Gran acopio de alimentos.

He acompañado a mi madre al mercado de Felipe II. Mi madre antes de empezar a comprar desayuna en uno de los bares que hay dentro del mercado así que hoy yo también he desayunado allí. La camarera y dueña del bar, nos sirve sendos bocadillos de tortilla de alcachofa y café con leche. Mientras mi madre disuelve la sacarina en su café observo como la camarera comienza a voltear una morcilla y unas tiras de cebolla en la plancha. Un tipo con un abrigo marrón ha pedido que le pongan esa morcilla y esa cebolla entre media barra de pan. Evaluó las consecuencia que tendría en mi organismo ese bocadillo de morcilla pero me interrumpe una chica gordita con una camiseta blanca y unas gafas de pasta, para ofrecerme una bolsa de plástico al tiempo que me comenta:

– ¿Quiere colaborar con la recogida de alimentos?

– No gracias. – Contesto con la cara de perro con la que deniego desde hace años cualquier petición de limosna. La chica gordita intenta convencerme loando el carácter altruista de su cometido y yo fijo mi vista sobre unos enormes y flácidos pechos que inútilmente pretende sujetar con un sostén del todo inapropiado y que se marca bajo las siguientes palabras impresas en la camiseta:

Gran recapte d'aliments

“Gran acopio de alimentos” traduzco mentalmente mientras la chica gordita continua con su lastimosa cháchara.  Mis ojos abandonan sus catastróficos senos y se clavan en una gran caja de cartón sobre un palé de madera, situada unos metros a mi izquierda,  donde está escrito el mismo mensaje. Esta vez, sin embargo mi atención se concentran en la parte donde dice:

Gran recapte d'aliments

Todo este tinglado de la recogida de alimentos está patrocinado por una entidad bancaria que podría comprar toneladas de alimentos y repartirlos juiciosamente entre los más necesitados de sus hipotecados clientes, por ejemplo. Pero en vez de eso, ha decidido  que sean los ciudadanos hipotecados, los que cedan caritativamente alimentos comprados de su bolsillo. Quién mejor que el ciudadano acosado por la crisis, conoce las verdaderas necesidades de la gente que pasa privaciones. Los ejecutivos de “La Caixa” están dotados de cerebros analíticos muy útiles en el fragor de las batallas bursátiles pero inapropiados para temas de índole humanitaria y podrían decidir inconscientemente, que los pobres pueden necesitar  toneladas de arroz y patatas. Es mejor sin duda, que sea la gente de a pie, la que verdaderamente sabe lo que precisan los menesterosos, la que garantice un continuado suministro de latas de tomate a punto de caducar  y los barquillos esos que nadie se come y que siempre vienen en los lotes navideños.

Esos mismos ejecutivos, que tan eficientemente han mandado comprar y rotular esas cajas de cartón, podrían decidir también que fuera una empresa de logística quien las montase y colocase encima de los mohosos palés. Pero eso nuevamente carecería de la componente humanitaria propia de los actos benéficos, así que, lo más idóneo, será que lo hagan voluntarios que suplan la falta de remuneración y experiencia  con fe inquebrantable en la solidaridad y bondad de la gente.

La chica gordita, se olvida de mí y acude en busca de un mejor buen samaritano, agitando cómicamente la bolsa que pretendía darme. Mis ojos vuelven al bocadillo de morcilla al que el tipo del abrigo marrón está apunto de hincarle el diente. Por unos momentos pienso en arrancárselo de las manos y junto con mi medio bocadillo de tortilla depositarlo en la caja de cartón del “acopio de alimentos” contribuyendo a reducir el hambre y los índices de colesterol del tipo del abrigo marrón, pero una fugaz visión de ejecutivos de “La Caixa” abalanzándose sobre los bocadillos y devorándolos me hace desistir y concentrarme en otras cosas… puede que los pechos de la voluntaria no fueran tan catastróficos al fin y al cabo.

