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Valientes y cobardes inesperados.

El otro día.

Espero la llegada del metro. Los letreros de lucecitas indican que tardará en llegar 5 minutos. En el otro lado del andén unos adolescentes esperan también. De repente aparece en escena un chaval de no más de 17 años que propina un manotazo en la cabeza a un chico con gafas doradas y pequeña estatura. Este, al que sentado, los pies apenas alcanzan a tocar el suelo, baja la cabeza con gesto de rendición ante la flagrante agresión que además iba acompañada de un ininteligible improperio.

-¡Vaya! – pienso.-  El acoso también puede ser extraescolar como el ballet o el karate. Siento pena por el muchacho escuálido, pero siento poco rato pues una chica que estaba a su lado sentada, vestida con un chándal y un jersey anudado a la cintura se levanta y se dirige hacia el matón. No sé si tiene relación familiar con el muchacho agredido pero sin duda van al mismo “cole”.  La chica empieza a gritar:

- ¿Qué te ha hecho para que le pegues? Inténtalo conmigo ¡Vamos!

La chica no es muy grande, pero se nota que hace deporte. Sin duda es más pequeña que el agresor pero este parece confundido ante la reacción de la fémina y mira para otro lado. Esta vuelve a la carga.

-¿Qué no dices nada? ¡Atrévete conmigo! ¡A ver si hay huevos de tocarme!

La voz de cazalla de la muchacha y sus aspavientos llaman la atención de toda la estación.

- Cómo te vuelvas a meter con él, vamos a tener un problema tú y yo. – Espeta la amazona de instituto al tiempo que propina un ligero empujón al cabroncete agresivo.

- Me quedado con tu cara. – Susurra el collejeador como típica reacción de cobarde gallina capitán de la sardina.

- ¡Y yo con la tuya! – Responde a voz en grito. – ¡A qué esperar! , ¡Vamos métete conmigo, “valiente”!

El metro llega. El agresor corre a perderse entre el pasaje mientras la chica y el muchacho agredido son rodeados por improvisados admiradores.

Una mujer con pinta de ejecutiva me comenta:

- Los tiene bien puestos.

Yo asiento sonriente mientras pienso que si hubiesen más mujeres valerosas como la pequeña colegiala, cuanto maltratador y chulo acabaría con el rabo entre las piernas.(1)

Hoy.

Espero la llegada del metro. Los letreros de lucecitas indican que tardará en llegar 5 minutos. En el otro lado del andén dos tipos con cara de malas pulgas caminan dando grandes zancadas. Uno de ellos, está fumando. – ¡Qué huevos tiene la gente! Fumando en el metro. – Pienso mientras mi indignación se acelera como un “dragster”.

El tipejo no sólo infringe las normas más elementales de la convivencia ciudadana sino que lanza la colilla a la vía con gesto desdeñoso. Mi indignación roza la ira cuando recuerdo aquella campaña de concienciación que hicieron en la que decían: “Sabías que una colilla ha llegado a parar el metro”. ¡Maldito cabrón!

Inconscientemente sigo mirando al tipo de la colilla. Este se da cuenta y me devuelve la mirada. Su cara no me gusta, asusta, pero yo en mi delirio justiciero clavo en él mi famosa mirada “Deep Brown” que tanto ha irritado a lo largo de mi vida a cuantos jefes he tenido.

El tipo empieza a mosquearse y agudiza su gesto de desagrado ante mi pertinaz seguimiento, el cual me disponía a intensificar, cuando caigo en la cuenta de que estoy en la estación de Fabra i Puig que es de esas en las que se accede al tren por ambos lados, es decir, el tipo peligroso al que no le importa fumar en el metro delante de los “seguratas” y el atontado operado de cataratas, que soy yo, se van a encontrar frente a frente en el vagón. ¡Mierda!

¿Y ahora que hago? ¿Y sí me pide explicaciones de por qué le miro? ¿Le digo que creí que era un primo mío de Alpedrete? ¿Me hago pasar por un cazatalentos que busca tipos rudos para una película ambientada en el Chicago de los años veinte? No es mucho más grande que yo pero me puede matar. ¡No sé pelear! No soy rival ni para Pocoyó.

