Pesadilla en la Cocina (2)

Alberto Chicote

Como comenté en una entrada anterior voy a recopilar en este blog algunas de las anécdotas y experiencias más extravagantes de mis muchos años como técnico en ingeniería civil y delineante. Y nada supera en sorpresa y extravagancia a mis experiencias con la comunidad china de Barcelona de principios de siglo. En esta ocasión voy a contar un par de cosas de las que me pasaron en las cocinas de restaurantes chinos.

Algo que me llamó la atención es la poca gracia que les hacía a los chinos que entrase en sus cocinas. No sé si será por sus tradiciones atávicas o simplemente que no querían que viese lo que allí se cocía, el caso es que siempre tuve que pedir permiso para entrar en sus cocinas y siempre me lo dieron de muy mala gana. En una ocasión, el dueño del restaurante se negó tan en redondo a que entrara a medir en la cocina que tuvo que ser mi jefe quien pidiera permiso en persona. El dueño del restaurante accedió a regañadientes, no sin antes entrar el primero en la cocina para avisar de mi llegada a los cocineros, tras lo cual se me permitió el paso. Dentro había no menos de 12 personas todas vestidas de calle, cocinando y lavando platos. Tan pronto como puse un pie dentro, todos aquellos hombres se quedaron congelados, fijando su mirada en mí.

Cuando digo congelados lo digo literalmente. Uno de los chinos estaba a punto de asestar un golpe con un gran cuchillo a algún tipo de ave y cuando aparecí se quedo con el brazo en el aire, quieto. Los que fregaban mantuvieron los cacharros y estropajos en la misma posición en que estaban cuando entré. Ni que decir tiene que me puso nervioso tanto la reacción de aquellos hombres como sus ojos, única parte de sus cuerpos que se movían siguiéndome. Por suerte, la cocina no estaba afectada por la reforma que nos habían encargado de acceso a discapacitados, por lo que disparé el medidor laser dos veces para tomar el ancho y largo del recinto y salí de allí a escape.Escalímetro

Tan rápido escapé de allí que olvidé mi escalímetro. Era uno de esos formados por varias láminas flexibles cada una con una escala diferente y que se pliegan en una funda. Me lo había regalado un industrial y me encantaba porque tenía unas escalas fáciles de ver y una funda de imitación de piel muy chula; así que lamenté haberlo perdido. Cuando regresé al cabo de unos días al restaurante a que me firmaran los proyectos, alguien del personal me reconoció y me devolvió el escalímetro. Me sentí feliz de recuperarlo y lo metí en mi mochila.

No fue hasta el día siguiente, que  lo tomé para hacer unas medidas cuando comprobé, que las láminas presentaban señales inequívocas de mordiscos. La huella de una dentadura era patente en algunos bordes de plástico y en la funda. El instrumento ya no servía y lo arrojé a la basura con gesto de asco. ¡Alguien se había comido mi escalímetro! Sí era humano o roedor no lo sabré nunca.

Tras esta experiencia, traté siempre de personarme a tomar medidas cuando el servicio de cocina no estuviera en marcha y así siempre pude entrar a medir las cocinas con facilidad. Pero hubo una vez que no hizo falta y se me granjeó la entrada sin problemas a la cocina. Fue cuando tuve que acudir a un restaurante chino del centro de Barcelona a legalizar una chimenea.  El dueño del restaurante, con el cual tuve una larga e intensa relación ya que la empresa me encargó a posteriori la legalización de todos sus negocios, que no eran pocos; me dijo que mi jefe le había explicado por teléfono que yo debía hacer una foto del hueco por donde la chimenea salía al exterior. Debo decir, que aunque el propietario me habló en castellano, bueno eso creía él, no acabé de entender lo que me dijo por lo que cuando se puso un impermeable pensé que íbamos a salir a la calle, estaba lloviendo ese día, y me mostraría el hueco en cuestión.

