De los mejores anuncios del mundo.

Para mí un buen anuncio es aquel que acierta con los potenciales compradores del producto que ofrece, el “target” como se dice en la jerga publicitaria y se centra sólo en este. Como ejemplo sirva este anuncio que puede verse a lo largo y ancho del metro de Barcelona:

Anuncio genial

 El F.C. Barcelona ofrece un “Tour” por sus instalaciones a los turistas adinerados que visitan la ciudad condal. ¿Que cómo lo sé? pues por la pareja de rubios con ojos azules que han puesto para que los escandinavos, centro europeos e incluso rusos se sientan identificados, pues suelen ser gente de mucha pasta, y acudan a hacerse autofotos al Camp Nou. Sin embargo, tanto el Barça como la agencia de publicidad saben que no basta con ser ario para querer visitar un campo de futbol, además hay que tener cierta condición mental. Obsérvese la cara de los dos pollos, especialmente la de la chica:

Detalle 2

Porque sólo dos personajes como los de la foto perderían su tiempo y su dinero visitando un campo de fútbol vacío y hacerse una autofoto, poniendo cara de éxtasis. Menos mal que las dos manos del tío se ven porque bien pareciera que se están masturbando mutuamente por la excitación de pisar la misma hierba por donde corretea Messi. Cuando uno está de vacaciones en una ciudad extranjera suele tener el tiempo justo. Con la cantidad de cosas maravillosas que hay para ver en Barcelona como El parque Güell, La Pedrera o simplemente callejear  por Las Ramblas o por Ciutat Vella; sólo un déficit de yodo en la infancia o la carencia de un título de enseñanza primaria, explica que alguien se quite tiempo y prefiera ir a ver cosas futboleras. El anuncio por tanto clava el tipo de público al que va dirigido. Felicito de corazón a los creativos que lo han concebido.

Se nota que detesto el fútbol como espectáculo pero, sobre todo, detesto su omnipresencia y el intento no sólo de vendérnoslo a toda costa sino intentar enmascarar los grandes problemas de nuestra sociedad con él. Por eso encuentro casi poético que estuvieran las bolsas de basura apoyadas en el anuncio cuando tomé la fotografía.

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Ser un hombre.

Soy un hombre. Lo sé porque aparte de mis rasgos sexuales me lo han dicho, bueno además me han dicho siempre que debía serlo. A lo largo de mi vida sólo he conocido dos tipos de hombres: los que respetan a las mujeres y los que no (modestamente me incluyo en el primer grupo). Esto no es un descubrimiento mío. Hay mucha literatura y cinematografía que lo expone, pero yo en mi realidad vital lo confirmo. Todo lo que escribiré a continuación hace referencia a los hombres que respetan a las mujeres.

Salvada esta primera criba, los hombres formamos una hermandad, somos hombres, queremos ser hombres, debemos ser hombres. No sabemos qué significa ser un hombre, pero todos queremos serlo y además nos ha sido exigido por nuestros padres y abuelos y de forma aún más enérgica por nuestras madres. Un día amas, follas convives con las mujeres y también te piden que te comportes como un hombre: Eres como un crío, lleva tú las bolsas del supermercado, busca un piso, deberías saber arreglar ese enchufe. Y la verdad, ser un hombre hoy no es fácil. Mi padre y mi abuelo lo tenían más claro pero yo… Sí le grito a una mujer me acusarán de maltratador, si tomo fotos de niños en un parque de pederasta, si me cuido mucho soy un maricón y si paso de todo soy un perroflauta.Peter-Griffin

Quizás el motivo aparte de achacar a la liberación de la mujer, nuestra desorientación vital, sea la cantidad de tonterías que hoy en día se dicen sobre los hombres y que en tiempos de nuestros antepasados ni siquiera se planteaban por ejemplo: Los hombres también tenemos hormonas. Esa coartada perfecta de las mujeres para comportarse como locas, también nos afecta. Pero nosotros tenemos sólo una hormona capital: la testosterona. La causante de la calvicie, el pelo en el pecho, la voz grave y que seamos en general más fuertes y brutos que las mujeres. La testosterona en diversas proporciones, pone violento o taciturno y nos hace emprender grandes hazañas o quedarnos enmudecidos y pasivos ante los problemas; además es la causante del falso mito de que los hombres no lloramos.