Empiezo a encontarme mal. Siento las gotas de sudor en mi espalda y las piernas me empiezan a temblar. No puedo recurrir a mi ingenio pues tengo el defecto de no poder tener ideas y miedo al mismo tiempo. Pero qué le voy a hacer, esto me pasa por ir por la vida creyéndome Charles Bronson.

Total ¿Qué daño puede hacer una colilla de nada en una infraestructura ferroviaria tan grande? ¡Qué exagerados son los responsables del suburbano: Una colilla paró el metro… ¡Bajad el precio del billete y no digáis tantas chorradas! Además ¿no se están pasando con tantas prohibiciones? Ahora se prohíbe fumar en el metro ¿qué será lo siguiente? ¿Respirar?

En fin, que no se diga. Me mantengo firme y entro en el vagón con gesto despreocupado para disimular mi congoja. Me consuelo pensando que si me parten la cara aprenderé a no ser tan tiquismiquis. ¡Me lo merezco!

No pasa nada. El gamberro con pinta de expresidiario y yo no nos cruzamos. Llego indemne a mi destino. Una reconfortante sensación de se apodera de mí. He pasado miedo, sí, soy un cagón, sí, pero no he huido ¡”Victoire”!

Salgo a la calle tarareando la canción que suena en mi celular mientras pienso: ¿Dónde está la chica aquella que defendió a su compañero de colegio cuando se la necesita?

(1) No pretendo frivolizar sobre el maltrato doméstico ni la violencia machista. Ya sé que no depende sólo del grado de valentía de la mujer maltratada. Me refiero a que en general, detrás de un abusón suele haber un cobarde.

Paisaje humano del viernes.

Llego a la estación de cercanías. La mañana es fría y fría está la estación hecha de publicidad, acero y hormigón. El paisaje humano es más interesante, más cálido. Me reconforta observar a la gente.

6:27. Mi compañero Adama.

Adama es un hombre negro nacido en Mali. Trabaja en mi misma fábrica y vive en el barrio del Clot. Nos saludamos con cortesía pero no contemporizamos. Él siempre está con otros africanos hablando animadamente y yo voy a lo mío. Adama es un tipo curioso. Me han dicho que en su DNI figura una equis donde los demás tenemos la fecha de nacimiento. No conoce su edad. Es un hombre grande, corpulento pese a lo cual se mueve con una agilidad que impresiona. A veces lo veo bajar del tren a la vuelta. Camina muy rápido, no usa las escaleras mecánicas y lo pierdo pronto de vista. ¿Adónde irá con tanta prisa? Su familia vive en Marruecos así que no es para encontrar el calor de una esposa y unos hijos. ¡Vete a saber!

6:38. La chica del “piercing”.

Aparece la chica del abrigo marrón. Su pelo está teñido de un rubio cegador y su mirada es triste. Sus pechos macilentos y su abdomen fofo de cuarentona que no se cuida se delatan tras las camisetas floreadas que suele llevar y que contrastan con la firmeza de sus largas piernas. Parece de gran estatura pero es porque lleva unas botas de suela gruesa con 10 cm de tacón, no obstante seguro que descalza sigue siendo bastante alta. Pero lo que más llama la atención es el piercing que luce en su nariz que, cual diente de Pedro Navaja,  alumbra toda la estación. A veces, antes de enfrascarse en la lectura de su libro electrónico me mira. Sí, coincidimos cada día, pero no es todavía el tiempo de saludarnos.

6:50. El hombre gordo.

No sé cómo lo hace, pero el hombre gordo llega siempre el tiempo justo para no tener que esperar el tren mucho rato. Es gordo en una manera curiosa. Su cuerpo pertenece a un obeso pero su cara y su cuello son de un hombre delgado. Lleva unas zapatillas deportivas con detalles de neón con las que camina bamboleándose, y lo hace tan cerca del filo del andén que a veces creo que va a precipitarse a las vías. Pero no pasará nunca porque mira constantemente al suelo, con expresión melancólica, aunque hace unos días, tenía dibujada una tenue sonrisa. – El hombre gordo también tiene días buenos.- pensé.

7:30. Los obreros de la furgoneta.

