Mamá.

Las dos palabras que más me llenan de regocijo es cuando dice mi hijo, es cuando digo mamá. 

“Amor Verdadero”. Canción.

Algo que sucedió ayer con mi madre me ha hecho recordar una de las pocas anécdotas agradables que viví en Italia o mejor dicho que viví entre los italianos. Estos que tan agradables y simpáticos son cuando te los encuentras lejos de su tierra parecen transmutar cuando regresan a ella. Porque lejos de la formal simpatía de los ingleses o de la condescendiente amabilidad de los franceses, los italianos cuando están enclaustrados entre el Tirreno y el Adriático no resultan ni tan simpáticos ni tan amables o al menos eso me pareció.

Puede ser que estando al sur de los Alpes los italianos tomen conciencia de que son los máximos artífices de las artes, de la ciencia y del progreso humano en general y ello les convierte sin querer en en arrogantes mequetrefes. No fueron pocas las malas caras y la desidia que encontré en todas y cada una de las ciudades que visité. Desde una anciana que me retuvo para entregarme a la policia porque me metí sin querer en el lavabo de señoras, hasta un conductor de autobús que se reía en mi cara pues al parecer era el único pringado del pasaje con intención de pagar el viaje.

Dado que no soy persona que se relacione con desconocidos fácilmente no tardé en concentrarme en mi cometido que era ver Italia y entre el Panteón de Agripa, la Galleria Vittorio Emanuele II, la Piazza de San Marco y un mural cercano al Coliseo, creo recordar, donde se mostraba que tuvo que ser un Cesar Sevillano, el que llevara el imperio a su máximo esplendor, me fui olvidando de aquellos engominados botarates… bueno eso pensaba de los italianos entonces.

Italianos

Ocurrió que de regreso al hostal de peregrinos infestado de cucarachas donde me alojaba desde la Basilica de San Pedro, me senté enfrente de una señora cincuentona, entrada en carnes que era un tópico Felliniano viviente. Decidí hacer una llamada y naturalmente comencé a hablar en castellano. No sé cual fue la causa pero aquella mujer frunció el ceño y me dedicó su peor mueca de asco mientras fijaba una furiosa mirada en mis ojos. No sé si era por hablar muy alto, que no creo, o porque era un extranjero más perturbando la “pax” en las calles de la ciudad eterna o simplemente la señora detestaba a los españoles pero el desagrado de aquella “donna” era patente.

Aunque pensé que se trataba de una muestra más de cortesía transalpina sin consecuencias, empecé a ponerme nervioso y concluí mi llamada no sólo por el desconcierto ante la actitud de la “signora” sino porque la conversación me estaba distrayendo del trayecto y temía saltarme mi parada situada en un descampado colindante con la Vía Aurelia Antica. Así que corté la comunicación con un: “Hasta luego Mamá” pues era con mi madre con quien hablaba y algo sucedió: la enojada señora puso cara de sorpresa justo en el momento en que pronuncié la palabra Mamá. Su asco y desprecio empezaron a difuminarse y sus labios apretados esbozaron una curva que acabó en una de las más sinceras y amables sonrisas que me haya dedicado persona alguna. Su rostro se iluminó y sus ojos amenazadores empezaron a brillar y tras una mueca de complicidad dejó de mirarme y fijó sus ojos en el paisaje urbano. El extranjero incomodo que perturbaba su viaje con su cháchara ininteligible estaba hablando con su madre y eso la conmovió, quién sabe por qué.

Una vez me apeé del autobús esa anécdota me ayudó a superar el cansancio por estar todo el día recorriendo Roma y los insultos que me prodigaban los conductores por empeñarme en llegar al hostal caminando por el lado correcto de la Vía Aurelia Antica. 

 

Mi lucha.

Considero una predestinación feliz haber nacido en el pequeño pueblo de Sant Andreu y haberme criado junto a la Avenida de la Meridiana, situada entre esos dos barrios barceloneses, cuya fusión se nos presenta como un cometido vital que bien merece realizarse a todo trance.

