Crea tu propia web.

Servidores

(Episodio basado en hechos reales aunque se han modificado los nombres de los protagonistas. Advierto que este artículo contiene lenguaje técnico)

-Ring. Ring.

– Diga.

– El Sr. Torres. David Torres.

– Sí yo mismo. Dígame.

– Le llamo del servicio de atención al cliente de “Chupihosting” para ofrecerle nuestro servicio “Instantgüeb” con el que podrá crear su propia web cómoda y fácilmente.

– La verdad es que yo ya soy cliente de “Chupihosting”. Tengo que renovar mi cuenta pero es que estoy algo justo económicamente.

– No se preocupe Sr. Torres, el servicio “Instantgüeb” es muy económico. Por tan sólo…

– No verá. – Le interrumpo. – Es que yo soy un profesional (menuda trola) y yo me hago mis propias webs directamente en HTML ya sabe con el “drimgüiber” y eso… – le comento convencido que este argumento le hará desistir.

– ¿A sí? Pues precisamente nuestras webs de “Instantgüeb” están hechas en HTML.

–  ¿Qué me dice? Webs en HTML. ¡Guau!

– Pues sí. Y además ¡HTML 5!

– Vuelvo a interrumpir. – Vaya hombre. Pues tengo entendido. que los de “Hostinguay” ya ofrecen HTML 6 y hasta 7”

– Mmm. Déjeme ver. Nosotros sólo ofrecemos HTML 5. – Me comenta el operador con cierta decepción.- Por eso no se preocupe Sr. Torres, procuraremos adaptarnos a sus necesidades. Pero si le interesa ofrecemos servidores Windows o Linux.

– Servidores Apache ¿No?

– El comercial cree que le tomo el pelo. Noto como rebusca en su catálogo mientras piensa en mandarme a la mierda, pero de pronto se da cuenta de que los indios y los servidores de internet tienen algún extraño vínculo. – Sí Sr. Torres, Apache, servidores Apache.

– ¿Y de otro tipo no tienen? ¿Comanche? ¿Pies negros?

– El operador balbucea y noto como busca más nombres de tribus nativas norteamericanas en su catálogo. Para no quedar en evidencia por no encontrar más indígenas que ofrecerme cambia bruscamente de tercio. – ¿Le he comentado que el servicio “Instantgüeb” le ofrece 1 Giga de almacenamiento, tráfico ilimitado, 10 cuentas de correo y una base de datos “maiesecuele” y PHP?

¿PHP 6? – Pregunto con convicción.

– ¡Sí, PHP 6!- exclama el vendedor feliz de encontrar el dato. – ¡PHP 6!

– ¿Un poco ácido no? Mire que con un PHP tan ácido los servidores se oxidan y dan problemas. No sé… ¿No tienen PHP neutro?

– El operador se rinde ante mis conocimientos de informática rayanos en la erudición. Me comenta que por ahora no ofrecen en su servicio “Instantgüeb” servidores con PHP neutro, pero que si actualizo más adelante a la tarifa Premium podré incluir los servidores con el PHP que yo quiera. Tras preguntarme si quiero resolver alguna duda, se despide de mí, con tono cordial.

Ahora entiendo a Silvia cuando me decía que las formaciones de teleoperador sólo servían para obtener subvenciones.

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Malos tiempos para los músicos callejeros.

Acordeonista

Me encanta la música. Mi vida está llena de música. Tengo decenas de vinilos y de compactos en casa. Incluso en una época económica mejor que la actual, me permití comprarme un iPod Touch de cuarta generación, artefacto que tengo perfectamente sincronizado con sus listas de reproducción y sus ilustraciones de álbumes; las mismas listas e ilustraciones que figuran en mi teléfono celular inteligente que uso cuando espero llamadas. No toda la música me gusta. Bueno sí, toda, porque el reggetton y el hip hop no lo considero música.

Mi amor por la música creo que se origina en el hecho de que soy incapaz de tocar la más mínima tonada en ningún tipo de instrumento, es decir, no tengo oído musical. Un buey con cerebro espongiforme y ebrio pisoteando una gaita tendría más posibilidades de tocar un acorde que yo con un sintetizador. Esta incapacidad genética para hacer música es lo que me ha permitido disfrutar tanto de ella. Para mí la música es algo que me gusta y que no intento aprender ni concebir, puro ocio.

Nací en una época donde la música no era tan abundante y omnipresente como hoy. En la España de los setenta, no había emisoras de FM, ni 40 principales, ni mp3, ni iTunes ni nada de eso. Sí querías música te ibas a Discos Castelló y pasabas la tarde contemplando las hermosas carátulas de los discos de vinilo. Lo más moderno en formato musical era la cassette pero todavía podías encontrar los enormes cartuchos de ocho pistas en los Encants de Barcelona. Quedaban algunos años antes de que Sony inventara el Walkman. La gente no iba por la calle con auriculares y viajar en el metro era monótono y solemne. Se hablaba en voz baja para no destacar y los trenes hacían todo el ruido.