Cuando encaro el tortuoso sendero que conduce a mi puesto de trabajo, me cruzo con trabajadores que suben a una camioneta plateada siempre limpia. Miran tras las ventanas con expresión ausente. No hablan entre ellos, es como sintieran que son como acémilas llevadas al arado. Nunca he visto al conductor, la disposición de las farolas deja en sombra el lado izquierdo del vehículo. Sólo sé que cuando llegan todos los trabajadores arranca camino de alguna fábrica o almacén. A veces me cede el paso y otras lo cedo yo, pues por algún hecho del destino casi siempre coincidimos cuando cruzo la calle.

7:35. La pareja de deportistas.

Mientras yo me dirijo por la Avenida del Besós a mi fábrica, en sentido contrario aparecen los corredores. Un hombre y una mujer, cincuentones. Ambos no son precisamente guapos, pero sus cuerpos parecen esculpidos en mármol, cosas del deporte, o quizás de la carísima ropa deportiva que llevan. Antes la gente corría en chándal pero hoy si no vas cubierto de goretex, neopreno y  kevlar, no eres nadie.

14:10. El que reparte papelitos o pañuelos.

Un tipo calvo de aspecto extranjero con abrigo de lana negro, deja papelitos al lado de los viajeros. A veces otro tipo reparte pañuelos de papel. Intentan en vano que coja la mercancía pero yo los soslayo con gesto severo. No sé qué dicen los papeles ni voy a comprar “Kleenex” a precio de Jabugo. La caridad me deprime. La mendicidad me aterra. Son los jinetes del apocalipsis de las crisis económicas y mi habitación 101. La caridad es más barata que el estado del bienestar. Por eso hay tantas iniciativas y peticiones de ayuda y por eso soportamos anuncios donde algún futbolista millonario nos pide colaboración para ayudar a vete a saber quién. Encima la caridad la tienemos que hacer entre los pobres, ¡no te fastidia!

- Llegado el momento, prefiero robar.- siempre repito este mantra cuando me enfrento a pordioseros y pedigüeños, pero… ya veremos.

14:21. Los acróbatas simiescos.

A veces suben al tren pandillas de chavales “poligoneros” que se divierten haciendo volteretas agarrados a las barras del tren. Se cuelgan de ellas y dan una vuelta completa en el aire. Luego caen haciendo mucho ruido al chocar sus “Converse” contra el piso del vagón. Después celebran con risas pueriles que no se diferencian demasiado de un chimpancé. No, no son como los bailarines que vi en el metro de Nueva York talentosos y divertidos, estos son idiotas con certificación ISO 9001.

14:30. Los que se cuelan.

Algunos jóvenes y otros no tanto, se encaraman a las rojas celosías de la estación de Sant Andreu Comtal. La estación está siempre vigilada por “seguratas” pertrechados como mercenarios y las canceladoras son de esas con unas puertas correderas que no se pueden saltar y al salir debes volver a pasar tu billete por ellas. Si además añades que en la línea en la que viajo no hay revisores, puedes ir gratis en tren siempre que tengas predisposición para las acrobacias. Yo siempre he sentido un profundo odio por los que se cuelan en el metro. Cuantas veces he soñado con emular a aquel arquitecto justiciero tan brillantemente interpretado por Charles Bronson y dar buena cuenta de la gentuza del suburbano.

Pero los que se cuelan en la RENFE son otra cosa. Dan un pequeño salto para colocar un pie sobre el travesaño central, se agarran de la parte superior de la verja y dando un volatín se dejan caer por el otro lado. Sólo les falta quedarse firmes con los brazos en cruz. Me asombra y me causa envidia tanta agilidad, yo ni siquiera soy capaz de caminar y hablar al mismo tiempo. Definitivamente no son como los que se cuelan en el metro a estos los admiro, admiración que cesa, eso sí, cuando veo mi cara de pringado, que ha pagado 77 euros por un abono mensual,  reflejada en las puertas de salida de la estación.

Salgo a la calle. Brilla el Sol. Dejo de observar a la gente. El lunes más.

Oda al río Besós.

¡Oh! río Besós.

¡Qué mal me caes! Reguero enano de fétidas aguas. ¿Qué te he hecho yo para que me atormentes cada mañana? Martirizas mi madura osamenta con la humedad que exudas como un enfermo febril y me haces vagar a ciegas por la neblina que emana del líquido innombrable que vomitas en el Mediterráneo.

