Una mañana de noviembre.

Noviembre puede ser un mes muy duro si eres asmático crónico como yo. Noviembre podía ser un mes cruel si eras un niño asmático crónico en los años setenta como lo fui yo.

Hace cuarenta años ese niño de los setenta pasó una mala noche. Apenas había podido dormir y estaba exhausto. Un simple resfriado estaba encharcando sus bronquios y el espasmo empezaba a hacerse notar. Cada bocanada de aire iba acompañada de los tenebrosos sibilantes a cuyo sonido, el hombre que es ahora, todavía no ha logrado acostumbrarse. Hoy en una situación así, se levantaría de la cama y se aplicaría el inhalador de salbutamol y todo arreglado, pero aquel niño de los setenta, no tenía un inhalador.

Aquel niño de los setenta sabía que le esperaba un suplicio de muchas horas. Sí el bronco espasmo era muy fuerte su madre le pondría un supositorio antiinflamatorio y retrasaría la partida al colegio unas horas. Si era leve, entonces aquel niño de los setenta tendría que levantarse, vestirse, tomar su leche con cacao e ir a clase como los otros niños de los setenta. Así fue educado ese niño. – Sí no tienes fiebre, tienes que ir al colegio– pero ese niño no tenía ganas de ir a ninguna parte; no se tiene ganas de nada cuando no puedes respirar con normalidad.

Así que esa mañana de noviembre, de hace cuarenta años, esperaba desde la cama a que su madre le despertara y empezara el martirio; pero su madre no entraba a despertarle. Mientras escuchaba los sonoros pitidos de su pecho empezó a darse cuenta de que algo no iba bien. Su madre habría la puerta de la habitación cada día lectivo a la misma hora con puntualidad, pero hoy no.

Con la confusión mental que el asma le provocaba, el niño de los setenta se consoló pensando que quizás su madre, habría oído los silbidos de su pecho mientras él dormía y que ya había decidido de antemano dejarle dormir y llamar al médico a media mañana. Alguna vez había sucedido, pero él había notado la presencia de su madre en aquellas ocasiones y hoy no, así que no podía ser. El juicio materno que decidiría si se quedaba en la cama o iba al colegio con asfixia, estaba por celebrarse. El niño de los setenta se sintió desconsolado.

Pero algo pasaba, sin duda, su madre tardaba más de la cuenta en despertarle y eso sí que no había sucedido nunca. Como era de esperar el nerviosismo que sentía por el extraño comportamiento de mamá acentuó los síntomas del asma y esto a su vez aumentó el deseo de que ese día no tuviera que ir jadeando a la escuela. Y tal como era habitual, el niño de los setenta pidió al Dios en el que le habían enseñado a confiar, que le dejara ese día en la cama.

No. No es esta una historia navideña ni de niños buenos ayudados por la divina providencia. Aunque el milagro ocurrió. La madre del niño de los setenta abrió la puerta del dormitorio y sin ni siquiera entrar comentó en tono solemne:

– David, no te levantes. Hoy no hay colegio… Ha muerto Franco.

El niño de los setenta que fui se sintió aliviado. Aunque su pecho ardía y silbaba como una armónica desafinada, se sintió feliz de no tener que enfrentarse al frío mundo de noviembre sin aire. El niño de los setenta, más tranquilo, pudo conciliar el sueño y dormir un poco.

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2 comments

  1. Simplemente maravilloso, no me esperaba absolutamente el final.
    Hace meses que te tenía en el Reader -no sé cómo fue a parar tu blog allí- pero nunca te había leído.
    En tu entrada anterior leí que tenías pensado dejar de escribir este blog, espero que lo hayas pensado mejor y continúes con él, porque es realmente bueno.
    ¡Un saludo! 😉

    1. ¡Qué amable!

      Escribir este blog me entretiene y no creo que deje de hacerlo pues, nada pretendo y me cuesta poco. Sí además recibo buenas críticas, menos posibilidades hay de que lo deje.

      Gracias por tus palabras y por tu tiempo. Deseo que en tu reader sigan colándose blogs, mejores que este mío, si puede ser.

      Un saludo.

      D.

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