Eran tiempos propicios para los músicos callejeros. Pero no había tantos como ahora. Los aburridos desplazamientos de la gente de casa al trabajo podían ser amenizados por algún guitarrista, o acordeonista que destrozara la consabida “Amapola” en el límite de hacerla reconocible por la audiencia. En aquella época los músicos callejeros tenían un público y un sentido, pero a pesar de ello yo sentía una pena enorme por ellos. para mí un músico era un señor o señora que tocaba en un teatro, grababa un disco o salía en 300 millones. Ver a gente tocar en la calle me producía una desagradable sensación de fracaso ajeno. Recuerdo que lloré cuando, siendo todavía un niño, vi a un tipo cantando en la calle. Puede que mi actitud ante los músicos callejeros debe de ser algún tipo de trastorno similar a la fobia a los payasos o a la antipatía por los mimos que sufren otros.

Si la pena que sentía por la gente que toca en la calle o en el metro era mayúscula en esa época ahora en la era de los iPod, mp4 y Spotify, es infinita. La puta crisis está arrojando a muchas personas a tocar en el metro. Hoy por ejemplo, eran varios los que tocaban a la vez en vagones contiguos del tren que me llevaba a casa. Uno cantaba con su amplificador atado a su carrito de la compra poniendo voz de Manzanero y otro tocaba una especie de xilófono o marimba que llevaba colgado del cuello. Y entre ellos numerosos viajeros con auriculares que no les escuchaban; entre ellos, yo, que tengo que bregar entre la pena que me dan y el fastidio de no poder escuchar mi propio iPod.

Antes de empezar la crisis solía avergonzarme pasar cerca de un músico de los que tocan en el transbordo de la estación de Maragall del suburbano barcelonés; sobre todo cuando sólo era yo el que pasaba. Solía quitarme los auriculares pues, ya que no iba a darle limosna, al menos no quería ofenderlo.  También llegué a bajarme del tren cuando el músico que se ponía a tocar durante el trayecto era especialmente malo o ruidoso y lo hacía para que no se viera mi mueca de desagrado provocada por la vergüenza ajena, que es la sensación humana que menos soporto.

Pero la crisis y mi vida de estos últimos tiempos son lo suficientemente perras como para insensibilizarme y ahora mis auriculares son el escudo contra la cruda realidad. La realidad de que el músico pedigüeño es una molestia y un incordio. Que está tan acabado y obcecado como las compañías discográficas que en su último estertor intentan seguir vendiéndonos a golpe de leyes dictatoriales, discos compactos que están tan obsoletos como el “Bésame Mucho” y el “Tico Tico” que se obstinan en tocar los acordeonistas rumanos del metro. Los músicos callejeros y las compañías discográficas son los extremos del mercado musical pero ambos se tocan en su creencia de que son necesarios y en su anacronismo.

Al igual que como comenté sobre el circo, nada tengo contra la gente que se intenta ganar la vida como puede. Veo como hay personas que ofrecen monedas incluso a los músicos más chirriantes,yo mismo he echado monedas a los talentosos músicos que tocan el el Portal del Àngel o frente al Museo Frederic Marés pero en este caso, como en ningún otro, el espectáculo de la indiferencia e incluso el reproche por la molestias que causan a los que leen o escuchan sus reproductores, los músicos callejeros, me afecta tanto como para amargarme y la verdad, ya tengo bastante con lo mío.

Paseando por mi barrio. (3)

Plaza de la Tolerancia

Si hay algo extraordinario en mi barrio es sin duda el Hipercor de Meridiana. Sí, sí el de la bomba. Aquel que fue escenario en 1987 del mayor atentado que ETA cometió. Por lo visto los gudaris pensaron que la libertad de Euskal Herria estaba seriamente amenazada por familias armadas con carritos de la compra. Yo nunca explico que me salvé del atentado aunque estuve ese día paseando por allí ya que abandoné las instalaciones un cuarto de hora antes de la explosión y sólo estuve en el edificio que está enfrente del que sufrió el atentado.

Porque lo que en el barrio denominamos el “Hipercor” en realidad son dos edificios gigantescos separados entre sí por una plaza llamada de la Tolerancia. Unos de los edificios albergar el Hipercor propiamente dicho y el otro es un pequeño Corte Inglés de tan sólo una planta. El Hipercor fue en tiempos unos almacenes Sears que fueron adquiridos posteriormente por la extinta Galerías Preciados para finalmente acabar siendo un centro comercial más del Omnipresente Corte Inglés.

