Vocaciones y limitaciones

Inspector Callahan.- “… Trabajo en esta ciudad Briggs”

Teniente Briggs.- Y yo antes que tú pero nunca he tenido que sacar la pistola de su funda y me enorgullezco.

Inspector Callahan.- Reconozco que eres un gran tipo, los hombres deben conocer sus limitaciones.

Harry el fuerte (1973)

Hace poco tiempo pasé un fin de semana con viejos conocidos. Ya se sabe hay que cultivar las amistades, salir un poco de la rutina y esas cosas. La verdad es que el plan pintaba bien y acepté a pesar de lo renuente que soy a salir de mi zona de confort. Las actividades propuestas fueron las siguientes:

Sábado.

Este día fue grande. Visitamos el Teatro Museo Dalí en Figueres. Dalí es mi pintor favorito y de niño y adolescente copié muchas veces el Cristo de Port Lligat y la Leda atómica este último cuadro que puede ver con mis propios ojos ese día. Recorrí todas las planta en estado de éxtasis disfrutando de cada rincón incluyendo aquellos que no están dedicados a su obra y que contienen cuadros soberbios como “El cementerio” de Modest Urgell o algunos realmente originales de Antoni Pixot. Incluso me hice una foto frente a la tumba de Don Salvador Dalí, Marqués de Púbol el que para mí, junto a Xavier Cugat, el Catalán más influyente que ha existido.

Pero no quiero hablar de arte sino de las dos personas que vendían las entradas. Verán nosotros las teníamos compradas por Internet pero necesitábamos los billetes en papel para poder acceder al Museo. Habían un hombre y una mujer en la taquilla a quienes nos dirigimos para que nos dieran los “tickets”, pero el horario de expedición de entradas empezaba a las 10:30 para la sesión de las 11:00 y eran las 10:15. Firmemente nos dijeron que no darían ninguna entrada hasta las 10:30. Es normal pensar que ya que están sentados en la taquilla podrían empezar el reparto de boletos y así lo hicieron mis conocidos y gran parte de las personas que empezó a acumularse en cola frente a la taquilla. Algunas de estas se mostraron muy molestas con la actitud de los empleados del museo y algunas insistieron, pero erre que erre, hasta las 10:30 se negaron a repartir ni un billete. Muchos empezaron a protestar y criticar la actitud inflexible de los vendedores de entradas, pero yo no.

Con la edad y con lo mal que lo he pasado a veces en mi trabajo soy bastante tolerante. Yo tengo un empleo vocacional. Me encanta lo que hago y lo hago bien aunque sin brillo. Pero a pesar de tener la suerte de trabajar en lo que me gusta a veces no me he sentido con fuerzas o ánimos de enfrentarme a mi ordenador. La depresión, la ansiedad y mi mala salud dificultaban mucho el poder enfrentarme a medidas, cálculos y planos. A veces necesitaba esos escasos minutos previos a mi inicio de jornada para tomar aire y encontrar fuerzas para empezar un día oscuro y lleno de angustia. Pienso si hubiese podido soportar todo aquello si mi empleo no me gustase. ¿Cómo habría superado 8 horas sentado frente a un cristal vendiendo boletos? porque por muy buen profesional que seas y por bien que te paguen no creo que nadie tenga vocación de taquillero.

Aquellos tipos pueden que fueran indolentes, estén acomodados en un empleo seguro o simplemente acaten las normas de la empresa a rajatabla, pero ¿y si esos minutos antes de las 10.30 eran su tiempo para encontrar las fuerzas para acometer una jornada laboral tediosa atendiendo a turista despistados y a gente impaciente? No, yo no protesté. Los trabajadores deberíamos ser más solidarios entre nosotros pues todos tenemos malos días en los que nos cuesta empezar o tratamos de manera descortés a los clientes.

Domingo.

¡Ay! La actividad del domingo era practicar kayak en las Islas Medas. O sea consistía en montarse en una piragua e ir desde la playa de l’Estartit hasta esos preciosos islotes. Conmovido por la belleza del paisaje y pensando que se parecería a remar en un estanque accedí a participar.

Primero me ataviaron con un chaleco salvavidas que no era más que una cosa poco fiable de corcho y que apenas pude abrocharme debido a mi prominente abdomen y al miedo que empezaba a sentir y que confundía las ordenes que mi cerebro enviaba a mis miembros.

Luego una monitora de bastante guapa, atlética y con el moreno típico de las personas relacionadas con la mar, nos condujo hasta el punto de partida, pero antes nos tenía que dar las correspondientes instrucciones a las cuales preste toda la atención que mi característica cobardía me permitía. la cosa fue tal que así:

Instructora guapetona.- Bueno ahora os daremos a cada uno una pala.

Yo.- ¿Una pala? ¿Es que hay que cavar?

Instructora guapetona.- Esto es una pala – dijo la chica mostrando un remo al tiempo que nos decía como debíamos cogerlo para usarlo.

Yo.- ¡Menos mal! se refiere a un remo, no tengo yo el cuerpo para hacer castillos de arena- Pensé mientras el miedo empezaba a hacerme temblar moderadamente.

Instructora guapetona.- Y esto es un kayak –  comentó señalando una piragua amarilla de plástico.- tiene unos agujeros por los que el agua que se introduce sale y esto hace que se mantenga estable.

