Valientes y cobardes inesperados.

El otro día.

Espero la llegada del metro. Los letreros de lucecitas rojas indican que tardará en llegar 5 minutos. En el otro lado del andén unos adolescentes esperan también. De repente aparece en escena un chaval de no más de 17 años que propina un manotazo en la cabeza a un chico con gafas doradas y pequeña estatura. Este, al que los pies apenas alcanzan a tocar el suelo, baja la cabeza con gesto de rendición ante la flagrante agresión que además iba acompañada de un ininteligible improperio.

-¡Vaya! – pienso.-  El acoso también puede ser extraescolar como el ballet o el karate. Siento pena por el muchacho escuálido, pero siento poco rato pues una chica que estaba a su lado sentada, vestida con un chándal y un jersey anudado a la cintura se levanta y se dirige hacia el matón. No sé si tiene relación familiar con el muchacho agredido pero sin duda van al mismo “cole”.  La chica empieza a gritar:

- ¿Qué te ha hecho para que le pegues? Inténtalo conmigo ¡Vamos!

La chica no es muy grande, pero se nota que hace deporte. Sin duda es más pequeña que el agresor pero este parece confundido ante la reacción de la fémina y mira para otro lado. Esta vuelve a la carga.

-¿Qué no dices nada? ¡Atrévete conmigo! ¡A ver si hay huevos de tocarme!

La voz de cazalla de la muchacha y sus aspavientos llaman la atención de toda la estación.

- Cómo te vuelvas a meter con él, vamos a tener un problema tú y yo. – Espeta la amazona de instituto al tiempo que propina un ligero empujón al cabroncete agresivo.

- Me quedado con tu cara. – Susurra el collejeador como típica reacción de cobarde gallina capitán de la sardina.

- ¡Y yo con la tuya! – Responde a voz en grito. – ¡A qué esperar! , ¡Vamos métete conmigo, “valiente”!

El metro llega. El agresor corre a perderse entre el pasaje mientras la chica y el muchacho agredido son rodeados por improvisados admiradores.

Una mujer con pinta de ejecutiva me comenta:

- Los tiene bien puestos.

Yo asiento sonriente mientras pienso que si hubiesen más mujeres valerosas como la pequeña colegiala, cuanto maltratador y chulo acabaría con el rabo entre las piernas.(1)

Hoy.

Espero la llegada del metro. Los letreros de lucecitas rojas indican que tardará en llegar 5 minutos. En el otro lado del andén dos tipos con cara de malas pulgas caminan dando grandes zancadas. Uno de ellos, está fumando. – ¡Qué huevos tiene la gente! Fumando en el metro. – Pienso mientras mi indignación se acelera como un “dragster”.

El tipejo no sólo infringe las normas más elementales de la convivencia ciudadana sino que lanza la colilla a la vía con gesto desdeñoso. Mi indignación roza la ira cuando recuerdo aquella campaña de concienciación que hicieron en la que decían: “Sabías que una colilla ha llegado a parar el metro”. ¡Maldito cabrón!

Inconscientemente sigo mirando al tipo de la colilla. Este se da cuenta y me devuelve la mirada. Su cara no me gusta, asusta, pero yo en mi delirio justiciero clavo en él mi famosa mirada “Deep Brown” que tanto ha irritado a lo largo de mi vida a cuantos jefes he tenido.

El tipo empieza a mosquearse y agudiza su gesto de desagrado ante mi pertinaz seguimiento, el cual me disponía a intensificar, cuando caigo en la cuenta de que estoy en la estación de Fabra i Puig que es de esas en las que se accede al tren por ambos lados, es decir, el tipo peligroso al que no le importa fumar en el metro delante de los “seguratas” y el atontado operado de cataratas, que soy yo, se van a encontrar frente a frente en el vagón. ¡Mierda!

¿Y ahora que hago? ¿Y sí me pide explicaciones de por qué le miro? ¿Le digo que creí que era un primo mío de Alpedrete? ¿Me hago pasar por un cazatalentos que busca tipos rudos para una película ambientada en el Chicago de los años veinte? No es mucho más grande que yo pero me puede matar. ¡No sé pelear! No soy rival ni para Pocoyó.

