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Naturaleza humana.

La camiseta es purpura o violeta o morada, bueno no sé, para mí todo es lila además lo destacable es que el tipo que la viste no tiene brazos. Es un hombre pequeño, flaco y la expresión de su cara es algo cómica. Va muy sucio. Imagino que la miseria y el no tener manos dificulta una adecuada higiene personal. Es la segunda vez que lo veo pedir en el metro intentando llamar la atención de los viajeros dando golpes en las barras de apoyo con sus muñones que apenas sobresalen unos diez centímetros de sus hombros. No parecen muñones de malformación congénita, parecen muñones de brazos perdidos aunque, vaya usted a saber.

El cachorrito es una monada. Debe de ser de alguna raza asiática pues el acompañante de la dueña lleva de la correa a dos shar pei y parece que les va ese rollo. ¡Qué lindo el perrito! Su pelaje es gris casi plateado con manchas blancas tornasoladas, tiene el hocico chato  y una mirada tan, tan humana. Lo miramos embobados porque además el pobre está malito. Ha hecho caquita líquida en la canceladora y ahora parece aturdido y mareado. A pesar de su poca edad, es bastante grandecito y pesa demasiado para su dueña, una chica menuda que no puede contar con su acompañante ya que este bastante tiene con gobernar los dos shar pei tan bonitos y marroncitos como traviesos y juguetones.

El hombre sin brazos camina lentamente. Es difícil mantener el equilibrio en esos horribles trenes articulados de la línea 1 del metro de Barcelona. Esos donde los asientos te hacen creer que son de cuatro plazas pero en realidad son sólo de tres, esos que tienen esa incompresible pendiente en los extremos de los vagones donde cualquier sacudida hace que te tambalees y tengas que agarrarte a lo primero que encuentres. El hombre sin brazos también sufre ese nefasto diseño pero el no puede agarrarse a nada así que tiene que ir con mucho cuidado.

El cachorrito enfermito está complicando también el equilibrio de su dueña. Se ha arrodillado para intentar sostener al perrito pues este parece no querer sostenerse sobre sus patitas. Miramos la escena y nos compadecemos del can. Es que es tan mono y con esos ojitos tan expresivos que dicen: no me siento bien. Una señora le cede el asiento a la chica que jadeante alza al perro y lo acomoda en su regazo. La mujer generosa se permite acariciar al chachorro y pasa su mano ensortijada por el pelo plateado del animalito.

La primera vez que vi al hombre sin brazos algunas personas compasivas le dimos algunas monedas aunque resultaba embarazoso pues ¿cómo le das una limosna a un hombre sin manos? Nos quedábamos paralizados con la moneda entre los dedos y el hombre sin brazos nos indicaba con una sonrisa que la introdujéramos en el bolsillo de su pantalón.

Hoy estábamos embelesados con el perrito exótico de pelaje plateado y tornasolado que está enfermito. Todos nos interesábamos por cada mueca, cada gemidito, cada bostezo del cachorrito. Cuando he apartado la vista para ver por cual parada iba, he visto pasar al hombre sin brazos, con su camiseta lila, sus andares pausados, su …

¡Pobre perrito! Está malito. Es tan bonito y tiene una mirada tan, tan humana.

Caramelos

No me vendas azúcar a mis años

 …. de piña para las niñas y limón para las viejas.

Caramelos, caramelos, caramelos, llevo caramelos.

Hace mucho que tomo cierta medicina. Es un buen remedio para la enfermedad que padezco pero el tratamiento es largo, no se puede dejar de inmediato y además tiene desagradables efectos secundarios, todos los cuales he sufrido salvo las variaciones del flujo menstrual (o eso creo).

Hoy he ido a comprarla a mi farmacia de toda la vida. Una de las chicas que atienden se ha interesado por como iba mi tratamiento y como me sentía. Es la segunda vez que se interesa por mi salud lo cual me hizo sospechar dado que es una empleada nueva y apenas me conoce por lo que he decidido satisfacer su curiosidad. Le he explicado que estoy fenomenal y que el médico está considerando seriamente reducir la dosis.

