Cosas de hombres.

La anécdota.

Regresé tarde Montmeló. Hacía calor en Barcelona y tenía mucha sed. Entré en un restaurante de una conocida franquicia de comida rápida cercano a mi casa. Desde que cerraron la cafetería del Hipercor ya no sé adónde ir a tomar algo frío y aquí me servirían rápido una ingente cantidad de refresco sin azúcar.

Sólo había una chica pidiendo en el mostrador. El comedor estaba vacío. Quizás por eso la muchacha se permitía gritar a pleno pulmón que era alérgica a la salsa barbacoa. Vestía una torera tejana ribeteada con corazones rosados. Debajo un ajustado vestido de rayas blancas y azules a juego con sus zapatos, delineaba su cuerpo robusto pero muy bien formado. De repente se giró. Su cara era ancha y pálida, sus ojos grandes y verdes parecían dos uvas flotando en un plato de ajoblanco. No era fea, pero su actitud y vocabulario poligoneros me causaban rechazo.

Para mi sorpresa se acercó a mí y me comentó con su voz de carretero:

  • Usted que es un hombre ¿Puede ayudarme?

Voy a hacer un alto en la anécdota.

Nada me irrita más que una desconocida o una conocida con poca relación afectiva como una compañera de trabajo o la amiga de la amiga de una amiga; me pida ayuda por ser hombre. Cuando una mujer te pide ayuda de “hombre” acabas sudado, sucio o con cara de panoli o todo ello a la vez. No me gusta hacer cosas de hombres. Cuando eres joven te crees en la obligación de ir por ahí demostrando lo macho que eres, pero a mi edad ya lo tengo todo demostrado y me saca de quicio. A veces no lo puedo evitar por no tener claro dónde está la línea que separa mi libertad de la mala educación. Naturalmente no incluyo en la categoría de “mujeres desconocidas” a las ancianas o a quien esté impedida de alguna forma. A veces no me queda más remedio por motivos prácticos como en el caso que ya expliqué de la chica de las uñas verdes en el tren, pero reconozco que no me gusta un pelo hacer de hombre para cualquiera que puede pedirte cosas como:

  • Ayudar a cargar con pesos con el pretexto más peregrino.
  • Ayudar a cargar con pesos en escaleras con preferencia a los cochecitos de niños. (De niños de otros).
  • Abrir tarros, envases o cajas argumentando falta de fuerza o manicura frágil. (Típico de compañera de trabajo).
  • Arreglar cosas que impliquen el uso de herramientas herrumbrosas. (También habitual en el trabajo).
  • Cambiar ruedas de automóvil. (Yo que ni siquiera tengo permiso de conducir lo hice en cierta ocasión).
  • Acompañarlas por sitios oscuros o solitarios como si todos los tíos fuéramos Harry el Sucio.

En fin, hay más pero creo que queda claro a qué me refiero. Sé que puedo parecer antipático, pero son cosas que cuestan y cansan, por ello me gusta reservarlas para esa mujer especial que quiera estar conmigo, que me aprecie y tolere mis defectos. Esa mujer especial tendrá todo lo que quiera de mí en cuestión de fuerza bruta y disponibilidad a ensuciarme porque además sé que me retornará centuplicado cuanto haga por ella. Sin embargo, muchas mujeres se arrogan el derecho de pedirte sin ningún pudor tus cosas de hombre sólo por el hecho de ser mujeres. ¡Qué llamen a su novio o a su padre, no te digo!

Sigo con la anécdota (No es una gran anécdota pero sirve de excusa para explicar lo dicho anteriormente, puede dejar de leer aquí si quiere).

Atemorizado le comento a la chica alérgica a la salsa barbacoa:

  • ¿Por qué cree que mi condición de hombre me capacita más para ayudarla que la amable dependienta andina que sirve los pedidos?

La chica me mira con picardía mientras me muestra unos papelitos que parecen a todas luces boletos de lotería.

  • Es que estoy buscando donde se mira si ha tocado esto que es como de deportes y esas cosas que son de hombres (sic).

Un segundo vistazo me permitió saber que se trataba de boletos de apuestas deportivas de unos conocidos establecimientos que han proliferado por toda Barcelona uno de los cuales está justo enfrente del restaurante donde todavía no había podido pedir mi refresco. Estaba dispuesto a ayudar a la chica de la torera tejana ya que simplemente me había pedido una dirección pero interiormente mi enojo crecía de manera exponencial ¿Cómo que es de deportes y esas cosas que son de hombres? Yo soy un hombre de pelo en pecho y no me gustan ni pizca los espectáculos deportivos. ¿Cómo se sentiría si le hubiese preguntado dónde puedo encontrar una mercería ya que coser y tricotar con cosas de mujeres?

Frené mi indignación e indiqué a la alérgica escultural donde estaba el establecimiento de apuestas que buscaba. Agradecida y con su pedido sin salsa barbacoa se despidió de mí. Por fin pude pedir un refresco sin azúcar que engullí olvidando que tengo modales. Mi sed desapareció y mis cosas de hombre siguen reservadas para mi chica especial. Me sentí doblemente aliviado.

Fin de la anécdota.

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