El método Bud Spencer.

Antes de empezar con el rollo de esta entrada doy por supuesto que todos mis amables lectores saben quien es Bud Spencer. Sí no, Bud Spencer es este tío.

Bud_Spencer

Aclarado este punto prosigo.

La “anecdota”.

Hoy a las 6:30 de la mañana llego como siempre a la estación de metro. Un tipo flaco vestido con una mugrienta cazadora verde y portando una no menos mugrienta mochila beige, me pide con gesto simpático que le marque un viaje con mi tarjeta. Yo no consiento por tres motivos:

  • La tarjeta que uso es la T-mes de dos zonas que vale la friolera de 78€. ¡Drógate menos y tendrás dinero para billetes de transporte público!
  • Los pedigüeños de viaje de metro no alcanzan a comprender que por mucho que se lo pagues el no llevar el billete, para los revisores y “seguratas” es equivalente a haberse colado. Así que cuélate, sólo te arriesgas a una multa y después que te echen un galgo.
  • Si quieres colarte y no puedes hacerlo por esta boca que tiene taquillas de esas con compuertas que no pueden saltarse, camina hasta la otra entrada que tiene de las de torno que tan fáciles son de superar. Sí eres un vago y no quieres caminar, no es mi problema.

Desciendo las escaleras que me conducen al andén y compruebo con desasosiego que los letreros de lucecitas indican que quedan casi siete minutos para el próximo tren. Por ello me siento y me dispongo a esperar. Aprovecho para rebuscar en mi maleta a ver si tengo monedas para la máquina del café. Por lo visto el tipo flaco ha conseguido colarse o ha convencido a alguien que le pague el viaje. Cuando pasa junto a mí, me propina un golpe con su mugrienta mochila beige. Al estar mirando hacia abajo no lo vi venir por lo que me pilló en franca desventaja. ¡Maldito cobarde!

Hasta aquí la anécdota.

Verán yo no soy hipócrita. No suelo ser violento porque es ilegal y porque como ya he comentado en alguna ocasión no sé pelear. Pero eso no quiere decir que si alguien me agrede gratuitamente, no desee partirle el espinazo. La sensación de impotencia por no poder defenderme es una de las cosas que menos soporto en esta vida. La injusticia y la indefensión propia o ajena, me encolerizan y al no poder expresar esa cólera mediante violencia justiciera me estreso y el estrés me produce ansiedad y la ansiedad depresión.

Para evitar todos estos efectos secundarios he desarrollado a lo largo de mi vida lo que yo llamo. “Metodo Bud Spencer”. Este consiste en preguntarme cuando alguien me agrede, y a este alguien creo que le puedo en una pelea, si me enfrentaría con esa persona si se tratase de Bud Spencer. Sí la respuesta es “no”, que siempre lo es, me relajo y me tranquilizo pues pienso que es injusto meterse con los débiles y no con los fuertes. Con ello alejo el fantasma del estrés y sus consecuencias.

Este método lo uso sobre todo con ancianas amargadas que se me cuelan en la farmacia, niños maleducados que juegan peligrosamente con palos o cosas así, adolescentes purulentos que babean mirando a mi pareja femenina o como en este caso, hijos de puta canijos sin media torta.

Hasta ahora me ha funcionado y por eso carezco de cicatrices y antecedentes penales. Además me permite guardar las fuerzas para las batallas que realmente hay que librar que no son pocas en la vida.

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Grandes momentos en “my life” (2).

Grandes-logros-de-mi-vida

Valientes y cobardes inesperados.

El otro día.

Espero la llegada del metro. Los letreros de lucecitas indican que tardará en llegar 5 minutos. En el otro lado del andén unos adolescentes esperan también. De repente aparece en escena un chaval de no más de 17 años que propina un manotazo en la cabeza a un chico con gafas doradas y pequeña estatura. Este, al que sentado, los pies apenas alcanzan a tocar el suelo, baja la cabeza con gesto de rendición ante la flagrante agresión que además iba acompañada de un ininteligible improperio.

-¡Vaya! – pienso.-  El acoso también puede ser extraescolar como el ballet o el karate. Siento pena por el muchacho escuálido, pero siento poco rato pues una chica que estaba a su lado sentada, vestida con un chándal y un jersey anudado a la cintura se levanta y se dirige hacia el matón. No sé si tiene relación familiar con el muchacho agredido pero sin duda van al mismo “cole”.  La chica empieza a gritar:

– ¿Qué te ha hecho para que le pegues? Inténtalo conmigo ¡Vamos!

La chica no es muy grande, pero se nota que hace deporte. Sin duda es más pequeña que el agresor pero este parece confundido ante la reacción de la fémina y mira para otro lado. Esta vuelve a la carga.