Sabedora como farmacéutica que dicho medicamento tiene como efectos secundarios el atontamiento y la flojera, se ha permitido recomendarme un complemento para evitar dichos efectos y hacerme sentir más enérgico. De uno de los anaqueles ha tomado una caja y la ha plantado sobre el mostrador al tiempo que empezaba a glosar las bondades del producto, pero la he interrumpido señalando con el dedo una palabra escrita en el envase: BOIRON.

  • Verás.- Le he comentado con mi más tierna voz. – Esto es homeopatía y no lo compraría.
  • ¿No te gusta? – Ha preguntado algo sorprendida.
  • No, no es eso. Verás, estudié química en mi juventud y sé que eso que me vendes es agua con azúcar.- He replicado dulce pero contundentemente.
  • Bueno, pues nada, sólo era un consejo. – Me ha contestado casi en un susurro visiblemente ruborizada.

Y no es para menos, esa chica tiene un título en farmacia, quizás incluso de medicina, sabe mucha más química que yo, que ya no recuerdo nada (no sabría distinguir un mol de un si bemol) y aun así pretendía venderme agua azucarada.

He salido de la farmacia con mis medicinas y una sensación de satisfacción, no por dejar en evidencia a la pobre chica que al fin y al cabo hace su trabajo sino porque he atajado sin titubeos una oferta que no me interesaba y eso no es normal en mí.

Suelo ser demasiado paciente y amable con aquellos que me aburren, posiblemente porque yo he sido (y sigo siendo para que nos vamos a engañar) un aburridor contumaz y no quiero tratar a los demás como no quiero que me traten a mí y al igual que yo recibo muchos cortes en seco de mi plúmbea verborrea ha llegado la hora de que yo también cercene la verborrea ajena y veo que puedo hacerlo sin complejos ni remordimientos. Debe de ser que estoy madurando.

¡Es estupendo hacerse mayor!

 

 

El Tamesis con el parlamento y el ojo al fondo

Mi viaje de Gulliver.

Si todo va bien el viernes día 15 de enero de 2016 volveré a Londres. Estuve por primera vez en el sangriento verano de 2005 por un azar del destino del que no hablaré y fue una semana antes de las vacaciones que había programado en Egipto. ¡Qué tiempos! Yo me sentía todavía joven y las cosas no me iban del todo mal. Tenía ánimos para emprender dos viajes en un verano, acababa de salir de una gran bache en mi vida y me sentía renacido.

Todo mi presupuesto estaba destinado a comprar todas las emociones posibles que pudiera en Egipto. Es cierto que tuve suerte y encontré una oferta de última hora lo cual abarato considerablemente el precio, pero contraté un viaje a todo lujo incluyendo crucero por el Nilo con las mismas 5 estrellas que el hotel Marriott de El Cairo, ubicado en el que fue el palacio que le construyeron a Eugenia de Montijo cuando se fue con su Marido Napoleón III a inaugurar el canal de Suez.

En Londres pues, tenía poco dinero para gastar y además la libra esterlina estaba a dos euros. Pero no me importaba, allí estaba yo solo, en la tierra de mi bisabuelo, durmiendo en un hotel barato donde la recepcionista ponía cara de desesperación cuando le hablaba en inglés y donde no me cobraron el desayuno seguramente porque les resultaba menos oneroso que intentar entenderme.

Frío día de julio frente al Tower Bridge verano de 2005
Yo en Londres con el Tower Bridge al fondo verano de 2005.

Tuve que caminar mucho pues los recientes atentados en el metro habían provocado el cierre de la mayoría de líneas del suburbano así que algunas cosas me las perdí por puro agotamiento físico y otras por no poderlas pagar como los 10€ al cambio que costaba entrar en la abadía de Westminster para poder ver la tumba de Isaac Newton.

