Un día cualquiera.

Pensaba que todo un mes de agosto en Chulilla daría para muchas anécdotas y aventuras; pero no ha sido así. No he podido como pretendía hacer una serie de entradas que guardasen cierta coherencia. El intenso calor que está haciendo este verano, me ha mantenido más tiempo en casa de lo que habría deseado. Enfrento la última semana en el pueblo con la satisfacción de haber perdido algunos miligramos y haber adquirido algo de fondo para afrontar con seguridad mis soñadas caminatas por Manhattan.

Los días en Chulilla son más o menos como el de hoy. Duermo cual marmota hasta las 8:30 hora en la que el colchón de espuma de mi catre acaba por liquidar mi espalda haciendo que un dolor agudo me haga levantarme con gesto agónico. Desayuno frugalmente. Tostadas con aceite y café aguado. Decido emitiendo sonoros bostezos, sí me quedo viendo la tele o salgo a caminar. Elijo caminar pues está algo nublado y parece que las temperaturas no son tan altas.

Al salir de mi casa, el hijo pequeño del vecino me saluda y me dice que se llama “Pato Donald”. Yo le respondo que yo también me llamo “Pato Donald” creándole un gran desconcierto. Espero no haberlo traumatizado.

Encaro un camino que conduce al pueblo llamado “La Senda” porque se trata de una senda. La denominación de los lugares del pueblo destaca por su gran imaginación salvo en este caso. Recorrer La Senda es altamente satisfactorio por las impresionantes vistas que de los montes y los huertos hay. El problema es que debo de estar muy atento a no ser arrollado por los BMW que gastan los jóvenes de acelerador fácil, de por aquí, lo que hace que recrear mi vista sea harto complicado.

El tráfico me da un respiro y el paisaje me inspira pensamientos sobre mi vida y el futuro que me espera. Tengo tantos frentes abiertos y tan pocos recursos que mis reflexiones empiezan a deprimirme. Afortunadamente un paisano que conduce una “mula” me saluda y me aparta de mis agobios. Una mula es una especie de tractor en miniatura de dos ruedas, que se conduce como una carretilla. Conozco a un tipo que se atropelló a sí mismo con una de estas cosas.

Llego a la confluencia de La Senda con la carretera que da al pueblo. Numerosos niños vociferantes juegan por las diminutas aceras de la travesía. Uno de ellos se fija en la cámara fotográfica que he sacado de mi riñonera y me ofrece cambiármela por su moto. Yo rechazo la oferta porque mi cámara es estupenda y su moto no es más que un juguete a pedales.

He sacado la cámara para fotografiar un descapotable que parece un antiguo Alfa Romeo Spider, pero resulta ser un viejo SEAT 850 Sport y emocionado por el hallazgo lo acribillo a fotos. Un coche de hace más de 50 años, fabricado en Barcelona y que está impecable. La nostalgia ilumina mi alma pues cuando era niño, se podían ver algunos de estos por las carreteras.

SEAT 850 Sport

Paso por delante de la farmacia del pueblo donde a veces me peso. Me gusta esta farmacia pues tiene una de esas básculas que te dan además la estatura y que siempre me da un par centímetros más de lo que mido. Pero hoy no voy a pesarme, no estoy seguro de haber adelgazado suficiente y no quiero amargarme. El otro establecimiento importante que hay en la calle de Valencia, que es como se llama este trozo de travesía, es la droguería de Lolín, la cual ya no despacha en ella, creo, aunque su nombre sigue impreso en el sobrio rótulo que hay sobre la puerta.

Pocos metros después llego a la plaza de la Baronía donde decido tomarme un café en mi bar favorito. Nada más tomar asiento el dueño rápidamente me sirve una cerveza. Yo quería café, pero el camarero me ha servido tan diligentemente que no quiero desilusionarle y me bebo la cerveza sin rechistar.

La cerveza me ha entrado mejor de lo que esperaba y ligeramente achispado reinicio mi andadura. El alcohol me ha envalentonado y me siento tentado de ir al ayuntamiento y reclamar la documentación sobre el castillo que en octubre me prometió Paloma y que nunca llegó, pero el olor a pan recién hecho de la panadería me distrae y me hace desear comprar una bolsa de mantecados. Haciendo alarde de una voluntad de hierro, me abstengo de comer dulces pues más que nada deseo ir a Nueva York con unos niveles de papada y barriga aceptables, pues seguro que me haré numerosas auto fotos y quiero quedar todo lo bien que sea posible.

Satisfecho por mi heroica resistencia a la gula. Vuelvo a casa. Me cambio de ropa y miro los capítulos repetidos de “Empeños a lo bestia” y “La casa de empeños” que dan en el canal “Xplora” (tengo que escribir sobre este canal) a la espera de que mi madre me llame para comer. El menú de hoy consta de gazpacho y boquerones en vinagre, ágape muy andaluz para estar servido en Valencia, pero es que toda mi familia es de allí.

