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Paisaje humano del viernes.

Llego a la estación de cercanías. La mañana es fría y fría está la estación hecha de publicidad, acero y hormigón. El paisaje humano es más interesante, más cálido. Me reconforta observar a la gente.

6:27. Mi compañero Adama.

Adama es un hombre negro nacido en Mali. Trabaja en mi misma fábrica y vive en el barrio del Clot. Nos saludamos con cortesía pero no contemporizamos. Él siempre está con otros africanos hablando animadamente y yo voy a lo mío. Adama es un tipo curioso. Me han dicho que en su DNI figura una equis donde los demás tenemos la fecha de nacimiento. No conoce su edad. Es un hombre grande, corpulento pese a lo cual se mueve con una agilidad que impresiona. A veces lo veo bajar del tren a la vuelta. Camina muy rápido, no usa las escaleras mecánicas y lo pierdo pronto de vista. ¿Adónde irá con tanta prisa? Su familia vive en Marruecos así que no es para encontrar el calor de una esposa y unos hijos. ¡Vete a saber!

6:38. La chica del “piercing”.

Aparece la chica del abrigo marrón. Su pelo está teñido de un rubio cegador y su mirada es triste. Sus pechos macilentos y su abdomen fofo de cuarentona que no se cuida se delatan tras las camisetas floreadas que suele llevar y que contrastan con la firmeza de sus largas piernas. Parece de gran estatura pero es porque lleva unas botas de suela gruesa con 10 cm de tacón, no obstante seguro que descalza sigue siendo bastante alta. Pero lo que más llama la atención es el piercing que luce en su nariz que, cual diente de Pedro Navaja,  alumbra toda la estación. A veces, antes de enfrascarse en la lectura de su libro electrónico me mira. Sí, coincidimos cada día, pero no es todavía el tiempo de saludarnos.

6:50. El hombre gordo.

No sé cómo lo hace, pero el hombre gordo llega siempre el tiempo justo para no tener que esperar el tren mucho rato. Es gordo en una manera curiosa. Su cuerpo pertenece a un obeso pero su cara y su cuello son de un hombre delgado. Lleva unas zapatillas deportivas con detalles de neón con las que camina bamboleándose, y lo hace tan cerca del filo del andén que a veces creo que va a precipitarse a las vías. Pero no pasará nunca porque mira constantemente al suelo, con expresión melancólica, aunque hace unos días, tenía dibujada una tenue sonrisa. – El hombre gordo también tiene días buenos.- pensé.

7:30. Los obreros de la furgoneta.

Cuando encaro el tortuoso sendero que conduce a mi puesto de trabajo, me cruzo con trabajadores que suben a una camioneta plateada siempre limpia. Miran tras las ventanas con expresión ausente. No hablan entre ellos, es como sintieran que son como acémilas llevadas al arado. Nunca he visto al conductor, la disposición de las farolas deja en sombra el lado izquierdo del vehículo. Sólo sé que cuando llegan todos los trabajadores arranca camino de alguna fábrica o almacén. A veces me cede el paso y otras lo cedo yo, pues por algún hecho del destino casi siempre coincidimos cuando cruzo la calle.

7:35. La pareja de deportistas.

Mientras yo me dirijo por la Avenida del Besós a mi fábrica, en sentido contrario aparecen los corredores. Un hombre y una mujer, cincuentones. Ambos no son precisamente guapos, pero sus cuerpos parecen esculpidos en mármol, cosas del deporte, o quizás de la carísima ropa deportiva que llevan. Antes la gente corría en chándal pero hoy si no vas cubierto de goretex, neopreno y  kevlar, no eres nadie.

14:10. El que reparte papelitos o pañuelos.

Un tipo calvo de aspecto extranjero con abrigo de lana negro, deja papelitos al lado de los viajeros. A veces otro tipo reparte pañuelos de papel. Intentan en vano que coja la mercancía pero yo los soslayo con gesto severo. No sé qué dicen los papeles ni voy a comprar “Kleenex” a precio de Jabugo. La caridad me deprime. La mendicidad me aterra. Son los jinetes del apocalipsis de las crisis económicas y mi habitación 101. La caridad es más barata que el estado del bienestar. Por eso hay tantas iniciativas y peticiones de ayuda y por eso soportamos anuncios donde algún futbolista millonario nos pide colaboración para ayudar a vete a saber quién. Encima la caridad la tienemos que hacer entre los pobres, ¡no te fastidia!