Ya lo creo que lloramos, podemos hacerlo durante horas y días, la pérdida de un ser querido o la impotencia y el miedo no hacen llorar. Lo que sucede es que la testosterona bloquea el lagrimal y por eso derramamos pocas lágrimas o tardamos más en hacerlo, pero los hombres lloramos un montón. Además sí que puede ser verdad, que los hombres lloramos cuando hay que hacerlo y no como las mujeres que lloran por cualquier cosa.

Los hombres tenemos sentimientos profundos por cosas más allá del fútbol. Siglos de poesía y literatura no hubiesen sido posibles si los hombres no tuviéramos sentimientos intensos. Por ello hay que tener cuidado pues tras la fachada de macho semental puede haber un corazón de cristal y esto a algunas mujeres, les resulta muy difícil de entender.  Les resulta difícil de entender que un hombre pueda competir, pelear, enfrentarse a otros hombres en desigual combate y en cambio no se atreva a decirle a una mujer que le gusta. Son dos fortalezas, dos fragilidades distintas. Una cara partida se cura y se almacena en la memoria como una insignia, un corazón roto masculino puede no llegar a recomponerse ni con Loctite. Así que hay que ir con cuidado.

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Los hombres y las mujeres presentamos afortunadamente, un claro dimorfismo sexual, y se dicen últimamente muchas tonterías a la altura de que tenemos una costilla menos que ellas. (No, no nos falta una porque Dios se la quitara a Adán para crear a Eva. Consulten un manual de anatomía o a su médico traumatólogo sino me creen.)

Por ejemplo, no es cierto que los hombres veamos menos colores que las mujeres. Esta tontería se desmiente fácilmente  visitando un gran museo. Si los hombres viésemos menos colores que las mujeres Velázquez o Rembrandt no hubiesen podido pintar la luz como lo hicieron.  Las mujeres visitarían el Prado o el Louvre y verían extraños saltos cromáticos o infantiles variaciones de color en las grandes obras de la pintura y eso, que yo sepa no es así. Por lo menos nunca he oído a una mujer decir que los cuadros de Vermeer parecen un cuaderno de pinto y coloreo. Admito eso sí, que el turquesa y el aguamarina de las mujeres sean para nosotros sólo verde azulado, pero somos capaces de ver que son dos colores diferentes.

Tampoco es cierto que no podamos hacer más de dos cosas a la vez. Si fuera cierto no podríamos conducir y hablar  al mismo tiempo o cantar y tocar un instrumento. Billy Joel Y Mark Knopfler simplemente no habrían existido. Es posible que lo que no podamos hacer y las mujeres sí, es hacer dos cosas antagónicas a la vez como hablar y escuchar al mismo tiempo, pero ya les aseguro yo que estoy escribiendo esta entrada mientras escucho música y tomo café y eso es hacer más de una cosa.

Grouxo Marx

Otro de los mitos más extendidos no ahora sino siempre, es que los hombres nos fijamos más en el físico que las mujeres al buscar pareja y esto hay que matizarlo, pues no sólo porque es mentira sino porque puede ser todo lo contrario. El famoso dicho “En caso de guerra cualquier agujero es trinchera” no se aplica a las mujeres y sí a los hombres. No voy a dar lecciones de antropología y genética, ¡Dios me libre!, pero a nadie se le escapa que la mujer buscará siempre relacionarse con hombres que en caso de dejarlas preñadas les garanticen una mejora de su genética y aseguren la supervivencia de su descendencia. Los hombres en cambio sólo podemos intentar relacionarnos con quienes podamos para perpetuar nuestros genes, así que podemos tener un listón de preferencias físicas muy bajo. Es por eso que asumiremos, aunque no sea así,  que una modelo, una actriz famosa o simplemente una tía buena, se dejará seducir por los mejores, despreciando a los demás y ni nos acercaremos. “La suerte de la fea la bonita la desea” se dice y no sin razón, pues los hombres no nos podemos permitir  rechazar ninguna oferta. Además, ¿alguien me puede dar una caso famoso inverso al de Carlos de Inglaterra y Camila Parker? En todo caso cabe admitir que quizás para las mujeres ambas cosas son igual de importantes, el físico y el interior y que nosotros a veces nos conformamos con el físico, de ahí la confusión.