Pero mientras tanto me enfrento nuevamente a una de las peores pesadillas de mi vida: mantener las camisas dentro del pantalón. Por motivos de representación, me veo en la obligación de volver a la lucha para que las camisas no abandonen el territorio delimitado por la frontera del cinturón y no es una lucha fácil.

No recuerdo ni una sola etapa de mi vida en la que las camisas no se empeñen en dejarme en evidencia desabrochándose al entablar singular combate con las hebillas en el fragor del cual, siempre queda expuesta la piel extremadamente blanquecina de mi sempiterno prominente abdomen. Por que mi barriga siempre ha sido sobresaliente incluso en aquellas épocas de mi vida donde la báscula se mostraba amable con guarismos en sintonia con mi índice de masa corporal.

Y a pesar de que mi ombligo parece esculpido en mármol, la acentuada palidez de la piel, sin duda indeseable herencia de mis ancestros británicos, junto a la dispar disposición del vello ha hecho que siempre me atormente la idea de que ningún mortal vea tan humillante peculiaridad de mi anatomía. (Algo que pasó para mi desgracia durante el bautizo de mi sobrino).

Deduzco pues que si el tamaño de mi barriga no es el factor determinante en la imposibilidad de mantener las camisas en su sitio, debe ser un problema de estatura o tal vez una combinación de ambos, puede que si fuera más alto, no sé; por la calle veo hombres de de toda alzada con barrigas cetáceas cuyas camisas se ajustan como guantes a sus descomunales reservas de grasa. Tal vez una combinación feliz de altura y perímetro abdominal es la clave de una camisa fija con la línea de servicio perfectamente alineada.

Naturalmente he intentado todo tipo de técnicas como substituir los cinturones por tirantes, pero abandoné la idea porque mantenerlos en su lugar resultó más enojoso que el propio problema que trataba de solucionar con ellos. La única técnica que me ha dado algún resultado aunque más que de técnica debería hablar de truco, es el denominado “pantalón sobaquero” consistente en mantener el pantalón subido todo lo que dé de si mi entrepierna y que tanto usan nuestros entrañables mayores y algún que otro personaje político de infausto recuerdo.

Pero el pantalón sobaquero no está nada bien visto, conlleva la muerte social y es repudiado sin paliativos por las mujeres que deben sufrir algún tipo de trastorno neurológico pues, sea cual sea la relación que tengan contigo, se abalanzan sobre tu cintura para colocar el pantalón donde ellas consideran que le corresponde según las más elementales normas de la moda y el buen gusto.

Todo ello me llevó a desistir y hace unos cinco años dejé de meterme la camisa motivado por los consejos de la revista Men’s Health que lo consideraba acertado siempre que la prenda tuviera el corte adecuado lo cual siempre he intentado a la hora de comprar camisas pero creo que durante todo este tiempo, lo único que he conseguido es parecer un pandillero barrigón.

He notado que algunas camisas compradas para eventos especiales tales como bodas, de mejor factura y por tanto caras, son más indulgentes con mis intentos de, al menos no desentonar en los ambientes de etiqueta, por lo que deduzco que la solución definitiva sería hacerme las camisas a medida. Un buen sastre puede conseguirme camisas acordes a mi 43 de cuello y mi 41 de pecho y cuyos faldones dispongan de una longitud tal que no puedan sobresalir por mucho que la marea adiposa de mi cintura rompa contra el acantilado de algodón y poliéster. Pero es una solución cara y en estos tiempos de estabilidad laboral incierta no la contemplo.

Bueno, seguiré con mi lucha, otra vez sobrevenida, tal vez perdiendo peso, usando ligueros o grapando las camisas a los gallumbos, así estoy de desesperado. Bueno, ya veremos.

 

Cuestión de prioridades.

No entiendo por qué mi teléfono no se ha actualizado todavía a Android Marhsmallow. ¿Cómo es posible que ya anuncien la versión N y todavía no se ha actualizado el mío que sigue en la versión 5.1.1 “Lollipop”

Está en esta lista de modelos a actualizar. ¡Aquí lo pone! Galaxy Note 4. No sé por qué tarda tanto en llegar la actualización. Recuerdo que mis otros dispositivos se actualizaron enseguida.

