Paseando por mi barrio.

Viviendas del Congreso

Me crié en un barrio singular. He crecido y he vivido la mayor parte de mi existencia en la frontera entre los barrios de La Sagrera y El Congrés en Barcelona. Digo que vivo en la frontera aunque debería decir que vivo en tierra de nadie. Mi calle pertenece administrativamente al distrito de Sant Andreu, pero ahí se acaba el acervo. Mi vivienda estaba antes que las construidas con motivo del Congreso Eucarístico de 1952 y aunque tan sólo 20 metros me separan de ellas, son suficientes para no pertenecer al barrio que lo forman. No obstante, 20 metros son 20 metros y me corresponda o no, El Congrés es mi barrio.

Y es mi barrio además porque la Sagrera está fragmentada en dos de manera tan abrupta por la Avenida de la Meridiana, esa que dicen es paralela a esa otra Meridiana celestial que de norte a sur divide el firmamento; que ambos lados de la misma parecen dos barrios distintos y por eso, nunca en mi calle decimos que pertenecemos a la Sagrera.

Mi barrio es tan singular que no todos los taxistas lo conocen. Durante años he tenido que dar indicaciones a estos para que me dejasen frente al Hipercor, que aunque queda algo lejos de mi portal, el recorrido se me hacía más llevadero que el tener que dar confusas directrices para llegar hasta mi casa.

Mi barrio alguna vez fue un barrio bajo. Cuando era niño se contaban truculentas historias de atracos y violaciones. Una mujer fue asaltada en el interior de mi portal, motivo por el cual la comunidad de vecinos decidió invertir en una lámpara que permaneciera siempre encendida y así evitar que ningún otro violador se ocultara en el lóbrego descansillo del ascensor. Ahora no sabría decir que estatura tiene mi barrio. Es bajo, medio, alto…Mi barrio es y ya está.

Tenemos algún edificio singular como el Mercado de Felipe II con sus lucernarios hiperboloides y la Iglesia de San Pio X, con su curioso campanario de hormigón de 10 plantas, una por cada Pio supongo. El templo por fuera es, bueno, muy postconciliar, pero por dentro la luz incide de una manera muy hermosa.

Yo vivo en la calle de Doña Concepción Arenal que es paralela a la de de Doña Emilia Pardo Bazán y perpendicular a la de Garcilaso de La Vega. Mucho abolengo literario para un barrio donde no queda abierta ninguna biblioteca. Las dos que conocí ya no están, las cerraron pues no están los tiempos para mantener recintos que sólo usan los ancianos para leer el periódico. Para eso están los bares.

La calle más larga está dedicada a Felipe II y siendo este como fue el emperador con mayúsculas, es una calle discreta, aunque en Cataluña ya se sabe, estos personajes no son apreciados sino no se explica que la plaza dedicada al Virrey Amat, el catalán más poderoso de todos los tiempos sea de lo más horrenda. ¡Qué país este mío, que considera personaje histórico y además favorito al Serrallonga y sin embargo excluya de su imaginario a Agustina de Aragón que era catalana. Cosas del nacionalismo supongo.

¡Ah!, se me olvidaba. Mi barrio fue en un tiempo el barrio del canódromo. Sí, un sitio donde se celebraban carreras de galgos. Cuantas horas de mi infancia pasé viendo correr a los perros. Mi abuela Rosario me llevaba con ella y alguna vez apostaba. Las apuestas consistían en acertar la pareja ganadora y por el orden de llegada. Estas se hacían en unas taquillas coronadas por un rótulo que decía el precio de la apuesta. Mi abuela siempre apostaba en la taquilla con el letrero que rezaba “25 pesetas” aunque alguna vez la vi en la de “50 pesetas”. Este tipo de apuesta era muy adictivo por el módico precio y porque si te gustaban dos perros, por ejemplo, el 3 y el 6 comprabas el boleto para ganador el 3 y segundo el 6 y el boleto para ganador el 6 y segundo el 3. Pero mi abuela no se enganchó, ni siquiera la única vez que la vi ganar; 1.000 pesetas nada menos que en aquellos tiempos era una pequeña fortuna.

Alzado del canódormo Meridiana.

El canódromo ya no existe. Era un espectáculo muy tedioso y muy incorrecto políticamente para los tiempos que vivimos, pues no sólo los perros eran tratados de manera, vamos a decir, poco edificante sino que además, la espera entre carrera y carrera de un cuarto de hora, era desproporcionada con respecto a la duración de estas, que apenas ocupaban un minuto . Ahora la pista es un parque para niños y el edificio con las taquillas, gradas y otras dependencias será algún día no sé qué museo.

Bueno, hasta aquí mi arrebato literario de hoy. Todavía me quedan muchas tardes para caminar por mi barrio hasta que encuentre un nuevo empleo por lo que hay tiempo de contar más cosas.

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