La vida tan fugaz, tan frágil.

Hoy al llegar a la estación de Montmeló, sudando y sofocado por el calor abrasador de este cruel julio, he presenciado un hecho desconcertante para mí. He visto como un hombre transportaba en una camilla lo que sin duda era un cadáver y lo metía en una furgoneta. El cuerpo cubierto en su totalidad con una mortaja blanca, ha sido introducido en la parte trasera del vehículo que lucía las palabras: “Servicios judiciales” en un rótulo flanqueado por sirenas instalado en el techo.

Dicha parte trasera estaba dividida horizontalmente en dos compartimentos: el superior lleno de enseres y equipamiento que no he podido identificar y el inferior vacío (y muy estrecho a mi juicio) donde el camillero con indiferencia ha encajado el cuerpo, como quién coloca la última bolsa de viaje en el maletero de su coche antes de partir de vacaciones. Lo más impactante para mí, que no estoy curtido en accidentes y calamidades callejeras, ha sido la ausencia de bomberos, paramédicos, ambulancias… nada. Sólo un coche policial. Tal vez he llegado demasiado tarde y toda la sinfonía sanitaria y jurídica ya había finalizado, pero no sé, me ha parecido raro.

Para entrar en la estación he rodeado la furgoneta pues entorpecía el acceso por la puerta principal y he accedido por el escaso hueco que quedaba, contorsionándome grotescamente. Podía haber entrado por el acceso de la cafetería, pero yo soy así. Una vez dentro y tras cancelar mi billete he visto a dos agentes de policía, hombre y mujer, a los que les habría paso un joven y atlético empleado de seguridad. Los policías llevaban unos fardos azules llenos de objetos metálicos. No sé que eran. Una vez en el anden he preguntado a una chica que parecía tan azorada como yo ante el inaudito hecho de ver transportar un cadáver pero ni ella ni nadie de los allí presentes, que se han unido a nuestra conversación, sabían nada, ni habían visto nada salvo el traslado del cuerpo amortajado. Tal vez mañana la prensa local diga algo.

Debo de confesar que aparte de la carencia de dramatismo del hecho, en lo único que me ha afectado es que me ha recordado un suceso similar que presencié hace años y que me impresionó tanto como para volver hoy a sufrir el escalofrío que sentí entonces.

En aquella época después de comer esperaba callejeando por el barrio de Sarriá, a que abrieran la oficina. Algo que me gustaba hacer en los días calurosos de verano, y ese día el sol abrasaba como lo hacía hoy, era buscar la sombra bajo los arboles de los muchos y hermosos parques que hay por esa zona de Barcelona. Mientras enfilaba el Paseo de Sant Gervasi que me llevaba a mi parque favorito el de “La Tamarita” me encontré de bruces con el cuerpo yacente sin vida de un motorista.

Estaba cubierto con la típica manta dorada, como quiera que se llame y en esa ocasión sí había una ambulancia, médicos y policías urbanos con sus “walkie-talkies” emitiendo gorgoritos. No había muchos curiosos remoloneando. A esas horas y con ese calor había poca gente en la calle. Sólo dos o tres personas nos detuvimos unos momentos a contemplar la escena. Sé que era un motorista y no un peatón porque alguien de entre los presentes lo mencionó.

Mi curiosidad duró poco y reinicié mi camino. Fue entonces cuando vi la moto del difunto. Era un modelo nuevo y a todas luces muy caro. No recuerdo la marca, sólo el color verdoso metalizado de su gran depósito, el negro del cuero de su asiento y los cegadores reflejos del Sol en sus cromados. Era la moto del accidentado no cabía duda estaba atravesada en la calle y en contra dirección.

Pero lo que me heló la sangre fue que la moto no había sufrido desperfecto alguno. No tenía ninguna óptica rota ni se apreciaban ralladuras en la pintura. La motocicleta estaba intacta, fulgurante bajo el sol de Barcelona, pareciera que estaba en exposición en el concesionario. Mientras, en la calzada, su dueño, bajo el mismo sol era carroña.

La motocicleta una torpe demostración de ingenio mecánico fabricada en serie, resistió al accidente. Su dueño tan complejo, tan único no pudo. De él sólo quedaron carne y huesos sobre el asfalto. Carne y huesos incapaces de retener la vida tan fugaz, tan frágil de un ser humano. Mientras, su moto brillaba soberbia bajo el Sol como salida de fábrica.