La verdad, el telefono funciona de rechupete, y no me quitan el sueño las actualizaciones pero ya que he pagado por uno los mejores teléfonos, creo que tengo derecho a disfrutar de todas las ventajas ¡o no!

  • Perdona amigo.

Un africano interrumpe mis pensamientos sobre sistemas operativos móviles. Es un hombre robusto, algo más alto que yo. Viste una gorra cuyo color no distingo y una especie de anorac rojo. No puedo fijarme más en otros detalles. Su mirada atrae a la mía. Sus ojos oscuros son grandes, saltones y no sé, inspiran confianza, sí, confianza esa es la palabra pues yo que soy reacio a atender a gente por la calle, en este caso me siento dispuesto a escuchar lo que tenga que decir que será pedirme dinero.

  • ¿Puedes ayudarme para que pueda comer algo?

¡Lo sabía me pide dinero! Pero no sé, hay algo en el tono de su voz, en la limpieza de su mirada en el gesto de hambre al frotarse la barriga mientras habla, que evita que lo mande a paseo como hago siempre con los pedigüeños. No, no es uno de eso jetas que te piden 50 céntimos para esto o lo otro, parece un buen tipo y un buen tipo que tiene hambre.

Rebusco en mis muchos bolsillo y al final encuentro algo más de un euro, tal vez uno con diez o con veinte. Coloco las monedas sobre su mano extendida, una mano pétrea, curtida, trabajada. El hombre me mira con cierto alivio y una sonrisa.

  • Gracias, amigo, gracias.

El africano sigue su camino y yo me quedo entre la satisfacción de llevar una cantidad de dinero con la que al menos puede compra algo de comer en una panadería y la inquietud por no saber si le devolví la sonrisa.

¡Vaya! aquí hay otra lista donde pone que mi teléfono está entre los que recibirán la actualización a Android Marhsmallow durante el primer semestre de 2016 ¡Pues si que van lentos esta vez con las actualizaciones!

 

Naturaleza humana.

La camiseta es purpura o violeta o morada, bueno no sé, para mí todo es lila además lo destacable es que el tipo que la viste no tiene brazos. Es un hombre pequeño, flaco y la expresión de su cara es algo cómica. Va muy sucio. Imagino que la miseria y el no tener manos dificulta una adecuada higiene personal. Es la segunda vez que lo veo pedir en el metro intentando llamar la atención de los viajeros dando golpes en las barras de apoyo con sus muñones que apenas sobresalen unos diez centímetros de sus hombros. No parecen muñones de malformación congénita, parecen muñones de brazos perdidos aunque, vaya usted a saber.

El cachorrito es una monada. Debe de ser de alguna raza asiática pues el acompañante de la dueña lleva de la correa a dos shar pei y parece que les va ese rollo. ¡Qué lindo el perrito! Su pelaje es gris casi plateado con manchas blancas tornasoladas, tiene el hocico chato  y una mirada tan, tan humana. Lo miramos embobados porque además el pobre está malito. Ha hecho caquita líquida en la canceladora y ahora parece aturdido y mareado. A pesar de su poca edad, es bastante grandecito y pesa demasiado para su dueña, una chica menuda que no puede contar con su acompañante ya que este bastante tiene con gobernar los dos shar pei tan bonitos y marroncitos como traviesos y juguetones.

El hombre sin brazos camina lentamente. Es difícil mantener el equilibrio en esos horribles trenes articulados de la línea 1 del metro de Barcelona. Esos donde los asientos te hacen creer que son de cuatro plazas pero en realidad son sólo de tres, esos que tienen esa incompresible pendiente en los extremos de los vagones donde cualquier sacudida hace que te tambalees y tengas que agarrarte a lo primero que encuentres. El hombre sin brazos también sufre ese nefasto diseño pero el no puede agarrarse a nada así que tiene que ir con mucho cuidado.

El cachorrito enfermito está complicando también el equilibrio de su dueña. Se ha arrodillado para intentar sostener al perrito pues este parece no querer sostenerse sobre sus patitas. Miramos la escena y nos compadecemos del can. Es que es tan mono y con esos ojitos tan expresivos que dicen: no me siento bien. Una señora le cede el asiento a la chica que jadeante alza al perro y lo acomoda en su regazo. La mujer generosa se permite acariciar al chachorro y pasa su mano ensortijada por el pelo plateado del animalito.

