Cara de panoli

9 de febrero.

Estoy frente a la estación de Girona. Son las nueve y media pasadas de la noche. Tengo frio y ganas de orinar. No puedo ir al servicio pues sostengo una barra de pan de la que comerá alguien más.

Tengo frio y cara de panoli pues entre todos los que esperan soy el elegido por un pedigüeño para que le dé unos céntimos. Automáticamente le digo que no.

Tengo frio y remordimientos. Busco unas monedas para dárselas al pobre hombre que debe tener frio también. Un euro le ayudará y calmará mi conciencia.

Tengo frio y estupor. Antes de alcanzar al mendigo, éste saca su celular y se pone a hablar tranquilamente mientras rebusca sin afán en una papelera . No tiene para comer pero sí para pagar una línea telefónica. No lo entiendo.

Tengo frio porque hace frio y tengo cara de panoli porque la merezco.

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Lenguaje inclusivo.

Sra. Montero o Montera:

Espero que no le moleste que feminice su apellido, dado que usted ha dicho que hace lo que haga falta por la igualdad entre hombres y mujeres.

¡Pues claro que sí! Una reunión de representantes de organizaciones está llena de portavoces y portavozas. No nos bastaba con los miembros y miembras, ahora viene usted y feminiza lo femenino. Como el plural del substantivo voz no acaba en “a” pues no vale y me invento voza porque yo y la causa lo valemos.

Sabe, hay algo que respeto casi tanto como a las mujeres y es mi idioma, pese a lo cual no voy a poner comillas en las numerosas palabras que me voy a inventar para asegurar un uso políticamente correcto de mi lengua materna (o paterna).

No quiero que nadie se sienta excluido, quiero que mi mensaje llegue alto y claro a todos los progres y progras de clase alta que dicen ser de izquierdas o izquierdos pero no son más que un atajo de quejicas y quejicos incapaces, por lo visto, de sentirse aludidos si no se especifica el género de cada substantivo.

El plural masculino en castellano incluye ambos géneros. Estar diciendo: diputados y diputadas, senadores y senadoras, ciudadanos y ciudadanas, es improductivo y muy pesado.

Si no les gusta pidan a la RAE que lo cambie. Yo no me voy sentir herido si a partir de ahora es el plural femenino el inclusivo, pero me voy a cabrear si no encuentro trabajo por ser cincuentón o no puedo cobrar una pensión porque Rajoy ha agotado el fondo de reserva.

Luego se preguntan por qué pierden votantes y votantas. Cagarse en la lengua no los convierte en mejores activistas o activistos sino que los hace parecer ignorantes e ignorantas que sólo causan risa a la derecha que deberían combatir, que vale, son unos corruptos irredentos, pero saben hablar.

No quiero ni pensar en lo que son ustedes capaces o capazas de inventarse en temas económicos o sociales de los que no tengo ni idea viendo lo que hacen con el idioma. No es que yo sea un experto gramático como denota este blog de ortografía deficiente y pobre vocabulario, pero al menos sé distinguir cuando una portavoza habla o eructa.

Tampoco quiero que piense que la critico por ser mujer, por eso intento hablar como usted para que gente como la batuta de su partido, perdón el batuto, Don Pablo, también se sientan aludidos junto al resto de rebeldes y rebeldas de su grupo parlamentario o grupa parlamentaria, de nombre interminable e ideología indeterminada.

En fin, tenía más cosas por decir pero mi dispositivo tiene corrector ortográfico pero no político y estoy cansado de luchar contra él. Así que por mi os podéis ir todos a la porra o al porro… eso ha sonado mal, quería decir idos a hacer puñetas o puñetos.

Te echo de menos Clipo

Te echo de menos Clipo. Sé que la mayoría de la gente te detestaba pero a mí me gustabas. En aquellos años el trabajo era duro, yo era joven y algunas tareas se me hacían cuesta arriba debido a la falta de experiencia y aplomo.