- Llegado el momento, prefiero robar.- siempre repito este mantra cuando me enfrento a pordioseros y pedigüeños, pero… ya veremos.

14:21. Los acróbatas simiescos.

A veces suben al tren pandillas de chavales “poligoneros” que se divierten haciendo volteretas agarrados a las barras del tren. Se cuelgan de ellas y dan una vuelta completa en el aire. Luego caen haciendo mucho ruido al chocar sus “Converse” contra el piso del vagón. Después celebran con risas pueriles que no se diferencian demasiado de un chimpancé. No, no son como los bailarines que vi en el metro de Nueva York talentosos y divertidos, estos son idiotas con certificación ISO 9001.

14:30. Los que se cuelan.

Algunos jóvenes y otros no tanto, se encaraman a las rojas celosías de la estación de Sant Andreu Comtal. La estación está siempre vigilada por “seguratas” pertrechados como mercenarios y las canceladoras son de esas con unas puertas correderas que no se pueden saltar y al salir debes volver a pasar tu billete por ellas. Si además añades que en la línea en la que viajo no hay revisores, puedes ir gratis en tren siempre que tengas predisposición para las acrobacias. Yo siempre he sentido un profundo odio por los que se cuelan en el metro. Cuantas veces he soñado con emular a aquel arquitecto justiciero tan brillantemente interpretado por Charles Bronson y dar buena cuenta de la gentuza del suburbano.

Pero los que se cuelan en la RENFE son otra cosa. Dan un pequeño salto para colocar un pie sobre el travesaño central, se agarran de la parte superior de la verja y dando un volatín se dejan caer por el otro lado. Sólo les falta quedarse firmes con los brazos en cruz. Me asombra y me causa envidia tanta agilidad, yo ni siquiera soy capaz de caminar y hablar al mismo tiempo. Definitivamente no son como los que se cuelan en el metro a estos los admiro, admiración que cesa, eso sí, cuando veo mi cara de pringado, que ha pagado 77 euros por un abono mensual,  reflejada en las puertas de salida de la estación.

Salgo a la calle. Brilla el Sol. Dejo de observar a la gente. El lunes más.

Oda al río Besós.

¡Oh! río Besós.

¡Qué mal me caes! Reguero enano de fétidas aguas. ¿Qué te he hecho yo para que me atormentes cada mañana? Martirizas mi madura osamenta con la humedad que exudas como un enfermo febril y me haces vagar a ciegas por la neblina que emana del líquido innombrable que vomitas en el Mediterráneo.

¡Oh río Besós!

¡Qué birria eres y que ufano te sientes por tener una ciudad a tu nombre! Sí, ya sé que no hay un Washington del Potomac ni un Londres del Támesis, pero esos ríos no necesitan apellidos, les basta con sus inmensos cauces y sus rugientes caudales para ser admirados. Y además, ¿tú que tienes? ¿Un Sant Adrià? Un pueblo grande, famoso por sus colosales chimeneas y por contener el barrio de La Mina, en cuyas polvorientas calles pasé tantas horas de mi niñez. La verdad no es para tanto, te lo digo yo.

¡Oh río Besós!

Por si las molestias físicas no fueran poco, me produces también castigo psicológico. Desde que soy asalariado de Vulcano, tengo que recorrer tu vereda, y claro, llegan a mi memoria los recuerdos de cuando años atrás navegaba por la ribera del Nilo, simpar eden de fértiles tierras adornadas con hermosos minaretes. Y ahora sufro por contemplar a diario el informe lodazal de malas hierbas que atraviesas, ornamentado por plúmbeas farolas y donde la única vida posible es la de los gatos que intentan en vano alimentarse de lo que tu corriente ponzoñosa no da.

¡Oh río Besós!

Espero que cuando el invierno acabe y las tinieblas se disipen, pueda verte mejor con la luz de la primavera. Quizás entonces descubra en ti algún adorno, alguna virtud que mejore la pésima imagen que tengo de ti. Pero mientras tanto ¡Oh río Besós! me mantendré lo más alejado de tu lóbrega orilla y seguiré caminando pegado a los muros de la exangües industrias de mi tierra. Me inspiran más simpatía.

Okupas, perroflautas o antisistema.