Ese día regresé a la oficina poniendo más atención a los semáforos y tal como hoy sintiéndome afortunado de sentir el calor abrasador de una tarde de verano.

Desfibriladores en el metro.

Los usuarios del metro de Barcelona estamos de enhorabuena. Las competentes autoridades municipales pre Ada Colau decidieron atajar de raíz uno de los grandes problemas de este transporte público. ¿Cuál se preguntarán? Los retrasos injustificados, las constantes averías por causas ajenas o no a la compañía, el alza galopante del precio del billete, las hordas de delincuentes balcánicos. Nada de eso, se trata de reducir las muertes por parada cardiorrespiratoria de los viajeros.

Efectivamente, puede que el “clan de las bosnias” le substraiga la hasta los empastes, que no llegue a tiempo de hacer transbordo en RENFE o que empiece a ser más económico solicitar los servicios de Taxi Mercedes que comprar el bono de diez viajes, pero estará a salvo del paro cardíaco por fibrilación ventricular ya que dispondrá de:

¡DESFIBRILADORES EXTERNOS AUTOMÁTICOS!

Eso sí, procure que la parada cardiorrespiratoria le acontezca en las estaciones de La Sagrera o en Plaza de Cataluña que disponen de los mencionados dispositivos porque si le da en la Barceloneta o en Penitents dese por muerto.

Me han explicado lo sencillos y fáciles de usar que son estos artefactos pero no lo veo claro y menos tras hacer una simple búsqueda en Google sobre las aplicaciones y manejo de los mismos:

El desfibrilador externo automático (DEA) es un aparato portátil que diagnostica y trata la parada cardiorrespiratoria cuando es debida a:

  • Fibrilación ventricular (que es la causa más frecuente de muerte súbita) cuando el corazón tiene actividad eléctrica pero no mecánica.
  • Taquicardia ventricular sin pulso, donde que hay actividad eléctrica pero bombeo sanguíneo ineficaz.

Los DEA restablecen el ritmo cardíaco mediante la desfibrilación que consiste en emitir un impulso de corriente continua al corazón, despolarizando simultáneamente todas las células miocárdicas, retomando su ritmo eléctrico normal u otro eficaz. Están indicados para la mayor parte de los llamados paros cardíacos,  pero son inútiles en la parada cardíaca con asistolia pues el corazón, en este caso, además de no bombear la sangre, no tiene actividad eléctrica, cosa que todo el mundo sabe. También en Internet encontramos la forma o secuencia de uso:

  • Asegurarse de que el “reanimador” (uno cualquiera de los viajeros del metro), la víctima y cualquier testigo están seguros y seguir la secuencia del soporte vital básico de un adulto. (Que es algo que todos sabemos que es y como hacerlo)
  • Si la víctima no responde y no respira con normalidad, enviar a alguien a buscar ayuda y, si encuentra, buscar y traer un DEA. (Lo dicho en Plaza de España es fácil pero como ocurra en Poblenou rece lo que sepa).
  • Poner en funcionamiento el DEA y aplicar los parches en el pecho desnudo del paciente. Si hay más de un reanimador, las maniobras de RCP tienen que hacerse mientras se colocan los parches. (Todos estamos capacitados desde la escuela para aplicar maniobras de RCP. Yo lo hago continuamente).
  • Seguir las instrucciones del DEA. Asegurarse de que nadie se acerque o toca a la víctima mientras el DEA lleva a cabo el análisis del ritmo. (Ni la policía puede a veces con los curiosos en los accidentes. ¿Están de guasa?)
  • Si la descarga está indicada: asegurarse de que nadie toca a la víctima. Pulsar el botón de descarga. Reiniciar inmediatamente RCP 30:2(¿?). Continuar como se indica en las instrucciones.
  • Si la descarga no está indicada, reiniciar la RCP inmediatamente, realizando 30 compresiones torácicas y 2 insuflaciones. Continuar como se indica en las instrucciones visuales/sonoras. (Compresiones torácicas algo que cualquiera está capacitado para hacer, basta con haber visto, Hospital General, Anatomía de Grey o House).
  • Seguir las instrucciones del DEA hasta que llegue algún otro reanimador que tome el relevo, la víctima se despierte y respire con normalidad o  el reanimador esté cansado y tenga que ser substituido. (La aparición de un arcángel o de la Madre de Dios también sirve).