Pero para mi sorpresa cogió una silla, la colocó al lado de los fogones en donde un extraño guiso se cocía en un gran puchero burbujeante. Ni corto ni perezoso se encaramó a la silla y tras un leve forcejeo extrajo una de las placas del falso techo. Fue entonces cuando comprendí por qué se había puesto el impermeable: al abrir el falso techo cayó sobre él toda clase de porquería acumulada durante años, escombro, alambres, pelusas y otras cosas que no puede identificar. El impermeable cumplió su misión evitando que su propietario sufriera algún daño por los resto que cayeron sobre él, los cuales se dispersaron por todas partes pero con especial querencia al interior del puchero donde el enigmático guiso seguía burbujeando. Nadie se inmutó, ni el propietario, ni su mujer, ni sus dos hijas pequeñas que se reían por la gracia que les hacía cada expresión de mi rostro. Naturalmente nunca supe que fue del puchero y su guiso pero lo tuve presente las dos o tres veces que el propietario me invitó a comer cuando le llevaba los papeles a firmar de los trámites que yo hice para él durante aquellos años.

Superado el episodio del puchero, el chino me señaló un hueco que supuestamente daba al patio donde desembocaba la chimenea. Ese hueco estaba a una altura total de 5 o 6 metros del pavimento y el chino me dijo mitad en castellano mitad en mímica que me subiera a una escalera que acababa de traer su esposa y que me colara por el hueco hasta el patio. La escalera no llegaba a más de dos metros así que le dije que era imposible. El chino me dijo que unos albañiles se habían subido a dicha escalera y luego habían trepado hasta el hueco y que por lo tanto yo también podía hacerlo. Ante la perspectiva de romperme la crisma le contesté que la razón por la que era imposible es que yo estaba muy gordo para caber por aquel hueco lo que provocó una estruendosa carcajada de sus dos niñitas.

Convencido el chino de que no iba a subirme a ninguna parte, salimos a la calle en busca de algún sitio donde poder tomar la foto que mi jefe me había pedido. Comprobé aliviado que detrás del restaurante había un parquin y mi alivio se transformó en gozo cuando supe que el dueño del aparcamiento comía en el chino y era colega de mi cliente. Este nos facilitó acceso al patio dichoso desde donde se podía tomar la fotografía. Sin embargo no fue tan fácil como creí en un principio:

Primero tuve que pasar por una angosto ventanuco situado a metro y medio del suelo, dejando patente que en realidad sí que estaba gordo para pasar por según que huecos. Luego tuve que atravesar por un pequeño patio vecinal anterior al que me dirigía y donde sufrí el ataque furibundo de un perro faldero al que asusté con mi presencia, tras el cual tuve que sortear la bronca de la dueña que me increpó por asustar a su perrito y por último me enfrenté a una escalera de mano de un par de metros que apenas si se sujetaba al muro y que cimbreaba peligrosamente por efecto de mi peso.

Una vez en el maldito patio, comprobé que mi buen amigo chino me había seguido y me señalaba estoicamente el lugar por donde salía su chimenea. Me dispuse a tomar la foto pero comprobé que no cabía en el encuadre y busqué un sitio más alejado para tirar la foto. El chino me señaló un tejadillo detrás de un pequeño muro y me dijo en su español peculiar que me subiera sin miedo que el tejado aguantaba. Le hice caso sin pensar, debido al agobio que llevaba encima y tan pronto puse un pie en dicho tejado este empezó a hundirse y si no llega a ser porque me había agarrado fuertemente al murete, ahora quién sabe en que puchero habría caído.

Tras mirar con mis más criminal mirada al chino tomé la foto como pude contorsionándome para conseguir que toda la chimenea quedara encuadrada. Cuando empecé a sentir que mis vertebras crujían logré el encuadre y me dispuse a tomar la foto, pero en ese momento me di cuenta que un gato muy gordo, se había echado sobre el arranque de la chimenea. Permanecí hecho un ovillo intentando espantar al gato con ridículos gritos, pero ni caso. Así que opté por tomar la maldita foto y salir de allí pitando. En aquella época no se estilaba el Photoshop, así que el proyecto de legalización de la chimenea llegó al ayuntamiento con unas magníficas fotos del tubo de chapa galvanizada , del sombrerete normalizado y de un gato perezoso y capón.

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Autobombo.

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