Mendicidad S.L.

“Yo creo que la vida está dividida en lo horrible y lo miserable. (…) lo horrible son los enfermos incurables, los ciegos, los lisiados… No se como pueden soportar la vida, (…). Y los miserables somos todos los demás. Así que al pasar por la vida deberíamos dar gracias (…) por tener la suerte de ser miserables”.
Woody Allen. “Annie Hall “

Barcelona está llena de hombres que dormitan en las calles. Creo que hay muchos más que antes. Tal vez el intenso calor de este verano los ha expulsado de sus refugios habituales, donde yo no los veía. ¿Quién puede aguantar dentro de un cajero con estas crueles temperaturas, salvo el musulmán que cada día ora hacia la Meca y lee su Corán en mi oficina bancaria de la calle Olesa?

Soy pobre, siempre lo he sido, pero no un miserable y tengo que dar las gracias por ello. Cuando estuve en el paro, modifiqué mis hábitos de consumo: no más caprichos, no más gastos superfluos. No desperdiciar mi valioso bono de transporte de 10 viajes, y no usar mi mejor ropa, todo ello por si salía una entrevista de trabajo. Además recuerdo que reduje mi tarifa telefónica a la más barata, sin megas y esas cosas, sólo lo necesario para recibir llamadas en respuesta a mis ofertas de empleo.

Pero el subsahariano que pide limosna en el vestíbulo del Mercadona y que tanta compasión despierta, habla durante horas con su celular, con toda desfachatez. ¿Cómo puede un mendigo que implora que le den para comer, tener teléfono móvil?

Tal vez recibe instrucciones de los mafiosos que lo han puesto ahí, aunque es mucho hablar. No creo que ni los astronautas de la ISS, reciban instrucciones durante tanto rato. Para decirle que acabe su jornada a las dos y que deje su sitio a la anciana que pide que te bendiga la Virgen si le das unas monedas, bastan unos minutos.

Ahora que tengo trabajo, puedo ir a comer al KFC que no dista mucho de ese Mercadona. Al llegar siempre recibo el simpático saludo del, no sé como llamarlo, “antisistema” que con su sombrerito de copa, sus tatuajes y sus Dr. Martens, me pide que le invite a pollo frito.

Me gustaría decirle que me motiva el levantarme cada día a las 5:00 de la mañana, soportar el mal tiempo, los agobios del transporte público y las presiones de mi trabajo, para que él pueda llevar un estilo de vida alternativo, con barra libre de pollo crujiente. Pero me contengo cuando veo a los dos enormes y bien alimentados perros que dormitan junto él.

Los viernes, que no trabajo por la tarde, son los días en los que me gusta ir al KFC a almorzar. Me ilusiono pensando en el gran vaso de refresco sin azúcar que mitigará algo el calor que estoy pasando, mientras oigo el traqueteo del tren de cercanías que me lleva a casa.

De repente el traqueteo es enmascarado por los gritos quejumbrosos, de un joven, encorvado y que camina con dificultad, que aparece gritando en un peculiar acento, que le ayudemos con algunas monedas, pues es un refugiado de la guerra.

Tengo la maldición de poseer una inteligencia media y esta hace que encuentre extraño lo que dice. ¿De qué guerra estará hablando? 

Pienso en conflictos actuales pero pienso poco. El joven despeja todas mis dudas exclamando en un tono aún más lastimero. “Soy de Bosnia, de Sarajevo” frase que repite en bucle. A ver, este tipo es muy joven, pongamos que tiene 25 años. Descarto la primera guerra mundial, obviamente, así que me queda la guerra de Bosnia que sucedió entre 1992 y 1995. Caigo en ello porque Ismael Serrano cantaba por entonces lo de: “Ahora mueren en Bosnia, los que morían en Vietnam“. ¿Es refugiado de una guerra que acabó hace 22 años?