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Temo a los griegos incluso cuando hacen regalos (2)

(Barcelona 28 de noviembre. interior noche.)

– Sonido de llamada telefónica…. Descuelgan. – Love, love, love nanainioonaino…- Aparto el auricular con gesto de dolor. La tonada del tal Makako a todo volumen ha traspasado el umbral del dolor de mi oído.

-Bienvenidos al servicio de atención al cliente de Orange. Si desea información sobre tarifas y descuentos pulse 1, para configurar su conexión ADSL, pulse 2 para cualquier otra consulta pulse 3.

– 3.

– La llamada va a ser transferida a un operador. Le recordamos que para su satisfacción y mejora de nuestro servicio esta conversación va a ser grabada.

– Buenas noches le atiende Gabriela Rosemary en qué puedo ayudarle.

– Buenas noches verá he recibido un correo electrónico donde me dan las gracias por contratar un servicio que yo no he solicitado.

– Dígame su nombre para dirigirme a usted.

– Me llamo David Torres.

– Bien David. ¿Es usted el titular de la línea?

– Sí – No sé si se ha notado mi enfado por su tuteo.

– Puedes darme tu DNI para comprobarlo.

– Sí, es el 351… con la letra R de Roma.

– Bien David ¿en qué puedo ayudarle?

– Pues que ustedes me felicitan por la adquisición de un servicio y yo no he contratado ningún servicio.

– Bien David, déjeme que compruebe su factura para saber que servicios tiene contratados, no se retire. Love, love, love nanainioonaino… Ahora son mis dos tímpanos los que presentan síntomas de inminente rotura. ¿Por qué pondrán esta música tan fuerte? – Love, love, love nanainioonaino… – El tiempo pasa. Repetición del estribillo ad nauseam y a todo volumen. Conecto el manos libres pero la música está tan alta que temo despertar a los vecinos. Vuelvo al auricular. – Love, love, love nanainioonaino…Pasan los minutos. He tenido tiempo de hacerme una leche caliente con cacao donde me propongo mojar un trozo de pan. – Love, love, love nanainioonaino… David, gracias por permanecer a la espera.

– Contesto con un sí ahogado por el primer trozo de pan pringado en cacao.

– Tiene usted una línea de ADSL de 6 megas. – ¿Seis? Ahora me entero. Por como me va la conexión yo diría que son dos como mucho y no muy espabilados.- Tiene también el pack antivirus…- Lo recuerdo. Me lo regalaron cuando me pase a ADSL y nunca he conseguido instalarlo; creo en el MIT y en la Universidad de Stanford tampoco lo han conseguido instalar.- Y veo que también tiene el pack Tranquilidad Naranja.

– ¡Pare!- Grito espurreando leche con cacao por todo el escritorio.- Eso yo no lo he pedido.

– Se trata de un plan que le garantiza una conexión libre de virus, spam y con servicio técnico en menos de 24 horas.

– Sí ya, pero yo no lo he pedido.-

– El plan se llama Tranquilidad Naranja y veo que se le ofreció en llamada telefónica en pasado uno de julio.

– Pues en esa llamada dije que no lo quería además es evidente que no funciona pues se llama Tranquilidad Naranja y yo, además de intranquilo estoy rojo de indignación.

– Gabriela Rosemary lanza una risita por culpa de mi comentario jocoso.- Entonces… ¿No lo quiere David?

– No. No lo quiero ahora como no lo quise cuando me lo ofrecieron en julio.- Comento mientras limpio de migas la pechera de mi pijama.- Lo que me llama la atención es que me adjudiquen un servicio que expresamente me he negado a comprar.

– Ya…- Noto como Gabriela Rosemary se pone tensa. Piensa que voy a echarle una bronca.

-No voy a enfadarme con usted (remarco el usted para que aprecie mi educación de colegio subvencionado) pues sé que no es la presidenta de France Telecom y ninguna culpa tiene.