Pasé aquellos días absteniéndome de todo lo que no fuera absolutamente necesario, comiendo en McDonald’s o en la calle, bocadillos de pepino con mantequilla  comprados en Marks & Spencer Food. Además hizo algo de fresco y llovió. No fue un viaje cómodo pero lo pasé muy bien viendo todos los tópicos turísticos  desde el ineludible Big Beng, hasta la Piedra de Rosetta, el único icono egipcio que no podría ver en su país.

Luego me fui para Egipto, la cosa no salió como esperaba.

Para empezar era mi primera vez en un país africano y en un país árabe. No estaba preparado para asumir todo lo que vi allí y que nada tenía que ver con la épica de monumentos milenarios y faraones sino con el terrible paisaje humano que me encontré.

Yo en Abu Simbel verano de 2005
Yo en Abu Simbel.

Durante todo el crucero por el Nilo y en mi estancia en El Cairo la miseria y la injusticia social me impidió disfrutar del viaje. No porque no conociera la pobreza con la que me codeé en mi infancia en mis largas tardes de domingo en el barrio de La Mina y que tan sólo el esfuerzo sobrehumano de mis padres y mis abuelos maternos impidieron que traspasase la frontera entre la clase obrera y ella, sino que era la primera vez que la observaba desde la cúspide del lujo y la riqueza, pues para la mayoría de paisanos egipcios yo era rico y muy rico.

Los guías Moises y Kaled y yo verano de 2005
Los guías Moises y Kaled y yo en el Nilo.

Todos los monumentos, los templos, la maravillosa ribera del Nilo adornada de hermosos minaretes se me eclipsaron por la horda de niños pedigüeños, niños enfermos, algunos deformes o mutilados, rodeándote para obtener calderilla o boligrafos. Niños  que eran capaces de pedirte en catalán que les comprases unos abalorios cuando se enteraban de que venías de Barcelona.

Mendigos por todas partes, alzando sus manos, metiéndolas entre el enrejado de las estructuras metálicas dispuestas para separar a los turistas de la muchedumbre misérrima y que pudiéramos ver la esfinge, por ejemplo, sin ser molestados.

Lejos me quedaba la mística de Abul Simbel, Karnak, Luxor o Guiza frente a las polvorientas fachadas de los suburbios de El Cairo que no se reparan porque el desierto las golpea sin piedad, dando a aquellos edificios un aspecto mortecino y desolado, a pesar de la mucha gente que allí malvive.

Yo con las pirámides al fondo verano de 2005.
Yo con las pirámides al fondo.

Es cierto que pasé buenos momentos y vi muchas cosas que ansiaba ver desde niño pero la arrogancia de los visitantes Saudies tratando a sus criados como ganado, mujeres condenadas al Nicab, gente viviendo en tumbas de familiares exhibidos como atracción turística, ancianos trabajando al carecer el país de un sistema de seguridad social, el caos en los servicios públicos, la corrupción policial que viví en primera persona y la mirada picara de niños sin más futuro que la mendicidad, hicieron que dejase Egipto con una sensación de tristeza y porque no decirlo, de cierta culpabilidad por haber participado en un viaje de lujo a un país tan pobre. Me prometí a mí mismo que si algún día volvía al tercer mundo como turista será en condiciones más modestas y decentes.

Y así fue como tuve mi particular viaje cual Gulliver. Era pobre en la capital del imperio británico,  era el enano entre los gigantes de Brobdingnag pero fueron días maravillosos. En cambio en el Egipto de los Faraones del que sólo queda expolio y arena fui el turista rico, el gigante entre enanos de Lilliput y me sentí infeliz. Una lección que me dio la vida y de la que he tomado nota.

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Cuento de navidad

Hipercor de Meridiana, interior tarde.

En la frías vísperas de nochebuena, el viejo David curioseaba entre los anaqueles de la sección de juguetes. Caminaba despacio parándose de vez en cuando para pulsar los botones de prueba de los que hacían ruido.