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El tipo sigue gritando y lloriqueando que le ayudemos pues es “Bosnio, de Sarajevo”, algo tan ridículo como ir gritando: “soy un refugiado de la guerra, soy vasco, de Guernika”. No obstante, siento algo de vergüenza, quién soy yo para juzgar a la gente sin recursos. ¿No me inventaría yo cualquier patraña para conseguir alguna ayuda? Abrumado por la culpabilidad desciendo del tren y me encamino hacia el metro

Junto a  la entrada del suburbano, en los bancos pétreos de la Plaza D’Orfila, veo al joven bosnio, Ya no está encorvado, exhibe con normalidad sus 180 centímetros, y mueve sus piernas con soltura. Intercambia cosas con una muchacha, de apariencia normal que le comenta algo que hace que el estridente refugiado, extraiga su móvil y empiece a hablar con alguien. Avergonzado de estar avergonzado, tomo el tren hacia mi cita con el pollo frito de Kentucky.

Acabar en la mendicidad ha sido siempre de mis peores pesadillas, pero me tranquilizo. Ser mendigo en Barcelona es un trabajo más, incluso con móvil de empresa, algo que jamás tuve. Quizás me acepten, aunque lo veo difícil, el proceso de selección debe ser duro y si no que se lo cuenten a las docenas de hombres que duermen en cajas de cartón en la acera los días de mucho calor y al morito, que de cara a la Meca, reza mientras extraigo dinero del cajero.

 

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Refutando al refutador.

El impresentable Oliver Ibáñez, un intoxicador nauseabundo de los muchos que pueblan Internet, pretende convencernos de que la tierra es plana y dice que puede demostrarlo. Para ello ocupa horas de vídeos donde de manera arrogante y engolada, vomita bufonadas que avergonzarían a la más mediocre “troupe” de payasos del más misérrimo circo ambulante.

A Ibáñez no le gusta la realidad porque contradice sus creencias religiosas y la de las mentes simples que constituyen su audiencia, negando incluso hechos científicos aceptados desde hace siglos por casi todas las confesiones. (Dejemos aparte el dinero que gana cada vez que uno de esos mequetrefes que le siguen comparte su vídeo o da “like”).

De entre la basura hedionda que publica este “pensador” llegó a mí el vídeo donde intenta refutar de manera tendenciosa e hiriente, un excelente vídeo del gran divulgador científico,  Aldo Bartra, del canal El Robot de Platón, del que estoy orgullosamente subscrito.

Yo me crié con Rodríguez de la Fuente, Jacques Cousteau y Carl Sagan, pero mi sobrino se criará con escoria como Ibañez, y  por mucho que sus padres velen por su educación, es imposible librarle del todo, de lo que ya es una autentica inundación de majaderías y regresión cultural y científica, ya saben: nunca llegamos a la luna, el cambio climático es un invento de los chinos y Kate Perry es Illuminati.

Por eso publico a continuación mi comentario al ignominioso vídeo en contra de Aldo. Desgraciadamente me veo en la obligación de dejar el enlace a esta ponzoña, para que se entienda lo que comento.

Mi respuesta:

  • “¿A estás alturas no sabes que la luna tiene una órbita sincrónica y siempre vemos la misma cara? La luna no se ve rotar en el vídeo por el mismo motivo. La otra imagen que enseñas es un burdo montaje y además equivocado.
  • La tierra no es redonda porque lo diga la NASA. Se sabe desde la más remota antigüedad y no había masones en la época en que Eratóstenes hizo su experimento para calcular el diámetro de la misma.
  • Entre 1519 y 1522 la expedición Magallanes Elcano circunnavegó la tierra por primera vez. No existía la NASA en el siglo XVI.
  • Las primeras fotos de la tierra de calidad las tomó el cosmonauta ruso Guerman Titov, en 1961 desde la nave Vostok-2. No había CGI a principios de los 60. No estoy seguro, pero los cosmonautas rusos no trabajaban para la NASA / Disney.
  • Las misiones Apolo y, por tanto las fotos de la tierra, se hicieron entre 1968 y 1975. El Photoshop se inventó en 1988.
  • Haz un viaje a Canarias, sube al Teide y verás que a cierta altura se ve Gran Canaria, si la tierra fuera plana, con un buen telescopio verías Lanzarote y cuanto mejor fuera el telescopio verías las costas de África y así tan lejos cuanto mejor fuera el telescopio.
  • ¿Por qué no lo haces? Monta una cámara en un telescopio (puedes comprar todo en Media Markt) y saca una foto del Sahara occidental desde el Teide. Cuelga la foto y gánate el premio nobel y pasa a la historia como el mayor descubridor de todos los tiempos.
  • No eres un ignorante, ni un tonto ni siquiera un fanático religioso. Sabes perfectamente que lo que dices es basura y viertes esa basura sobre el conocimiento y la ciencia para tu beneficio, como una fábrica que vierte residuos tóxicos en un río. Es una pena, pero por suerte siempre tendremos a gente como Aldo.”