¡Oh río Besós!

¡Qué birria eres y que ufano te sientes por tener una ciudad a tu nombre! Sí, ya sé que no hay un Washington del Potomac ni un Londres del Támesis, pero esos ríos no necesitan apellidos, les basta con sus inmensos cauces y sus rugientes caudales para ser admirados. Y además, ¿tú que tienes? ¿Un Sant Adrià? Un pueblo grande, famoso por sus colosales chimeneas y por contener el barrio de La Mina, en cuyas polvorientas calles pasé tantas horas de mi niñez. La verdad no es para tanto, te lo digo yo.

¡Oh río Besós!

Por si las molestias físicas no fueran poco, me produces también castigo psicológico. Desde que soy asalariado de Vulcano, tengo que recorrer tu vereda, y claro, llegan a mi memoria los recuerdos de cuando años atrás navegaba por la ribera del Nilo, simpar eden de fértiles tierras adornadas con hermosos minaretes. Y ahora sufro por contemplar a diario el informe lodazal de malas hierbas que atraviesas, ornamentado por plúmbeas farolas y donde la única vida posible es la de los gatos que intentan en vano alimentarse de lo que tu corriente ponzoñosa no da.

¡Oh río Besós!

Espero que cuando el invierno acabe y las tinieblas se disipen, pueda verte mejor con la luz de la primavera. Quizás entonces descubra en ti algún adorno, alguna virtud que mejore la pésima imagen que tengo de ti. Pero mientras tanto ¡Oh río Besós! me mantendré lo más alejado de tu lóbrega orilla y seguiré caminando pegado a los muros de la exangües industrias de mi tierra. Me inspiran más simpatía.

Okupas, perroflautas o antisistema.

Desde que soy siderometalúrgico tengo la necesidad de usar el eficiente servicio de cercanías de RENFE del que disponemos en Barcelona. He tenido suerte. La línea R2 que conecta Castelldefels con Granollers  y que me permite llegar hasta Montmeló, parece el Orient Express si la comparo con la impuntual y masificada línea R4 con la que a veces me desplazaba a la plantación de algodón de Sant Joan Despí.

Todas las mañanas tomo el tren en la estación del Clot-Aragó poco frecuentada, silenciosa, amigable. Cuando llega el tren, siempre encuentro asientos libres y de momento no he sufrido retrasos de consideración.

Pero no todo son parabienes. El otro día, sin ir más lejos, subió al tren una tropa de esos jóvenes que deambulan por la vida acompañados de perros, con ropa pseudomilitar, “piercings” mugrientos y ese engendro de la ornamentación corporal llamado “rastas”.

Nunca he estado en Jamaica (ni pienso estar) y tal vez allí estas extensiones capilares sean complementos agradables e higiénicos, pero las que se usan por aquí me recuerdan al pelo de aspecto mortecino de los roedores disecados que tenía el director de mi colegio en su despacho y que tanta congoja me producía mirarlos ocultos en la penumbra de sus anaqueles, las escasas veces que estuve en dicho despacho.

Me quedé observando a aquellos jóvenes intentando clasificarlos y comprender su filosofía de vida:

Perroflautas no eran pues tenían perros pero no flautas. Antisistema, bueno, si eres antisistema ¿Por qué tomas un tren de cercanías? ¿Hay algo más inherente al sistema que la red ferroviaria de cercanías? Trenes conducidos por aburridos funcionarios, megafonía impersonal y estaciones llenas de currantes adormecidos  vigiladas por “seguratas” barrigudos.

Pero no reflexioné mucho tiempo. Mis pensamientos fueron abortados de repente por el intenso y repugnante hedor que desprendían aquellos chicos y chicas. Doscientos metros de tren, cincuenta plazas por coche y estos angelitos tienen que sentarse a mi vera.

Mis elucubraciones fueron substituidas por nauseas y otros desordenes fisiológicos. ¡Qué peste! Aproveché la braga que uso para  los días de frío intenso  que lucia en mi cuello para cubrir mi nariz, pero fue en vano. Aquel pestilente olor era tan cáustico que la hubiese traspasado aunque hubiese estado confeccionada en Kevlar.