Desde que soy siderometalúrgico tengo la necesidad de usar el eficiente servicio de cercanías de RENFE del que disponemos en Barcelona. He tenido suerte. La línea R2 que conecta Castelldefels con Granollers  y que me permite llegar hasta Montmeló, parece el Orient Express si la comparo con la impuntual y masificada línea R4 con la que a veces me desplazaba a la plantación de algodón de Sant Joan Despí.

Todas las mañanas tomo el tren en la estación del Clot-Aragó poco frecuentada, silenciosa, amigable. Cuando llega el tren, siempre encuentro asientos libres y de momento no he sufrido retrasos de consideración.

Pero no todo son parabienes. El otro día, sin ir más lejos, subió al tren una tropa de esos jóvenes que deambulan por la vida acompañados de perros, con ropa pseudomilitar, “piercings” mugrientos y ese engendro de la ornamentación corporal llamado “rastas”.

Nunca he estado en Jamaica (ni pienso estar) y tal vez allí estas extensiones capilares sean complementos agradables e higiénicos, pero las que se usan por aquí me recuerdan al pelo de aspecto mortecino de los roedores disecados que tenía el director de mi colegio en su despacho y que tanta congoja me producía mirarlos ocultos en la penumbra de sus anaqueles, las escasas veces que estuve en dicho despacho.

Me quedé observando a aquellos jóvenes intentando clasificarlos y comprender su filosofía de vida:

Perroflautas no eran pues tenían perros pero no flautas. Antisistema, bueno, si eres antisistema ¿Por qué tomas un tren de cercanías? ¿Hay algo más inherente al sistema que la red ferroviaria de cercanías? Trenes conducidos por aburridos funcionarios, megafonía impersonal y estaciones llenas de currantes adormecidos  vigiladas por “seguratas” barrigudos.

Pero no reflexioné mucho tiempo. Mis pensamientos fueron abortados de repente por el intenso y repugnante hedor que desprendían aquellos chicos y chicas. Doscientos metros de tren, cincuenta plazas por coche y estos angelitos tienen que sentarse a mi vera.

Mis elucubraciones fueron substituidas por nauseas y otros desordenes fisiológicos. ¡Qué peste! Aproveché la braga que uso para  los días de frío intenso  que lucia en mi cuello para cubrir mi nariz, pero fue en vano. Aquel pestilente olor era tan cáustico que la hubiese traspasado aunque hubiese estado confeccionada en Kevlar.

Podía haberme levantado e irme pero tenía miedo que creyesen que yo era un fascista que no toleraba su presencia por causas ideológicas y no sanitarias, Ademas todos hablaban en inglés por lo que mi actitud podía interpretarse también como xenófoba y no tengo yo el cuerpo a las siete de la mañana para enfrentarme a nadie por motivos sociopolíticos.

Mi salvación llegó cuando escuché por los altavoces del tren que llegábamos a Montcada i Reixac . Fingí que me apeaba y me dirigí al lugar del tren más alejado posible de aquel tufo, intentando que no se notara que mi equilibrio se había visto afectado por el mareo.

Cuando mi estómago y otras vísceras ocuparon de nuevo el lugar que les corresponden según mis parámetros antropomórficos, pude regresar a mis pensamientos y concluir que aquellos jóvenes eran en realidad “Okupas” pues habían ocupado mis fosas nasales y posiblemente las de los otros viajeros de una manera que no puede ser legal.

Su rebeldía, si es que realmente se rebelan contra algo, no es contra el sistema sino contra la higiene corporal. Son una especie de veganos ultraortodoxos que entienden que las bacterias también tienen derecho a la vida y que no pueden ser aniquiladas por burgueses jabones y geles de baño.

Me gusta que la juventud tenga principios y se rebele contra lo que considera injusto, ¡ojalá! hubiese sido yo menos sumiso en mi juventud, por lo que también, a esta clase de activistas, les declaro mi admiración, pero desde cincuenta o sesenta metros como mínimo de distancia.

No me gusta el baloncesto.

 

(Con motivo de la celebración del mundial de baloncesto en España he decidido reeditar una de las primeras entradas que publiqué en este blog y que eliminé porque no le encontré el sentido de publicarla entonces que en cambio sí tiene hoy día.)

Una amiga me comentó que se había apuntado para jugar al “Básquet” que es como se llama a hora al baloncesto de toda la vida. Como soy un buen amigo, suelo animar a todo el mundo en sus empeños, aunque sean actividades que encuentro absurdas o poco estimulantes, y ninguna para mí tan absurda y poco estimulante  como el baloncesto.

