Instinto animal.

Dakar

Suceso ocurrido en la mañana del día 22 de febrero de 2013.

Prólogo.

Me encuentro parado frente al semáforo del cruce entre la calle del Cardenal Tedeschini y la Avda. de La Meridiana de Barcelona.  El frugal desayuno que he tomado en mi cafetería favorita se deshace en mi estómago produciéndome una agradable sensación de saciedad. Cae una lluvia fina apenas perceptible sobre la ciudad pero suficiente como para volver resbaladizo el pavimento de la calzada. Mi iPod Touch de cuarta generación toca una canción que no deseo escuchar. Pierdo de vista el semáforo. Mi prioridad es cambiar de canción.

Suceso.

Mientras pulso el icono de avance de mi reproductor musical, una motocicleta de trial conducida con un émulo de Jordi Arcarons, con mono, botas y casco más adecuados para atravesar el Teneré que para circular por una barriada barcelonesa, pasa a toda velocidad frente a mí. La inusitada velocidad del motorista llama mi atención. Veo como a pesar de las chuminadas de deporte extremo del motorista, este pierde el control de la moto, debido a lo resbaladizo del asfalto y se precipita al suelo con gran estrépito. La moto empeñada en cumplir con la primera ley de Newton, colisiona con un venerable anciano que cae con una graciosa pirueta sobre el panot húmedo.

Mi reacción.

Gracias a mi iPod Touch de cuarta generación no inicié el paso del semáforo lo cual me produce una sensación que pasa del alivio, pues pude ser atropellado por el motorista, a la indignación por la imprudencia del “tonto la moto”.

Me dirijo al lugar del accidente para servir de testigo si fuera necesario ante la llegada inminente de la policía. Ese estúpido motorista inconsciente hubiera podido hacerme mucha pupa. Pero me corto un poco en mi afán justiciero pues el motorista yace inmóvil en el suelo. ¿A ver si se ha matado?  Mientras el anciano es levantado del suelo por varias personas con gran esfuerzo.

El motorista reacciona y es ayudado a levantarse. El anciano atropellado tiene una raspadura sanguinolenta en la pantorrilla izquierda, pero comenta con voz trémula que está bien. Parece que le importa más que lo tomen por un anciano desvalido que el daño real que ha sufrido. El orgullo le duele más que la pierna.

El motorista farfulla algo imperceptible a una mujer que le está ayudando a incorporarse. Por sus movimientos deduzco que no le pasa nada. Mi ira regresa. Imagino mi declaración ante el agente policial con todo tipo de información para que cuando se celebre el juicio por la denuncia que imagino interpondrá el viejecito, le quiten todos los puntos y le pongan una multa de aúpa al ese repugnante gamberro motorizado. Mentalmente calculo como debían de estar los semáforos, la posición de los testigos y las posibles contradicciones en las que no debo incurrir. ¡Te vas a enterar! Vas a aprender duramente a no pasar los semáforos en ámbar.

Epílogo.

Mientras los sueños justicieros me hacen babear. El motorista se quita el casco, contraviniendo las más elementales normas de auxilio en caso de accidente. Fijo mi famosa mirada de mitad odio mitad asco, “brown steel”,  que tanto irritaba a mis jefes de la constructora, esperando ver las facciones simiescas del motorista pero mis ojos se topan con el vuelo de una cabellera negra y el rostro de una mujer de no más de 20 años, con rasgos andróginos pero de gran belleza. Su confusa mirada y la perfecta simetría de sus labios implorando perdón actúan sobre mí como un interruptor que contiene la indignación y el salivado. De repente mi acero marrón se convierte en terciopelo marrón. Hasta ese momento no me había dado cuenta como se ajustaba a su escultural talle el mono a la par que acentuaban unos poco prominentes pechos, cuya medida, compaginaba de manera sublime con las hombreras de su traje de aventurera sahariana.

Por lo visto el anciano atropellado también ha sufrido una metamorfosis similar pues tras ver a la muchacha se ha despedido atropelladamente de las personas que le ayudaron a incorporarse y ha desaparecido del escenario sin dejar rastro, para desconcierto de la venus rodante que inútilmente intenta dar datos sobre él, a su compañía de seguros.

Un señor que pasaba por allí me pregunta qué ha sucedido. Le digo que ha habido un accidente porque un viejo estúpido ha cruzado la calle cuando no debía, haciendo caer a la pobre chica que ha intentado no mandarlo al otro barrio, pero claro, con el pavimento resbaladizo hasta una experimentada amazona puede perder el equilibrio. Me despido cortésmente del señor y me marcho del lugar de los hechos mientras experimento un desconcertante ataque de amnesia.

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