Pero allí estabas tú para dar un toque entrañable, inocente, a aquellas largas horas extras no pagadas. Reconozco que a veces te fui infiel con el perrito e incluso con el Einstein pero carecían de tu carisma y siempre volvía a ti. Sí, ya sé que pocas veces te usé, que yo era más partidario de presionar “F1”, pero me bastaba tu compañía.

Ahora Office es tan sobrio tan aséptico y yo soy ya tan mayor. Ahora el trabajo me resulta más fácil y está mejor pagado, pero mis vertebras y tendones se encargan de endurecerlo.

Me gustaría tanto tenerte de nuevo y poder echarte un vistazo entre punzada y calambre. Con el ibuprofeno y tus llamadas de atención, seguro que todo sería más llevadero.

Yo he madurado, Excel ha madurado y ya no hay sitio para asistentes de dibujos animados, bueno no hay sitio para ti ni en Office ni en este mundo infantil. Quién sabe si ofenderías a alguien por tener los ojos saltones, por ser delgado o ir sin ropa. Tal vez alguien se traumatizaría con los golpecitos sobre la pantalla que dabas sin avisar y pusiera alguna denuncia a tus desarrolladores.

En fin, te echo de menos y quiero que lo sepas desde el soporte magnético u óptico en el que estés archivado, quien sabe, si esperando tiempos mejores para volver a las oficinas del mundo.

Conflictos internos.

1 de febrero de 2018

7:25.

Llego a la cafetería donde desayuno cada día en el carrer Major de Montmeló. Me atiende un chaval muy simpático que lleva haciendo prácticas desde principios de semana.

Pido lo de siempre. El muchacho, casi un adolescente, me cobra 5 céntimos de menos. Habitualmente me gusta hacer gala de mi honestidad pero hoy me asalta una duda:

  • ¿Debo decirle que me ha cobrado de menos y quedar como un campeón, pero dejarlo en evidencia delante de su jefe, que ha empezado a husmear?
  • ¿O no decírselo, quedar como un rata por cinco céntimos pero evitar poner en dificultades a un chico que está en periodo de prueba?

Los conflictos internos me ponen nervioso, los nervios me hacen sudar y el sudor me hace poner cara de incomodidad.

El conflicto no dura mucho. El jefe del muchacho se ha dado cuenta de que el cambio está mal. Me dirijo hacia la caja rápidamente blandiendo cinco céntimos y se los doy al jefe que reprende de manera afectuosa al chaval. Luego me comenta:

-. He visto que ponías caras raras. Y me he dado cuenta que te habían dado el cambio equivocado

No sé si al final he quedado bien o mal pero me alegro de no haber dejado en evidencia al pobre muchacho pues como leí en cierta ocasión: “Cuando tengas que tomar una decisión que afecte a otros, la que menos te beneficie es la opción correcta”.

13:35.

Un compañero de trabajo ha tenido un accidente. Se ha cortado con una chapa a pesar de todas la medidas de protección y de las normas estrictas de seguridad. Nos dicen que el corte es en la mejilla, ancho, profundo y que sangra abundantemente.

Todo el mundo se alarma, es normal, somos pocos en la empresa y quieras o no cualquier cosa nos afecta y más algo así. Guardo todo lo que estoy haciendo en mi ordenador y bajo al taller para interesarme y ver cómo está. No hay que ser médico para darse cuenta que un centímetro más abajo y no lo cuenta.

La ambulancia tarda en llegar, me quedo unos minutos para hacerle compañía junto a uno de los jefes. Parte de los compañeros no pueden para la producción y otros no han soportado la visión de la carne desgarrada y de la sangre. Hay personas que se marean ante una hemorragia o con el olor del yodo. He conocido a varios a lo largo de mi vida, pero como yo prácticamente me he criado en clínicas y hospitales, soporto bastante bien la visión de heridas y mutilaciones.