Este deporte, que tanto gusta a personajes a los que admiro como Woody Allen o Carl Sagan, es excluyente, pues midiendo 1,70m no me dejarían jugar, lejos de los patios de recreo. Sí ya sé, un tal Muggsy Bogues media 1,60m y fue un fenómeno como algún par más que median menos de 1,75m, pero son casos anecdóticos y si se les recuerda es precisamente por considerar que triunfaron a pesar de no estar en su elemento.

El baloncesto consiste como otros deportes, en competir entre equipos o de forma individual para superar un obstáculo. En el baloncesto el obstáculo es la altura a la que se sitúa la cesta donde se debe introducir la pelota, así que los responsables de los equipos decidieron hacer trampas. ¿Cómo? sencillo, fichar a jugadores muy altos para reducir al máximo dicho obstáculo, cuanto más alto sea el jugador más fácilmente llegará a la cesta, así que estos se rifan a los jugadores muy altos como Manute Bol, (2,31m) ya fallecido o Yao Ming (2,28m), sólo para que lleguen mejor a la cesta. Ya me dirán qué merito tiene que un tío de 2,20m como Tkachenko, meta o impida meter una pelota en una cesta situada a 3,05m.

Me cuesta, pero debo admitir, que el futbol es un deporte mucho más democrático. Hay sitio para todos. El mejor futbolista del mundo es Leo Messi  (1,69 m) que puede sortear con tranquilidad a los defensas contrarios porque sabe que Gerard Piqué (1,93m) cuida su retaguardia.

¿Por qué no, en vez de fichar a tíos cada vez más altos para llegar mejor a la canasta, no la bajan para que podamos jugar todos? o ¿Por qué no  establecer categorías como en el boxeo. Dejemos la canasta como está actualmente para jugadores de hasta 1,80m y situémosla, no sé, a 4,50 o 5m para jugadores de hasta más de 2m.

Bueno es una broma pues la verdad es que me da igual. Detesto cualquier deporte como espectáculo, pues creo que aparta a la gente de sus problemas reales y nos mantienen sedados, pero creo que el baloncesto es además excluyente y me irritan las cosas excluyentes pero que además sean populares entre la gente excluida ya me resulta del todo incomprensible.

Los hombres no podemos decir que no.

Regreso de Zaragoza en el AVE. Extenuado por estar midiendo calles bajo el sol de la capital aragonesa. A mi lado sentada, una chica de unos veinte y pocos teclea frenéticamente en su iPhone. Sus uñas están esmaltadas de un verde raro, el mismo verde de sus zapatillas.

No me llama la atención. Es muy bonita y tiene un pelo precioso y fragante pero nunca me han interesado las mujeres demasiado jóvenes. Ni siquiera cuando yo también era demasiado joven.

Al llegar a Tarragona me pide que le deje pasar, pues yo ocupo el asiento de pasillo. Parece que se apea. Me incorporo y al pasar junto a mí, percibo lo pequeña que es y lo frágil que parece. Dando unos saltitos cómicos intenta en vano coger una enorme maleta que reposa en el portaequipajes.

Con una sonrisa en boca y ojos me pide que la ayude a bajar el gigantesco bulto. ¡Vaya es más guapa de lo que parecía en un principio! pero me da por pensar que una mujer joven del siglo XXI no debería pedir algo así, una mujer joven del siglo XXI debería saber valerse por sí misma. Pero pienso poco rato porque los milenios de evolución pueden con cualquier razonamiento. De repente no soy un cuarentón con exceso de triglicéridos e incipiente papada. Soy el macho de lomo plateado y tengo que demostrar mi virilidad ante la hermosa hembra.

Desconozco cuánto pesa la gigantesca maleta, pero me da igual, sean cuatro o cuarenta los quilos pienso descargarla y dársela aunque me cueste una hernia. Afortunadamente para mis maltrechas vertebras la maleta no pesa demasiado y puedo bajarla sin problemas. La chica me dedica un encantador “Muchas gracias” y se despide. Vuelvo a ocupar mi asiento. Oigo el eco histórico de mis antepasados simios golpeándose el pecho.

El tren retoma su andadura. Vuelvo a ser el hombrecillo maduro sobrado de triglicéridos, y un pensamiento inquietante me asalta: La chica de las uñas verdes ¿de verdad no podía bajar su maleta o bien sabía que los hombres, no podemos decir que no?