Pero yo no quiero hablar en esta entrada del Hipercor sino de la plaza de La Tolerancia. Esta plaza es característica de una época, en la que el excelentísimo Ayuntamiento de Barcelona le dio por construir plazas y parques, sobre todo por la zona de Sant Andreu y Sant Martí, con una peculiar arquitectura. Esta consiste en una especie de laberintos de obra vista, formando terrarios o parterres donde hay plantado todo tipo de árboles y vegetación variada. De este tipo de plaza destacan por su tamaño el Parque de la Pegaso, llamado así porque en esos terrenos hubo una vez una fábrica de camiones y la Plaza Soller sinónimo cuando yo era adolescente de “barriobajeza” y lumpen.

Pues bien, la plaza de la tolerancia está construida con ese estilo y dada sus escasa dimensiones es la que presenta una apariencia más marcada de laberinto. Los muretes de ladrillo resultan que ni pintados para practicar algo que creo se llama “Parkour” y que consiste en jóvenes ataviados con ropa deportiva dos tallas más grande, que se desplazan dando brincos cual macacos de 40 quilos. La plaza de la tolerancia sirvió también en tiempos para la práctica del “Break dance” y también de algo que no sé como se llama y que consistía en hacer grafitis y bailar hip hop al mismo tiempo. Es decir una gilipollez que fue prontamente abandonada debido a su dificultad. Pero ahora es el turno del Parkour.

El otro día sin ir más lejos, después de efectuar unas compras en el Hipercor, me quedé contemplado a estos adolescentes dando brincos y haciendo cabriolas. Había alguna chica entre ellos con el pelo recogido en una característica cola de caballo que delataba su sexo ya que llevan una ropa tan ancha que es difícil discernir quien tiene uno o dos cromosomas equis. El embobamiento que sentí al ver a esos chicos jugándose el cuello emulando a lemures y titíes me impidió darme cuenta de una cosa: Yo estaba sin empleo y podía estar allí a esas horas, pero esos chicos ¿Cómo podían estar dando saltos en horario lectivo? ¿No iban al instituto? ¿En qué demonios están pensando sus familias?

Soy de la opinión que las catastróficas cifras de desempleo en este país están consolidadas sobre dos pilares: La sarnosa clase política que tenemos y el calamitoso sistema educativo que nos gastamos. ¿Cómo se puede tolerar que haya adolescentes saltando en plazas en horario escolar? En este país hay gente con dos o más  carreras superiores sin esperanza de encontrar empleo. ¿De que van a vivir estos muchachos?

Lo que hacen estos chicos es a mi juicio más grave que unas simple campanas o novillos. En mis tiempos los adolescentes dejaban de ir al instituto para jugar al futbolín o simplemente para fumar. Yo mismo he hecho alguna pella para, simplemente, no soportar el peñazo de la clase de latín(1). Pero los que no iban a clase sabían que estaban haciendo algo irregular. Eran señalados como vagos o como gamberros y el estigma hacía que alguno de ellos, en mi caso por ejemplo, regresaran a las clase y retomaran su educación.

Pero estos chicos creen estar forjándose una reputación como artistas urbanos e iniciando una carrera profesional. Es lo que tiene toda esta subcultura del el Hip Hop, el Rap y toda esta basura suburbana, que cualquiera cree que está a su alcance y que es un camino fácil al éxito. Para ser artista de verdad has de quemar tu juventud en escuelas de bellas artes o en conservatorios pero para ser rapero basta con llevar los pantalones a medio bajar y ponerte una gorra con la visera hacia atrás y ya eres un Eminem cualquiera.

La plaza de La Tolerancia está en un barrio de Barcelona, no está en Harlem ni en Los Ángeles. No hay salida profesional para saltimbanquis callejeros en este país. Puede que en Detroit sí, pero en Barcelona no y me da la sensación de que estos chicos y chicas, influidos por la publicidad,piensen que su futuro está en ser profesional del Parkour, el Skate o el hacer virivueltas en esas bicicletas tan pequeñas; y de ser  así, muy pocos pero muy pocos, lo lograrán.

De España se dice que no tienen un sistema productivo eficaz, pero no estoy de acuerdo: España tiene un sistema productivo muy bonito. España tiene industria, comercio, servicios y agricultura. Sierra Leona puede que no tenga sistema productivo eficiente pero España sí. Lo que no tiene España es sistema educativo normal, por eso son miles los hombres y mujeres que no encuentran empleo, porque el empleo de poca calidad está siendo “deslocalizado” y como la mayoría de las estadísticas demuestran la empleabilidad en España de profesionales y universitarios sigue siendo más elevada que la de quien no tienen estudios de ninguna clase. ¿Y qué hacemos ante este panorama? votamos a la derecha más rancia del continente y dejamos a su ser a los adolescentes para que vayan por ahí regresando al estado de primate.