Verán, llámenme insolidario pero yo no me pongo a jugar a los médicos ante una persona que se desploma en el anden del metro y agoniza mientras leo o escucho las instrucciones del desfibrilador y eso suponiendo que no se forme el consabido arremolinamiento de gente histérica con sus revistas a modo de abanicos y consejos de la abuela, imposibilitando la calma y la tranquilidad que requieren los pasos de uso arriba enumerados. Además siempre en estos casos aparece el “echao p’alante” que te quita el DEA de las manos argumentando que no lo estás haciendo bien o incluso una sucesión de estos sujetos quitándose el desfibrilador los unos a los otros al grito de: “Dejadme que yo entiendo de esto”.

Como tampoco me gustaría que en caso de sufrir yo una parada cardiorrespiratoria ningún indocumentado bien intencionado me conecte en los pezones, electrodos chispeantes de ningún trasto eléctrico por inteligente o robótico que este sea. Yo me limitaré a llamar al 112 o a interpelar a un “segurata” y espero que los demás viajeros hagan lo mismo conmigo. La idea de acabar mis días yaciendo en un andén sin camisa, con el vello pectoral chamuscado y las costillas rotas por recibir masaje cardíaco por alguien que no sea personal sanitario, me quita el sueño.

Si las autoridades municipales quieren velar por mi salud cardíaca que formen al personal del metro en primeros auxilios o que se rasquen el bolsillo y contraten por lo menos a un A.T.S. que los hay a porrillo en el paro y que se encargue de dos o tres estaciones. Maldita manía de que tengamos que ser los contribuyentes los que lo hagamos todo. Apuntamos lo que marcan los contadores, separamos nuestros residuos, nos echamos el combustible, compramos muebles que debemos montar y ahora tenemos que aplicarnos entre nosotros la RCP… acabaremos cavando nuestras propias tumbas, al tiempo.

Sordos y mudos.

Luce el el sol en Barcelona tanto que abrasa pero yo tengo uno de esos días ¿cómo decirlo? nublados. Es un día en los que tengo ganas de entrar en suspensión como un ordenador. Yo tengo mi propia manera de entrar en suspensión y con receta médica pero ya lo hice el sábado y no quiero abusar. Un café de verdad y algo de vergonzante bollería industrial me suelen servir de revulsivo, quizás sea mejor intentar animarme que desconectarme. Entro en mi cafetería favorita de las cercanas a mi casa. Como siempre soy bien recibido, con una sonrisa  de las dos dependientas que sobreactúan su amabilidad al atenderme.

  • ¿Lo de siempre?

Me pregunta risueña la mujer, tras el mostrador. Ya me conoce, voy mucho por allí y soy hombre de costumbres. Asiento con la cabeza mientras que mis labios no dejan escapar un “sí”. Sentados en el fondo, en mi mesa favorita, hay dos personas mayores, hombre y mujer que junto conmigo somos toda la parroquia del establecimiento. Ocupo otra mesa con un café solo y una tarta de manzana que la sonriente dependienta me ha servido diligente.

Trato de devolverle la sonrisa en vano pues de repente suena en la radio una famosa canción (Jon Secada se llamaba el interprete creo recordar) y la dependienta que me servía corre a subir el volumen explicando a su compañera que, le gusta la canción y de que al fin y al cabo, estamos en verano y todo vale.

Tras unos segundos de trance, la dependienta se disculpa ante mí, cree que su comportamiento no es el adecuado y me pregunta si me molesta la música tan alta. Yo respondo que no con un gesto de mi cabeza, al fin y al cabo el estribillo de la canción agudiza los nubarrones de mi mente y nada hay mejor para la depresión que una justificación.

  • ” Ya no puedo más, ya me es imposible soportar otro día más sin verte.

Un sorbo de café y un mordisco tan sabroso como culpable a la tarta. La dependienta quiere asegurarse de que no me molesta la radio a tanto volumen e insiste en preguntarme. Esta vez si puedo esbozar una sonrisa mientras niego con la cabeza. Un segundo sorbo y un segundo mordisco. ¿Por qué no le pregunta lo mismo a la pareja de casi ancianos que ocupan mi mesa favorita? ¿Acaso no son clientes tan merecedores de respeto como yo?