A veces odio Barcelona

Hoy he decidido salir de la cama. He pasado uno de los periodos de indolencia más prolongados de mi vida. Me ha dado tiempo de ver de un tirón las dos primeras temporadas de “Breaking bad” y de “Dexter“. El castillo de naipes de mi autoestima erguido por mi reciente viaje a los Estados Unidos y por las excelentes noticias desde Rusia, se ha desmoronado por efecto de sendos fracasos profesional y sentimentales.

Hoy he decidido salir a caminar por el centro de Barcelona y aprovechar para hacerme unas fotos de carné en mi fotomatón preferido. ¡Ojalá! me hubiese quedado en la cama viendo la tele. Lo que necesitaba mi ego era toparme con esto:

Imagen

Un Messi de 20 metros elevado a los altares por una exótica línea aérea que cree que un tipo que confiesa haber leído un único libro e incapaz ,por lo visto, de saber que tenía que pagar impuestos, me incentivará a montarme en uno de su aviones.

¡Qué feliz y ufano se le ve! Claro, ¡Cómo no! Lo forran con billetes porque juega a la pelota y entretiene al rebaño. Yo no pertenezco al rebaño y me insulta ver a ese personaje  mitificado y  convertido en un totem, en un Zeus olímpico canijo (no piensen que me burlo, creo que mide más o menos como yo).

¡El futbol, el maldito futbol! Eso es lo que le importa a la gente. Un día después de saber que se han superado los 6,2 millones de desempleados, los titulares de todos los diarios comunican la dimisión del presidente del Barça, Oigo a la gente que lo comenta en el metro, en las terrazas, en los kioscos. ¿opinó ayer la gente sobre el dato del paro con la vehemencia con la que he escuchado a los “expertos” que hoy proliferaban por doquier, expresando a gritos sus opiniones futboleras?

Corrupción, trapicheos, enriquecimiento obsceno, pero la gente sigue idolatrando a toda esta gentuza. Es como una religión, que a cambio de adhesión incondicional, te ofrece un paraíso donde el éxito de otros es tu propio éxito y el orgullo que tu patria te escatima te lo da el estampado de una camiseta vestida por un extranjero muy bien pagado, ¡Un mercenario, vaya!.

Como dijo Chesterton: “Algunos de los que dejan de creer en Dios, no es que no crean en nada sino que creen en cualquier cosa”. Yo hace años que no creo en nada y ver a millonarios jugando al balón no me distrae de la realidad. Lo intento viendo series bajadas… digo, compradas en la FNAC, pero tampoco lo consigo del todo. ¡Cómo odio mis limitaciones, como odio la realidad y como odio a veces Barcelona!

El Whatsapp y los pitufos.

El pasado día 8 de enero recibí el siguiente correo electrónico preocupante:

de: Vowell Syreeta <SyreetaVowellfe@outlook.com>

para: *********@gmail.com

fecha: 8 de enero de 2014, 7:58

asunto: Pitufo, Holding internacional en busca de empleados

“Yo me nombro Vowell Syreeta. Yo soy el administrador de corporacion americana de contabilidad. Mas de 6 anos, hemos otorgado servicios de contabilidad a los clientes exclusivamente de Georgia. Desde un tiempo atras comenzamos el trabajo a distancia con el cliente.

Nuestra corporacion ya mostro su capacidad en EE.UU y ahora esta planeando en ampliarse. Espana sera el siguiente pais. Ya tenemos varios clientes en el territorio de Espana.
De acuerdo a ello necesitamos 3 o 4 personas para el puesto de gerente financiero en Espana..y bla,bla,bla.”

La verdad es que el contenido del correo no es más que el típico intento de timo para que blanquees dinero para no se sabe que ladinas organizaciones internacionales y no hace falta transcribirlo entero. Lo que me preocupa no es que tengan mi dirección de correo personal para hacer “spam”, ni que quieran embaucarme para participar en un peligroso timo. El problema no es ese. Tal vez el lector perspicaz y observador haya visto que algo no cuadra aparte de la atroz traducción. ¡Lo ven! Si no se lo digo yo:

En el asunto me llaman, ¡Pitufo!

¿Pitufo?  ¿Es un error del traductor automático? ¿Es algún código secreto? ¿Son unos cachondos? La cosa no pasaría de una mera anécdota sino fuera porque Pitufo es el mote con el que, mi ex, me llamaba y me sigue llamando por su creencia de que tengo una actitud parecida a la del Pitufo Gruñón de la conocida serie de dibujos animados.