Una partida decisiva.

1979.

La vida del niño de los setenta empezaba a complicarse principalmente porque estaba dejando de ser un niño.

Su salud era mala, como siempre, y empezaba a sospechar que eso no sería suficiente para ganarse el cielo, tal como le prometían a modo de ánimo cuando el asma lo asfixiaba.

De alguna manera se daba cuenta que algo falso había en sus buenas notas y en el aprecio de sus profesores, presagio de su rotundo fracaso en estudios superiores y que puso en su sitio una sobrevalorada inteligencia.

Las niñas de ayer que le incluían en sus juegos de cocinitas, se habían convertido en las mujercitas del hoy para las que, el niño de los setenta, ni existía.

Por todo ello, el niño de los setenta pensó que estaba jugando la partida de ajedrez decisiva, la que le proporcionaría el momento más alejado de la mediocridad, en el que estaría en toda su existencia.

Su rival, un compañero de clase, era todo lo contrario que el niño de los setenta. Sano, brillante, ingenioso, inteligente y perfectamente visible por las mujercitas de hoy, incluso llegaría a ser un reconocido profesional de los medios de comunicación. Nada en el estaba sobrevalorado, salvo su talento para el ajedrez. Pues partiendo como favorito, fue vencido por el niño de los setenta.

El niño de los setenta no recuerda si jugaba con blancas o negras, sólo recuerda que la partida duró poco, que era la final del torneo escolar y que no hubo celebración, ni fanfarria ni gloria. Un “has ganado” y ya puedes irte para casa. El trofeo se lo dieron en la fiesta de final de curso. Hoy comparte polvo en un mueble de su casa, con la orla de la carrera de ingeniero que no acabó y su diploma que acredita que completó con éxito el curso de aprender a montar en bicicleta para mayores de 30 años.

2017.

El hombre que fue el niño de los 70 tiene una vida normal, como la de cualquiera. Su salud no es tan mala, incluso a veces parece que es buena. Su inteligencia está bien acotada y se dedica a lo que sabe hacer y  las niñas de ayer son las mujeres de hoy que, para el hombre que fue el niño de los setenta, ni existen.

Sí, su vida estaba un poco estancada, él se veía a menudo como un viejo velero varado. Pero la Tramontana, comenzó a soplar con fuerza y las velas de sus viejos mástiles se desplegaron y aunque cada madero de su casco cruje y algunos cabos se rompen, navega sin miedo y con ilusión por saber que hay tras el horizonte.

Por todo ello, hoy perderá feliz, la partida de ajedrez que lo enfrenta con su sobrino de seis años, al que acaba de enseñar a jugar. Piensa que dejarse ganar puede que ayude a su pequeño oponente, a comprender mejor en que consiste el jaque mate, ahora que ya sabe colocar las piezas en su sitio y como se mueve cada una de ellas.

El niño de 1979 ha enseñado a jugar al ajedrez a un niño del 2017 y va a perder, con celebración, fanfarria y gloria, la que es, ahora sí, la partida decisiva de su vida.

 

 

 

 

Consecuencias de la muerte de Carrie Fisher.

Carrie Fisher ha muerto. No puedo sentir cierta desazón a pesar de lo poco que suelen preocuparme los fallecimientos de famosos y este año llevamos unos cuantos finados de relumbrón. Pero Carrie Fisher es la Princesa Leia y fue y será un icono para mí.