La primera vez que vi al hombre sin brazos algunas personas compasivas le dimos algunas monedas aunque resultaba embarazoso pues ¿cómo le das una limosna a un hombre sin manos? Nos quedábamos paralizados con la moneda entre los dedos y el hombre sin brazos nos indicaba con una sonrisa que la introdujéramos en el bolsillo de su pantalón.

Hoy estábamos embelesados con el perrito exótico de pelaje plateado y tornasolado que está enfermito. Todos nos interesábamos por cada mueca, cada gemidito, cada bostezo del cachorrito. Cuando he apartado la vista para ver por cual parada iba, he visto pasar al hombre sin brazos, con su camiseta lila, sus andares pausados, su …

¡Pobre perrito! Está malito. Es tan bonito y tiene una mirada tan, tan humana.

No me vendas azúcar a mis años

 …. de piña para las niñas y limón para las viejas.

Caramelos, caramelos, caramelos, llevo caramelos.

Hace mucho que tomo cierta medicina. Es un buen remedio para la enfermedad que padezco pero el tratamiento es largo, no se puede dejar de inmediato y además tiene desagradables efectos secundarios, todos los cuales he sufrido salvo las variaciones del flujo menstrual (o eso creo).

Hoy he ido a comprarla a mi farmacia de toda la vida. Una de las chicas que atienden se ha interesado por como iba mi tratamiento y como me sentía. Es la segunda vez que se interesa por mi salud lo cual me hizo sospechar dado que es una empleada nueva y apenas me conoce por lo que he decidido satisfacer su curiosidad. Le he explicado que estoy fenomenal y que el médico está considerando seriamente reducir la dosis.

Sabedora como farmacéutica que dicho medicamento tiene como efectos secundarios el atontamiento y la flojera, se ha permitido recomendarme un complemento para evitar dichos efectos y hacerme sentir más enérgico. De uno de los anaqueles ha tomado una caja y la ha plantado sobre el mostrador al tiempo que empezaba a glosar las bondades del producto, pero la he interrumpido señalando con el dedo una palabra escrita en el envase: BOIRON.

  • Verás.- Le he comentado con mi más tierna voz. – Esto es homeopatía y no lo compraría.
  • ¿No te gusta? – Ha preguntado algo sorprendida.
  • No, no es eso. Verás, estudié química en mi juventud y sé que eso que me vendes es agua con azúcar.- He replicado dulce pero contundentemente.
  • Bueno, pues nada, sólo era un consejo. – Me ha contestado casi en un susurro visiblemente ruborizada.

Y no es para menos, esa chica tiene un título en farmacia, quizás incluso de medicina, sabe mucha más química que yo, que ya no recuerdo nada (no sabría distinguir un mol de un si bemol) y aun así pretendía venderme agua azucarada.

He salido de la farmacia con mis medicinas y una sensación de satisfacción, no por dejar en evidencia a la pobre chica que al fin y al cabo hace su trabajo sino porque he atajado sin titubeos una oferta que no me interesaba y eso no es normal en mí.

Suelo ser demasiado paciente y amable con aquellos que me aburren, posiblemente porque yo he sido (y sigo siendo para que nos vamos a engañar) un aburridor contumaz y no quiero tratar a los demás como no quiero que me traten a mí y al igual que yo recibo muchos cortes en seco de mi plúmbea verborrea ha llegado la hora de que yo también cercene la verborrea ajena y veo que puedo hacerlo sin complejos ni remordimientos. Debe de ser que estoy madurando.

¡Es estupendo hacerse mayor!

 

 

Mi viaje de Gulliver.

Si todo va bien el viernes día 15 de enero de 2016 volveré a Londres. Estuve por primera vez en el sangriento verano de 2005 por un azar del destino del que no hablaré y fue una semana antes de las vacaciones que había programado en Egipto. ¡Qué tiempos! Yo me sentía todavía joven y las cosas no me iban del todo mal. Tenía ánimos para emprender dos viajes en un verano, acababa de salir de una gran bache en mi vida y me sentía renacido.