Empiezo a encontarme mal. Siento las gotas de sudor en mi espalda y las piernas me empiezan a temblar. No puedo recurrir a mi ingenio pues tengo el defecto de no poder tener ideas y miedo al mismo tiempo. Pero qué le voy a hacer, esto me pasa por ir por la vida creyéndome Charles Bronson.

Total ¿Qué daño puede hacer una colilla de nada en una infraestructura ferroviaria tan grande? ¡Qué exagerados son los responsables del suburbano: Una colilla paró el metro… ¡Bajad el precio del billete y no digáis tantas chorradas! Además ¿no se están pasando con tantas prohibiciones? Ahora se prohíbe fumar en el metro ¿qué será lo siguiente? ¿Respirar?

En fin, que no se diga. Me mantengo firme y entro en el vagón con gesto despreocupado para disimular mi congoja. Me consuelo pensando que si me parten la cara aprenderé a no ser tan tiquismiquis. ¡Me lo merezco!

No pasa nada. El gamberro con pinta de expresidiario y yo no nos cruzamos. Llego indemne a mi destino. Una reconfortante sensación de se apodera de mí. He pasado miedo, sí, soy un cagón, sí, pero no he huido ¡”Victoire”!

Salgo a la calle tarareando la canción que suena en mi celular mientras pienso: ¿Dónde está la chica aquella que defendió a su compañero de colegio cuando se la necesita?

(1) No pretendo frivolizar sobre el maltrato doméstico ni la violencia machista. Ya sé que no depende sólo del grado de valentía de la mujer maltratada. Me refiero a que en general, detrás de un abusón suele haber un cobarde.

Paisaje humano del viernes.

Llego a la estación de cercanías. La mañana es fría y fría está la estación hecha de publicidad, acero y hormigón. El paisaje humano es más interesante, más cálido. Me reconforta observar a la gente.

6:27. Mi compañero Adama.

Adama es un hombre negro nacido en Mali. Trabaja en mi misma fábrica y vive en el barrio del Clot. Nos saludamos con cortesía pero no contemporizamos. Él siempre está con otros africanos hablando animadamente y yo voy a lo mío. Adama es un tipo curioso. Me han dicho que en su DNI figura una equis donde los demás tenemos la fecha de nacimiento. No conoce su edad. Es un hombre grande, corpulento pese a lo cual se mueve con una agilidad que impresiona. A veces lo veo bajar del tren a la vuelta. Camina muy rápido, no usa las escaleras mecánicas y lo pierdo pronto de vista. ¿Adónde irá con tanta prisa? Su familia vive en Marruecos así que no es para encontrar el calor de una esposa y unos hijos. ¡Vete a saber!

6:38. La chica del “piercing”.

Aparece la chica del abrigo marrón. Su pelo está teñido de un rubio cegador y su mirada es triste. Sus pechos macilentos y su abdomen fofo de cuarentona que no se cuida se delatan tras las camisetas floreadas que suele llevar y que contrastan con la firmeza de sus largas piernas. Parece de gran estatura pero es porque lleva unas botas de suela gruesa con 10 cm de tacón, no obstante seguro que descalza sigue siendo bastante alta. Pero lo que más llama la atención es el piercing que luce en su nariz que, cual diente de Pedro Navaja,  alumbra toda la estación. A veces, antes de enfrascarse en la lectura de su libro electrónico me mira. Sí, coincidimos cada día, pero no es todavía el tiempo de saludarnos.

6:50. El hombre gordo.

No sé cómo lo hace, pero el hombre gordo llega siempre el tiempo justo para no tener que esperar el tren mucho rato. Es gordo en una manera curiosa. Su cuerpo pertenece a un obeso pero su cara y su cuello son de un hombre delgado. Lleva unas zapatillas deportivas con detalles de neón con las que camina bamboleándose, y lo hace tan cerca del filo del andén que a veces creo que va a precipitarse a las vías. Pero no pasará nunca porque mira constantemente al suelo, con expresión melancólica, aunque hace unos días, tenía dibujada una tenue sonrisa. – El hombre gordo también tiene días buenos.- pensé.

7:30. Los obreros de la furgoneta.

