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Chorizo perdido.

No, no voy a hacer un juicio de valor sobre un famoso político recientemente detenido. Es que he perdido un chorizo ¡y de pavo! ¡De verdad!

Si hay algo que me aterra es tener lagunas de memoria. Sé que metí en el carrito de la compra del Mercadona el chorizo de pavo que tan buena pinta tenía y tanto deseaba probar. Pero al llegar a la caja el chorizo no estaba.

Mi cara de desconcierto ha alertado a la cajera que ha puesto cara de pensar:

– Vaya otro al que le han robado la cartera.

Al comprobar su zozobra, me he apresurado a decir atropelladamente que había perdido un chorizo de pavo, lo que ha provocado no pocas risas contenidas entre la concurrencia. Azorarse por un chorizo de Cantimpalos pase, pero por uno de pavo es un poco ridículo ya lo sé.

Lo que no sabían el resto de clientes es que mi preocupación no era el paradero del chorizo sino el lapso de tiempo transcurrido entre la toma del chorizo y la llegada a la caja del que no recuerdo nada. Espero que no se trate de ningún síntoma de demencia prematura.

Sí alguien ha visto un chorizo que no está en una ubicación lógica para un embutido de pavo, por favor que deje un comentario en este mismo blog.

“Mi chorizo aviar ayer se me perdió. 

No se si se cayó. No sé si se extravió.

Y aunque tuviera dos yo sólo quiero aquel.

Mi chorizo aviar, se me ha perdido ayer.

Se fue.”

La gente es idiota… y yo también.

La gente es idiota.

El otro día leí con incredulidad que se había puesto de moda entre los adolescentes del tipo “Cani” o “Reggeton” pasar el rato sentados frente a las Apple Stores aunque estén cerradas y aunque no tengan dispositivos de esa marca. Hoy he podido comprobar que es cierto. Me han comentado que es que en las tiendas de esta marca hay WI-FI libre siempre. Bueno no sé, el caso es que también hay WI-FI en toda la plaza de Cataluña con la que colinda la tienda que he visto y además esos angelitos no parecían estar haciendo nada que requiriese conexión a Internet. Simplemente están. He aquí las evidencias:

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Los barceloneses que, hipotéticamente, lean esta entrada sabrán que la fachada que se ve en las fotos pertenece a la “Apple Store” del Paseo de Gracia, los demás amables lectores tendrán que fiarse de mi palabra. Sé que las fotos no se ven muy bien pero es porque las he hecho muy deprisa. ¡Quién sabe como pueden reaccionar individuos de tan alto coeficiente intelectual si ven que les hacen fotos!

Yo también soy idiota.

El otro día sentí indignación por la actual campaña publicitaria de las tiendas Desigual. – Mira que maquillar a una modelo de manera que parece que tiene síntomas de vitiligo. – Pensé indignado para mis adentros. – ¡Qué publicistas tan torpes! ¡Menuda gracia les debe hacer a los que padecen esta enfermedad que despigmenta la piel!

Pero hoy mirando el anuncio atentamente y buscando el nombre de la modelo en Google resulta que padece de vitiligo de verdad. Se trata de Winnie Harlow o también conocida como Chantelle Winnie y es esta:

Chantelle

En fin, bien por ella y mal por mí. No debería ser tan prejuicioso me convierte en un idiota a la altura de los chavales antes citados. ¡Bueno! No tanto.

El método Bud Spencer.

Antes de empezar con el rollo de esta entrada doy por supuesto que todos mis amables lectores saben quien es Bud Spencer. Sí no, Bud Spencer es este tío.

Bud_Spencer

Aclarado este punto prosigo.

La “anecdota”.

Hoy a las 6:30 de la mañana llego como siempre a la estación de metro. Un tipo flaco vestido con una mugrienta cazadora verde y portando una no menos mugrienta mochila beige, me pide con gesto simpático que le marque un viaje con mi tarjeta. Yo no consiento por tres motivos:

  • La tarjeta que uso es la T-mes de dos zonas que vale la friolera de 78€. ¡Drógate menos y tendrás dinero para billetes de transporte público!
  • Los pedigüeños de viaje de metro no alcanzan a comprender que por mucho que se lo pagues el no llevar el billete, para los revisores y “seguratas” es equivalente a haberse colado. Así que cuélate, sólo te arriesgas a una multa y después que te echen un galgo.
  • Si quieres colarte y no puedes hacerlo por esta boca que tiene taquillas de esas con compuertas que no pueden saltarse, camina hasta la otra entrada que tiene de las de torno que tan fáciles son de superar. Sí eres un vago y no quieres caminar, no es mi problema.