No un icono sexual pues yo tenía 9 añitos cuando La Guerra de las Galaxias, que así se llamaba en 1977 “Star Wars The new Hope” se estrenó, sino un icono cinematográfico pues todavía siento el impacto que causó en mi tierno cerebrito la escena inicial de la película, con la gloriosa aparición del destructor imperial, la arrogante bravata de la princesa ante Vader y el mensaje holográfico que aparece cuando Luke está limpiando a “Arturito”. Cosas que dejarían indiferentes a lo jóvenes de hoy pero que supuso una autentica conmoción para un niño de los setenta del siglo pasado.

La muerte de Fisher me ha hecho pensar en las consecuencias que puede tener en las próximas películas que están previstas para continuar la saga. La primera y más evidente es que Disney, dueña actual de esta franquicia, deberá invocar a toda la corte celestial para que no les les muera Mark Hamill, que el hombre ya está algo mayor y bastante fondón como pudimos ver Kingsman. Servicio secreto (2014), pues de morirse, podrán hacerse grandes películas sin ninguno de los gemelos Skywalker, qué duda cabe, pero el nexo de unión con las historias precedentes será sin duda complicadísimo, pues veamos:

  • Anakin Skywalker alias Darth Vader, muere en el episodio 6.
  • El emperador Palpatine se muere en el episodio 6, su desaprovechado discípulo Darth Maul en el episodio 1 .
  • Obi Wan Kenoby muere en el episodio 4.
  • Qui-Gon Jinn maestro de Obi Wan muere en el epísodio 1 y el resto de jedis en el episódio 3.
  • El maestro Yoda que lo hace en el episodio 5.
  • Han Solo en el episodio 7 (o eso parece).
  • Padme Amidala madre de Leia y Luke muere en el episodio 3 (tampoco era un personaje que diera mucho juego más allá de ir vestida mitad de Geisha mitad de fallera sin inmutarse).

Hay personajes que no mueren pero no creo que pueda establecerse una relación argumental convincente entre Rey o Kilo Ren con Lando Calrissian o los ewoks.

Sólo nos queda vincular al pasado las nuevas historias a través de Chewbacca pero su particular manera de expresarse no lo colocan como protagonista de guiones muy elaborados, salvo que La Fuerza actué como logopeda. Nos quedan pues R2-D2 y C3-PO pero estos ya salen en todas las películas y sin duda ya tienen asignados papeles fundamentales en las próximas entregas que serán difíciles de reescribir.

La única posibilidad que nos queda es Jar Jar Binks. Este llega a ser nada menos que senador y además hay quien dice que todos los hechos acaecidos en los tres primeros episódios se deben a su intervención ya que Jar Jar es en realidad un Lord Sith (esta teoría es sorprendentemente verificable, compruébenlo, compruébenlo).

No niego que Jark Jark es mi debilidad, debo ser uno de los pocos aficionados al cine que considera que es un personaje legendario del séptimo arte a la altura de Hannibal Lecter, James Bond o Amelie. Pero conociendo la también legendaria codicia de Disney no creo que optaran por este recurso a sabiendas de lo impopular que mi querido Gungan es en general.

Por eso y por esa misma codicia pienso que optarían por algo más atractivo para el gran público pero de ética dudosa como resucitar a Leia mediante CGI tal como han hecho con el gran Peter Cushing en Rogue One o ya puestos embalsamarla y usar su cuerpo inerte a modo de títere, ahora que todavía queda algo por embalsamar.

En fin, descansa en paz Carrie, contigo pierdo un trocito de mi infancia como los que perdí con Luis Aguilé, los Payasos de la Tele y Torrebruno. Ya sólo falta que se muera Rafaella Carrá y mi niñez se habrá ido al garete.

Cartas del tío Tete. Los puntos se unen hacia atrás.

 

Querido sobrino:

Como quiero que este modesto blog sea un testimonio de mi existencia en este mundo y como no he podido tener hijos a los que dejar en herencia mis conocimientos y experiencia adquiridos en las pocas victorias y en las muchas derrotas en la lucha contra la vida, he pensado que tal vez puedan servirte a ti, como complemento eso sí, al ejemplo que debes tomar siempre de tu padre, si algún día te encuentras con estas cartas.(Y si entiendes el castellano claro)

La de hoy será muy corta, sólo sirve como introducción de esta nueva categoría de entradas y se titula: “los puntos se unen hacia atrás”. Verás hoy he tenido un pequeño, casi insignificante éxito profesional pero muy satisfactorio. He solucionado un problema de diseño web y para ello he echado mano de algo llamado “mapa de imagen”.