Cuando encaro el tortuoso sendero que conduce a mi puesto de trabajo, me cruzo con trabajadores que suben a una camioneta plateada siempre limpia. Miran tras las ventanas con expresión ausente. No hablan entre ellos, es como sintieran que son como acémilas llevadas al arado. Nunca he visto al conductor, la disposición de las farolas deja en sombra el lado izquierdo del vehículo. Sólo sé que cuando llegan todos los trabajadores arranca camino de alguna fábrica o almacén. A veces me cede el paso y otras lo cedo yo, pues por algún hecho del destino casi siempre coincidimos cuando cruzo la calle.

7:35. La pareja de deportistas.

Mientras yo me dirijo por la Avenida del Besós a mi fábrica, en sentido contrario aparecen los corredores. Un hombre y una mujer, cincuentones. Ambos no son precisamente guapos, pero sus cuerpos parecen esculpidos en mármol, cosas del deporte, o quizás de la carísima ropa deportiva que llevan. Antes la gente corría en chándal pero hoy si no vas cubierto de goretex, neopreno y  kevlar, no eres nadie.

14:10. El que reparte papelitos o pañuelos.

Un tipo calvo de aspecto extranjero con abrigo de lana negro, deja papelitos al lado de los viajeros. A veces otro tipo reparte pañuelos de papel. Intentan en vano que coja la mercancía pero yo los soslayo con gesto severo. No sé qué dicen los papeles ni voy a comprar “Kleenex” a precio de Jabugo. La caridad me deprime. La mendicidad me aterra. Son los jinetes del apocalipsis de las crisis económicas y mi habitación 101. La caridad es más barata que el estado del bienestar. Por eso hay tantas iniciativas y peticiones de ayuda y por eso soportamos anuncios donde algún futbolista millonario nos pide colaboración para ayudar a vete a saber quién. Encima la caridad la tienemos que hacer entre los pobres, ¡no te fastidia!

- Llegado el momento, prefiero robar.- siempre repito este mantra cuando me enfrento a pordioseros y pedigüeños, pero… ya veremos.

14:21. Los acróbatas simiescos.

A veces suben al tren pandillas de chavales “poligoneros” que se divierten haciendo volteretas agarrados a las barras del tren. Se cuelgan de ellas y dan una vuelta completa en el aire. Luego caen haciendo mucho ruido al chocar sus “Converse” contra el piso del vagón. Después celebran con risas pueriles que no se diferencian demasiado de un chimpancé. No, no son como los bailarines que vi en el metro de Nueva York talentosos y divertidos, estos son idiotas con certificación ISO 9001.

14:30. Los que se cuelan.

Algunos jóvenes y otros no tanto, se encaraman a las rojas celosías de la estación de Sant Andreu Comtal. La estación está siempre vigilada por “seguratas” pertrechados como mercenarios y las canceladoras son de esas con unas puertas correderas que no se pueden saltar y al salir debes volver a pasar tu billete por ellas. Si además añades que en la línea en la que viajo no hay revisores, puedes ir gratis en tren siempre que tengas predisposición para las acrobacias. Yo siempre he sentido un profundo odio por los que se cuelan en el metro. Cuantas veces he soñado con emular a aquel arquitecto justiciero tan brillantemente interpretado por Charles Bronson y dar buena cuenta de la gentuza del suburbano.

Pero los que se cuelan en la RENFE son otra cosa. Dan un pequeño salto para colocar un pie sobre el travesaño central, se agarran de la parte superior de la verja y dando un volatín se dejan caer por el otro lado. Sólo les falta quedarse firmes con los brazos en cruz. Me asombra y me causa envidia tanta agilidad, yo ni siquiera soy capaz de caminar y hablar al mismo tiempo. Definitivamente no son como los que se cuelan en el metro a estos los admiro, admiración que cesa, eso sí, cuando veo mi cara de pringado, que ha pagado 77 euros por un abono mensual,  reflejada en las puertas de salida de la estación.

Salgo a la calle. Brilla el Sol. Dejo de observar a la gente. El lunes más.

Oda al río Besós.

¡Oh! río Besós.