-¡Je! – Dice entre sorprendida y agradecida, Gabriela Rosemary.

– Pero sé que esta llamada está siendo grabada y voy a decir algo por si alguien la escucha. Puede que de nada sirva pero quizás esta llamada junto con otras de otros abonados puedan llegar a tener cierto peso estadístico y su empresa desista con el tiempo, de ciertas prácticas comerciales.

¡Je! – La sorpresa de Gabriela Rosemary va en aumento. Acostumbrada a los insultos de maleducados no sabe como reaccionar a mi verborrea, más confusa que de costumbre ya que me he quemado la lengua al sorber la leche con cacao.

– Verá esta empresa lleva varios meses llamándome para proponerme ofertas de productos de seguridad y de manutención de mi línea de ADSL a las que sistemáticamente digo que no, pues llevan aparejadas contratos de permanencia. Pero lo más curioso es que durante este mismo tiempo mi conexión a internet está sufriendo numerosos cortes y problemas de transmisión lo cual puede deberse a dos cosas: a una simple y fortuita casualidad o a una simple y premeditada extorsión.

– ¡Ji! – Gabriela Rosemary no sabe como contestar a mi cháchara y nos sumimos en un incomodo silencio.

– Estoy en el paro y no sé hasta cuando podré seguir pagando la conexión a internet por lo que no quiero arriesgarme a contratar nada que pueda suponer una costosa penalización, si como resulta factible, debo finalizar nuestra relación contractual. ¡Lo han oído! Me refiero a los encargados de escuchar estas grabaciones y no a la operadora que me está atendiendo.- Doy un gran sorbo a la leche con cacao aprovechando que ya está templadita.

– ¡Je!… Bien David pues le doy de baja. Le podemos garantizar que ya no tiene contratado el plan Tranquilidad Naranja. ¿Podemos ayudarle en alguna cosa más?

– No eso era todo.

– Bien David pues si es tan amable le rogamos que conteste a las preguntas del cuestionario sobre nuestro servicio al finalizar esta llamada.

– Me despido y contesto al cuestionario otorgando la máxima puntuación a Gabriela Rosemary. Seguramente dentro de cinco o seis meses volveré a llamar para que me anulen el servicio que me negué a contratar y que comenté en una entrada anterior de este blog, pero ya me ocuparé de eso ahora lo más urgente es ver como limpio mi precioso Samsung Galaxy SII de restos de pan mojado en leche con cacao.

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¿Qué me pasa Doctor?

Médicos

– Buenas tardes doctor. – Saludo con gesto cansino a mi médico de cabecera.

– Buenas. ¿Qué tal? ¿Qué le ocurre mmm… David? – Comenta el médico ojeando mi historial.

– Le explico… Padezco de ansiedad y depresión desde hace un tiempo.

– Sí, ya me acuerdo de usted… ¿Y cómo va ese ánimo, dígame?

– Raro.

– ¿Raro, en qué sentido?

– Verá Doctor. Hace dos años perdí mi trabajo, me separé, perdí mi casa, parte de mis ahorros y mi perro.

– ¿Todo a la vez?… Entiendo, siga. – El médico comienza a tomar nota un bolígrafo que le dieron en un congreso sobre hipotiroidismo.

– Pues que estoy desanimado, desganado, triste y falto de fuerzas.

– Normal en su situación. – Me comenta mientras arranca una hoja de un bloc con la marca de un antipirético en el encabezado de cada página. – ¿Dónde está lo raro?

– Verá, me siento cada vez más estancado, más… – Contesto tartamudeando.

– ¿Más qué? – Inquiere el médico mientras subraya alguna cosa con un fosforito que imita graciosamente un gotero.

– Pues de pronto, no sé, todo me molesta, no soporto a los jóvenes de hoy ni la televisión… Cosas que antes me daban igual o incluso que me gustaban ahora me irritan.