El tercer sorbo y mordisco coinciden con la respuesta. El hombre comienza a expresarse en lenguaje de signos con sus manos. La mujer le responde de igual manera, quién sabe que se dirán. Son sordomudos, los decibelios a los que afine el señor Secada les importan poco, no pueden oírlo. No tienen que alzar la voz para comunicarse los gestos de sus envejecidas manos les bastan.

El ultimo sorbo, el último mordisco. Me acerco a la caja es todo lo que necesita la dependienta para saber que quiero la cuenta, eso y el billete de cinco euros que le ofrezco mecánicamente.

  • Son dos con cuarenta. Aquí tiene, dos sesenta. ¡Gracias señor!

Incapaz de articular una respuesta hablada me limito a despedirme con la mano. La pareja que ocupa mi mesa favorita siguen en animada y gestual conversación. Sin decir palabra abandono el local hacía la calle ruidosa. ¿Quién es el sordo? ¿Quién el mudo?

Vuelvo a casa, el ruido de la calle atenúa a cada paso la radio a todo volumen de la cafetería.

  • Ven, dame una razón, si es algo que no tiene solución, es otro día más sin verte

Vacunas, monjas y efectos secundarios.

En Cataluña ha muerto un niño por causa de la difteria. El niño natural de Olot situada en La Garrotxa, una zona volcánica de las más bellas de mi tierra, ha muerto por una enfermedad erradicada hacía más de 30 años gracias a las vacunas que no se le administraron a su tiempo por voluntad de sus padres.

Pero al niño no lo han matado sus padres. Ningunos padres juegan con la vida de sus hijos. Ellos pensaban que lo mejor para el niño era no vacunarlo porque así se lo recomendaron los cómplices de la difteria y corresponsables de la desgracia: los antivacunas. Esta gente que reniegan del progreso y abominan de la medicina oficial y las farmacéuticas, porque dicen, son entidades malignas que inventan enfermedades o retrasan las curas con el fin de lucrarse, sin explicar, eso sí, que algunas de las terapias alternativas que intentan popularizar como la homeopatía, también están en manos de multinacionales e incluso monopolios como Boiron y  que venden sus remedios a precio de oro.

Gente como la monja Forcades, una religiosa que es licenciada en medicina, ¡ojo! no doctora, y que ahora pretende ser nada más y nada menos que la Ada Colau de presidencia de la Generalitat. No quiero aceptar, de verdad me niego aceptar que esta monja es médico, porque si se tratara sólo de una sor de las que hacen dulces que se ha metido a charlatana de la Nueva Era se le podría acusar de negligente, pero si de verdad es licenciada en medicina, entonces la cosa cambia de negligente a algo mucho peor. Entiendo que un médico quiera ganar dinero recetando reiki o acupuntura, que al fin y al cabo son tonterías, complementado los tratamientos farmacéuticos, pero no creo que ningún galeno de verdad juegue con la vida de sus pacientes negando la eficacia y la necesidad de la vacunación.

Las vacunas presentan multitud de efectos secundarios pero ninguno tan grave como los que producen la ralea  “conspiranoica” y “quimiofóbica” que lamentablemente está envenenando las aguas ideológicas de izquierdas. Además son efectos secundarios insignificantes al lado del milagro científico de evitar a las nuevas generaciones el no poder mover sus miembros por la poliomielitis, quedar desfigurados por la viruela o intelectualmente incapaces por la meningitis.

El riesgo de no vacunar a los hijos se aprecia pensando en un hecho reciente: una enfermera pudo ser curada por eminentes médicos con todos los medios disponibles, de una enfermedad terrorífica llamada ébola  para la que no existe vacuna y que mata a miles de personas anualmente ¿les suena? Pero otros médicos tan eminentes y con los mismos medios que los anteriores no han podido salvar a un niño de la difteria, puestos a comparar ¿cuál de las dos enfermedades da más miedo en el contexto europeo?

Otro ejemplo. Tanto Steve Jobs esto tanto Steve Jobs lo otro y el creador de Apple y de Pixar, se dejó morir de un cancer de páncreas, de los pocos curables con cirugía, tal como explica él mismo en su famoso discurso en Stanford, por no creer en la medicina oficial y negarse a operarse. Triste final para un hombre tan grande. Es por ello que no culpo a los padres del niño fallecido, si la horda antimedicina pudo convencer a un genio como Jobs ¿por qué no iban a convencer a un matrimonio catalán bien intencionado?