Todo mi presupuesto estaba destinado a comprar todas las emociones posibles que pudiera en Egipto. Es cierto que tuve suerte y encontré una oferta de última hora lo cual abarato considerablemente el precio, pero contraté un viaje a todo lujo incluyendo crucero por el Nilo con las mismas 5 estrellas que el hotel Marriott de El Cairo, ubicado en el que fue el palacio que le construyeron a Eugenia de Montijo cuando se fue con su Marido Napoleón III a inaugurar el canal de Suez.

En Londres pues, tenía poco dinero para gastar y además la libra esterlina estaba a dos euros. Pero no me importaba, allí estaba yo solo, en la tierra de mi bisabuelo, durmiendo en un hotel barato donde la recepcionista ponía cara de desesperación cuando le hablaba en inglés y donde no me cobraron el desayuno seguramente porque les resultaba menos oneroso que intentar entenderme.

Frío día de julio frente al Tower Bridge verano de 2005
Yo en Londres con el Tower Bridge al fondo verano de 2005.

Tuve que caminar mucho pues los recientes atentados en el metro habían provocado el cierre de la mayoría de líneas del suburbano así que algunas cosas me las perdí por puro agotamiento físico y otras por no poderlas pagar como los 10€ al cambio que costaba entrar en la abadía de Westminster para poder ver la tumba de Isaac Newton.

Pasé aquellos días absteniéndome de todo lo que no fuera absolutamente necesario, comiendo en McDonald’s o en la calle, bocadillos de pepino con mantequilla  comprados en Marks & Spencer Food. Además hizo algo de fresco y llovió. No fue un viaje cómodo pero lo pasé muy bien viendo todos los tópicos turísticos  desde el ineludible Big Beng, hasta la Piedra de Rosetta, el único icono egipcio que no podría ver en su país.

Luego me fui para Egipto, la cosa no salió como esperaba.

Para empezar era mi primera vez en un país africano y en un país árabe. No estaba preparado para asumir todo lo que vi allí y que nada tenía que ver con la épica de monumentos milenarios y faraones sino con el terrible paisaje humano que me encontré.

Yo en Abu Simbel verano de 2005
Yo en Abu Simbel.

Durante todo el crucero por el Nilo y en mi estancia en El Cairo la miseria y la injusticia social me impidió disfrutar del viaje. No porque no conociera la pobreza con la que me codeé en mi infancia en mis largas tardes de domingo en el barrio de La Mina y que tan sólo el esfuerzo sobrehumano de mis padres y mis abuelos maternos impidieron que traspasase la frontera entre la clase obrera y ella, sino que era la primera vez que la observaba desde la cúspide del lujo y la riqueza, pues para la mayoría de paisanos egipcios yo era rico y muy rico.

Los guías Moises y Kaled y yo verano de 2005
Los guías Moises y Kaled y yo en el Nilo.

Todos los monumentos, los templos, la maravillosa ribera del Nilo adornada de hermosos minaretes se me eclipsaron por la horda de niños pedigüeños, niños enfermos, algunos deformes o mutilados, rodeándote para obtener calderilla o boligrafos. Niños  que eran capaces de pedirte en catalán que les comprases unos abalorios cuando se enteraban de que venías de Barcelona.

Mendigos por todas partes, alzando sus manos, metiéndolas entre el enrejado de las estructuras metálicas dispuestas para separar a los turistas de la muchedumbre misérrima y que pudiéramos ver la esfinge, por ejemplo, sin ser molestados.

Lejos me quedaba la mística de Abul Simbel, Karnak, Luxor o Guiza frente a las polvorientas fachadas de los suburbios de El Cairo que no se reparan porque el desierto las golpea sin piedad, dando a aquellos edificios un aspecto mortecino y desolado, a pesar de la mucha gente que allí malvive.

Yo con las pirámides al fondo verano de 2005.
Yo con las pirámides al fondo.