– ¿Por ejemplo?

– …. me molestan las extravagancias, la frivolidad, las odiosas modas…

– …mmm, principio de misoginia, incipiente homofobia… – Comenta susurrando el doctor.- Siga.

– Me irrita… – ¿Ha dicho homofobia? Debo de haber entendido mal, pienso mientras vuelvo a tartamudear. – Me irrita, digo, ver a según que gente que no lo merece, trabajando mientras yo no tengo oportunidades.

– … mmm, los inmigrantes, vamos.

– ¡Yo no he dicho eso! – Protesto abriendo mucho los ojos, mientras el doctor continúa escribiendo. – No me refería a…

– ¿Qué más? Me interrumpe el galeno grapando unos papelitos de mi historial con su grapadora con el logotipo de un antihistamínico.

– Algunos temas me hieren profundamente, no sé, lo de la independencia de Cataluña, me indigna y eso que ni me va ni me viene.

– … mmm, nacionalismo reactivo… continúe.

– No sé si será eso, pero en ocasiones, hasta defiendo al gobierno actual, cuando hace unos meses echaba pestes de él. ¡Qué no habré dicho contra la reforma laboral o sobre el rescate de la banca! y ahora, míreme, dice algo en contra suya el Financial Times y me pongo negro, ¿Lo entiende usted, doctor?

– …mmm. Se siente desamparado y busca protección en la autoridad…suele pasar.

– Si usted lo dice. – Desconcertado, espero a que el médico diga algo pero éste sigue escribiendo. – Bueno… pues no sé. – Balbuceo con la esperanza de llamar la atención del facultativo.

– Bien, bien. – Comenta cantarín el médico mientras comprueba la fecha en un calendario con el nombre de un antiemético escrito al final de cada mes. – ¿Y esos síntomas, “raros”, cuándo aparecieron?

– Hace dos o tres meses.

– Ya. – El doctor toma nota de la fecha y le pone un clip del color corporativo de una farmacéutica, a no sé qué de mi historial. – Ya se le acaba el subsidio ¿no?

– En febrero, creo.

– Bueno, bueno… – Canturrea el médico mientras me mira por encima de sus gafas de leer. – A ver que hacemos con usted… – Me dice con tono paternalista y risueño.- En principio yo no me preocuparía es algo normal, sobre todo, a su edad. – el médico comprueba mi edad en el historial.- 44 años… ¡Lo qué yo decía!

– ¿Pero qué es doctor?

– Se está usted volviendo de derechas. Es algo muy común en tiempos de crisis. Le pasa a muchísima gente. No hay más que ver las pasadas elecciones gallegas. No tiene nada que ver con su estado ánimo. Es algo natural, a algunos les ocurre antes y a otros después. Ya verá ahora, con las elecciones catalanas, ¡así, así de gente se ve afectada!

– Pero no puede ser. Sí siempre he sido de izquierdas: Soy tolerante, agnóstico, ecologista y además estoy afiliado a un sindicato.

– Precisamente, ese es el grupo de riesgo; lo que se creen de izquierdas. Como usted, amigo David, pero usted no es de izquierdas, como mucho, un progre.

– ¿Pero qué me dice? – Exclamo entre aspavientos.

¡No se agobie! En tiempos difíciles y con lo que usted ha pasado es normal que afloren los instintos más básicos. ¡Tranquilícese! En su estado de depresión no conviene alterarse.

¿Y qué me recomienda?

Nada. Se le pasará. Cuando vuelva a tener trabajo y su vida vaya mejorando verá como vuelve poco a poco a sus niveles anteriores de progresismo. Mientras tanto, distráigase, haga ejercicio y beba mucha agua… Claro que también puede intentar ser de izquierdas de verdad, pero yo creo que le faltan coj… quiero decir, aptitudes; y a su edad… no sé, pruebe. – Sentencia el médico mientras me extiende una receta. – ¡Tenga! Tómese estas vitaminas. Una al día. ¡Y no descuide su medicación, ¡eh!.