Podía haberme levantado e irme pero tenía miedo que creyesen que yo era un fascista que no toleraba su presencia por causas ideológicas y no sanitarias, Ademas todos hablaban en inglés por lo que mi actitud podía interpretarse también como xenófoba y no tengo yo el cuerpo a las siete de la mañana para enfrentarme a nadie por motivos sociopolíticos.

Mi salvación llegó cuando escuché por los altavoces del tren que llegábamos a Montcada i Reixac . Fingí que me apeaba y me dirigí al lugar del tren más alejado posible de aquel tufo, intentando que no se notara que mi equilibrio se había visto afectado por el mareo.

Cuando mi estómago y otras vísceras ocuparon de nuevo el lugar que les corresponden según mis parámetros antropomórficos, pude regresar a mis pensamientos y concluir que aquellos jóvenes eran en realidad “Okupas” pues habían ocupado mis fosas nasales y posiblemente las de los otros viajeros de una manera que no puede ser legal.

Su rebeldía, si es que realmente se rebelan contra algo, no es contra el sistema sino contra la higiene corporal. Son una especie de veganos ultraortodoxos que entienden que las bacterias también tienen derecho a la vida y que no pueden ser aniquiladas por burgueses jabones y geles de baño.

Me gusta que la juventud tenga principios y se rebele contra lo que considera injusto, ¡ojalá! hubiese sido yo menos sumiso en mi juventud, por lo que también, a esta clase de activistas, les declaro mi admiración, pero desde cincuenta o sesenta metros como mínimo de distancia.

No me gusta el baloncesto.

 

(Con motivo de la celebración del mundial de baloncesto en España he decidido reeditar una de las primeras entradas que publiqué en este blog y que eliminé porque no le encontré el sentido de publicarla entonces que en cambio sí tiene hoy día.)

Una amiga me comentó que se había apuntado para jugar al “Básquet” que es como se llama a hora al baloncesto de toda la vida. Como soy un buen amigo, suelo animar a todo el mundo en sus empeños, aunque sean actividades que encuentro absurdas o poco estimulantes, y ninguna para mí tan absurda y poco estimulante  como el baloncesto.

Este deporte, que tanto gusta a personajes a los que admiro como Woody Allen o Carl Sagan, es excluyente, pues midiendo 1,70m no me dejarían jugar, lejos de los patios de recreo. Sí ya sé, un tal Muggsy Bogues media 1,60m y fue un fenómeno como algún par más que median menos de 1,75m, pero son casos anecdóticos y si se les recuerda es precisamente por considerar que triunfaron a pesar de no estar en su elemento.

El baloncesto consiste como otros deportes, en competir entre equipos o de forma individual para superar un obstáculo. En el baloncesto el obstáculo es la altura a la que se sitúa la cesta donde se debe introducir la pelota, así que los responsables de los equipos decidieron hacer trampas. ¿Cómo? sencillo, fichar a jugadores muy altos para reducir al máximo dicho obstáculo, cuanto más alto sea el jugador más fácilmente llegará a la cesta, así que estos se rifan a los jugadores muy altos como Manute Bol, (2,31m) ya fallecido o Yao Ming (2,28m), sólo para que lleguen mejor a la cesta. Ya me dirán qué merito tiene que un tío de 2,20m como Tkachenko, meta o impida meter una pelota en una cesta situada a 3,05m.

Me cuesta, pero debo admitir, que el futbol es un deporte mucho más democrático. Hay sitio para todos. El mejor futbolista del mundo es Leo Messi  (1,69 m) que puede sortear con tranquilidad a los defensas contrarios porque sabe que Gerard Piqué (1,93m) cuida su retaguardia.

¿Por qué no, en vez de fichar a tíos cada vez más altos para llegar mejor a la canasta, no la bajan para que podamos jugar todos? o ¿Por qué no  establecer categorías como en el boxeo. Dejemos la canasta como está actualmente para jugadores de hasta 1,80m y situémosla, no sé, a 4,50 o 5m para jugadores de hasta más de 2m.

Bueno es una broma pues la verdad es que me da igual. Detesto cualquier deporte como espectáculo, pues creo que aparta a la gente de sus problemas reales y nos mantienen sedados, pero creo que el baloncesto es además excluyente y me irritan las cosas excluyentes pero que además sean populares entre la gente excluida ya me resulta del todo incomprensible.