Pero ¿Cómo puede ser que esta gente crea que me llamo Pitufo? Pues dado que en ningún correo electrónico firmo con tal nombre, y que mi ex nunca se comunica conmigo por e-mail sólo puede ser que lo hayan deducido de Facebook o de Whatsapp. He repasado los escasos mensajes compartidos con mi ex en Facebook y ninguno contiene tal denominación así que sólo puede haber sido por Whatsapp y, en efecto,  mi ex me llamó Pitufo cuando me deseó feliz año nuevo por dicha aplicación de mensajería instantánea tan solo unos días antes.

La verdad es que da miedo lo que puede llegar a saber de ti cualquiera hoy en día interviniendo tus comunicaciones digitales. Yo no soy de los que propagan grandes secretos y cualquiera puede conocer todo sobre mi vida leyendo este blog, pero igual que se puede saber que alguien me llama Pitufo, también pueden saber, no sé, qué páginas pornográficas  he visitado a lo largo de los años, por ejemplo, pues la impresión de marrano especialmente pervertido que puedo causar, me quita el sueño.

Por si acaso me abstendré de iniciar una carrera política.

Los números de 2013 de mi Blog

Los duendes de las estadísticas de WordPress.com prepararon un informe sobre el año 2013 de este blog.

Aquí hay un extracto:

La sala de conciertos de la Ópera de Sydney contiene 2.700 personas. Este blog ha sido visto cerca de 32.000 veces en 2013. Si fuera un concierto en el Sydney Opera House, se se necesitarían alrededor de 12 presentaciones con entradas agotadas para que todos lo vean.

Haz click para ver el reporte completo.

Los confusos días de diciembre

He quedado con una persona en una céntrica plaza de Barcelona justo donde hace esquina con otra no menos céntrica calle. Era un sitio ideal como punto de reunión pues queda cerca de una parada de metro y de  numerosas paradas de bus pero desde que pusieron ese local ya no me gusta que me citen por aquí. Hoy no quedaba más remedio. La persona con la que he quedado tiene cosas que atender cerca y vendrá andando, así que resulta más práctico que yo la espere frente a ese establecimiento.

Ese  lugar está lleno de gente. Gente a los que la crisis no ha tratado como a los demás a pesar de que intentan disimularlo. Son gente que ya lleva tiempo sin una alegría sin una satisfacción, puede que incluso más de dos años.  Gente de clase media resignada que quisiera progresar pero lo único que les queda son estos lugares. No sé cuantos sitios hay en Barcelona que se dedican a esto. Pero los más importantes son el que tengo enfrente y otro que curiosamente está cerca de donde yo vivo.

Ambos son parecidos: limpios, silenciosos y bien organizados por voluntariosos adolescentes que distribuyen con una sonrisa a sus peculiares clientes. Estos muchachos uniformados saben que las personas que vienen a estos locales no están acostumbrados a sitios así, que en otro tiempo se pavoneaban en grandes superficies comerciales y en tiendas de relumbre buscando qué comprar por navidad y ahora, míralos, perdidos, confusos sin saber que hacer y sin saber qué pedir y cómo pedirlo.

La persona con la que he quedado tarda. Tengo frío y siento curiosidad. parece que dentro del local hace más calor. Decido entrar. En el interior hay más gente de la que parecía desde el exterior. Gente de todo tipo. Gente que antes vete a saber en qué se ocupaba un día como este de diciembre. Cuántos anhelos, cuántos deseos han quedado eclipsados para que tengas que verte dentro de este sitio. Algunos habrán tenido que renunciar a tantas cosas al entrar aquí: principios, opiniones puede que falsa dignidad, ¡qué sé yo!  Los tiempos cambian y hay que adaptarse, al fin y al cabo, saben que hay gente que está peor, que ni siquiera pueden recurrir a un lugar como este.

Recorro el local intentando no tropezar entre el gentío. me llama la atención la poca oferta de productos y lo poco adecuados que son algunos para los tiempos que vivimos, pero la gente está desesperada por hacerse con algo. Los muchachos que atienden intentan tranquilizarlos. – ¡Qué hay para todos!- les dicen, pero la gente no se fía. Temen quedarse sin nada. Será por eso que hay formada una gran cola desde la entrada hasta el punto de expedición de los productos. ¡Tener que hacer cola para esto! ¿Adónde hemos llegado?

