El violinista del tren.

En el tren, camino de Montmeló, veo situarse junto a mí a un hombre mayor. Está colocando con sumo cuidado su amplificador y  su reproductor que arrastra atados en el esqueleto de un carrito de la compra. Es un hombre pequeño, encorvado. Desde sus sienes serpentean unos cabellos amarillos pajizos, tan enredados, tan desordenados que parecen paja de verdad. Viste un chándal grueso con bandas negras sobre un bermellón, que apuesto que si se lavara, sería rojo.

Cuando acaba de acomodarse entre los asientos ocupados por bostezantes viajeros, extrae de no sé dónde un violín. Bueno, parece un violín porque se lo pone en el hombro y lo toca con un arco, pero el aspecto del instrumento es desolador. Gran parte de sus piezas están sujetas de una manera grotesca con cinta adhesiva transparente. No soy un “luthier” pero diría que las cualidades acústicas de ese instrumento no pueden ser las más adecuadas.

El hombre toca al compás de la música que sale del amplificador del carrito. Sé que nunca he gozado de gran oído musical, pero me cuesta distinguir el sonido del violín del de la pista. Pareciera que el hombre finge tocar. No sé, si lo hace, lo está haciendo muy bien con el arco y sus dedos sobre los trastes, pero no logro distinguir el violín.

Algunos viajeros miran con desprecio al anciano violinista. Tal vez sepan a ciencia cierta que es un farsante, que realmente no toca o simplemente no están para serenatas a primera hora de la mañana.

Siento pena por el músico, por las miradas de desaprobación que está recibiendo y por su destartalado violín. Cuando reparas de una forma tan tosca un instrumento del tipo que sea, es señal de que no puedes substituirlo fácilmente, que no puedes comprar otro ni siquiera de saldo. ¿Qué pasará sí un día el violín se rompe del todo? ¿De qué vivirá el viejo músico?

Siento una gran desazón pensando en la vida de ese hombre. Tal vez es un abuelo que tocaba el violín en reuniones de familia en tiempos mejores y que la crisis o tal vez el alcohol o las drogas han echado a la calle.

¿Pero y si hace 40 años era un joven entusiasta que soñaba con ser violinista? Tal vez estudió en un conservatorio soñando con interpretar a Mendelssohn o a Bruch en un gran teatro, o ser el concertino de una gran orquesta. ¡Y míralo ahora! El fracaso más allá del fracaso, tocando una inaudible melodía en un vagón de cercanías lleno de soñolientos y molestos viajeros que lo miran con desdén.

No sé que pecado pudo cometer ese hombre pero nadie merece ese destino, nadie merece esas miradas de desprecio. Meto la mano en mi bolsillo, encuentro 50 céntimos. Se los doy cuando acaba de tocar. Puede que cada vez más, veo en este tipo de hombres un aviso de lo que me puede pasar a mí, que ya tengo espolones, si doy un paso en falso. Trato de aliviar mis miedos con una triste moneda. Luego vuelvo a lo mío, encaro el largo trecho hasta la fábrica. Espero tener otra moneda en mi maleta o no tomaré café en la oficina, y la verdad es que lo necesito pues hace frío, mucho frío.

Anuncios