De repente se le acercó un tipo. No era muy alto, con barba de tres días. Su ropa era vieja y sus zapatos desgastados. Se dirigió a él interrumpiéndolo mientras oprimía las teclas de un móvil que imitaba los ruidos de animales de granja.

  • Hola David. ¿Cómo estás?
  • Bieeen. – Contestó David al principio con cautela pensando que era un pedigüeño y después con incomodidad por haberle llamado por su nombre.- ¿Cómo sabe como me llamo?
  • Lo sé todo sobre ti. Soy el espíritu de las navidades pasadas.
  • Encantado de conocerle.- Contesto alarmado.- Pero ya me iba se me va a pasar la hora en el parquin y no quiero volver a pagar, ya sabe.
  • No tan rápido, tengo un mensaje que darte. Además sé que no tienes coche.
  • Ya verá pero tengo prisa. – Dijo David haciendo aspavientos para que un segurata barrigón que se encontraba a escasos metros le viera. Pero este no reaccionó.
  • No pueden vernos, David. Estás en mi dimensión espiritual ¡Uuuhhh! Y no te dejaré ir hasta que me escuches.
  • Oiga esta es una historia muy manida. ¿No me diga que tendré que aguantar también al los espíritus idiotas de las navidades presentes y futuras?
  • No David.- Contestó condescendiente el fantasma.- Tú sólo tienes un espíritu que soy yo. ¡Uuuhhhh! Lo de los tres espíritus es para empresarios despiadados.
  • Vale y ¿qué quiere? No recuerdo haberle hecho nada malo a nadie en nochebuena.
  • No es eso. Lo que pasa es que no te dejas llevar por el espíritu navideño. No dejas que la felicidad de estos días inunde tu corazón.
  • ¡Eso no es cierto! Ya me he comido unos cuantos polvorones y algunas figuritas de mazapán ¿Y qué hay más navideño que el mazapán?
  • No me refiero a eso.- Comentó el fantasma haciendo gesto de desesperación.- No estás comprando. No estás gastando suficiente. Piensa en la gente que no tiene dinero. Cómo les gustaría estar en tu pellejo. Recuerda como estabas el año pasado: en el paro, con los bolsillos vacíos. ¡Mírame! Soy el reflejo de lo que eras hace un tan sólo un año.
  • Pero si estoy comprando ¿Por qué iba a estar en el Hipercor sí no? Lo que pasa es que estoy comparando precios.
  • ¡Y una porra! Sólo pulsas teclas de juguetes para probarlos. Te he visto pulsar el capó de esa ambulancia para que suene la sirena y antes aprestaste la barriga de aquel minion para que riera.
  • Estoy buscando juguetes para mi sobrino… ¡eso!
  • No me engañas. A tu sobrino ya le has comprado un Buzz Lightyear barato y se lo darás el día de reyes. Estás aquí porque en el fondo te mueres por comprar. ¡Quieres gastar sólo porque es navidad! Pero tu maldito ego te lo impide.
  • Yo no necesito una fecha especial para comprar. – Comentó David con gesto despectivo. – Estás son unas fiestas consumistas sin ningún  valor moral.
  • “… sin ningún valor moral”. Bla, bla, bla. – contestó burlón el fantasma.- Vas de intelectual y ni siquiera acabaste la carrera.
  • Yo por lo menos estoy vivo.
  • ¡Qué gracioso! – dijo el fantasma algo dolido. – Lo que pasa es que no tienes dinero suficiente para comprar lo que quieras. Si te hubiera tocado la lotería ya veríamos donde iba tu intelectualidad.
  • ¡Exacto no tengo dinero! Por eso no compro ¿está contento? ¡eah! Ya puede irse. Me siento una persona mejor. ¡Misión cumplida!
  • Me temo que no es suficiente. Ya sé que no tienes mucho dinero pero te recuerdo que tienes una tarjeta de crédito y también la del Corte Inglés.- Indicó el espíritu frotándose las manos.
  • No las llevo encima. – Contestó David mirando hacia un niño que lloraba porque su mamá no le compraba no se sabe qué.
  • ¡Falso! Desde principio de diciembre las llevas contigo.
  • Es por si tengo una emergencia ahora en vacaciones me muevo mucho y…
  • Las llevas porque quieres comprar pero te falta un empujón.- interrumpió el fantasma.- Pero no temas para eso estoy yo aquí.
  • Gracias pero, de verdad, no necesito nada.
  • No es cuestión de necesidad es cuestión de comprar cosas que molan.
  • ¡Qué no! pesado.
  • ¡Va hombre! Tu hermano ha estrenado un iPhone 6 plus, te mueres por tener uno igual.
  • Yo ya tengo un Galaxy Note 4 que es mucho mejor.
  • ¡Qué más quisieras! Eso es un móvil de perdedor. ¡Un iPhone es un IPhone y te lo podrías comprar. ¿Qué me dices?
  • ¡Qué no!
  • Tu tablet está vieja. ¡Cómprate una nueva!
  • ¡No! Todavía sirve, además sólo la uso ver porn… digo el You Tube.
  • ¿Un nuevo teclado para tu ordenador de esos que se iluminan?
  • ¡No!
  • ¿Una suscripción a Netflix?
  • ¡No!
  • ¡Un palo de “selfies”!
  • Grrr. ¡Qué ordinariez!
  • ¡Pues una catana!
  • ¡Déjame en paz!
  • Unos auriculares con manos libres para tu fantástico Note 4.- Dijo el fantasma con tono de burla!. -Los tuyos se han roto.
  • Mmm. ¡Es verdad!
  • ¡Lo ves! comprarlos es una necesidad, no un capricho infantil.
  • ¡Vale! pero sólo porque los necesito.
  • ¡Que sean de esos con volumen! Debes proteger tus oídos.
  • Mmm. ¡Es cierto! Pero serán más caros.
  • ¿Tus oídos no merecen el gasto extra?
  • Mmmm.
  • ¡Uy! Esos están muy bien y tienen cable antienredos.
  • ¡Tu sí que me está enredando!… Aunque, deben de ser muy prácticos.
  • Comprarlos azules o rojos. Todo el mundo lleva auriculares blancos.
  • Esos negros satinados son bonitos y tienen volumen y cable antienredos… ¡30€! ¡Qué barbaridad.
  • ¡Venga que es navidad!
  • De acuerdo sí prometes que te me dejarás en paz.
  • ¡Prometido!