Un muchacho uniformado se me acerca y me pregunta que si quiero algo.- No, sólo miraba- contesto confuso pues no sé si debía de haber entrado. Me preocupa que me llamen la atención, sobre todo en lugares como este, donde es fácil estorbar, con tanta gente y tanta ansiedad. Sonrío y me dispongo a ir hacia la salida pero el muchacho me interpela:

– Sí necesita ayuda no dude en pedirla y si no, ya sabe, póngase en la cola y le darán lo que necesite.

El muchacho habla sonriendo y con tono dulce, sabe que la gente que atiende cada día está perdida e incluso, por qué no decirlo, asustada; y debe de pensar que yo soy uno de ellos. Después Se despide de mí como diciendo:

- Pida lo que necesite, no hay de qué avergonzarse.

Salgo de allí haciendo ver que agradezco al chico sus palabras, intentando no tropezar con la gente ávida que abarrota el lugar. Al pisar la calle me encuentro de bruces con la persona con la que había quedado.

- Siento el retraso. Es que he ido a donar unos alimentos al comedor social que hay más arriba. ¿Qué hacías en la “Apple Store”? ¿Vas a comprarte un Iphone dorado? ¡je, je!

- No, sólo curioseaba. Me llamaba la atención que la gente haga cola en una tienda cuyo producto más barato vale 300€, en estos tiempos.

- Ya estás con tu tonta conciencia social, seguro que te gustaría tener un iPad.

- Ya tuve un iPod ¿Sabes? ¡Y de los caros! Pero se lo he regalado a mi hermano.

- ¿Ah, sí? Cuéntame….

En defensa de Jar Jar Binks

Querido Jar Jar:

Siento desde siempre cierta simpatía por aquellos seres u objetos que son sistemáticamente criticados u odiados simplemente porque es moda o por inercia y tú, mi querido Gunga eres un ejemplo paradigmático como lo es la letra Comic Sans, por ejemplo. Jar Jar eres La Sofia Coppola de la animación digital y es muy injusto para ti, porque  Sofía Coppola, estigmatizada por su aparición en la tercera parte de El Padrino,  quedó reivindicada con el Oscar que ganó por “Lost in Traslation ”. Pero a ti Jar Jar ¿quién te reivindica?

Por cierto, a mi no me parece tan mala la tercera parte del Padrino. Eso sí es una trilogía y no la que tú, mi buen amigo, has protagonizado. Cualquier película parece mala si sus dos antecesoras son consideradas siempre como dos de las diez mejores películas de todos los tiempos. Pero a mí me gusta, está llena de acción, personajes carismáticos y ofrece una respuesta plausible a la muerte de Juan Pablo I por su intento de combatir la corrupción en el seno de la Iglesia. Claro que la gente prefiere películas sobre la iglesia en las que en los cuadros de da Vinci hay códigos secretos y  la pirámide del Louvre apunta al féretro de María Magdalena.

Supongo que es la misma gente que considera como “los buenos” a una estirpe de guerreros místicos, los “jedis”, que desde su atalaya velan por una extraño régimen político al que llaman “la República”. Será una república Islámica, digo yo, porque el parecido con el régimen actual iraní es sobrecogedor. Que sí, que hay elecciones y partidos políticos, pero por encima de ellos están los ayatolás, que velan por la pureza espiritual del estado. Este es el  papel que el maestro Windu se atribuye diciendo algo parecido a: “ No podemos defender nosotros solos a la República. Somos defensores de la paz  no soldados” ¡menudo morro! Y además cómo viven los tíos, mucha túnica y mucho rollo ascético pero menudo palacio se gastan.

Sí, sé que los jedi, supuestamente, están basados en los samuráis de Kurosawa pero estos eran humildes, vulnerables, laicos y no poseían poderes extraordinarios,  provenientes  de un ente sobrenatural, como los jedi y su “Fuerza” qué sólo perciben ellos y que además, les otorga una superioridad moral infalible e incuestionable. Por cierto, que la Fuerza se manifiesta a través de los midiclorianos, que son unos seres que viven en las células de los seres vivos pero que abundan más en las de los jedi y los sith. ¡Mira que sí la manera más rápida de acabar con todos estos es la penicilina!