Por cierto, este compañero tiene la costumbre de llamarme gordo a las primeras de cambio. No es que el sea Michael Fassbender precisamente, pero siempre se está metiendo conmigo incluso ahora que se está desangrando me pide que le acompañe en la ambulancia pues estando tan gordo habrá sangre de sobre para una transfusión.

¡Joder! ha tenido un accidente laboral por su culpa, tiene media cara arrancada, ninguno de los otros compañeros le hace ni puñetero caso y no puede dejar de meterse conmigo. Le contesto, con sonrisa forzada, que desconozco mi grupo sanguíneo y que debido a las altas concentraciones de valproato sódico en mi sangre una transfusión desde mis venas no sería factible.

Luego me quedo callado pensando en que demonios estoy haciendo allí. Por suerte otro compañero ha podido acercarse para verlo y yo hago mutis mientras comienzan a charlar. Sí ya sé es un hombre herido gravemente que se desangra pero yo me he ofendido y he perdido las ganas de solidarizarme. Empiezo ha sudar. ¡Mecachis otro conflicto interno y van dos en un mismo día!

18:56.

Llego a la parada de Fabra i puig del metro. Antes de salir por la fila de canceladoras se me acerca una mujer de aspecto desagradable que me habla. Su voz es cazallera, hombruna y su vocalización inexistente. A pesar de ello logro comprender que tiene que ir a Tarragona y no tiene dinero pues se ha dejado el billetero en casa.

No sé si se refiere a Tarragona ciudad, a la calle Tarragona o a la parada de metro de Tarragona en cualquier caso todo está lo suficientemente lejos como para que merezca la pena volver a por el billetero olvidado. Eso es lo que he hecho yo siempre que me ha pasado, hace dos semanas sin ir más lejos.

Ya he dejado bien claro en este blog cuanto me afecta la mendicidad y como la profesionalización de la misma está dejando a los más pobres sin ni siquiera este recurso. Es por eso que siento asco por los pedigüeños caraduras y entre estos a los que más detesto son los que piden dinero con el pretexto de ir a alguna parte en metro o bus.

Dedico una mueca de desprecio a la horrible mujer y sigo mi camino. No va conmigo el desaire y la altanería pero noto que no sudo. No hay conflicto interno.

La dictadura de los ofendidos

Este verano escribí una entrada sobre la elección de la reina de las fiestas patronales de un pueblo cuyo nombre resulta ahora más piadoso omitir. Lo hice porque me pareció que la elegida no lo merecía. La razón era bien simple: la ganadora presentaba bastante sobrepeso y en general era menos agraciada, sin ser fea, que todas sus oponentes las cuales se ajustaban más al ideal de mujer que puede participar en un certamen de belleza.

No estoy en contra de los concursos de belleza pues la gente guapa también merece tener oportunidades en la vida, pero me traen sin cuidado. Hice una excepción en este caso pues me pareció, como a otros en el pueblo, que había sido una elección desafortunada para no calificarla de algo más grave ya que no teníamos prueba alguna. Quizás no hubo nada reprochable en la elección de la reina de las fiesta del pueblo, pero resultaba evidente que fue una elección equivocada.

La semana pasada me avisaron desde WordPress que estaba recibiendo un montón de visitas en poco tiempo en este blog. Al parecer la entrada sobre la reina de las fiestas se había viralizado y deduje por las estadísticas que había sido entre los habitantes del pueblo en cuestión. Una viralización, modesta, rural pero teniendo en cuenta su población observé con asombro que al menos un 10% de los mismos habían leído la entrada en unas pocas horas.