-¿Qué no dices nada? ¡Atrévete conmigo! ¡A ver si hay huevos de tocarme!

La voz de cazalla de la muchacha y sus aspavientos llaman la atención de toda la estación.

– Cómo te vuelvas a meter con él, vamos a tener un problema tú y yo. – Espeta la amazona de instituto al tiempo que propina un ligero empujón al cabroncete agresivo.

– Me quedado con tu cara. – Susurra el collejeador como típica reacción de cobarde gallina capitán de la sardina.

– ¡Y yo con la tuya! – Responde a voz en grito. – ¡A qué esperar! , ¡Vamos métete conmigo, “valiente”!

El metro llega. El agresor corre a perderse entre el pasaje mientras la chica y el muchacho agredido son rodeados por improvisados admiradores.

Una mujer con pinta de ejecutiva me comenta:

– Los tiene bien puestos.

Yo asiento sonriente mientras pienso que si hubiesen más mujeres valerosas como la pequeña colegiala, cuanto maltratador y chulo acabaría con el rabo entre las piernas.(1)

Hoy.

Espero la llegada del metro. Los letreros de lucecitas indican que tardará en llegar 5 minutos. En el otro lado del andén dos tipos con cara de malas pulgas caminan dando grandes zancadas. Uno de ellos, está fumando. – ¡Qué huevos tiene la gente! Fumando en el metro. – Pienso mientras mi indignación se acelera como un “dragster”.

El tipejo no sólo infringe las normas más elementales de la convivencia ciudadana sino que lanza la colilla a la vía con gesto desdeñoso. Mi indignación roza la ira cuando recuerdo aquella campaña de concienciación que hicieron en la que decían: “Sabías que una colilla ha llegado a parar el metro”. ¡Maldito cabrón!

Inconscientemente sigo mirando al tipo de la colilla. Este se da cuenta y me devuelve la mirada. Su cara no me gusta, asusta, pero yo en mi delirio justiciero clavo en él mi famosa mirada “Deep Brown” que tanto ha irritado a lo largo de mi vida a cuantos jefes he tenido.

El tipo empieza a mosquearse y agudiza su gesto de desagrado ante mi pertinaz seguimiento, el cual me disponía a intensificar, cuando caigo en la cuenta de que estoy en la estación de Fabra i Puig que es de esas en las que se accede al tren por ambos lados, es decir, el tipo peligroso al que no le importa fumar en el metro delante de los “seguratas” y el atontado operado de cataratas, que soy yo, se van a encontrar frente a frente en el vagón. ¡Mierda!

¿Y ahora que hago? ¿Y sí me pide explicaciones de por qué le miro? ¿Le digo que creí que era un primo mío de Alpedrete? ¿Me hago pasar por un cazatalentos que busca tipos rudos para una película ambientada en el Chicago de los años veinte? No es mucho más grande que yo pero me puede matar. ¡No sé pelear! No soy rival ni para Pocoyó.

Empiezo a encontarme mal. Siento las gotas de sudor en mi espalda y las piernas me empiezan a temblar. No puedo recurrir a mi ingenio pues tengo el defecto de no poder tener ideas y miedo al mismo tiempo. Pero qué le voy a hacer, esto me pasa por ir por la vida creyéndome Charles Bronson.

Total ¿Qué daño puede hacer una colilla de nada en una infraestructura ferroviaria tan grande? ¡Qué exagerados son los responsables del suburbano: Una colilla paró el metro… ¡Bajad el precio del billete y no digáis tantas chorradas! Además ¿no se están pasando con tantas prohibiciones? Ahora se prohíbe fumar en el metro ¿qué será lo siguiente? ¿Respirar?

En fin, que no se diga. Me mantengo firme y entro en el vagón con gesto despreocupado para disimular mi congoja. Me consuelo pensando que si me parten la cara aprenderé a no ser tan tiquismiquis. ¡Me lo merezco!

No pasa nada. El gamberro con pinta de expresidiario y yo no nos cruzamos. Llego indemne a mi destino. Una reconfortante sensación de se apodera de mí. He pasado miedo, sí, soy un cagón, sí, pero no he huido ¡”Victoire”!

Salgo a la calle tarareando la canción que suena en mi celular mientras pienso: ¿Dónde está la chica aquella que defendió a su compañero de colegio cuando se la necesita?

(1) No pretendo frivolizar sobre el maltrato doméstico ni la violencia machista. Ya sé que no depende sólo del grado de valentía de la mujer maltratada. Me refiero a que en general, detrás de un abusón suele haber un cobarde.