Y así fue como el viejo David, imbuido por el espíritu navideño y con la ayuda del fantasma de las navidades pasadas comenzó poco a poco a llenar su corazón de esperanza y un carrito de supermercado de cosas necesarias: Una agenda de Star Wars, un termo en forma de lata de cerveza, una recortadora de barba con aspirador, una flor de pascua, un mapa de La Tierra Media  y por supuesto, los auriculares con cable antienredos.

3 DE MARZO 1971

NI„O JUGANDO FULBITO EN LA CALLE

Niños que juegan.

Diciembre de 1973.

David tan sólo tiene 5 años. Es un crío. Quiere saltar, subirse a sitios, jugar a la pelota y sobre todo quiere correr, correr como los demás niños pero no puede, el invierno se  lo impide.

Jugar al balón es un tormento. Alcanzar en una carrera a sus compañeros de juegos una quimera. Un poco de esfuerzo y su pecho se vuelve lija y su aliento fuego. Y por si fuera poco, los sibilantes. Esos silbidos que salen de su garganta, el aullido cruel de las flemas que inundan sus bronquios. Cantos de sirenas que conducen su infancia hacia los escollos del asma siempre que intenta navegar como un niño. 

Diciembre de 2015.

Kirill tan sólo tiene 5 años. Es un crío. Salta, se sube a sitios, juega a la pelota y sobre todo corre. Corre como los demás niños. Nada le detiene, ni el invierno.