No tardé en recibir dos comentarios:

El primero fue una airada respuesta de una mujer que se presentó como paisana del pueblo y que me acusaba de machista, “gordofóbico” (sic) y de que me gustaba mirar a niñas con poca ropa (dijo niñas, no chicas o mujeres, niñas), pues yo había comentado que a una de las finalistas la había visto en bikini en la piscina municipal y me pareció “la Venus de Milo con brazos”. No importaba la edad que tuviera la chica, yo era un pedófilo y un pajillero. Su aportación acabó con el deseo de que no volviera por allí y que me podía introducir las opiniones por vía rectal.
El segundo comentario, también de una paisana, fue una breve petición de que retirase la entrada pues no era consciente del daño que pudiera ocasionar. Pedir que retires una publicación porque no le gusta a alguien es un síntoma de que algo no funciona bien en estos tiempos.

-.  ¡Woodward, Bernstein! no podéis seguir publicando cosas del Watergate.

-.  ¿Pero por qué? Nuestras fuentes son fiables y las informaciones están contrastadas…

-.  No es eso. Es que Nixon se ha ofendido y está triste.

-.  No era nuestra intención… puede que nos hayamos pasado.

Al principio me mostré combativo. Contesté a la iracunda señora del primer comentario de la forma más hiriente que pude. No me sentó bien que me acusase de pedófilo y pajillero. ¡Yo no soy ningún pedófilo! Esa es una acusación muy grave y me hirvió la sangre. Al segundo comentario contesté de manera más amable haciendo valer mi libertad de expresión y recordando que en la entrada me ofrecí no sólo a retirarla si me demostraban que la elección de la reina de las fiestas no era un concurso de belleza sino a pedir disculpas públicamente.

-. Bueno, ¿Y qué pasó? ¡Es que te enrollas

-. Lo siento, hipotético lector. Iré al grano. Lo que pasó es que al final retiré la entrada.

-. ¡Vaya! ¿Y por qué?

Vivimos en la dictadura de los ofendidos. Son malos tiempos para expresarse. Hoy en día son muy tenues, las líneas fronterizas entre la opinión y la agresión entre el sarcasmo y el insulto, entre la ironía y la burla. Hemos pasado de reír chistes de mariquitas y gangosos a no poder decirle a una chica de físico promedio que no es adecuada para ganar un concurso de belleza por el daño que podemos causarle a ella, olvidando el daño que se le hace a las autenticas merecedoras del premio. Por lo visto hemos de decir que la belleza está en el ojo del que mira y que todos podemos ser Mister Olympia o Miss Universo y sinceramente, para eso prefiero no opinar.

No costaba demasiado demostrarme que la reina de las fiesta fue elegida por su devoción a la patrona, por sus conocimientos del folclore o porque hizo una tesis doctoral sobre la historia del pueblo, me hubiesen dejado en evidencia y me habría tenido que disculpar, pero sólo recibí acusaciones de machismo y de comportamiento sexual degenerado. La paradoja de nuestros tiempos, el ofendido, sí puede ofender.

Pero la razón principal para retirar la entrada es que quizás me excedí. Puede que no hiciera falta ser tan caustico, cómo fui y sobre todo puede que centrara la responsabilidad demasiado en la chica de lo sucedido. Debería haber investigado si realmente hubo tongo por parte de las autoridades y haber tenido el valor de denunciarlo en tal caso. Aunque también se requiere valor hoy día para hablar sobre el físico de una participante en un evento público. Puedo decir lo que me venga en gana sobre Justin Bieber, pero por decir que los michelines no son el mejor atributo para exhibir en un concurso de belleza igual me gano una denuncia.

Sea como sea, ya se ha enterado suficiente gente de mi opinión y en estas circunstancias, continuar con su publicación resultaría un escarnio para una muchacha que, al fin y al cabo, no ha hecho nada malo. Hay problemas en el mundo muchos más graves que denunciar y personas mucho más antipáticas sobre las que escribir. Espero tener el valor para ello en lo sucesivo.

Monetizando mi blog en WordPress.

El otro día los simpáticos y eficientes administradores de la plataforma WordPress, donde tengo alojado este modesto blog, me comunicaron que había ganado 12 céntimos de dolar americano por los anuncios que ponen en mis entradas y que puede ver mi modesta pero selecta audiencia.

