Yolanda.

Ayer en la noche sin luna más despejada del mes volví a ver la Vía Láctea con mis propios ojos. La última vez fue hace más de treinta años, cuando siendo niño miraba al cielo de Cómpeta sentado junto a mi abuela. Después contraje las cataratas y las estrellas, incluso las más brillantes, se me apagaron.

Ayer sentí la alegría de volver a verla, tenue, difuminada por la contaminación lumínica, pero apreciable gracias a mis cristalinos de plástico y me sentí orgulloso de haber superado la ceguera nocturna pero sobre todo por el conocimiento. Me sentí feliz por saber que esa franja blancuzca no es la leche derramada del pecho de Juno cuando apartó bruscamente al bebé Hércules, sino que es una galaxia, nuestra galaxia y que el Sol es sólo una estrella modesta entre los millones que la forman y… bueno, entonces me acordé de Yolanda.

Yolanda fue mi tutora en el último curso de la F.P. II. Era una mujer delgada, menuda, con la melena rubia natural más clara que recuerdo. Tenía una nariz rara que hacía que su cara también lo fuera. Yolanda, para que lo voy a negar, era una niña pija metida a redentora de zoquetes, pero era una buena profesora.

Llamé su atención cuando un día uno de esos zoquetes hizo un comentario machista sobre ella y yo salí en su defensa.  Pero acabé ganándomela cuando le demostré mis conocimientos sobre automóviles.  Pues resultaba que Yolanda y su marido, eran aficionados a los coches clásicos y participaban en “Rallys” y esas cosas que hace la gente de dinero.

Un día le comenté que yo tuve un coche de juguete que era una reproducción perfecta del Mercedes Benz con motor rotatorio “Wankel”. Ella me dijo que Mercedes nunca había fabricado modelos con motor Wankel.  La conversación acabó pero a la semana siguiente, antes de empezar la clase, Yolanda me apartó a un rincón y me dijo que había consultado con su marido, y que en efecto, Mercedes fabricó en los 70 el modelo C111 con motor rotatorio Wankel.

En esos tiempos no existía Google e Internet era algo todavía por inventar así que si un chaval de 18 años sabía que era un motor Wankel era porque leía mucho o porque se preocupaba de  aprender, de cultivarse. Además mi profesora ya se daba cuenta de lo propenso que era yo a fustigarme, a la depresión y como me afectaban mi asma, las cataratas y mis otras taras físicas

Quizás por eso cuando acabó el curso, Yolanda, creyó que debía decir algo que me motivara, que me animara y volvió a apartarme para despedirse de mí sus palabras textuales fueron:

  • “David, tienes un don. Eres capaz de ser feliz mirando la Luna.”

Entonces no me pareció una gran cosa tener ese don para forjar un futuro (a menos que optara por ser poeta)  y la verdad es que pensé que no era más que una cursilería de niña de papá. Pero ayer, más de treinta años después, mientras contemplaba  “el espinazo de la noche” y me sentía feliz por “saber” comprendí, por fin, las palabras de Yolanda.

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