Desciendo las escaleras que me conducen al andén y compruebo con desasosiego que los letreros de lucecitas indican que quedan casi siete minutos para el próximo tren. Por ello me siento y me dispongo a esperar. Aprovecho para rebuscar en mi maleta a ver si tengo monedas para la máquina del café. Por lo visto el tipo flaco ha conseguido colarse o ha convencido a alguien que le pague el viaje. Cuando pasa junto a mí, me propina un golpe con su mugrienta mochila beige. Al estar mirando hacia abajo no lo vi venir por lo que me pilló en franca desventaja. ¡Maldito cobarde!

Hasta aquí la anécdota.

Verán yo no soy hipócrita. No suelo ser violento porque es ilegal y porque como ya he comentado en alguna ocasión no sé pelear. Pero eso no quiere decir que si alguien me agrede gratuitamente, no desee partirle el espinazo. La sensación de impotencia por no poder defenderme es una de las cosas que menos soporto en esta vida. La injusticia y la indefensión propia o ajena, me encolerizan y al no poder expresar esa cólera mediante violencia justiciera me estreso y el estrés me produce ansiedad y la ansiedad depresión.

Para evitar todos estos efectos secundarios he desarrollado a lo largo de mi vida lo que yo llamo. “Metodo Bud Spencer”. Este consiste en preguntarme cuando alguien me agrede, y a este alguien creo que le puedo en una pelea, si me enfrentaría con esa persona si se tratase de Bud Spencer. Sí la respuesta es “no”, que siempre lo es, me relajo y me tranquilizo pues pienso que es injusto meterse con los débiles y no con los fuertes. Con ello alejo el fantasma del estrés y sus consecuencias.

Este método lo uso sobre todo con ancianas amargadas que se me cuelan en la farmacia, niños maleducados que juegan peligrosamente con palos o cosas así, adolescentes purulentos que babean mirando a mi pareja femenina o como en este caso, hijos de puta canijos sin media torta.

Hasta ahora me ha funcionado y por eso carezco de cicatrices y antecedentes penales. Además me permite guardar las fuerzas para las batallas que realmente hay que librar que no son pocas en la vida.

Valientes y cobardes inesperados.

El otro día.

Espero la llegada del metro. Los letreros de lucecitas indican que tardará en llegar 5 minutos. En el otro lado del andén unos adolescentes esperan también. De repente aparece en escena un chaval de no más de 17 años que propina un manotazo en la cabeza a un chico con gafas doradas y pequeña estatura. Este, al que sentado, los pies apenas alcanzan a tocar el suelo, baja la cabeza con gesto de rendición ante la flagrante agresión que además iba acompañada de un ininteligible improperio.

-¡Vaya! – pienso.-  El acoso también puede ser extraescolar como el ballet o el karate. Siento pena por el muchacho escuálido, pero siento poco rato pues una chica que estaba a su lado sentada, vestida con un chándal y un jersey anudado a la cintura se levanta y se dirige hacia el matón. No sé si tiene relación familiar con el muchacho agredido pero sin duda van al mismo “cole”.  La chica empieza a gritar:

– ¿Qué te ha hecho para que le pegues? Inténtalo conmigo ¡Vamos!

La chica no es muy grande, pero se nota que hace deporte. Sin duda es más pequeña que el agresor pero este parece confundido ante la reacción de la fémina y mira para otro lado. Esta vuelve a la carga.

-¿Qué no dices nada? ¡Atrévete conmigo! ¡A ver si hay huevos de tocarme!

La voz de cazalla de la muchacha y sus aspavientos llaman la atención de toda la estación.

– Cómo te vuelvas a meter con él, vamos a tener un problema tú y yo. – Espeta la amazona de instituto al tiempo que propina un ligero empujón al cabroncete agresivo.

– Me quedado con tu cara. – Susurra el collejeador como típica reacción de cobarde gallina capitán de la sardina.