Lo anterior explica además una de las verdades más dolorosas de los hombres. Somos infieles por naturaleza. No podemos decir que no y no rechazaremos ninguna oferta sexual por muy casados o comprometidos que estemos. No se puede generalizar ya lo sé, pero este punto se ha de asumir y no sobran casos celebres de famosos actores, cantantes o políticos que han sido prolijamente infieles. Lo único que pueden hacer las mujeres es intentar un pacto entre todas a lo largo y ancho de la Tierra para no quitarse los hombres las unas a las otras. Los hombres podemos amar incondicionalmente a una mujer toda la vida y a ninguna otra, pero como oí una vez en un monólogo cómico, si se deja su hermana, también nos la follamos.

Pero lo que no somos los hombres ni lo seremos es seres simples, obsesionados con el sexo y el fútbol aunque bien es cierto que lo perecemos. Qué vosotras sois más humanas, más sensibles, más listas y mejores en casi todo, eso ya lo sabemos chicas, pero no sois más complejas. No perdáis el tiempo en demostrarlo y en lamentaros de que no estemos a vuestra altura. Os aconsejo que aprendáis el manejo de los hombres pues al igual que los modernos teléfonos celulares,televisores y automóviles parece que sólo servimos para unas pocas cosas, pero tenemos muchos botones y funciones aparentemente ocultos y si se descubren podemos dar muchos momentos de diversión y felicidad.

Rosa María.

RosasEn el último curso de F.P.II en el pupitre de al lado se sentaban dos chicas. Milagros y Rosa María. Milagros era a pesar de su purulento acné una chica muy atractiva, la típica tía buena de la clase, pero a mí la que me gustaba era Rosa María. Era morena, con unos ojos verdes saltones algo separados entre sí de más, lo que la afeaba un poco. Llevaba un perfume que me encantaban y vestía muy recatada pese a lo cual no lograba disimular que sus sujetadores tenían copas muy adentradas en el abecedario.

Hice cuanto pude en llamar su atención, con lo único que tenía en aquella época: mi facilidad de palabra; además claro, de hacerme el encontradizo o desvivirme por ayudarla cuando requería mi ayuda, que no era en pocas ocasiones, pues un par de asignaturas le resultaban difíciles. Pero nada, nunca percibí en ella aquella señal, aquel indicio de que podía pasar a mayores y proponerle salir y esas cosas. No obstante cuando un adolescente de 19 años, como era yo, está en celo no le resulta fácil desistir y continué con el juego.

Una tarde de invierno,  a la salida de la academia vi a Rosa María montar en la moto de un tipo musculoso. Era su novio y un novio con vehículo propio. Nada podía yo hacer para competir con aquel Maciste motorizado, así que con un gran sentimiento de frustración dejé de revolotear alrededor de Rosa María. Eso sí, no deje de saludarla ni de ayudarla si tenía alguna duda en matemáticas.

Una tarde que me crucé con ella y con Milagros, las saludé fríamente como a alguien que sólo conoces de vista. Milagros comentó en voz baja a Rosa María:

–          El David ya no va detrás de ti.

No sé dio cuenta, pero la oí y en ese momento me quedó claro que todo lo que hice para llamar la atención de su amiga dio resultado pero, simplemente ella nunca estuvo interesada.

El curso acabó. El día de la entrega de notas estaba exultante. Tenía todo aprobado con notable alto y eso no sólo me garantizaba el acceso directo a la universidad sino al centro al que quería ir. Todos los que habíamos aprobado fuimos a tomar algo al bar de siempre para celebrarlo. Como no cabíamos todos dentro, compré un refresco y salí a tomarlo en la calle. De repente vi llegar a Rosa María y a su novio en la moto. Aparcaron y se quitaron los cascos. Pude ver como el tipo duro le espetaba algo casi a gritos a Rosa María, esta contestó, la réplica del tío fue propinarle un bofetón que se oyó a un lado y a otro de la calle Juan de Garay. Rosa María bajó la cabeza y el tipejo aquel la cogió de la mano como quién tira de un perro que se para a olisquear, como se agarra algo que es de tu propiedad. Yo no era rival para aquél gorila pero pensé en hacerle frente, la juventud ya se sabe, pero no lo hice pues pensé:

– Una mujer no es un perro, no es una propiedad y si prefiere estar con él a estar conmigo por algo será.