¡12 céntimos de dolar! Para mí es un gran triunfo personal aunque no desde el punto de vista económico ya que:

  • He tenido que cambiarme a una cuenta premium que cuesta unos 100€ anuales. De momento la perdida económica es del 99,80%.
  • No cobraré nada hasta que tenga acumulados 100$ americanos. Sí cada mes mantengo el número de visitas y la ganancia se mantiene, recibiré mi primer pago en 2087.
  • Para entonces y suponiendo que la cuota anual que pago por el blog sea la misma con un ligero aumento anual según el IPC e impuestos, habré invertido alrededor 10.000$ USA.

Resulta evidente que con estos números el negocio de escribir en Internet para mí resulta catastrófico, pero no escribo esto para quejarme.

Hubiese sido estúpido pensar que podía ganar dinero rápidamente escribiendo tonterías ni tampoco critico la manera como la plataforma WordPress gestiona su negocio, pero me gusta demostrar eso, que no soy estúpido y que sé hacer unos mínimos cálculos aritméticos (o eso creo) que me mantengan con los pies en la tierra.

Por eso pienso que ha llegado el momento de escribir cosas con más enjundia y profundidad. Buscar temas que puedan interesar a la gente. A lo largo de los años me he dado cuenta que los temas que más solicitan mis lectores son:

  • Ayuda personal gracias a mi experiencia en mis diversas enfermedades.
  • Mi relación con las mujeres.
  • Explicaciones técnicas relacionadas con mi profesión sobre todo CAD y ofimática.
  • Algunas críticas televisivas y cinemátográficas.

En todos esos temas recibo innumerables visitas y consultas desde todas parte del mundo donde haya alguien que entiende el Español, lo cual me llena de orgullo.

En cambio mis entradas humorísticas y de critica social, mis favoritas, tienen pocas visitas y pocos comentarios. Quizás seguiré el consejo que leí no sé dónde y recopilaré todas la parte literaria de mi blog para:

  • Convertirla en un libro que pueda publicar en las muchas plataformas que existen hoy día para ello.
  • Usarla como guiones de vídeos para You Tube o similar.

Creo por lo tanto, que esos 12 céntimos de dolar me han abierto los ojos y que debo dotar de más profesionalidad y quizás de más controversia mis escritos, tal vez así mi sobrino pueda cobrar esos 100$ USA a sus 77 años que tal como está el tema de las pensiones puede que le vengan bien.

Mendicidad S.L.

“Yo creo que la vida está dividida en lo horrible y lo miserable. (…) lo horrible son los enfermos incurables, los ciegos, los lisiados… No se como pueden soportar la vida, (…). Y los miserables somos todos los demás. Así que al pasar por la vida deberíamos dar gracias (…) por tener la suerte de ser miserables”.
Woody Allen. “Annie Hall “

Barcelona está llena de hombres que duermen en las calles. Creo que hay muchos más que antes. Tal vez el intenso calor de este verano los ha expulsado de sus refugios habituales, donde yo no los veía. ¿Quién puede aguantar dentro de un cajero con estas crueles temperaturas, salvo el musulmán que cada día ora hacia la Meca y lee su Corán en mi oficina bancaria de la calle Olesa?

Soy pobre, siempre lo he sido, pero no un miserable y tengo que dar las gracias por ello. Cuando estuve en el paro, modifiqué mis hábitos de consumo: no más caprichos, no más gastos superfluos. No desperdiciar mi valioso bono de transporte de 10 viajes, y no usar mi mejor ropa, todo ello por si salía una entrevista de trabajo. Además recuerdo que reduje mi tarifa telefónica a la más barata, sin megas y esas cosas, sólo lo necesario para recibir llamadas en respuesta a mis ofertas de empleo.