Yo soy enfermo crónico. tengo un asma brutal del que quiero hablar largo y tendido en este blog, pero no soy un discapacitado y la frontera entre la enfermedad congénita y la invalidez está delimitada por la medicina oficial. Mi vida ha sido un efecto secundario. La cortisona que me administraron para combatir el bronco espasmo agudizó mis cataratas congénitas, cataratas que fueron operadas gracias a esa medicina oficial y ahora además de vista de lince, respiro como un chaval de 20 años. La Sertralina que tomé cuando la depresión me convirtió en un muerto viviente, me produjo faringitis, pesadillas, agitación, nerviosismo, libido disminuida, mareo, somnolencia, cefalea, temblor, alteración de la atención, alteraciones visuales, acúfenos, diarrea, boca seca y flatulencia; pero ahora tengo más ganas de vivir que nunca, algún altibajo hay, pero la química de mi cerebro está ordenada y eso hace que ame la vida y los efectos secundarios fueron desapareciendo… bueno, alguno queda.

Sí química cerebral, química, esa palabra actualmente denostada con fines publicitarios. Cómo decía mi catedrático de fisico-química en la escuela de ingenieros: la química es todo. Es la base de las demás ciencias aplicadas: La medicina, la ingeniería… no hay proceso industrial que no dependa de algún procedimiento químico. El agua más pura del más cristalino manantial y el aire más limpio de la montaña más inaccesible son los productos químicos por antonomasia.

Sin la química no habría contaminación de los ríos, los mares ni los cielos, es cierto, pero eso es más por falta de escrúpulos comerciales, que por exceso de química, pero tenemos papel, jabón, ropa de nylon y juguetes de colores no tóxicos. Hacemos química cuando preparamos mayonesa, hervimos huevos o nos servimos una taza de café.  Pero sobre todo tenemos medicinas que calman nuestros dolores de cabeza, de muelas y articulaciones. Tenemos anestesia sin la que la cirugía continuaría siendo el suplicio que era hace siglos y tenemos el doble de esperanza de vida que nuestros antepasados.

Pero la química ahora es mala y lo que mola son los remedios naturales. De acuerdo, la manzanilla y la valeriana sientan bien pero no son más naturales que el arsénico, la cicuta o las amanitas muscarias, todo ello mortal y se ingiere. Hay muy pocas cosas en la industria que no sean naturales, pero a algunos de sus productos se les denomina despectivamente “químicos” olvidando que el petroleo, al azufre o el mismo uranio se obtienen de la tierra al igual que el trigo, el maíz o la aloe vera.

Para acabar usaré uno de los mismos argumentos de los antivacunas y demás charlatanes, si la homeopatía, la aromaterápia, o medicina “cuantica” funcionasen ya se habrían apropiado de ellas las grandes y avariciosas farmacéuticas como Bayer, GlaxoSmithKline o  Pfizer, y es que como dice el gran cómico británico Tim Minchin: “La medicina alternativa que funciona se llama… medicina”

Un murciélago en mi servidor.

Los ordenadores se me dan bien. Se me da bien su reparación y mantenimiento sobre todo. Hubo un tiempo que incluso mi sola presencia hacía que empezasen a funcionar como es debido. Una compañera de trabajo agobiada por la lentitud de su computador me llamaba para ver si podía ayudarla y ¡zas! era aparecer y el ordenador funcionaba como si fuese nuevo. Sólo hay una cosa que se me da igual de bien que los ordenadores: las mujeres. Siempre me ha sido fácil conectar con ellas y comprenderlas, con la única diferencia de que he sacado más provecho sexual de los primeros que de las segundas pero por lo demás, éxito total.

Todos mis jefes se han dado cuenta de esta característica mía y siempre he tenido algo que ver con el departamento de informática allí donde he prestado mis servicios. Además poseo la llave del corazón de cualquier director de departamento: Microsoft Excel. Sí, porque yo no me limito a poner datos en tablas con colores y negritas que suman y ya está, no, yo a base de informes de tabla dinámicas, gráficos interactivos y macros en VBA convierto la hoja contable más fría en un espectáculo de magia e ilusión.