Los hombres no podemos decir que no.

Regreso de Zaragoza en el AVE. Extenuado por estar midiendo calles bajo el sol de la capital aragonesa. A mi lado sentada, una chica de unos veinte y pocos teclea frenéticamente en su iPhone. Sus uñas están esmaltadas de un verde raro, el mismo verde de sus zapatillas.

No me llama la atención. Es muy bonita y tiene un pelo precioso y fragante pero nunca me han interesado las mujeres demasiado jóvenes. Ni siquiera cuando yo también era demasiado joven.

Al llegar a Tarragona me pide que le deje pasar, pues yo ocupo el asiento de pasillo. Parece que se apea. Me incorporo y al pasar junto a mí, percibo lo pequeña que es y lo frágil que parece. Dando unos saltitos cómicos intenta en vano coger una enorme maleta que reposa en el portaequipajes.

Con una sonrisa en boca y ojos me pide que la ayude a bajar el gigantesco bulto. ¡Vaya es más guapa de lo que parecía en un principio! pero me da por pensar que una mujer joven del siglo XXI no debería pedir algo así, una mujer joven del siglo XXI debería saber valerse por sí misma. Pero pienso poco rato porque los milenios de evolución pueden con cualquier razonamiento. De repente no soy un cuarentón con exceso de triglicéridos e incipiente papada. Soy el macho de lomo plateado y tengo que demostrar mi virilidad ante la hermosa hembra.

Desconozco cuánto pesa la gigantesca maleta, pero me da igual, sean cuatro o cuarenta los quilos pienso descargarla y dársela aunque me cueste una hernia. Afortunadamente para mis maltrechas vertebras la maleta no pesa demasiado y puedo bajarla sin problemas. La chica me dedica un encantador “Muchas gracias” y se despide. Vuelvo a ocupar mi asiento. Oigo el eco histórico de mis antepasados simios golpeándose el pecho.

El tren retoma su andadura. Vuelvo a ser el hombrecillo maduro sobrado de triglicéridos, y un pensamiento inquietante me asalta: La chica de las uñas verdes ¿de verdad no podía bajar su maleta o bien sabía que los hombres, no podemos decir que no?

A veces odio Barcelona

Hoy he decidido salir de la cama. He pasado uno de los periodos de indolencia más prolongados de mi vida. Me ha dado tiempo de ver de un tirón las dos primeras temporadas de “Breaking bad” y de “Dexter“. El castillo de naipes de mi autoestima erguido por mi reciente viaje a los Estados Unidos y por las excelentes noticias desde Rusia, se ha desmoronado por efecto de sendos fracasos profesional y sentimentales.

Hoy he decidido salir a caminar por el centro de Barcelona y aprovechar para hacerme unas fotos de carné en mi fotomatón preferido. ¡Ojalá! me hubiese quedado en la cama viendo la tele. Lo que necesitaba mi ego era toparme con esto:

Imagen

Un Messi de 20 metros elevado a los altares por una exótica línea aérea que cree que un tipo que confiesa haber leído un único libro e incapaz ,por lo visto, de saber que tenía que pagar impuestos, me incentivará a montarme en uno de su aviones.

¡Qué feliz y ufano se le ve! Claro, ¡Cómo no! Lo forran con billetes porque juega a la pelota y entretiene al rebaño. Yo no pertenezco al rebaño y me insulta ver a ese personaje  mitificado y  convertido en un totem, en un Zeus olímpico canijo (no piensen que me burlo, creo que mide más o menos como yo).

¡El futbol, el maldito futbol! Eso es lo que le importa a la gente. Un día después de saber que se han superado los 6,2 millones de desempleados, los titulares de todos los diarios comunican la dimisión del presidente del Barça, Oigo a la gente que lo comenta en el metro, en las terrazas, en los kioscos. ¿opinó ayer la gente sobre el dato del paro con la vehemencia con la que he escuchado a los “expertos” que hoy proliferaban por doquier, expresando a gritos sus opiniones futboleras?