¡Qué mal me caes! Reguero enano de fétidas aguas. ¿Qué te he hecho yo para que me atormentes cada mañana? Martirizas mi madura osamenta con la humedad que exudas como un enfermo febril y me haces vagar a ciegas por la neblina que emana del líquido innombrable que vomitas en el Mediterráneo.

¡Oh río Besós!

¡Qué birria eres y que ufano te sientes por tener una ciudad a tu nombre! Sí, ya sé que no hay un Washington del Potomac ni un Londres del Támesis, pero esos ríos no necesitan apellidos, les basta con sus inmensos cauces y sus rugientes caudales para ser admirados. Y además, ¿tú que tienes? ¿Un Sant Adrià? Un pueblo grande, famoso por sus colosales chimeneas y por contener el barrio de La Mina, en cuyas polvorientas calles pasé tantas horas de mi niñez. La verdad no es para tanto, te lo digo yo.

¡Oh río Besós!

Por si las molestias físicas no fueran poco, me produces también castigo psicológico. Desde que soy asalariado de Vulcano, tengo que recorrer tu vereda, y claro, llegan a mi memoria los recuerdos de cuando años atrás navegaba por la ribera del Nilo, simpar eden de fértiles tierras adornadas con hermosos minaretes. Y ahora sufro por contemplar a diario el informe lodazal de malas hierbas que atraviesas, ornamentado por plúmbeas farolas y donde la única vida posible es la de los gatos que intentan en vano alimentarse de lo que tu corriente ponzoñosa no da.

¡Oh río Besós!

Espero que cuando el invierno acabe y las tinieblas se disipen, pueda verte mejor con la luz de la primavera. Quizás entonces descubra en ti algún adorno, alguna virtud que mejore la pésima imagen que tengo de ti. Pero mientras tanto ¡Oh río Besós! me mantendré lo más alejado de tu lóbrega orilla y seguiré caminando pegado a los muros de la exangües industrias de mi tierra. Me inspiran más simpatía.

Okupas, perroflautas o antisistema.

Desde que soy siderometalúrgico tengo la necesidad de usar el eficiente servicio de cercanías de RENFE del que disponemos en Barcelona. He tenido suerte. La línea R2 que conecta Castelldefels con Granollers  y que me permite llegar hasta Montmeló, parece el Orient Express si la comparo con la impuntual y masificada línea R4 con la que a veces me desplazaba a la plantación de algodón de Sant Joan Despí.

Todas las mañanas tomo el tren en la estación del Clot-Aragó poco frecuentada, silenciosa, amigable. Cuando llega el tren, siempre encuentro asientos libres y de momento no he sufrido retrasos de consideración.

Pero no todo son parabienes. El otro día, sin ir más lejos, subió al tren una tropa de esos jóvenes que deambulan por la vida acompañados de perros, con ropa pseudomilitar, “piercings” mugrientos y ese engendro de la ornamentación corporal llamado “rastas”.

Nunca he estado en Jamaica (ni pienso estar) y tal vez allí estas extensiones capilares sean complementos agradables e higiénicos, pero las que se usan por aquí me recuerdan al pelo de aspecto mortecino de los roedores disecados que tenía el director de mi colegio en su despacho y que tanta congoja me producía mirarlos ocultos en la penumbra de sus anaqueles, las escasas veces que estuve en dicho despacho.

Me quedé observando a aquellos jóvenes intentando clasificarlos y comprender su filosofía de vida:

Perroflautas no eran pues tenían perros pero no flautas. Antisistema, bueno, si eres antisistema ¿Por qué tomas un tren de cercanías? ¿Hay algo más inherente al sistema que la red ferroviaria de cercanías? Trenes conducidos por aburridos funcionarios, megafonía impersonal y estaciones llenas de currantes adormecidos  vigiladas por “seguratas” barrigudos.

Pero no reflexioné mucho tiempo. Mis pensamientos fueron abortados de repente por el intenso y repugnante hedor que desprendían aquellos chicos y chicas. Doscientos metros de tren, cincuenta plazas por coche y estos angelitos tienen que sentarse a mi vera.