Jugar al balón es divertido y alcanzar a sus compañeros de juegos en una carrera, fácil. Un poco de esfuerzo y su pecho se hincha de aire y de su garganta salen gritos de alegría y de vez en cuando llamadas a David para que vea como mete gol, alcanza la canasta con su pequeña pelota o se tira por la tirolina. Y David celebra sus chiquilladas y le anima a superarse. ¡Otro gol! ¡Otra canasta! ¡Muy bien, así se hace Kirill!

Y Kirill juega feliz porque es niño, está sano y su tío David le vigila,  le protege y de pasada el niño asmático que fue salta, se sube a sitios, juega a la pelota y sobre todo corre feliz pues, 42 años después, tiene una segunda oportunidad en la respiración sana y la felicidad segura de su sobrino.

¡Otro gol! ¡Otra canasta! ¡Muy bien, así se hace Kirill! ¡Así se hace David!

 

Obreros del salitre

¡Vamos mujer! Si necesitas reggaetón.

“Para el que ha tenido una buena madre, las mujeres son sagradas.”

Proverbio.

Reconozco que no me gustan las actuales campañas contra la violencia de género. Las apoyo, pero las encuentro paternalistas, sobreprotectoras y a veces estigmatizadoras para los hombres. Por cierto, yo creía que el género era cosa de pronombres y artículos y que las personas teníamos sexo. Debería decirse violencia de sexo o sexista. Pero qué se yo, soy de ciencias.

Pese a todo me avergüenzo como hombre de lo que las mujeres tienen que aguantar. No sé cómo pueden hacerlo. Deberíamos haber avanzado mucho en cuestión de igualdad y respeto pero me parece que estamos en franca regresión. Como ejemplo de esto quiero comentar y comparar dos canciones. Las dos son latinomericanas y las dos tratan de hombres que le ofrecen “consuelo” a una mujer. Al igual que hice en una entrada anterior preguntando como habíamos pasado de Janis Joplin a Miley Cyrus, quiero preguntarme de nuevo como hemos pasado de una canción a otra.

La cantata de Santa María de Iquique. (1969)

La cantata de Santa María de Iquique fue compuesta por el músico chileno Luis Advis en 1969 e interpretada principalmente por el grupo Quilapayún. Narra la matanza perpetrada por el ejercito chileno el 21 de diciembre de 1907 en la ciudad de Iquique, donde murieron entre 2.000 y 3.000 trabajadores del salitre que se encontraban, acuartelados en la Escuela Santa María de dicha ciudad, durante una huelga general que el gobierno mandó reprimir.

Toda ella es una obra musical sublime pero para mí hay una parte que destaca sobre las demás: la llamada “vamos mujer”. Dice así:

“Vamos mujer, partamos a la ciudad. Todo será distinto, no hay que dudar confía, ya vas a ver, porque en Iquique todos van a entender. Toma mujer mi manta, te abrigará. Ponte al niñito en brazos.  No llorará, confía va a sonreír. Le cantarás un canto, se va a dormir. ¿Qué es lo que pasa?, dime, no calles más.”

El hombre intenta animar a su mujer y contagiarle su optimismo ante la marcha hacia Iquique. Le dice  que haga lo que él cree son cosas de mujeres con tranquilidad. Que cuide del niño y no que se preocupe pues cuenta con su protección simbolizada en la manta. No obstante la mujer está preocupada y eso desconcierta al curtido obrero del salitre.

“Largo camino tienes que recorrer atravesando cerros, vamos mujer. 

El marido parece advertir a su mujer que su actitud no es la mejor para enfrentarse al duro viaje que les espera.

“Vamos mujer, confía que hay que llegar, en la ciudad podremos ver todo el mar. Dicen que Iquique es grande como un salar, que hay muchas casas lindas. Te gustarán. Confía, como que hay Dios, allá en el puerto todo va a ser mejor. ¿Qué es lo que pasa? Dime, no calles más.”

Otra vez el hombre intenta animar a su esposa explicándole cosas que él cree son del agrado de las mujeres. El mar, casas bonitas… Pero la mujer no traga. El obrero es valiente y está motivado por eso no entiende la actitud de su mujer.