Es cierto que pasé buenos momentos y vi muchas cosas que ansiaba ver desde niño pero la arrogancia de los visitantes Saudies tratando a sus criados como ganado, mujeres condenadas al Nicab, gente viviendo en tumbas de familiares exhibidos como atracción turística, ancianos trabajando al carecer el país de un sistema de seguridad social, el caos en los servicios públicos, la corrupción policial que viví en primera persona y la mirada picara de niños sin más futuro que la mendicidad, hicieron que dejase Egipto con una sensación de tristeza y porque no decirlo, de cierta culpabilidad por haber participado en un viaje de lujo a un país tan pobre. Me prometí a mí mismo que si algún día volvía al tercer mundo como turista será en condiciones más modestas y decentes.

Y así fue como tuve mi particular viaje cual Gulliver. Era pobre en la capital del imperio británico,  era el enano entre los gigantes de Brobdingnag pero fueron días maravillosos. En cambio en el Egipto de los Faraones del que sólo queda expolio y arena fui el turista rico, el gigante entre enanos de Lilliput y me sentí infeliz. Una lección que me dio la vida y de la que he tomado nota.

Cuento de navidad

Hipercor de Meridiana, interior tarde.

En la frías vísperas de nochebuena, el viejo David curioseaba entre los anaqueles de la sección de juguetes. Caminaba despacio parándose de vez en cuando para pulsar los botones de prueba de los que hacían ruido.

De repente se le acercó un tipo. No era muy alto, con barba de tres días. Su ropa era vieja y sus zapatos desgastados. Se dirigió a él interrumpiéndolo mientras oprimía las teclas de un móvil que imitaba los ruidos de animales de granja.