Gracias doctor. – Me despido del médico tan avergonzado como si lo que me hubiera diagnosticado, fueran ladillas.

(Inspirado en una conversación con mi hermano de hace unos días)

Una mañana de noviembre.

Noviembre puede ser un mes muy duro si eres asmático crónico como yo. Noviembre podía ser un mes cruel si eras un niño asmático crónico en los años setenta como lo fui yo.

Hace cuarenta años ese niño de los setenta pasó una mala noche. Apenas había podido dormir y estaba exhausto. Un simple resfriado estaba encharcando sus bronquios y el espasmo empezaba a hacerse notar. Cada bocanada de aire iba acompañada de los tenebrosos sibilantes a cuyo sonido, el hombre que es ahora, todavía no ha logrado acostumbrarse. Hoy en una situación así, se levantaría de la cama y se aplicaría el inhalador de salbutamol y todo arreglado, pero aquel niño de los setenta, no tenía un inhalador.

Aquel niño de los setenta sabía que le esperaba un suplicio de muchas horas. Sí el bronco espasmo era muy fuerte su madre le pondría un supositorio antiinflamatorio y retrasaría la partida al colegio unas horas. Si era leve, entonces aquel niño de los setenta tendría que levantarse, vestirse, tomar su leche con cacao e ir a clase como los otros niños de los setenta. Así fue educado ese niño. – Sí no tienes fiebre, tienes que ir al colegio– pero ese niño no tenía ganas de ir a ninguna parte; no se tiene ganas de nada cuando no puedes respirar con normalidad.

Así que esa mañana de noviembre, de hace cuarenta años, esperaba desde la cama a que su madre le despertara y empezara el martirio; pero su madre no entraba a despertarle. Mientras escuchaba los sonoros pitidos de su pecho empezó a darse cuenta de que algo no iba bien. Su madre habría la puerta de la habitación cada día lectivo a la misma hora con puntualidad, pero hoy no.

Con la confusión mental que el asma le provocaba, el niño de los setenta se consoló pensando que quizás su madre, habría oído los silbidos de su pecho mientras él dormía y que ya había decidido de antemano dejarle dormir y llamar al médico a media mañana. Alguna vez había sucedido, pero él había notado la presencia de su madre en aquellas ocasiones y hoy no, así que no podía ser. El juicio materno que decidiría si se quedaba en la cama o iba al colegio con asfixia, estaba por celebrarse. El niño de los setenta se sintió desconsolado.

Pero algo pasaba, sin duda, su madre tardaba más de la cuenta en despertarle y eso sí que no había sucedido nunca. Como era de esperar el nerviosismo que sentía por el extraño comportamiento de mamá acentuó los síntomas del asma y esto a su vez aumentó el deseo de que ese día no tuviera que ir jadeando a la escuela. Y tal como era habitual, el niño de los setenta pidió al Dios en el que le habían enseñado a confiar, que le dejara ese día en la cama.

No. No es esta una historia navideña ni de niños buenos ayudados por la divina providencia. Aunque el milagro ocurrió. La madre del niño de los setenta abrió la puerta del dormitorio y sin ni siquiera entrar comentó en tono solemne:

– David, no te levantes. Hoy no hay colegio… Ha muerto Franco.

El niño de los setenta que fui se sintió aliviado. Aunque su pecho ardía y silbaba como una armónica desafinada, se sintió feliz de no tener que enfrentarse al frío mundo de noviembre sin aire. El niño de los setenta, más tranquilo, pudo conciliar el sueño y dormir un poco.

Temo a los griegos incluso cuando hacen regalos.

Caballo troyano.

(Transcripción y comentario de una llamada recibida el día 16 de noviembre de 2012)

La llamada de teléfono interrumpe mi merienda a base de castañas asadas con el microondas.