No voy a aburrirte con detalles técnicos pero el caso es que yo no soy informático ni tengo conocimientos suficientes para crear una web pero sabía que era un mapa de imagen porque cuando estuve en el paro entre los años 2012 y 2014 dediqué cierto tiempo a estudiar algo de HTML, CSS y PHP, que son cosas de Internet.

Confieso que dejé de interesarme por estos temas ya que pensaba entonces, que nadie iba a contratar a un cuarentón con pobres conocimientos informáticos para diseñar y desarrollar páginas web; sobre todo habiendo tantos jóvenes licenciados e incluso doctorados en informática desempleados.

Pero lo poco que aprendí se quedó en un rincón de mi cerebro junto con la formula de la ecuación de segundo grado, los ríos de España y algunas columnas de la tabla periódica de los elementos químicos.

Pero hoy ese recuerdo ha aflorado y he arreglado con un simple mapa de imagen el mal funcionamiento de la web que no pudo solucionarse con “tables”, “divs”, “frames” y otras cosas muy serias de las webs.

La conclusión es que nunca debes rendirte y nunca debes menospreciar lo que haces. Los puntos se unen hacia atrás y cualquier esfuerzo que hagas, cualquier conocimiento que adquieras pueden servirte en el futuro para solucionar problemas y dejar boquiabiertos a tus jefes… y a las mujeres que son la gente que más te van a exigir en este mundo.

Un abrazo de tu tío Tete.

Barcelona. 15 de diciembre de 2016.

Firma

Gin Tonic

Agosto de 2016. Local de copas en la gran Vía de Madrid. Interior Noche.

Una camarera con amplia sonrisa y melena corta me atiende al poco de sentarme en una mesa rodeada por un cómodo sofá de polipiel.

Camarera risueña.- Buenas noches caballero. ¿Qué desea tomar? ¿Lo sabe ya?

Yo mismo.- Un Gin Tonic. Contesto relamiéndome, me encanta el gin tonic.

La camarera deja de sonreír y sus finos labios caen como un telón sobre sus innumerables dientes. El fruncir de su ceño y cierta tensión en el ambiente me hace sospechar que algo no anda bien. Pasamos unos segundos en silencio que se me antojan como siglos. Finalmente la camarera haciendo un gesto de resignación comenta:

Tal vez el señor quiera consultar nuestra carta donde podrá escoger entre nuestra amplia variedad de gin tonics.

Me doy cuenta de que he quedado como un cateto. La ultima vez que pedí un gin tonic en un bar de copas fue en 1998 y la actual moda de los gin tonics de diseño me ha pillado a contrapié.

No sin cierta sensación de bochorno por mi falta de mundología, escudriño la sección de “gins” de la carta amarillenta con grandes letras negras y pictogramas de copas, cocteleras y burbujas de color carmesí.

Yo.- Mmm ¿Qué es un Red Neck gin?

Camarera estupefacta.- 3/4 partes de gin de castaña, 1/4 parte de tónica, hielo, garbanzos y una viruta de piel de boniato.

Yo. ¿Y un Stalingrad gin?

Camarera estupefacta.- 3/4 partes de gin de enebro, 1/2 partes de vodka 1/2 de tónica, algunos una viruta de piel de patata y mucho hielo.

Yo.- ¿Y el Valencia gin? No me lo diga lleva zumo de naranja.

Camarera estupefacta.- No, garrofons. Además de 3/4 partes de gin de arroz, 1/4 parte tónica.  Me corrige mirándome con cierto pitorreo.

Yo.- ¿Kosher gin?

Camarera estupefacta.- 1/4 partes de gin , 3/4 de tónica, hielo y escamas de pescado.

Yo.- ¡Rajoy gin!

Camarera estupefacta.- 2/4 partes de gin de grelos, 2/4 de tónica, mucho hielo y muy hielo.

Yo.- ¿Ho…Homeophatic gin?