Corrupción, trapicheos, enriquecimiento obsceno, pero la gente sigue idolatrando a toda esta gentuza. Es como una religión, que a cambio de adhesión incondicional, te ofrece un paraíso donde el éxito de otros es tu propio éxito y el orgullo que tu patria te escatima te lo da el estampado de una camiseta vestida por un extranjero muy bien pagado, ¡Un mercenario, vaya!.

Como dijo Chesterton: “Algunos de los que dejan de creer en Dios, no es que no crean en nada sino que creen en cualquier cosa”. Yo hace años que no creo en nada y ver a millonarios jugando al balón no me distrae de la realidad. Lo intento viendo series bajadas… digo, compradas en la FNAC, pero tampoco lo consigo del todo. ¡Cómo odio mis limitaciones, como odio la realidad y como odio a veces Barcelona!

El Whatsapp y los pitufos.

El pasado día 8 de enero recibí el siguiente correo electrónico preocupante:

de: Vowell Syreeta <SyreetaVowellfe@outlook.com>

para: *********@gmail.com

fecha: 8 de enero de 2014, 7:58

asunto: Pitufo, Holding internacional en busca de empleados

“Yo me nombro Vowell Syreeta. Yo soy el administrador de corporacion americana de contabilidad. Mas de 6 anos, hemos otorgado servicios de contabilidad a los clientes exclusivamente de Georgia. Desde un tiempo atras comenzamos el trabajo a distancia con el cliente.

Nuestra corporacion ya mostro su capacidad en EE.UU y ahora esta planeando en ampliarse. Espana sera el siguiente pais. Ya tenemos varios clientes en el territorio de Espana.
De acuerdo a ello necesitamos 3 o 4 personas para el puesto de gerente financiero en Espana..y bla,bla,bla.”

La verdad es que el contenido del correo no es más que el típico intento de timo para que blanquees dinero para no se sabe que ladinas organizaciones internacionales y no hace falta transcribirlo entero. Lo que me preocupa no es que tengan mi dirección de correo personal para hacer “spam”, ni que quieran embaucarme para participar en un peligroso timo. El problema no es ese. Tal vez el lector perspicaz y observador haya visto que algo no cuadra aparte de la atroz traducción. ¡Lo ven! Si no se lo digo yo:

En el asunto me llaman, ¡Pitufo!

¿Pitufo?  ¿Es un error del traductor automático? ¿Es algún código secreto? ¿Son unos cachondos? La cosa no pasaría de una mera anécdota sino fuera porque Pitufo es el mote con el que, mi ex, me llamaba y me sigue llamando por su creencia de que tengo una actitud parecida a la del Pitufo Gruñón de la conocida serie de dibujos animados.

Pero ¿Cómo puede ser que esta gente crea que me llamo Pitufo? Pues dado que en ningún correo electrónico firmo con tal nombre, y que mi ex nunca se comunica conmigo por e-mail sólo puede ser que lo hayan deducido de Facebook o de Whatsapp. He repasado los escasos mensajes compartidos con mi ex en Facebook y ninguno contiene tal denominación así que sólo puede haber sido por Whatsapp y, en efecto,  mi ex me llamó Pitufo cuando me deseó feliz año nuevo por dicha aplicación de mensajería instantánea tan solo unos días antes.

La verdad es que da miedo lo que puede llegar a saber de ti cualquiera hoy en día interviniendo tus comunicaciones digitales. Yo no soy de los que propagan grandes secretos y cualquiera puede conocer todo sobre mi vida leyendo este blog, pero igual que se puede saber que alguien me llama Pitufo, también pueden saber, no sé, qué páginas pornográficas  he visitado a lo largo de los años, por ejemplo, pues la impresión de marrano especialmente pervertido que puedo causar, me quita el sueño.

Por si acaso me abstendré de iniciar una carrera política.

Los números de 2013 de mi Blog

Los duendes de las estadísticas de WordPress.com prepararon un informe sobre el año 2013 de este blog.

Aquí hay un extracto:

La sala de conciertos de la Ópera de Sydney contiene 2.700 personas. Este blog ha sido visto cerca de 32.000 veces en 2013. Si fuera un concierto en el Sydney Opera House, se se necesitarían alrededor de 12 presentaciones con entradas agotadas para que todos lo vean.

Haz click para ver el reporte completo.