Mis elucubraciones fueron substituidas por nauseas y otros desordenes fisiológicos. ¡Qué peste! Aproveché la braga que uso para  los días de frío intenso  que lucia en mi cuello para cubrir mi nariz, pero fue en vano. Aquel pestilente olor era tan cáustico que la hubiese traspasado aunque hubiese estado confeccionada en Kevlar.

Podía haberme levantado e irme pero tenía miedo que creyesen que yo era un fascista que no toleraba su presencia por causas ideológicas y no sanitarias, Ademas todos hablaban en inglés por lo que mi actitud podía interpretarse también como xenófoba y no tengo yo el cuerpo a las siete de la mañana para enfrentarme a nadie por motivos sociopolíticos.

Mi salvación llegó cuando escuché por los altavoces del tren que llegábamos a Montcada i Reixac . Fingí que me apeaba y me dirigí al lugar del tren más alejado posible de aquel tufo, intentando que no se notara que mi equilibrio se había visto afectado por el mareo.

Cuando mi estómago y otras vísceras ocuparon de nuevo el lugar que les corresponden según mis parámetros antropomórficos, pude regresar a mis pensamientos y concluir que aquellos jóvenes eran en realidad “Okupas” pues habían ocupado mis fosas nasales y posiblemente las de los otros viajeros de una manera que no puede ser legal.

Su rebeldía, si es que realmente se rebelan contra algo, no es contra el sistema sino contra la higiene corporal. Son una especie de veganos ultraortodoxos que entienden que las bacterias también tienen derecho a la vida y que no pueden ser aniquiladas por burgueses jabones y geles de baño.

Me gusta que la juventud tenga principios y se rebele contra lo que considera injusto, ¡ojalá! hubiese sido yo menos sumiso en mi juventud, por lo que también, a esta clase de activistas, les declaro mi admiración, pero desde cincuenta o sesenta metros como mínimo de distancia.

El violinista del tren.

En el tren, camino de Montmeló, veo situarse junto a mí a un hombre mayor. Está colocando con sumo cuidado su amplificador y  su reproductor que arrastra atados en el esqueleto de un carrito de la compra. Es un hombre pequeño, encorvado. Desde sus sienes serpentean unos cabellos amarillos pajizos, tan enredados, tan desordenados que parecen paja de verdad. Viste un chándal grueso con bandas negras sobre un bermellón, que apuesto que si se lavara, sería rojo.

Cuando acaba de acomodarse entre los asientos ocupados por bostezantes viajeros, extrae de no sé dónde un violín. Bueno, parece un violín porque se lo pone en el hombro y lo toca con un arco, pero el aspecto del instrumento es desolador. Gran parte de sus piezas están sujetas de una manera grotesca con cinta adhesiva transparente. No soy un “luthier” pero diría que las cualidades acústicas de ese instrumento no pueden ser las más adecuadas.

El hombre toca al compás de la música que sale del amplificador del carrito. Sé que nunca he gozado de gran oído musical, pero me cuesta distinguir el sonido del violín del de la pista. Pareciera que el hombre finge tocar. No sé, si lo hace, lo está haciendo muy bien con el arco y sus dedos sobre los trastes, pero no logro distinguir el violín.

Algunos viajeros miran con desprecio al anciano violinista. Tal vez sepan a ciencia cierta que es un farsante, que realmente no toca o simplemente no están para serenatas a primera hora de la mañana.

Siento pena por el músico, por las miradas de desaprobación que está recibiendo y por su destartalado violín. Cuando reparas de una forma tan tosca un instrumento del tipo que sea, es señal de que no puedes substituirlo fácilmente, que no puedes comprar otro ni siquiera de saldo. ¿Qué pasará sí un día el violín se rompe del todo? ¿De qué vivirá el viejo músico?

Siento una gran desazón pensando en la vida de ese hombre. Tal vez es un abuelo que tocaba el violín en reuniones de familia en tiempos mejores y que la crisis o tal vez el alcohol o las drogas han echado a la calle.

¿Pero y si hace 40 años era un joven entusiasta que soñaba con ser violinista? Tal vez estudió en un conservatorio soñando con interpretar a Mendelssohn o a Bruch en un gran teatro, o ser el concertino de una gran orquesta. ¡Y míralo ahora! El fracaso más allá del fracaso, tocando una inaudible melodía en un vagón de cercanías lleno de soñolientos y molestos viajeros que lo miran con desdén.