“Vamos mujer, partamos a la ciudad. Todo será distinto, no hay que dudar. No hay que dudar, confía, ya vas a ver, porque en Iquique todos van a entender.”

El obrero endurecido del salar  no entiende que su mujer intuye que la cosa acabará muy mal, como así fue. Esta parte de la cantata enfrenta el comportamiento valeroso pero a veces infantil de los hombres contra la intuición y la sensibilidad femenina. Frente a la ingenuidad del hombre que cree que las cosas van a cambiar está la sensatez y la mejor comprensión de la realidad de la mujer.

 Esto es lo que nos venía de Latinoamerica en los 70.

Veamos lo que nos viene en la actualidad.

Ginza (2015)

Canción interpretada por un tal J. Balvin ha sido número uno de la radio en Estados Unidos, México y España entre otros países de Latinoamérica. Dice así:

“Si necesita reggaetón dale. Sigue bailando mami no pare. Acércate a mi pantalón dale. Vamos a pegarnos como animales.”

Las mujeres al parecer necesitan reggaetón y para satisfacerlas el hombre se ofrece a practicar el conocido paso de baile conocido como “perreo”. Esta modalidad coreográfica se practica del siguiente modo: Una mujer debe desproveerse de toda dignidad, por ejemplo mediante el abuso del alcohol. Luego tiene que refregar su culo en la entrepierna de un anormal acomplejado. No es como bailar un minueto pero no es fácil coordinar los movimientos cuando los bailarines están colocados y carecen de educación primaria.

“Muévete a mi ritmo. Siente el magnetismo. Tu cadera con la mia (boom). Hacen un sismo.”

La onomatopeya de “sismo”, Boom, es de lo más curiosa. ¿Qué ruido harán las bombas? ¿Trrrrgrrrrrbrrrr?

“Ahora da lo mismo. El amor ahora es turismo. Diciéndole que no al que viene con romanticismo.”

En esto hay que darle la razón al tipo. Una discoteca repleta de tipos con la visera de las gorras hacia atrás sobrexcitados no es el ambiente propicio para acercamientos amorosos, sino más bien de tiroteos entre bandas de narcos.

“Si te dan ganas de bailar pues dale. En esta disco todos somos iguales.”

Nuevamente el tipo da en el clavo, en esta disco todos son igual de penosos.

“Te ves bonita con tu “swing” salvaje. Sigue bailando que pa eso te traje.”

Claro, no la vas a llevar a una disco para presentar la declaración de la renta. ¡Qué tío!

“Sexy baila y me deja con las ganas. Y yo hoy estoy aquí imaginándolo. Sexy baila y me deja con las ganas.”

¿No habíamos quedado que la habías traído para bailar? ¿De qué diablos hablas? Mejor vas al aseo y te refrescas la cara con agua fría.

“Que bien te queda a ti esa faldita. Ella es señora, no es señorita.”

Después de una rima digna de Rubén Darío, se establece uno de los requisitos indispensables en el mundo reggeatonero: la mujer a conquistar es ineludiblemente la mujer casada con otro. Es un tema recurrente en este tipo de canciones (véase el clásico Dale Don dale). No eres un macho, macho hasta que no le quitas la mujer a alguien. Si le tienes que matar pues se le mata y luego te llevas a la chica como si le hubieses robado su canuto de plata para esnifar, que para eso las mujeres son posesiones.

“Sexy baila y me deja con las ganas. Como te luces cuando lo meneas. Cuanto quisiera hacerte el amor. Enséñame lo que sabes.

¿No habíamos quedado que aquí el amor era turismo. ¿No deberías decir algo así como: “¡Cuanto quisiera mojar el churro!”

El resto es repetición y no merece comentarse. Por cierto, si alguien me acusa de ¡Racista de la música! que le den.

En fin, pregunto de nuevo. ¿Cómo hemos pasado del “Vamos Mujer” al “Ginza”? ¿Qué es lo que ha ido tan mal?