La desigualdad hasta la muerte.

Cementerio de Sant Andreu

Hoy algo ha llamado mi atención en el cementerio que hay en mi barrio. Porque en mi barrio hay un cementerio. El cementerio de Sant Andreu, y hoy caminando sin rumbo me ha dado por entrar. Tras la puerta principal he recibido la bienvenida de la plañidera novia de mármol que desconsolada llora a su amado lustro tras lustro. Es la tumba que da fama a este cementerio que por lo demás, es igual que cualquier otro: una última exhibición de la desigualdad social.

Los majestuosos  panteones se alternan con las policromadas tumbas de los patriarcas gitanos y con los sobrios bloques de nichos de la clase obrera. Las familias pudientes quieren perpetuar la superioridad que tuvieron en vida con sus monumentos domésticos, pero es un sesgo inútil, todos, ricos y pobres están en el mismo abismo de la nada silenciosa y eterna.

Pronto me olvido de los mausoleos con sus columnas jónicas, sus frisos dorados y sus querubines trompeteros. Mi mente se centra en las fotos de los difuntos. ¿Por qué las familias ponen retratos de sus muertos? Mirándolas con detenimiento creo averiguar si el enterrado disfruto o desperdició su única vida.

Al pasar frente a una cripta de mármol y vidrio miro adentro, quizás se vea algo. Tal vez Sadako llame mi atención desde lo profundo, pero no sé si me impresionaría. No estoy para espectros. Bastantes problemas tengo en el mundo real que da más miedo que cualquier más allá, así que sigo mi camino despacio entre el laberinto de cemento, leyendo las fechas de las muertes.

– Este señor no llegó a conocer la televisión y esta señora nunca conoció una España sin Franco.

Hay un nicho que contienen los restos de 4 jóvenes hermanas que se apellidan como yo, fallecidas en poco tiempo entre ellas. Eran guapas. Una belleza antigua, pero guapas. ¿Qué les pasaría? En otro un lactante que ahora tendría mi edad, me mira desde la foto que tal vez le hizo un padre orgulloso. Me parece oír como me reprocha que no sea más feliz en la vida que a él se le negó.

Por último reparo en los nichos de los muertos entre los muertos. Los que no tienen lápida, ni adornos, ni hojas de acanto ni crucifijos cromados. Sólo un nicho cegado que con suerte tiene pintado el nombre de su paupérrima familia. Algunos ni eso.

Toca volver a casa y en el camino de vuelta, como he comentado, algo llama mi atención. Me encuentro con dos inmensas tumbas gemelas de granito y mármol blanco coronadas con unos imponentes crucifijos pétreos. Sus pesadas y lápidas lucen en letras esculpidas el abolengo de la familia que las mando construir, se nota que es el panteón de gente de mucho dinero. No habrían llamado mi atención, más allá de su mastodóntica y fría presencia sino fuera porque justo enfrente hay un bloque de nichos y en uno de ellos, en uno de esos que sólo están tapados, en uno de esos donde se entierran a los muertos entre los muertos, hay una rosa, ¡una rosa todavía fresca!  Me acerco para asegurarme de que no es una flor de plástico. ¡No, no lo es! Ni tampoco parece caída de otro nicho. No hay restos de flores en ninguno cercano. Alguien lleva flores y alguien sigue recordando a quien está allí enterrado y que ni siquiera pudo permitirse que escribieran su nombre.

Mientras, en las colosales tumbas gemelas, hay abolengo, granito y mármol pero ninguna flor.  Los ricos y los pobres, los amados y los olvidados. Lo dicho. La desigualdad hasta la muerte.

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