Camarera estupefacta.- 1 gota de gin disuelta en un barril de tónica  durante 2 años. Lleva algo de azúcar.

Yo.- No es que me ilusione pero ya por curiosidad. ¿Gazpacho gin?:

Camarera estupefacta.- 3/4 partes de ginebra de pepino, 1/4 parte de tónica, un aro de cebolla y un par de tomates cherry.

Yo.- Pues no sé, la verdad. ¿No puede recomendarme alguno?

Camarera estupefacta.- Le recomiendo el IKEA gin, le servimos ginebra Odin, tónica Nordic Mist y diversos condimentos además de hielo. Y usted mismo se lo prepara.

Yo.- Bueno, pues póngame uno.

La camarera me arrebata la carta suavemente pero con mueca de hastío. Regresa  con una copa llena hielo con un trozo de limón, una lata de tónica, un botellín de gin y unos pequeños cuencos llenos de toda suerte de especias y condimentos.

Espero que la camarera no mire y con cierto temor a que me pille, vierto la tónica y la ginebra sobre el hielo que crepita deliciosamente. Me lo bebo antes de que la camarera se dé cuenta de que no he utilizado los petalos de petunia, las bayas tibetanas, las virutas de estaño, las semillas de ruibarbo ni las astillas de wengué. Todo lo meto en el bolsillo salvo un puñadito que coloco en la comisura de mis labios junto a un par de lentejuelas que no había visto.

Camarera hastiada.- ¿Qué le ha gustado? Me pregunta mientras saco una de las lentejuelas que se ha metido en la boca.

Yo.- Mmmm sí, exquisito. Le contesto mientras intento que se fije en un pétalo de petunia que cuelga de mi labio inferior.

Camarera hastiada.- ¿Le sirvo otro?

Yo.- No, sírvame un cuba libre, tráigame la carta. (Esta vez voy a quedar como un tipo cosmopolita)

Camarera hastiada.- Sólo tenemos ron Barcardí ¿le sirve?

Yo.- Bueno… vale. Le contesto mientras se aleja moviendo la cabeza de un lado a otro con ademán de lamento.  ¡Y pensar que detesto el ron!

Vía muerta.

Hola indeseable desconocido:

Volviendo de Madrid a Barcelona en el AVE me he encontrado con esto:

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Me dirijo a ti en masculino porque las posibilidades de que seas una mujer son reducidas, aunque en estos tiempos quién sabe. Tampoco creo que seas un niño y si lo eres lo que diré a continuación aplícaselo a tus padres que han abandonado tan pronto tu educación. Y por supuesto, no creo que seas un McGyver improvisado, que ha evitado una inundación de líquido azul mediante un dique de aluminio cervecero, pues hubieses informado a la tripulación rápidamente, como hice yo en cuanto vi tu gracia.

¿Qué te ha hecho la vida para que acumules tanta rabia? La pobreza, la incomprensión, la marginación social… no creo, pues viajar en uno de estos trenes no es barato. No hay pedigüeños ni acordeonistas mendigando en los AVE.

Puede que se deba a que sabes que la vida ha sido tacaña con tus facultades mentales. Tienes una mente simple, rudimentaria, incapaz de retener cualquier conocimiento que le dé naturaleza humana. Estás en el limbo entre el simio y el hombre pues no me imagino a un mono embozando el retrete de un tren por diversión.

Debe ser duro ser tú. Levantarte cada día viendo la cara de un mequetrefe en el espejo y tener que afrontar una jornada, en la que, tu escasez de recursos cognitivos, convertirá en humillantes fracasos las más simples tareas que acometas. Si yo fuera un imbécil irredento también sentiría ira y rencor contra cualquiera que pueda definirse como persona, cualidad que no posees ni poseerás por mucho que lo intentes. Aunque yo creo que abandonaste hace mucho ese propósito y ahora te conformas con molestar a los demás para que sientan un poco de la frustración que tu idiotez y cretinismo han convertido en una prisión de la que no puedes escapar.