Los dos se dirigieron al bar donde estaba yo y al pasar junto a mí Rosa María alzó sus ojos, los ojos saltones por los que bebí los vientos y me miró. Su mirar dijo algo pero yo tal vez era muy joven para interpretar el mensaje, de hecho todavía no he logrado adivinar qué quiso decirme pese a que nunca he podido olvidar esa mirada. Puede que quisiera decirme que debía haber insistido más, que si yo me hubiese declarado ella estaría conmigo y no con aquel cabrón,… Bueno, o tal vez quiso decirme:

– Ves porqué no te hice caso, no eres más que un enano incapaz de defender a la mujer por la que suspiras.

Bueno ya que más da, quien sabe como piensan las mujeres. Sólo deseo que no estuviera mucho tiempo con aquel animal y que haya tenido mucha suerte.

Buenas personas pero no tanto.

Día caluroso en Barcelona, muy caluroso. Sudando en el metro rumbo al despacho de mi cliente. Dentro del vagón hace mucho calor. Desde que empezó la crisis los responsables del suburbano barcelonés juegan a la ruleta rusa con el aire acondicionado de los trenes.

En la estación de Sagrera una muchacha embarazada de muchos meses entra en el coche. Casi instantáneamente otra mujer se levanta y le cede el asiento, permaneciendo de pie frente a ella. La mujer que se ha levantado es de una gran belleza. Alta, bien proporcionada, con un pelo negro córvido y unos ojos aguamarina. Viste bien, conjuntada. Sus escasos complementos son discretos y combinan perfectamente con su ropa a todas luces de marca.

Dejo de mirarla, no es para mí. En mi escala de inaccesibilidad de mujeres atractivas ocupa el nivel 8 de 10. Es un puesto alto dado que el nivel 9 lo ocuparían las actrices y modelos famosas y el nivel 10 lo ocupan “ex aequo” Marlene Dietrich y Katharine Hepburn.

Prosigo con mis sudores cuando de repente esa mujer hace una extraña maniobra y se sitúa a pocos centímetros a mi lado. – Mala cosa. – Pienso, cuando una mujer guapa se me acerca tanto en un sitio público es que quiere hablarme de Cristo. Pero no hace nada, la chica permanece quieta, casi pétrea a mi lado, mirada al frente. No es tan alta como parecía pero si más guapa de lo que se entreveía.

De golpe por el rabillo de mi prótesis intraocular percibo alboroto y confusión alrededor de la muchacha embarazada. Al parecer esta se ha desmayado pero hasta ahora nadie se había dado cuenta. Las personas sentadas a su lado se levantan gritando el consabido “Déjenle respirar”. Una mujer cincuentona la abanica y otra de más edad saca de su bolso un pulverizador con agua y la rocía con fruición. No sé si es el procedimiento adecuado en estos casos pero la chica recupera el sentido y comienza a disculparse por las molestias. La mujer cincuentona sigue abanicándola y las demás, para las que lo de ser madre es algo ya superado la consuelan y la animan.

Yo que he ido a curiosear regreso al sitio que ocupaba. la chica bella de nivel 8 ya no está. La localizo sentada rígida, pétrea con la mirada perdida al frente, en un asiento libre en el otro extremo del vagón.

Creo entender lo que pasó: la chica de nivel 8 fue la primera en darse cuenta que la chica preñada se había desmayado pero decidió quitarse de en medio, discretamente y parapetarse detrás del abdomen del tipo corpulento que categorizaba su belleza mentalmente. – Soy buena persona como para dejar el asiento a una preñada pero no lo suficiente como para asistirla tras un desmayo. ¿Quién sabe? Igual me vomita en mis carísimas manoletinas.

Llego a mi parada y sigo con mis sudores. Creo que tengo que modificar mi escala de inaccesibilidad, tal vez un nivel decimoprimero de “hijoputez”, bueno ya lo pensaré.