A los ordenadores les he hecho de todo: los he montado desde cero pieza a pieza, los he programado en los heroicos días de BASIC y Turbo Pascal, les he ampliado la memoria, substituido la fuente de alimentación, instalado Windows Milennium (ahí es nada), también linux Suse y Ubuntu. Los he conectado a Internet de todas las formas posibles y he formado pequeñas redes de área local. Incluso, los he desmontado y destruido para protección de datos. Pero lo que no había hecho hasta ahora era lo que he tenido que hacer hoy: extraer el cadáver de un murciélago de entre el cableado de los “switches“. Sí, como lo leen un murciélago de dimensiones modestas, pero murciélago al fin. Mi jefe me ha pedido que comprobase algo en un servidor cuando he visto la terrible escena de muerte entre el parpadeo de las lucecitas de los concentradores.

¿Cómo llego hasta allí el quiróptero? Al parecer entró por una grieta del forjado superior del sector del almacén donde se haya instalado el rack que contiene el cableado del mencionado servidor. ¿Por qué entró dentro del entramado electrónico? Es un misterio zoológico. Espero que alguien me lo aclare.

Naturalmente han saltado todas las alarmas y las eficientes medidas de seguridad e higiene en el trabajo de mi actual empresa han funcionado a las mil maravillas mientras yo, pertrechado con guantes y mascarilla he sacado con precisión quirúrgica el cadáver del animalito cuyas alas atrapadas entre los pares trenzados no apantallados dificultaban considerablemente mi labor, pero lo que conseguido sin que ninguna RJ45 se desconectase, provocando errores informáticos de imprevisibles consecuencias.

No había indicios de putrefacción y a juzgar por el rigor mortis ya presente, imagino que el animal murió la pasada noche o tal vez anteayer.  Una vez extraída la carroña y entregada a las autoridades competentes, uno de mis compañeros ha procedido a tapar la grieta en el techo con espuma expansible, lo que evitará nuevas intrusiones hasta que un albañil pueda arreglar el desperfecto.

Sudoroso y con la pinta de un soldado de la primera guerra mundial, expectante ante un ataque de gas, he recibido el aplauso de los compañeros y la felicitación de mi jefe. ¡Gran día! Aunque no ha habido riesgo de contaminación biológica para el conjunto de la fuerza laboral de mi empresa, yo he estado muy cerca del bicho y he leído por ahí que los murciélagos transmiten horribles enfermedades por inhalación como la histoplasmosis pulmonar aguda y con lo aprensivo que soy yo, espero poder acabar esta entrada. Es más, creo que empiezo a notar algunos síntomas: dolor torácico, escalofrío, dolores y rigidez muscular, fiebr…

Ahora que soy tío.

El pasado día 15 de junio de 2015 una gran mujer y un gran hombre de Barcelona comparecían ante una jueza, en la ciudad rusa de Chitá, que debía decidir si les concedía la adopción de un niño oriundo. La ciudad de Chitá está en Siberia, cerca de la frontera con Mongolia y se dice que allí nació Gengis Kan. Hasta ese confín del mundo esa gran mujer y ese gran hombre han llegado con tal de cumplir su anhelo de tener un hijo.

Durante la audiencia, la jueza, disciplinada funcionaria de una administración que todavía tiene la impronta soviética, sometió a esa mujer y ese hombre a un férreo interrogatorio que ambos superaron no sin dificultad. Una de las preguntas debió estar relacionada con cómo sería la adaptación del niño al idioma de los futuros padres. El gran hombre de Barcelona se alzó y le contestó lo siguiente:

  • Creo que no tendremos dificultades con la lengua. Durante los encuentros con el niño no hubo problemas. Jugamos, cantamos y bailamos. Realmente lo queremos y deseamos profundamente que sea feliz.

No dejaría de ser la esperada respuesta sensiblera para agradar a la autoridad sino fuera por ese gran hombre de Barcelona la dijo en ruso. En un ruso tan inteligible que al parecer dejó con la boca abierta a todos los presentes. No sé si ese hombre sabía de antemano que le harían esa pregunta o lo intuyó, el caso es que al contestar en la lengua de Dostoyevski, dejó bien claro que la transición al castellano y al catalán de la criatura será cómoda y sin traumas ya que tendrá el puente del ruso que ambos futuros padres han aprendido para ello.