– ¡Y yo con la tuya! – Responde a voz en grito. – ¡A qué esperar! , ¡Vamos métete conmigo, “valiente”!

El metro llega. El agresor corre a perderse entre el pasaje mientras la chica y el muchacho agredido son rodeados por improvisados admiradores.

Una mujer con pinta de ejecutiva me comenta:

– Los tiene bien puestos.

Yo asiento sonriente mientras pienso que si hubiesen más mujeres valerosas como la pequeña colegiala, cuanto maltratador y chulo acabaría con el rabo entre las piernas.(1)

Hoy.

Espero la llegada del metro. Los letreros de lucecitas indican que tardará en llegar 5 minutos. En el otro lado del andén dos tipos con cara de malas pulgas caminan dando grandes zancadas. Uno de ellos, está fumando. – ¡Qué huevos tiene la gente! Fumando en el metro. – Pienso mientras mi indignación se acelera como un “dragster”.

El tipejo no sólo infringe las normas más elementales de la convivencia ciudadana sino que lanza la colilla a la vía con gesto desdeñoso. Mi indignación roza la ira cuando recuerdo aquella campaña de concienciación que hicieron en la que decían: “Sabías que una colilla ha llegado a parar el metro”. ¡Maldito cabrón!

Inconscientemente sigo mirando al tipo de la colilla. Este se da cuenta y me devuelve la mirada. Su cara no me gusta, asusta, pero yo en mi delirio justiciero clavo en él mi famosa mirada “Deep Brown” que tanto ha irritado a lo largo de mi vida a cuantos jefes he tenido.

El tipo empieza a mosquearse y agudiza su gesto de desagrado ante mi pertinaz seguimiento, el cual me disponía a intensificar, cuando caigo en la cuenta de que estoy en la estación de Fabra i Puig que es de esas en las que se accede al tren por ambos lados, es decir, el tipo peligroso al que no le importa fumar en el metro delante de los “seguratas” y el atontado operado de cataratas, que soy yo, se van a encontrar frente a frente en el vagón. ¡Mierda!

¿Y ahora que hago? ¿Y sí me pide explicaciones de por qué le miro? ¿Le digo que creí que era un primo mío de Alpedrete? ¿Me hago pasar por un cazatalentos que busca tipos rudos para una película ambientada en el Chicago de los años veinte? No es mucho más grande que yo pero me puede matar. ¡No sé pelear! No soy rival ni para Pocoyó.

Empiezo a encontarme mal. Siento las gotas de sudor en mi espalda y las piernas me empiezan a temblar. No puedo recurrir a mi ingenio pues tengo el defecto de no poder tener ideas y miedo al mismo tiempo. Pero qué le voy a hacer, esto me pasa por ir por la vida creyéndome Charles Bronson.

Total ¿Qué daño puede hacer una colilla de nada en una infraestructura ferroviaria tan grande? ¡Qué exagerados son los responsables del suburbano: Una colilla paró el metro… ¡Bajad el precio del billete y no digáis tantas chorradas! Además ¿no se están pasando con tantas prohibiciones? Ahora se prohíbe fumar en el metro ¿qué será lo siguiente? ¿Respirar?

En fin, que no se diga. Me mantengo firme y entro en el vagón con gesto despreocupado para disimular mi congoja. Me consuelo pensando que si me parten la cara aprenderé a no ser tan tiquismiquis. ¡Me lo merezco!

No pasa nada. El gamberro con pinta de expresidiario y yo no nos cruzamos. Llego indemne a mi destino. Una reconfortante sensación de se apodera de mí. He pasado miedo, sí, soy un cagón, sí, pero no he huido ¡”Victoire”!

Salgo a la calle tarareando la canción que suena en mi celular mientras pienso: ¿Dónde está la chica aquella que defendió a su compañero de colegio cuando se la necesita?

(1) No pretendo frivolizar sobre el maltrato doméstico ni la violencia machista. Ya sé que no depende sólo del grado de valentía de la mujer maltratada. Me refiero a que en general, detrás de un abusón suele haber un cobarde.

Paisaje humano del viernes.

Llego a la estación de cercanías. La mañana es fría y fría está la estación hecha de publicidad, acero y hormigón. El paisaje humano es más interesante, más cálido. Me reconforta observar a la gente.