  • Hola David. ¿Cómo estás?
  • Bieeen. – Contestó David al principio con cautela pensando que era un pedigüeño y después con incomodidad por haberle llamado por su nombre.- ¿Cómo sabe como me llamo?
  • Lo sé todo sobre ti. Soy el espíritu de las navidades pasadas.
  • Encantado de conocerle.- Contesto alarmado.- Pero ya me iba se me va a pasar la hora en el parquin y no quiero volver a pagar, ya sabe.
  • No tan rápido, tengo un mensaje que darte. Además sé que no tienes coche.
  • Ya verá pero tengo prisa. – Dijo David haciendo aspavientos para que un segurata barrigón que se encontraba a escasos metros le viera. Pero este no reaccionó.
  • No pueden vernos, David. Estás en mi dimensión espiritual ¡Uuuhhh! Y no te dejaré ir hasta que me escuches.
  • Oiga esta es una historia muy manida. ¿No me diga que tendré que aguantar también al los espíritus idiotas de las navidades presentes y futuras?
  • No David.- Contestó condescendiente el fantasma.- Tú sólo tienes un espíritu que soy yo. ¡Uuuhhhh! Lo de los tres espíritus es para empresarios despiadados.
  • Vale y ¿qué quiere? No recuerdo haberle hecho nada malo a nadie en nochebuena.
  • No es eso. Lo que pasa es que no te dejas llevar por el espíritu navideño. No dejas que la felicidad de estos días inunde tu corazón.
  • ¡Eso no es cierto! Ya me he comido unos cuantos polvorones y algunas figuritas de mazapán ¿Y qué hay más navideño que el mazapán?
  • No me refiero a eso.- Comentó el fantasma haciendo gesto de desesperación.- No estás comprando. No estás gastando suficiente. Piensa en la gente que no tiene dinero. Cómo les gustaría estar en tu pellejo. Recuerda como estabas el año pasado: en el paro, con los bolsillos vacíos. ¡Mírame! Soy el reflejo de lo que eras hace un tan sólo un año.
  • Pero si estoy comprando ¿Por qué iba a estar en el Hipercor sí no? Lo que pasa es que estoy comparando precios.
  • ¡Y una porra! Sólo pulsas teclas de juguetes para probarlos. Te he visto pulsar el capó de esa ambulancia para que suene la sirena y antes aprestaste la barriga de aquel minion para que riera.
  • Estoy buscando juguetes para mi sobrino… ¡eso!
  • No me engañas. A tu sobrino ya le has comprado un Buzz Lightyear barato y se lo darás el día de reyes. Estás aquí porque en el fondo te mueres por comprar. ¡Quieres gastar sólo porque es navidad! Pero tu maldito ego te lo impide.
  • Yo no necesito una fecha especial para comprar. – Comentó David con gesto despectivo. – Estás son unas fiestas consumistas sin ningún  valor moral.
  • “… sin ningún valor moral”. Bla, bla, bla. – contestó burlón el fantasma.- Vas de intelectual y ni siquiera acabaste la carrera.
  • Yo por lo menos estoy vivo.
  • ¡Qué gracioso! – dijo el fantasma algo dolido. – Lo que pasa es que no tienes dinero suficiente para comprar lo que quieras. Si te hubiera tocado la lotería ya veríamos donde iba tu intelectualidad.
  • ¡Exacto no tengo dinero! Por eso no compro ¿está contento? ¡eah! Ya puede irse. Me siento una persona mejor. ¡Misión cumplida!
  • Me temo que no es suficiente. Ya sé que no tienes mucho dinero pero te recuerdo que tienes una tarjeta de crédito y también la del Corte Inglés.- Indicó el espíritu frotándose las manos.
  • No las llevo encima. – Contestó David mirando hacia un niño que lloraba porque su mamá no le compraba no se sabe qué.
  • ¡Falso! Desde principio de diciembre las llevas contigo.
  • Es por si tengo una emergencia ahora en vacaciones me muevo mucho y…
  • Las llevas porque quieres comprar pero te falta un empujón.- interrumpió el fantasma.- Pero no temas para eso estoy yo aquí.
  • Gracias pero, de verdad, no necesito nada.
  • No es cuestión de necesidad es cuestión de comprar cosas que molan.
  • ¡Qué no! pesado.
  • ¡Va hombre! Tu hermano ha estrenado un iPhone 6 plus, te mueres por tener uno igual.
  • Yo ya tengo un Galaxy Note 4 que es mucho mejor.
  • ¡Qué más quisieras! Eso es un móvil de perdedor. ¡Un iPhone es un IPhone y te lo podrías comprar. ¿Qué me dices?
  • ¡Qué no!
  • Tu tablet está vieja. ¡Cómprate una nueva!
  • ¡No! Todavía sirve, además sólo la uso ver porn… digo el You Tube.
  • ¿Un nuevo teclado para tu ordenador de esos que se iluminan?
  • ¡No!
  • ¿Una suscripción a Netflix?
  • ¡No!
  • ¡Un palo de “selfies”!
  • Grrr. ¡Qué ordinariez!
  • ¡Pues una catana!
  • ¡Déjame en paz!
  • Unos auriculares con manos libres para tu fantástico Note 4.- Dijo el fantasma con tono de burla!. -Los tuyos se han roto.
  • Mmm. ¡Es verdad!
  • ¡Lo ves! comprarlos es una necesidad, no un capricho infantil.
  • ¡Vale! pero sólo porque los necesito.
  • ¡Que sean de esos con volumen! Debes proteger tus oídos.
  • Mmm. ¡Es cierto! Pero serán más caros.
  • ¿Tus oídos no merecen el gasto extra?
  • Mmmm.
  • ¡Uy! Esos están muy bien y tienen cable antienredos.
  • ¡Tu sí que me está enredando!… Aunque, deben de ser muy prácticos.
  • Comprarlos azules o rojos. Todo el mundo lleva auriculares blancos.
  • Esos negros satinados son bonitos y tienen volumen y cable antienredos… ¡30€! ¡Qué barbaridad.
  • ¡Venga que es navidad!
  • De acuerdo sí prometes que te me dejarás en paz.
  • ¡Prometido!

Y así fue como el viejo David, imbuido por el espíritu navideño y con la ayuda del fantasma de las navidades pasadas comenzó poco a poco a llenar su corazón de esperanza y un carrito de supermercado de cosas necesarias: Una agenda de Star Wars, un termo en forma de lata de cerveza, una recortadora de barba con aspirador, una flor de pascua, un mapa de La Tierra Media  y por supuesto, los auriculares con cable antienredos.

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