Pero el subsahariano que pide limosna en el vestíbulo del Mercadona y que tanta compasión despierta, habla durante horas con su celular, con toda desfachatez. ¿Cómo puede un mendigo que implora que le den para comer, tener teléfono móvil?

Tal vez recibe instrucciones de los mafiosos que lo han puesto ahí, aunque es mucho hablar. No creo que ni los astronautas de la ISS, reciban instrucciones durante tanto rato. Para decirle que acabe su jornada a las dos y que deje su sitio a la anciana que pide que te bendiga la Virgen si le das unas monedas, bastan unos minutos.

Ahora que tengo trabajo, puedo ir a comer al KFC que no dista mucho de ese Mercadona. Al llegar siempre recibo el simpático saludo del, no sé como llamarlo, “antisistema” que con su sombrerito de copa, sus tatuajes y sus Dr. Martens, me pide que le invite a pollo frito.

Me gustaría decirle que me motiva el levantarme cada día a las 5:00 de la mañana, soportar el mal tiempo, los agobios del transporte público y las presiones de mi trabajo, para que él pueda llevar un estilo de vida alternativo, con barra libre de pollo crujiente. Pero me contengo cuando veo a los dos enormes y bien alimentados perros que dormitan junto él.

Los viernes, que no trabajo por la tarde, son los días en los que me gusta ir al KFC a almorzar. Me ilusiono pensando en el gran vaso de refresco sin azúcar que mitigará algo el calor que estoy pasando, mientras oigo el traqueteo del tren de cercanías que me lleva a casa.

De repente el traqueteo es enmascarado por los gritos quejumbrosos, de un joven, encorvado y que camina con dificultad, que aparece gritando en un peculiar acento, que le ayudemos con algunas monedas, pues es un refugiado de la guerra.

Tengo la maldición de poseer una inteligencia media y esta hace que encuentre extraño lo que dice. ¿De qué guerra estará hablando?

Pienso en conflictos actuales pero pienso poco. El joven despeja todas mis dudas exclamando en un tono aún más lastimero. “Soy de Bosnia, de Sarajevo” frase que repite en bucle. A ver, este tipo es muy joven, pongamos que tiene 25 años. Descarto la primera guerra mundial, obviamente, así que me queda la guerra de Bosnia que sucedió entre 1992 y 1995. Caigo en ello porque Ismael Serrano cantaba por entonces lo de: “Ahora mueren en Bosnia, los que morían en Vietnam“. ¿Es refugiado de una guerra que acabó hace 22 años?

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El tipo sigue gritando y lloriqueando que le ayudemos pues es “Bosnio, de Sarajevo”, algo tan ridículo como ir gritando: “soy un refugiado de la guerra, soy vasco, de Guernika”. No obstante, siento algo de vergüenza, quién soy yo para juzgar a la gente sin recursos. ¿No me inventaría yo cualquier patraña para conseguir alguna ayuda? Abrumado por la culpabilidad desciendo del tren y me encamino hacia el metro

Junto a  la entrada del suburbano, en los bancos pétreos de la Plaza D’Orfila, veo al joven bosnio, Ya no está encorvado, exhibe con normalidad sus 180 centímetros, y mueve sus piernas con soltura. Intercambia cosas con una muchacha, de apariencia normal que le comenta algo que hace que el estridente refugiado, extraiga su móvil y empiece a hablar con alguien. Avergonzado de estar avergonzado, tomo el tren hacia mi cita con el pollo frito de Kentucky.

Acabar en la mendicidad ha sido siempre de mis peores pesadillas, pero me tranquilizo. Ser mendigo en Barcelona es un trabajo más, incluso con móvil de empresa, algo que jamás tuve. Quizás me acepten, aunque lo veo difícil, el proceso de selección debe ser duro y si no que se lo cuenten a las docenas de hombres que duermen en cajas de cartón en la acera los días de mucho calor y al morito, que de cara a la Meca, reza mientras extraigo dinero del cajero.