Pero no nos preocupemos. Nuestro brillante gobierno intenta despojar de derechos y reducir los salarios de los trabajadores españoles, para que así regresen las fábricas que nos levantaron los eslovacos o los marroquíes. Aunque creo que se equivoca. Cualquier país con un gobierno como el nuestro puede rebajar todavía más la dignidad de su masa laboral, como ya ocurre en China o en el sudeste asiático. Y por lo tanto el convertir a los españoles en tailandeses no resultará mientras existan tailandeses originales.

(1) De pocas cosas me he arrepentido más en mi vida que de no prestar atención en clase de latín.

Adoro a las mujeres. Prólogo.

Nacimiento de Venus

Como soy ateo lo mas parecido a un ser supremo que conozco es la mujer.

Adoro a las mujeres. Siempre he estado rodeado de mujeres. De mis escasa amistades la mayoría son mujeres. En mi infancia siempre estuve excluido de las actividades para chicos, debido a mi severo asma, pues era demasiado inútil para ser aceptado en los equipos de futbol mientras que era frecuentemente invitado por las niñas a participar en sus escondites ingleses y en sus juegos de cocinitas. Este fue sin duda el origen de la cierta gracia para conectar con ellas que sin embargo no se tradujo en éxito sexual de manera proporcional, ya que he sido más veces de las que desearía, la mejor amiga de mis amigas.

No obstante no me quejo de haber sido el sustituto del amigo gay. He vivido grandes aventuras. Como coger un avión para tener una cita a ciegas. O recorrer Andalucía con una mujer, Aurora, cuya única ilusión era tener a alguien con quien hablar y jugar al Trivial.

He frecuentado los locales de ambiente de Barcelona con una gran amiga y he jugado al billar con lesbianas entre las cuales la más femenina… era yo.

He sido confesor de una otra amiga que a pesar de su divina belleza, me contaba que no había tenido relaciones con su marido tras diez años de matrimonio.

He llevado en brazos a una mujer ebria de metro ochenta hasta su cama, tras prometerle que si ella se quitaba la vida yo me encargaría de llevar a su hija a casa de su madrina; lejos del hombre que la había conducido a la depresión y que por accidente era el padre de la niña.

Con este equipaje no me extraña que los hombres nunca me hayan interesado demasiado. No he conocido a muchos con los que haya disfrutado conversando ni a muchos que compartiesen alguna de mis aficiones; y cuando lo he logrado siempre han sido hombres más mayores y más experimentados que yo con los que, obviamente, es difícil establecer una amistad llevadera.  Pero eso está cambiando. Ahora soy yo el hombre mayor y experimentado cada vez más intereso como amigo a muchachos más jóvenes que ven en mí a un Guillermo de Barskerville,  y claro, con el ego que gasto, tengo que evitar no ir por ahí con aires de Sr. Miyagi. Sobre mi calamitosa relación con otros hombres ya escribiré(1), ahora, volvamos al tema de las mujeres.

Cuando digo que adoro a las mujeres, me refiero que me gusta todo de ellas pues al más degenerado maltratador le gusta el cuerpo femenino. No, no me refiero a eso. Yo soy de esos hombres que encuentran fascinante todo cuanto tienen que ver con las mujeres: su belleza obviamente, su manera de moverse, sus prioridades y su actitud frente a la vida. Cosas como:

Que una de mis ex parejas me llame angustiada para que le resuelva un problema y cuando llego a su encuentro jadeante y sudoroso por las prisas; me diga que ya está todo resuelto.

Que Silvia, por ejemplo, trabajase de madrugada en una solitaria gasolinera soportando borrachos violentos sin rechistar y que luego por la noche llorase desconsolada porque había visto como le pegaban a un gato en la tele.

Entrar en mi oficina y hacerle un cumplido por su nuevo peinado a la telefonista adolescente que a duras penas aprobó la FP y un rato después hacérselo a la doctora en urbanismo y arquitecta de cuarenta y muchos y ver el mismo brillo de coquetería y felicidad en sus miradas.

Yo creo que te haces hombre, no cuando conoces bíblicamente a una mujer, sino cuando una te agarra del brazo y apoya su cabeza en tu hombro. Ese día, el día que el ser más perfecto de la creación te usa de apoyo, es cuando verdaderamente te conviertes en un hombre.

Hasta aquí mi opinión sobre las mujeres que ha de servir para que no se me acuse de machista ni de inexperto cuando en próximas entradas critique algunas cosas, sobre todo odiosas modas, a las que las mujeres son tan aficionadas.

(1) Esto ha sonado un poco “gayer” así que me corto un poco.