Puede que alguien piense que escribir sobre un botarate que tapona un retrete, con los problemas que hay en el mundo, es la queja pueril de un despreocupado viajero sin problemas graves, pero no me importa pues sobre lo que escribo no es la molestia de tener que atravesar un coche más para ir a otro aseo, sino sobre que anormales, carentes de alma y educación elemental como tú, votan, ocupan puestos de trabajo y complican la vida ya bastante dura de por sí.

Bueno, la vida es dura para la mayoría de la gente, pero no para ti. Tu vida de contaminador y gamberro es fácil, una lata y un plástico en un retrete y ¡hala! te sientes realizado. No necesitas avanzar más porque además no puedes, estás en vía muerta.

¡Fin de trayecto!

Mamá.

Las dos palabras que más me llenan de regocijo es cuando dice mi hijo, es cuando digo mamá. 

“Amor Verdadero”. Canción.

Algo que sucedió ayer con mi madre me ha hecho recordar una de las pocas anécdotas agradables que viví en Italia o mejor dicho que viví entre los italianos. Estos que tan agradables y simpáticos son cuando te los encuentras lejos de su tierra parecen transmutar cuando regresan a ella. Porque lejos de la formal simpatía de los ingleses o de la condescendiente amabilidad de los franceses, los italianos cuando están enclaustrados entre el Tirreno y el Adriático no resultan ni tan simpáticos ni tan amables o al menos eso me pareció.

Puede ser que estando al sur de los Alpes los italianos tomen conciencia de que son los máximos artífices de las artes, de la ciencia y del progreso humano en general y ello les convierte sin querer en en arrogantes mequetrefes. No fueron pocas las malas caras y la desidia que encontré en todas y cada una de las ciudades que visité. Desde una anciana que me retuvo para entregarme a la policia porque me metí sin querer en el lavabo de señoras, hasta un conductor de autobús que se reía en mi cara pues al parecer era el único pringado del pasaje con intención de pagar el viaje.

Dado que no soy persona que se relacione con desconocidos fácilmente no tardé en concentrarme en mi cometido que era ver Italia y entre el Panteón de Agripa, la Galleria Vittorio Emanuele II, la Piazza de San Marco y un mural cercano al Coliseo, creo recordar, donde se mostraba que tuvo que ser un Cesar Sevillano, el que llevara el imperio a su máximo esplendor, me fui olvidando de aquellos engominados botarates… bueno eso pensaba de los italianos entonces.

Italianos

Ocurrió que de regreso al hostal de peregrinos infestado de cucarachas donde me alojaba desde la Basilica de San Pedro, me senté enfrente de una señora cincuentona, entrada en carnes que era un tópico Felliniano viviente. Decidí hacer una llamada y naturalmente comencé a hablar en castellano. No sé cual fue la causa pero aquella mujer frunció el ceño y me dedicó su peor mueca de asco mientras fijaba una furiosa mirada en mis ojos. No sé si era por hablar muy alto, que no creo, o porque era un extranjero más perturbando la “pax” en las calles de la ciudad eterna o simplemente la señora detestaba a los españoles pero el desagrado de aquella “donna” era patente.

Aunque pensé que se trataba de una muestra más de cortesía transalpina sin consecuencias, empecé a ponerme nervioso y concluí mi llamada no sólo por el desconcierto ante la actitud de la “signora” sino porque la conversación me estaba distrayendo del trayecto y temía saltarme mi parada situada en un descampado colindante con la Vía Aurelia Antica. Así que corté la comunicación con un: “Hasta luego Mamá” pues era con mi madre con quien hablaba y algo sucedió: la enojada señora puso cara de sorpresa justo en el momento en que pronuncié la palabra Mamá. Su asco y desprecio empezaron a difuminarse y sus labios apretados esbozaron una curva que acabó en una de las más sinceras y amables sonrisas que me haya dedicado persona alguna. Su rostro se iluminó y sus ojos amenazadores empezaron a brillar y tras una mueca de complicidad dejó de mirarme y fijó sus ojos en el paisaje urbano. El extranjero incomodo que perturbaba su viaje con su cháchara ininteligible estaba hablando con su madre y eso la conmovió, quién sabe por qué.