-Diga. Espero que se haya entendido que he dicho, diga pues no he acabado de masticar la primera castaña.

-Buenas tardes. ¿Es usted David Torres? – Me pregunta una voz de mujer joven.

– Soy yo – contesto evitando decir el adverbio sí. Siempre evito decir sí cuando recibo llamadas comerciales.

– Encantada David. Le llamo de Orange para agradecerle su fidelidad a nuestro servicio – Ya puede decirlo. Tengo mi conexión de internet con Orange hace más de 10 años.

Por eso, David queremos obsequiarle con un descuento en su tarifa.– No me gusta un pelo que me tuteen los desconocidos. Me pone nervioso, tanto que desisto en mi intento de pelar una castaña mientras sujeto el celular.

– El descuento, David, sería del 10% de su tarifa mensual…- quiero decir algo, pero la chica habla endiabladamente rápido y no puedo interrumpirla. Sé de antemano lo que va a decirme: “Este descuento lleva aparejado un contrato de permanencia”.”

– Lo único que tiene que hacer, David, es permanecer con nosotros 12 meses más- (¡Bingo!) – para activarlo tiene que… – Decido que ya  he escuchado suficiente y con mi voz más solemne y masculina le interrumpo, no sin antes asegurarme que no quedan restos de castaña en mi boca.

– ¡No!. No quiero descuentos.- Una nueva frase sin decir sí, vamos bien.

– Bien David, lo entiendo pero puede decirme ¿por qué? – Me pregunta con tono de desconcierto. Su insistencia en tutearme me provoca ansiedad y la ansiedad me hace desear aún más comer castañas.

– Verá aceptar ese descuento comporta aceptar también, como me ha indicado, un contrato de permanencia y resulta que estoy desempleado por lo que lo último que me interesa es atarme a nada. Contesto con la esperanza de que el mencionarle que soy un parado le haga perder el interés y se desentienda de mí como si fuera un apestado.

– Ya David, pero pagaría menos- insiste la chica como si yo no supiera lo que significa descuento. ¡Claro! como no he protestado por el tuteo debe de pensar que soy un niño.

– Lo sé, pero al tener el contrato de permanencia me penalizarían gravemente en caso de darme de baja, algo muy factible dado que como le he dicho, estoy parado.

Orange, fue mi operador de telefonía celular y por no ser cuidadoso me crujieron cuando me cambié a mi compañía actual. Les acepté una oferta por un teléfono nuevo, sin darme cuenta que tenía permanencia y cuando me di de baja la penalización equivalía al resto del precio del teléfono)

– Entiendo David. En ese caso podemos ofrecerle un servicio de garantía total con un precio de 120€ que le proporciona un servicio que…- ¡Para la cinta!

Vamos a ver, ¿desde cuándo estar desempleado es indicativo de tener dinero para gastar? Puede que me esté haciendo mayor, pero en mis tiempos estar en el paro era algo más próximo a la indigencia que a la “Dolce Vita”. Y por otra parte ¿Cómo puede un comercial, por agresivo que sea, pensar que pagar 120 “lauros” a tocateja es algo más atractivo para un parado, que el descuento del 10% que acaba de rechazar?

– …bla, bla, bla. – La chica me explica las bondades del servicio de los 120€, tiempo que aprovecho para tomar aire, moderar el cabreo por el continuo tuteo y preparar mi laringe para un sonoro ¡No! en caso de que sea de menester.

– Lo siento, ya le he dicho que no me interesa ningún producto.

– Gracias David ya sabe que para cualquier consulta puede ponerse en contacto con nosotros…- Oigo despedirse a la comercial mientras repaso mis palabras por si acaso he dicho algún sí. Creo que no he pronunciado ninguna afirmación que pueda ser manipulada para falsificar un consentimiento. Puedo por fin, ocuparme tranquilamente del resto de castañas asadas con microondas.

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