Pero me estoy desviando, el objeto de mi carta no es repetir tópicos sobre el débil y enrevesado argumento de Star Wars, Mi intención es valorarte amigo Binks. Defenderte de aquellos que te desprecian a pesar de tu perfecta animación, tu increíble sincronización con los personajes reales , tu simpática forma de expresarte y que, sin embargo, no dicen nada del ridículo proboscídeo azul que toca  un teclado ,de los esbirros de Jabba el Hutt, con forma de patéticos jabalíes de goma o de los ewoks, los putos ewoks.

Tus escenas son las únicas con sentido en una película llena de tontorronas conversaciones políticas sobre una república amenazada por una “federación de comercio” presidida por un ¡virrey! Para lograr sus fines, dicha “federación de comercio” debe someter a los naboo, unos pijos que desprecian a tu raza justo hasta que las cosas se ponen mal. Los naboo que viven en algo parecido a una Suecia cósmica donde son tan presuntuoso que se han otorgado  democráticamente una monarquía regentada por la reina Amidala, tan superficial que asiste al senado con una vestimenta tan ostentosa que difícilmente despertaría simpatía en un mundo real. Dan ganas de decir: “¡Qué le den a esta niñata!”. Además, mientras tu pueblo es masacrado en el campo de batalla ¿dónde demonios están los naboo? ¿Cómo que no han formado un ejercito de voluntarios y se han unido a vosotros? A vosotros a los que  Lord Sirius no os considera una amenaza y que podíais estar tan ricamente ocultos en vuestra ciudad subacuática. ¿Cómo dais la vida por esos mierdas?

Igualmente, tu relación con tus superiores y tu historia de torpeza que te lleva al destierro es bastante más creíble que las absurdas sociedades,  que en los confines del universo, tiene jerarquías con denominación aristocrática británica. Sí, sé que Lord o Mylady, pueden significar únicamente señor y mi señora, pero son usados sin duda como terminología nobiliaria y junto a condes, princesas y virreyes, es cuanto menos, ridículo.

Pero lo más doloroso es que tengas toda una legión de detractores entre los cuales hay quienes te acusan de ser una caricatura de los afroamericanos, una especie de Al Jolson infográfico y otros que te acusan de ser una parodia de los jamaicanos, pues al parecer el actor que te da vida, Ahmed Best, parece imitar el acento de por allí. Es doloroso digo,  que se fijen en estas cosas que no están escritas en ningún sitio y sin embargo que no se escandalicen porque el joven Anakin sea rechazado a priori por el consejo Jedi, porque… ¡echa de menos a su madre!

¿No es ese el comportamiento habitual de las sectas destructivas? ¿La imposición del abandono de la familia natural y asunción de la comunidad sectaria como la verdadera familia? ¿Cómo se le puede exigir a un niño que debe dejar de añorar a su madre? Además Anakin da su primer paso hacia el “lado oscuro de la Fuerza” vengando la muerte de su madre”. ¿El futuro monje defensor de la paz y la república, debe dejar a su madre a merced de potenciales violadores y asesinos? Un jedi puede matar cuanto quiera para mantener en el poder a la princesita de las narices, pero no puede castigar a los delincuentes que están secuestrando y  matando a indefensos campesinos? ¿Qué extraño mensaje moral tiene esta serie de películas, no?

Los sentimientos más humanos del joven Anakin le conducen al “El lado oscuro de la fuerza”, un eufemismo de herejía. Un emperador diabólico con un acólito, Darth Vader, que huele a ángel caído que tira de espaldas. Sí hasta su predecesor Darth Maul, es rojo y con cuernos. ¡Cuánta intoxicación religiosa en el cine norteamericano!  (No hay más que ver “Man of steel”)

En definitiva Jar Jar, creo que eres lo más destacable de toda esta tontería pirotécnica y esotérica llamada Star Wars, tal vez junto a C3PO y por supuesto Darth vader. Reconozco que las películas del los setenta me gustaron pero principalmente porque era un niño cuando las vi y porque en aquella época todavía se respetaba la inteligencia del espectador, razón por la cual, quizás, Lucas sólo obtuvo financiación para los episodios, cuarto, quinto y sexto. Parafraseando a Obi-Wan (el interpretado magistralmente por Sir Alec Guinness y no por el tío de Trainspotting): “Eran películas más nobles para tiempos más nobles.”

Ese mismo tiempo que ha dado una oportunidad a los tres primeros episodios donde apareces, también te la otorgará a ti y algún día serás reconocido como uno de los mejores personajes de ficción de todos los tiempos. Sólo es cuestión de esperar.

Un saludo de tu admirador.

D.