6:27. Mi compañero Adama.

Adama es un hombre negro nacido en Mali. Trabaja en mi misma fábrica y vive en el barrio del Clot. Nos saludamos con cortesía pero no contemporizamos. Él siempre está con otros africanos hablando animadamente y yo voy a lo mío. Adama es un tipo curioso. Me han dicho que en su DNI figura una equis donde los demás tenemos la fecha de nacimiento. No conoce su edad. Es un hombre grande, corpulento pese a lo cual se mueve con una agilidad que impresiona. A veces lo veo bajar del tren a la vuelta. Camina muy rápido, no usa las escaleras mecánicas y lo pierdo pronto de vista. ¿Adónde irá con tanta prisa? Su familia vive en Marruecos así que no es para encontrar el calor de una esposa y unos hijos. ¡Vete a saber!

6:38. La chica del “piercing”.

Aparece la chica del abrigo marrón. Su pelo está teñido de un rubio cegador y su mirada es triste. Sus pechos macilentos y su abdomen fofo de cuarentona que no se cuida se delatan tras las camisetas floreadas que suele llevar y que contrastan con la firmeza de sus largas piernas. Parece de gran estatura pero es porque lleva unas botas de suela gruesa con 10 cm de tacón, no obstante seguro que descalza sigue siendo bastante alta. Pero lo que más llama la atención es el piercing que luce en su nariz que, cual diente de Pedro Navaja,  alumbra toda la estación. A veces, antes de enfrascarse en la lectura de su libro electrónico me mira. Sí, coincidimos cada día, pero no es todavía el tiempo de saludarnos.

6:50. El hombre gordo.

No sé cómo lo hace, pero el hombre gordo llega siempre el tiempo justo para no tener que esperar el tren mucho rato. Es gordo en una manera curiosa. Su cuerpo pertenece a un obeso pero su cara y su cuello son de un hombre delgado. Lleva unas zapatillas deportivas con detalles de neón con las que camina bamboleándose, y lo hace tan cerca del filo del andén que a veces creo que va a precipitarse a las vías. Pero no pasará nunca porque mira constantemente al suelo, con expresión melancólica, aunque hace unos días, tenía dibujada una tenue sonrisa. – El hombre gordo también tiene días buenos.- pensé.

7:30. Los obreros de la furgoneta.

Cuando encaro el tortuoso sendero que conduce a mi puesto de trabajo, me cruzo con trabajadores que suben a una camioneta plateada siempre limpia. Miran tras las ventanas con expresión ausente. No hablan entre ellos, es como sintieran que son como acémilas llevadas al arado. Nunca he visto al conductor, la disposición de las farolas deja en sombra el lado izquierdo del vehículo. Sólo sé que cuando llegan todos los trabajadores arranca camino de alguna fábrica o almacén. A veces me cede el paso y otras lo cedo yo, pues por algún hecho del destino casi siempre coincidimos cuando cruzo la calle.

7:35. La pareja de deportistas.

Mientras yo me dirijo por la Avenida del Besós a mi fábrica, en sentido contrario aparecen los corredores. Un hombre y una mujer, cincuentones. Ambos no son precisamente guapos, pero sus cuerpos parecen esculpidos en mármol, cosas del deporte, o quizás de la carísima ropa deportiva que llevan. Antes la gente corría en chándal pero hoy si no vas cubierto de goretex, neopreno y  kevlar, no eres nadie.

14:10. El que reparte papelitos o pañuelos.

Un tipo calvo de aspecto extranjero con abrigo de lana negro, deja papelitos al lado de los viajeros. A veces otro tipo reparte pañuelos de papel. Intentan en vano que coja la mercancía pero yo los soslayo con gesto severo. No sé qué dicen los papeles ni voy a comprar “Kleenex” a precio de Jabugo. La caridad me deprime. La mendicidad me aterra. Son los jinetes del apocalipsis de las crisis económicas y mi habitación 101. La caridad es más barata que el estado del bienestar. Por eso hay tantas iniciativas y peticiones de ayuda y por eso soportamos anuncios donde algún futbolista millonario nos pide colaboración para ayudar a vete a saber quién. Encima la caridad la tienemos que hacer entre los pobres, ¡no te fastidia!