No sé que pecado pudo cometer ese hombre pero nadie merece ese destino, nadie merece esas miradas de desprecio. Meto la mano en mi bolsillo, encuentro 50 céntimos. Se los doy cuando acaba de tocar. Puede que cada vez más, veo en este tipo de hombres un aviso de lo que me puede pasar a mí, que ya tengo espolones, si doy un paso en falso. Trato de aliviar mis miedos con una triste moneda. Luego vuelvo a lo mío, encaro el largo trecho hasta la fábrica. Espero tener otra moneda en mi maleta o no tomaré café en la oficina, y la verdad es que lo necesito pues hace frío, mucho frío.

¿En Australia es año nuevo antes que en España? ¿De verdad?

Sí, cada 31 de diciembre es año nuevo antes en Australia que en España. Es así, no podemos cambiarlo. No hay la más remota posibilidad de que algún año sea al revés.

Es más, en caso de ocurrir algún día que el año nuevo llegase a España, antes que en Australia, los medios de comunicación tendrían entre manos un notición, pero el efecto de la rotación de la tierra sobre el calendario no llega ni  a curiosidad en estos tiempos, donde se supone que ya casi nadie cree que la tierra es plana y está apoyada en una tortuga gigante.

Así que que todas las televisiones ofrezcan año tras año, con gran alborozo la gran noticia de que en Sidney celebran el primero de enero, cuando aquí es mediodía, con majestuosos fuegos artificiales sobre el edificio de la ópera es, sencillamente, ridículo.

 

 

 

 

 

La fortuna y la esperanza.

El protagonista de mi libro favorito, Ignatius Reilly creía en la “rota fortunae” una rueda de la fortuna en la que una diosa ciega nos hace girar haciendo que nuestra suerte se presente en ciclos.

Parece que mi rueda de la fortuna empieza a girar moderadamente a mi favor y digo moderadamente porque está en mi naturaleza el ser pesimista y no suelo echar las campanas al vuelo.

Cuando dejé de escribir este blog me encontraba en una situación dificil: Mostraba síntomas preocupantes muy similares a los de una enfermedad degenerativa, me encontraba sin trabajo y mis padres no estaban tampoco en su mejor momento. Pensé (y no me arrepiento) que la cosa estaba tan mal que debía centrar mis esfuerzos en solucionar esos problemas prescindiendo de trivialidades y este blog era algo secundario.

No quiero engañar a nadie, no me enfrenté a esos problemas valientemente sino sumido en el desánimo y el victimismo, pero creo que logré al menos concentrarme en la lucha. Seguir escribiendo en este blog durante este tiempo, hubiera sido una retahíla de lamentos y quejidos que no interesan ni pueden ayudar a nadie. Y digo esto, porque a pesar de mi inactividad, el blog ha tenido importantes picos de visitas y no he dejado de recibir peticiones de consejos sobre algunos de los temas que trato por aquí. Este no será el mejor ni el más interesante de los blogs pero hay a quién le interesa y eso me vale.

Ahora que tras numerosas pruebas médicas sé que mis síntomas (que persisten) no pertenecen a la terrible enfermedad que creí padecer, que mis padres han mejorado y que he encontrado un empleo estable en una fábrica de mobiliario urbano como delineante industrial, creo que ha llegado la hora de retomar las cosas secundarias y triviales.

La rueda de la fortuna me ofrece una segunda oportunidad como premio ya que nunca perdí la esperanza pese a mi actitud depresiva y pusilánime. Tengo muchos errores que no cometer esta vez. Espero cumplir.

La cola del hambre.

Esta es una entrada corta. La foto que la encabeza está tomada esta misma tarde en la Calle Berenguer de Palou, cerca de mi casa. La gente que hace cola no está esperando para entrar a una sesión de cine, ni para comprar los primeros un iPhone 6. Hacen cola delante de la llamada Despensa Arciprestal de Cáritas Diocesana de Barcelona.

