Malos tiempos para los músicos callejeros.

Acordeonista

Me encanta la música. Mi vida está llena de música. Tengo decenas de vinilos y de compactos en casa. Incluso en una época económica mejor que la actual, me permití comprarme un iPod Touch de cuarta generación, artefacto que tengo perfectamente sincronizado con sus listas de reproducción y sus ilustraciones de álbumes; las mismas listas e ilustraciones que figuran en mi teléfono celular inteligente que uso cuando espero llamadas. No toda la música me gusta. Bueno sí, toda, porque el reggetton y el hip hop no lo considero música.

Mi amor por la música creo que se origina en el hecho de que soy incapaz de tocar la más mínima tonada en ningún tipo de instrumento, es decir, no tengo oído musical. Un buey con cerebro espongiforme y ebrio pisoteando una gaita tendría más posibilidades de tocar un acorde que yo con un sintetizador. Esta incapacidad genética para hacer música es lo que me ha permitido disfrutar tanto de ella. Para mí la música es algo que me gusta y que no intento aprender ni concebir, puro ocio.

Nací en una época donde la música no era tan abundante y omnipresente como hoy. En la España de los setenta, no había emisoras de FM, ni 40 principales, ni mp3, ni iTunes ni nada de eso. Sí querías música te ibas a Discos Castelló y pasabas la tarde contemplando las hermosas carátulas de los discos de vinilo. Lo más moderno en formato musical era la cassette pero todavía podías encontrar los enormes cartuchos de ocho pistas en los Encants de Barcelona. Quedaban algunos años antes de que Sony inventara el Walkman. La gente no iba por la calle con auriculares y viajar en el metro era monótono y solemne. Se hablaba en voz baja para no destacar y los trenes hacían todo el ruido.

Eran tiempos propicios para los músicos callejeros. Pero no había tantos como ahora. Los aburridos desplazamientos de la gente de casa al trabajo podían ser amenizados por algún guitarrista, o acordeonista que destrozara la consabida “Amapola” en el límite de hacerla reconocible por la audiencia. En aquella época los músicos callejeros tenían un público y un sentido, pero a pesar de ello yo sentía una pena enorme por ellos. para mí un músico era un señor o señora que tocaba en un teatro, grababa un disco o salía en 300 millones. Ver a gente tocar en la calle me producía una desagradable sensación de fracaso ajeno. Recuerdo que lloré cuando, siendo todavía un niño, vi a un tipo cantando en la calle. Puede que mi actitud ante los músicos callejeros debe de ser algún tipo de trastorno similar a la fobia a los payasos o a la antipatía por los mimos que sufren otros.

Si la pena que sentía por la gente que toca en la calle o en el metro era mayúscula en esa época ahora en la era de los iPod, mp4 y Spotify, es infinita. La puta crisis está arrojando a muchas personas a tocar en el metro. Hoy por ejemplo, eran varios los que tocaban a la vez en vagones contiguos del tren que me llevaba a casa. Uno cantaba con su amplificador atado a su carrito de la compra poniendo voz de Manzanero y otro tocaba una especie de xilófono o marimba que llevaba colgado del cuello. Y entre ellos numerosos viajeros con auriculares que no les escuchaban; entre ellos, yo, que tengo que bregar entre la pena que me dan y el fastidio de no poder escuchar mi propio iPod.

Antes de empezar la crisis solía avergonzarme pasar cerca de un músico de los que tocan en el transbordo de la estación de Maragall del suburbano barcelonés; sobre todo cuando sólo era yo el que pasaba. Solía quitarme los auriculares pues, ya que no iba a darle limosna, al menos no quería ofenderlo.  También llegué a bajarme del tren cuando el músico que se ponía a tocar durante el trayecto era especialmente malo o ruidoso y lo hacía para que no se viera mi mueca de desagrado provocada por la vergüenza ajena, que es la sensación humana que menos soporto.

Pero la crisis y mi vida de estos últimos tiempos son lo suficientemente perras como para insensibilizarme y ahora mis auriculares son el escudo contra la cruda realidad. La realidad de que el músico pedigüeño es una molestia y un incordio. Que está tan acabado y obcecado como las compañías discográficas que en su último estertor intentan seguir vendiéndonos a golpe de leyes dictatoriales, discos compactos que están tan obsoletos como el “Bésame Mucho” y el “Tico Tico” que se obstinan en tocar los acordeonistas rumanos del metro. Los músicos callejeros y las compañías discográficas son los extremos del mercado musical pero ambos se tocan en su creencia de que son necesarios y en su anacronismo.

Al igual que como comenté sobre el circo, nada tengo contra la gente que se intenta ganar la vida como puede. Veo como hay personas que ofrecen monedas incluso a los músicos más chirriantes,yo mismo he echado monedas a los talentosos músicos que tocan el el Portal del Àngel o frente al Museo Frederic Marés pero en este caso, como en ningún otro, el espectáculo de la indiferencia e incluso el reproche por la molestias que causan a los que leen o escuchan sus reproductores, los músicos callejeros, me afecta tanto como para amargarme y la verdad, ya tengo bastante con lo mío.

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