Una vez me apeé del autobús esa anécdota me ayudó a superar el cansancio por estar todo el día recorriendo Roma y los insultos que me prodigaban los conductores por empeñarme en llegar al hostal caminando por el lado correcto de la Vía Aurelia Antica. 

 

Mi lucha.

Considero una predestinación feliz haber nacido en el pequeño pueblo de Sant Andreu y haberme criado junto a la Avenida de la Meridiana, situada entre esos dos barrios barceloneses, cuya fusión se nos presenta como un cometido vital que bien merece realizarse a todo trance.

Pero mientras tanto me enfrento nuevamente a una de las peores pesadillas de mi vida: mantener las camisas dentro del pantalón. Por motivos de representación, me veo en la obligación de volver a la lucha para que las camisas no abandonen el territorio delimitado por la frontera del cinturón y no es una lucha fácil.

No recuerdo ni una sola etapa de mi vida en la que las camisas no se empeñen en dejarme en evidencia desabrochándose al entablar singular combate con las hebillas en el fragor del cual, siempre queda expuesta la piel extremadamente blanquecina de mi sempiterno prominente abdomen. Por que mi barriga siempre ha sido sobresaliente incluso en aquellas épocas de mi vida donde la báscula se mostraba amable con guarismos en sintonia con mi índice de masa corporal.

Y a pesar de que mi ombligo parece esculpido en mármol, la acentuada palidez de la piel, sin duda indeseable herencia de mis ancestros británicos, junto a la dispar disposición del vello ha hecho que siempre me atormente la idea de que ningún mortal vea tan humillante peculiaridad de mi anatomía. (Algo que pasó para mi desgracia durante el bautizo de mi sobrino).

Deduzco pues que si el tamaño de mi barriga no es el factor determinante en la imposibilidad de mantener las camisas en su sitio, debe ser un problema de estatura o tal vez una combinación de ambos, puede que si fuera más alto, no sé; por la calle veo hombres de de toda alzada con barrigas cetáceas cuyas camisas se ajustan como guantes a sus descomunales reservas de grasa. Tal vez una combinación feliz de altura y perímetro abdominal es la clave de una camisa fija con la línea de servicio perfectamente alineada.

Naturalmente he intentado todo tipo de técnicas como substituir los cinturones por tirantes, pero abandoné la idea porque mantenerlos en su lugar resultó más enojoso que el propio problema que trataba de solucionar con ellos. La única técnica que me ha dado algún resultado aunque más que de técnica debería hablar de truco, es el denominado “pantalón sobaquero” consistente en mantener el pantalón subido todo lo que dé de si mi entrepierna y que tanto usan nuestros entrañables mayores y algún que otro personaje político de infausto recuerdo.

Pero el pantalón sobaquero no está nada bien visto, conlleva la muerte social y es repudiado sin paliativos por las mujeres que deben sufrir algún tipo de trastorno neurológico pues, sea cual sea la relación que tengan contigo, se abalanzan sobre tu cintura para colocar el pantalón donde ellas consideran que le corresponde según las más elementales normas de la moda y el buen gusto.

Todo ello me llevó a desistir y hace unos cinco años dejé de meterme la camisa motivado por los consejos de la revista Men’s Health que lo consideraba acertado siempre que la prenda tuviera el corte adecuado lo cual siempre he intentado a la hora de comprar camisas pero creo que durante todo este tiempo, lo único que he conseguido es parecer un pandillero barrigón.

He notado que algunas camisas compradas para eventos especiales tales como bodas, de mejor factura y por tanto caras, son más indulgentes con mis intentos de, al menos no desentonar en los ambientes de etiqueta, por lo que deduzco que la solución definitiva sería hacerme las camisas a medida. Un buen sastre puede conseguirme camisas acordes a mi 43 de cuello y mi 41 de pecho y cuyos faldones dispongan de una longitud tal que no puedan sobresalir por mucho que la marea adiposa de mi cintura rompa contra el acantilado de algodón y poliéster. Pero es una solución cara y en estos tiempos de estabilidad laboral incierta no la contemplo.

Bueno, seguiré con mi lucha, otra vez sobrevenida, tal vez perdiendo peso, usando ligueros o grapando las camisas a los gallumbos, así estoy de desesperado. Bueno, ya veremos.