Yo me dirigía a la biblioteca que hay cerca, he consultado varios libros durante casi hora y media y al regresar, la cola seguía igual de larga. Me he acercado a los últimos de la fila un señor y una señora sudamericanos y les he preguntado que para qué era esa cola. La mujer con su acento caribeño me ha dicho que vienen a pedir comida y el señor me ha dicho que era un “sitio de Caritas”. Puede que mi aspecto les haya parecido desaliñado (que lo era) porque enseguida han necesitado explicarme que para usar ese servicio hay que tener no sé que autorización de los servicios sociales, pero les he interrumpido amablemente y les he dicho que no busco comida. Me ha parecido ver una mueca de alivio en sus rostros pues son muchos ya a repartir.

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Sólo quería asegurarme de lo que ya suponía, que era una cola de caridad. Desde que escribo un blog hay veces que me comporto cual “periodista” he intento confirmar mis suposiciones y contrastar mis informaciones antes de escribirlas. Pero no soy un reportero intrépido retratando la miseria en África o en Extremo Oriente, sólo tengo que dar un pequeño paseo porque esto no está pasando en la Andalucía de Miguel Hernandez ni en la Extremadura de Delibes. Esto pasa en la Barcelona de Messi.

Con una sonrisa me he despedido de ambos sudamericanos y con una mueca que pretendía ser una sonrisa les he deseado mucha suerte.

Chabelita ya tiene empleo.

Chabelita ha encontrado trabajo. Supongo que los hipotéticos lectores de este blog ya saben quién es Chabelita y si no pues para eso está Google. La hija adoptiva de la delincuente Isabel Pantoja, cobrará unos 7.200€ al mes por hablar sobre moda en un programa de Telecinco. Para que digan que en España no es fácil encontrar empleo. Nada de formación secundaria, nada de formación profesional, y menos de formación universitaria pero ahí está colocada en la principal empresa de televisión del país. Voy a hablar de este tema sin miedo a resultar hiriente, sin miedo a que me llamen machista o racista, porque me da igual si ofendo a alguien porque no puede nadie sentirse más ofendido que yo.

Chabelita es un personaje repugnante en el contexto de la España actual. Un país con más del 50% de sus jóvenes sin trabajo, con más de un millón de los más preparados de entre estos emigrados y con una tasa de paro del 25%, no puede soportar la humillación de que a esta señorita se le dé un empleo hiperremunerado por ser hija de una blanqueadora de capitales y haberse quedado embarazada de un vividor. Alguien puede argumentar que los responsables de Mediaset han considerado que la presencia de esta niña proporcionará grandes audiencias, pero eso también lo conseguirían emitiendo películas Snuff y eso no le da legitimidad alguna a este tipo de cinematografía.

Aclarado este punto. quiero señalar que si de algo puede hablar Chabelita es de moda. Porque hay que tener unos conocimientos rayanos en la erudición sobre vestimenta, maquillaje y complementos para no producir arcadas a quién la mira. Porque Chabelita es fea. Es fea más allá de la fealdad. Y que ningún susceptible me acuse de despreciar sus rasgos andinos, pues su fealdad no sólo es natural sino que se ve acentuada  por su intento de ocultar esos mismos rasgos andinos. Chabelita es fea entre los andinos y rechaza a estos con sus mechas rubias, su artificial dentadura de lepórido  y su ridículo aumento de pecho.

Pero de todas formas hay un orden cósmico que invita a rechazar algunas cosas por justificadas que sean. Puede que Helen Mirren sea mejor actriz que Scarlett Johansson pero yo no quiero ver a Helen Mirren hacer de “Black Widow“. Por eso, si algún día sufro un ictus y me da por interesarme por la moda, quiero ver una sección presentada por, no sé, Martina Klein, Sofía Mazagatos o Judith  Mascó y no por un botijo sin estudios ni experiencia laboral en el sector.

¡Pobre España! No se diagnosticó a tiempo el tumor llamado Belén Esteban y ahora ya tenemos la metástasis de Chabelita. ¡Independentistas, cuánto os comprendo! Si la cosa sigue así, os aseguro que cuelgo una “estelada” en la ventana el día menos pensado. Ir a manifestaciones no, que el gentío me agobia y además me lo tienen prohibido los pneumólogos, por el asma y eso.

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