yo mismo que me he declarado como ateo en ocasiones he decidido volver al agnosticismo tal como dice haber hecho el Dr. Neil deGrasse Tyson, ya que carezco de ganas y energía de enfrentarme a “fans” de Cristo como llama el simpático Bill Maher a buena parte de los creyentes. Además, para que voy a mentir, tengo miedo a la muerte pues mi mente racional me dice que nada puede haber más allá y esa idea, la idea de perderme en el abismo sin fondo de la divinidad desierta y silenciosa, la idea de la nada me aterra y me niego a que nadie haga negocio de mis miedos a cambio de homilías vanas y promesas de salvación eterna. Bueno, mi médico y mi farmacéutico hacen negocio de mis miedos pero al menos me dan diazepam y me lo dan ahora, en esta vida, no como promesa de seguridad social eterna tras mi muerte.

Por eso le pedí hace años que cuando tuviera necesidad de usted aceptara que le hablase desde una playa o en las montañas que son su creación y no desde áureos y marmóreos templos que son obras de los hombres y de hombres especialmente avariciosos. Pero bueno, estos días estaré metido en ritos cristianos y quería aclararle el porqué para pedir su permiso y sobre todo para que no crea que frivolizo con las cosas de la fe, con los acuerdos con dioses, imaginarios o no, y que todo se trata de un deber moral y sentimental hacia mi familia.

Así que, por si acaso, me he repasado las principales oraciones que me enseñaron de niño, he memorizado los diez mandamientos y estoy haciendo dieta para caber en mi mejor traje para cuando llegue el momento del bautizo de mi ahijado. Creo que también he de comprar un cirio, encenderlo y no sé qué más. Pero bueno ahí estaré dándolo todo por mi sobrino desde un punto de vista religioso, para que no se diga y por pascua le compraré su “mona” como manda la tradición catalana. Pero usted y yo continuaremos en secreto con nuestro acuerdo que, aunque usted no exista, tanto me ayuda a soportar los rigores de la existencia humana.

Ya está, eso era todo. Espero que no le haya molestado la confianza con que le he tratado en la epístola, pero he pensado que le gustaría que actuase como usted me creó. Y no debe estar usted muy descontento conmigo, lo que explica la buena salud de mis padres, la felicidad de mi cuñada y mi hermano con su hijo y mi nuevo empleo. Puede que usted, señor Dios, no tenga nada que ver en todos esos dones concedidos, pero es evidente que tampoco se ha opuesto a ellos, por eso, gracias, muchas gracias.

Un saludo de su seguro servidor.

David.

P.D.

¡Ah! por cierto, lo de dejar entrar la Tramontana en mi vida ha sido todo un detalle, usted ya sabe a qué me refiero.