No soy capaz de describir el terror que sentí cuando vi aquel trozo de plástico mohoso de apenas tres metros de largo por uno de ancho en el que se suponía debíamos adentrarnos en la mar oceana. En ese momento no me preocupaba tanto el navegar en ese trasto como el saber si mi culo cabría en él. Además no ayudó a tranquilizarme el hecho de que la piragua tuviera agujeros por donde se mete el agua, yo creía que los barcos no tenían que tener agujeros en su casco, pero bueno que se yo.

Instructora guapetona.- Es para dos personas y la que pese más de los dos debe sentarse detrás. De esta manera aumenta la estabilidad y maniobrabilidad del kayak.

En ese momento me di cuenta que yo era más pesado que el amigo con el que tenía que compartir la embarcación y eso hizo aumentar mis temblores a un nivel ya perceptible para cualquiera que me mirara.

Instructora guapetona.- La pala se maneja así – dijo haciendo movimientos rotatorios con sus musculosos brazos –  y procurad que esta entre completamente dentro del agua… no tengáis miedo que no hay tiburones, je je.

Yo.- Pues hace poco leí que habían visto un tiburón en Alicante, recordé mientras la gente reía el comentario de la monitora – ¿y si se ha venido para aquí? ¡inconscientes!

Instructora guapetona.- Bien el recorrido es desde este punto hasta las Islas que están a una milla náutica, o sea no mucho. – Uno de los participantes más versado que el resto en tema marineros comentó en voz baja: dos kilómetros.

Yo.- ¡Dos putos kilómetros! esta tía flipa – pensé temblando como un recluta adolescente de la primera guerra mundial  y empezando a tener incontinencia urinaria y otros trastornos digestivos.

Instructora guapetona.- Para girar tenéis que mover los remos de un lado a la vez de manera sincronizada y para frenar el que va detrás deberá presionar con la pala sobre el agua y…

Yo.- ¡El que va detrás soy yo! ¡Dependemos de mí para frenar! ¡Vamos a acabar en los escollos. Socorro!

Instructora guapetona.- ¿Y que pasa si os caéis al agua?

Yo.- ¿Nos podemos caer al agua? ¡Nadie me había hablado de esto!

Instructora guapetona.-  Pues veréis tenéis que…-  la monitora empezó a imitar maniobras para acercarse al kayak, subirse a él e iniciar nuevamente la navegación.

Yo.- No soy capaz de caminar y silbar al mismo tiempo y pretende que haga todas esas contorsiones sumergido en el mar proceloso. ¡Dios ayúdame!

Instructora guapetona.- Pero no tengáis miedo, el chaleco evitará que os hundáis y todo será muy sencillo.

Yo.- Pero si el chaleco es un maldito trozo de “corchopán” que ni se infla ni nada, pensé recordando mis ochenta y muchos quilos.

Instructora guapetona.- Es poco probable que tal como está la mar hoy haya oleaje. Aunque puede que sople la Tramontana y tengamos olas suaves que nos lleguen laterales y esas pueden desequilibrarnos y hacernos volcar.

Yo.- Lo que faltaba la Tramontana. ¿Pero no ha dicho que era una embarcación estable? y lleva media hora la tía describiendo formas de naufragar.

Instructora guapetona.- En caso de oleaje lateral deberemos dirigir la proa hacia las olas para mantenernos estables.

Yo.- ¿Poner la proa hacia las olas? ¿Pero se ha creído que soy el Capitán Cook?

La monitora siguió dando instrucciones que apenas atendí debido tanto al ataque de pánico que empezaba a experimentar como a la velocidad con la que hablaba. Era muy guapa y sabía una barbaridad de navegación pero sus capacidades pedagógicas dejaban mucho que desear. En fin, una vez se acabó el vertiginoso cursillo de iniciación, tomamos nuestros puestos en las embarcaciones.

No pude ni remar 20 metros. petrificado en la piragua, presa de la ansiedad y con un intenso dolor en todos mis músculos por la tensión hice regresar a mi compañero a la playa escoltados por la monitora, la cual me propuso ir en la zodiac que va con el grupo para su seguridad hasta las Islas, pero yo sólo quería volver a tierra firme y decliné la invitación. Una vez en en la playa mi amigo tomó un kayac individual y se perdió en el horizonte con la monitora.

Recuperado frente a un café de la ansiedad y los calambres sentí una sensación de fracaso. No por regresar acojonado a tierra, nunca he sido partidario de asumir riesgos innecesarios y como no sé como hubiese reaccionado de haber caído al mar, es posible que hubiese puesto en riesgo también a mi amigo. Además la Tramontana arreció y produjo un oleaje tal que todo el grupo de piragüistas tuvieron que ser rescatados y llevados en un barco de verdad a tierra lo que me hizo pasar de cobarde a prudente ante sus ojos. No, lo que me avergonzaba era el no haber sido capaz de decir que no cuando me propusieron esta actividad acuática para la que no estoy preparado.

Y es que un hombre ha de conocer sus limitaciones.


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One comment

  1. El teatro museo Dalí me encanta. Es espectacular…lo visitamos en abril – me parece – pero todo muy bien.
    Lo otro – justo lo que me ha faltado por visitar este verano. Será el próximo – Las Islas Medas ❤ .

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