Con el estomago lleno ayudo a mi madre a recoger la mesa antes de iniciar una siesta que apenas dura, ya que mi cama sigue empeñada en reñir con mi espinazo. Así que decido caminar de nuevo esta vez hacia el Charco azul una de las maravillas del municipio y junto al castillo, su principal reclamo turístico. El Charco Azul se caracteriza por dos cosas:

  • No es un charco
  • No es azul.

En realidad, se trata de una antigua presa abandonada donde todavía queda embalsada una gran cantidad de agua impropia de un simple charco. Da la impresión más bien de ser un pequeño lago de aguas de un color verde ceniciento, rodeada de quebradas de distintas tonalidades de marrón y gris, por lo que el que hayan calificado de azul, esta joya paisajística es todo un misterio. Como misterioso es el ambiente del lugar ya que por la altura de las paredes de roca que lo delimitan, la luz llega muy atenuada y deja en una mística penumbra el lugar. Para llegar al Charco Azul, hay que recorrer casi dos kilómetros de valle repleto de huertos y plantaciones de naranjos por donde no logro dar diez pasos sin tropezar con algún guijarro o resbalar por algún fangal.

Aunque hoy he decidido ir en chándal para que, como era habitual en veranos anteriores, la gente no me tomara por el guardabosque, no he conseguido zafarme de algunos turistas que me interpelan con preguntas como: “¿Vamos bien por aquí al Charco azul? ¿Queda mucho para llegar al Charco azul? ¿Se puede llegar en coche al Charco azul? Yo intento complacer a todo el mundo con precisas indicaciones, pero creo que a veces la gente pregunta por preguntar pues me ponen cara de no fiarse un pelo de mí. Antes me tomaban por un agente forestal por llevar ropa de campaña y ahora por llevar chándal me toman por un yonqui.

A medio camino entre Chulilla y el Charco, nos encontramos primero con el Remanso de Las mulas y la Peña Judía, que son dos recodos del serpenteante Turia donde el agua se acumula formando unas pintorescas lagunas. En ambos el paisaje, con cascadas y todo, resulta conmovedor y puede practicarse la natación. Siempre he odio historias de que la gente se baña desnuda en el remanso de las Mulas, pero yo nunca he pillado a nadie. Mucho me temo que es una leyenda rural para atraer el turismo.

Llego al Charco azul, atravesando la misteriosa roca en forma de arco, que por efecto de la luz y del color de la montaña, parece estar iluminada por tenebrosas llamas. La otra alternativa, más corta, es atravesar el rio a lo bestia, pero pocas cosas me disgustan más que caminar con los pies mojados. Sí, ya sé que podría ir saltando por las piedras que sobresalen, pero desafortunadamente no dispongo de un sentido del equilibrio demasiado eficiente. Así que prefiero el sendero tras la flamígera roca más largo pero que me permite llegar completamente seco.

Después de contemplar un rato la sin par belleza del lugar y de dos señoritas, que en biquini, conversan ajenas a mi presencia, decido regresar a Chulilla no sin antes lanzar de reojo una última mirada furtiva a la chica que tiene las tetas más grandes. Creo que se han dado cuenta por la cara de perro que ha puesto la otra. Indiferente a que me hayan tomado por un baboso, regreso al pueblo tropezando y resbalando con los mismos guijarros y fangales del camino de ida, con la ilusión puesta en una cerveza.

Cansado y magullado. Llego a la Plaza de La Baronía y en mi bar predilecto, pido la bebida y me propongo a mí mismo un juego. Sí me ofrecen una tapa de cacahuetes gratis pediré una segunda cerveza, en caso contrario me conformaré con una sola. No hubo tapa así que tras beber ávidamente y estar un rato mirando al paisanaje que deambula por allí, regreso a mi casa a esperar la cena.

La cena siempre se sirve tarde en mi casa de Chulilla así que tengo tiempo de ver alguna película de las muchas que tenemos y que venían de regalo con la compra de periódicos. Hoy he visto “Swimming Pool” protagonizada por una envejecida Charlotte Rampling. ¡Un peliculón! Debo de estar haciéndome viejo, cada vez me gustan más las películas europeas y menos las norteamericanas.

Tras la película y como todavía es pronto, salgo al portal de mi casa y acaricio a una de las gatas de la zona que se acerca con la expectativa de comida, pero que se conforma con que le rasque el lomo. El niño que por la mañana me dijo que se llamaba “Pato Donald” me vuelve a saludar al tiempo que apunta hacia mis ojos con una linterna LED. ¡Qué simpático el jodido!

Mis padres regresan sobre las 22:30 así que cenamos sobre las 23:00, tras lo cual y sin más que hacer me tomo la medicación y a dormir, bueno, si mi colchón y mis dorsales deciden llevarse bien.

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