Sé además, aunque yo no estaba presente, que ese hombre pronunció su pequeño discurso sin altanería ni arrogancia, sospecho incluso que lo hizo con humildad y cierta picardía. Y lo sé porque lo conozco hace 42 años pues ese gran hombre, es mi hermano menor Oscar, la gran mujer es mi cuñada Núria y el niño es mi, ya sobrino, Kirill. Ahora que soy tío, sin embargo, no voy hablar de este último, su historia está por escribir, sino que quiero aprovechar la oportunidad para hablar de mi hermano.

Mi hermano es el hombre más brillante que conozco. Su voluntad y determinación le han llevado a superar cualquier obstáculo fácilmente. Fue un niño obeso que acabó convertido atleta capaz de correr carreras urbanas, es el primer titulado universitario superior de toda mi familia, habla varios idiomas aparte del ruso que ha aprendido en pocos meses, y encuentra tiempo para un sin fin de actividades desde practicar kárate, pasear a su preciosa golden retriever o seguir formándose leyendo y asistiendo a cursos.  Es por eso que la opinión de mi hermano es la única que me interesa y no dudo en consultarle cuando mi vida zozobra que es más a menudo de lo que debería ser. Además es el principal corrector de este blog, avisándome de faltas de ortografía o de temas mal planteados, a veces en plan troll, pero siempre con certeza.

Él hace años me sacó del agujero de la depresión y me llevó a París, sin ese impulso nunca hubiese podido hacer los viajes que después emprendí y que me dotaron de la autoestima necesaria para acometer mi única y tumultuosa vida en pareja. También en una segunda vez en que había tirado la toalla, me sacó del pozo con otro viaje, esta vez a Nueva York. En esta ocasión, la autoestima recuperada me ha servido para encontrar en nuevo empleo.

Oscar me ha dado muchas cosas incluyendo a la mejor de las cuñadas que se pueda desear. Una mujer brillante y generosa que, sin duda, será la mejor de las madres. Nadie como ella para asumir el colosal reto de criar en Barcelona a un niño que ha pasado toda su existencia en un orfanato siberiano. Un niño que es el último regalo de mi hermano, convirtiéndolo en mi sobrino y dándome un nuevo impulso para cuidarme y trabajar para poder ofrecer a Kirill todo lo que en mi calidad de tío me corresponda darle.

Mi hermano es un hombre grande, fuerte, pero sensible, tanto que le he visto llorar por mí al verme entubado en una cama de hospital donde mi asma se empeña en llevarme de vez en vez. Una muestra de lo mucho que me quiere, pese a lo cual yo no siempre me porté bien con él. Bueno yo no siempre me he portado bien con la gente, ni siquiera con mis padres, pero junto con ellos, es mi hermano por el único que siento tales remordimientos que se me han convertido en llaga que sangra, supura y nunca cicatriza. Sé que el me perdonó porque conoce cuantas taras físicas y psicológicas padezco, pero yo las conozco mejor y jamás me servirán de excusa para perdonarme a mí mismo.

Quizás las cosas deberían haber sido al revés: el hermano mayor debería haber guiado y protegido al menor pero no fue así. y me veo a veces como un Fredo Corleone cualquiera. Aunque en ocasiones me puede el orgullo y pienso que mi hermano lo tuvo fácil para llegar donde está: sólo tuvo que hacer lo contrario que hice yo. Pero sinceramente, a mi hermano no le ha hecho falta seguir los pasos de nadie, todo lo a conseguido el solo y ahora, con el apoyo mutuo de Núria, será un padre maravilloso.

Os quiero Núria, Kirill.

Te quiero Oscar.

Mi hermano Oscar (de negro y gris) y yo. Hacia 1976.
Mi hermano Oscar (de negro y gris) y yo. Hacia 1976.

Cosas de hombres.

La anécdota.

Regresé tarde Montmeló. Hacía calor en Barcelona y tenía mucha sed. Entré en un restaurante de una conocida franquicia de comida rápida cercano a mi casa. Desde que cerraron la cafetería del Hipercor ya no sé adónde ir a tomar algo frío y aquí me servirían rápido una ingente cantidad de refresco sin azúcar.

Sólo había una chica pidiendo en el mostrador. El comedor estaba vacío. Quizás por eso la muchacha se permitía gritar a pleno pulmón que era alérgica a la salsa barbacoa. Vestía una torera tejana ribeteada con corazones rosados. Debajo un ajustado vestido de rayas blancas y azules a juego con sus zapatos, delineaba su cuerpo robusto pero muy bien formado. De repente se giró. Su cara era ancha y pálida, sus ojos grandes y verdes parecían dos uvas flotando en un plato de ajoblanco. No era fea, pero su actitud y vocabulario poligoneros me causaban rechazo.