– Llegado el momento, prefiero robar.- siempre repito este mantra cuando me enfrento a pordioseros y pedigüeños, pero… ya veremos.

14:21. Los acróbatas simiescos.

A veces suben al tren pandillas de chavales “poligoneros” que se divierten haciendo volteretas agarrados a las barras del tren. Se cuelgan de ellas y dan una vuelta completa en el aire. Luego caen haciendo mucho ruido al chocar sus “Converse” contra el piso del vagón. Después celebran con risas pueriles que no se diferencian demasiado de un chimpancé. No, no son como los bailarines que vi en el metro de Nueva York talentosos y divertidos, estos son idiotas con certificación ISO 9001.

14:30. Los que se cuelan.

Algunos jóvenes y otros no tanto, se encaraman a las rojas celosías de la estación de Sant Andreu Comtal. La estación está siempre vigilada por “seguratas” pertrechados como mercenarios y las canceladoras son de esas con unas puertas correderas que no se pueden saltar y al salir debes volver a pasar tu billete por ellas. Si además añades que en la línea en la que viajo no hay revisores, puedes ir gratis en tren siempre que tengas predisposición para las acrobacias. Yo siempre he sentido un profundo odio por los que se cuelan en el metro. Cuantas veces he soñado con emular a aquel arquitecto justiciero tan brillantemente interpretado por Charles Bronson y dar buena cuenta de la gentuza del suburbano.

Pero los que se cuelan en la RENFE son otra cosa. Dan un pequeño salto para colocar un pie sobre el travesaño central, se agarran de la parte superior de la verja y dando un volatín se dejan caer por el otro lado. Sólo les falta quedarse firmes con los brazos en cruz. Me asombra y me causa envidia tanta agilidad, yo ni siquiera soy capaz de caminar y hablar al mismo tiempo. Definitivamente no son como los que se cuelan en el metro a estos los admiro, admiración que cesa, eso sí, cuando veo mi cara de pringado, que ha pagado 77 euros por un abono mensual,  reflejada en las puertas de salida de la estación.

Salgo a la calle. Brilla el Sol. Dejo de observar a la gente. El lunes más.

Oda al río Besós.

¡Oh! río Besós.

¡Qué mal me caes! Reguero enano de fétidas aguas. ¿Qué te he hecho yo para que me atormentes cada mañana? Martirizas mi madura osamenta con la humedad que exudas como un enfermo febril y me haces vagar a ciegas por la neblina que emana del líquido innombrable que vomitas en el Mediterráneo.

¡Oh río Besós!

¡Qué birria eres y que ufano te sientes por tener una ciudad a tu nombre! Sí, ya sé que no hay un Washington del Potomac ni un Londres del Támesis, pero esos ríos no necesitan apellidos, les basta con sus inmensos cauces y sus rugientes caudales para ser admirados. Y además, ¿tú que tienes? ¿Un Sant Adrià? Un pueblo grande, famoso por sus colosales chimeneas y por contener el barrio de La Mina, en cuyas polvorientas calles pasé tantas horas de mi niñez. La verdad no es para tanto, te lo digo yo.

¡Oh río Besós!

Por si las molestias físicas no fueran poco, me produces también castigo psicológico. Desde que soy asalariado de Vulcano, tengo que recorrer tu vereda, y claro, llegan a mi memoria los recuerdos de cuando años atrás navegaba por la ribera del Nilo, simpar eden de fértiles tierras adornadas con hermosos minaretes. Y ahora sufro por contemplar a diario el informe lodazal de malas hierbas que atraviesas, ornamentado por plúmbeas farolas y donde la única vida posible es la de los gatos que intentan en vano alimentarse de lo que tu corriente ponzoñosa no da.

¡Oh río Besós!

Espero que cuando el invierno acabe y las tinieblas se disipen, pueda verte mejor con la luz de la primavera. Quizás entonces descubra en ti algún adorno, alguna virtud que mejore la pésima imagen que tengo de ti. Pero mientras tanto ¡Oh río Besós! me mantendré lo más alejado de tu lóbrega orilla y seguiré caminando pegado a los muros de la exangües industrias de mi tierra. Me inspiran más simpatía.