Para mi sorpresa se acercó a mí y me comentó con su voz de carretero:

  • Usted que es un hombre ¿Puede ayudarme?

Voy a hacer un alto en la anécdota.

Nada me irrita más que una desconocida o una conocida con poca relación afectiva como una compañera de trabajo o la amiga de la amiga de una amiga; me pida ayuda por ser hombre. Cuando una mujer te pide ayuda de “hombre” acabas sudado, sucio o con cara de panoli o todo ello a la vez. No me gusta hacer cosas de hombres. Cuando eres joven te crees en la obligación de ir por ahí demostrando lo macho que eres, pero a mi edad ya lo tengo todo demostrado y me saca de quicio. A veces no lo puedo evitar por no tener claro dónde está la línea que separa mi libertad de la mala educación. Naturalmente no incluyo en la categoría de “mujeres desconocidas” a las ancianas o a quien esté impedida de alguna forma. A veces no me queda más remedio por motivos prácticos como en el caso que ya expliqué de la chica de las uñas verdes en el tren, pero reconozco que no me gusta un pelo hacer de hombre para cualquiera que puede pedirte cosas como:

  • Ayudar a cargar con pesos con el pretexto más peregrino.
  • Ayudar a cargar con pesos en escaleras con preferencia a los cochecitos de niños. (De niños de otros).
  • Abrir tarros, envases o cajas argumentando falta de fuerza o manicura frágil. (Típico de compañera de trabajo).
  • Arreglar cosas que impliquen el uso de herramientas herrumbrosas. (También habitual en el trabajo).
  • Cambiar ruedas de automóvil. (Yo que ni siquiera tengo permiso de conducir lo hice en cierta ocasión).
  • Acompañarlas por sitios oscuros o solitarios como si todos los tíos fuéramos Harry el Sucio.

En fin, hay más pero creo que queda claro a qué me refiero. Sé que puedo parecer antipático, pero son cosas que cuestan y cansan, por ello me gusta reservarlas para esa mujer especial que quiera estar conmigo, que me aprecie y tolere mis defectos. Esa mujer especial tendrá todo lo que quiera de mí en cuestión de fuerza bruta y disponibilidad a ensuciarme porque además sé que me retornará centuplicado cuanto haga por ella. Sin embargo, muchas mujeres se arrogan el derecho de pedirte sin ningún pudor tus cosas de hombre sólo por el hecho de ser mujeres. ¡Qué llamen a su novio o a su padre, no te digo!

Sigo con la anécdota (No es una gran anécdota pero sirve de excusa para explicar lo dicho anteriormente, puede dejar de leer aquí si quiere).

Atemorizado le comento a la chica alérgica a la salsa barbacoa:

  • ¿Por qué cree que mi condición de hombre me capacita más para ayudarla que la amable dependienta andina que sirve los pedidos?

La chica me mira con picardía mientras me muestra unos papelitos que parecen a todas luces boletos de lotería.

  • Es que estoy buscando donde se mira si ha tocado esto que es como de deportes y esas cosas que son de hombres (sic).

Un segundo vistazo me permitió saber que se trataba de boletos de apuestas deportivas de unos conocidos establecimientos que han proliferado por toda Barcelona uno de los cuales está justo enfrente del restaurante donde todavía no había podido pedir mi refresco. Estaba dispuesto a ayudar a la chica de la torera tejana ya que simplemente me había pedido una dirección pero interiormente mi enojo crecía de manera exponencial ¿Cómo que es de deportes y esas cosas que son de hombres? Yo soy un hombre de pelo en pecho y no me gustan ni pizca los espectáculos deportivos. ¿Cómo se sentiría si le hubiese preguntado dónde puedo encontrar una mercería ya que coser y tricotar con cosas de mujeres?

Frené mi indignación e indiqué a la alérgica escultural donde estaba el establecimiento de apuestas que buscaba. Agradecida y con su pedido sin salsa barbacoa se despidió de mí. Por fin pude pedir un refresco sin azúcar que engullí olvidando que tengo modales. Mi sed desapareció y mis cosas de hombre siguen reservadas para mi chica especial. Me sentí doblemente aliviado.

Fin de la anécdota.

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